Entradas

«Patria» recibe los parabienes de lectores y críticos

Seguramente a Fernando Aramburu el éxito de su última novela, Patria, se le ha ido de las manos. Quiero decir que ni él mismo esperaba que este novelón de casi 700 páginas fuera a convertirse en un best seller, con casi una decena de ediciones, o que estuviera en boca de todos. Decía hace poco el propio autor que desconocía los motivos de que se hubiera convertido en un éxito de ventas, superior a otros como Los peces de la amargura, por ejemplo.

La cabeza de cualquier escritor se pregunta muchas veces las razones de que una obra a la que has dedicado años tenga o no éxito. En el caso de Aramburu puede tener que ver con la promoción que ha hecho de ella el Grupo Planeta; que un Premio Nobel como Mario Vargas Llosa dedicara su página entera en El País a destacar sus bondades; o que algunos críticos literarios la hayan elevado a los altares comparándola con los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós o Guerra y paz, de Tolstói. Casi nada. Incluso el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, dijo hace poco que cine español no había visto pero que recomendaba Patria para entender la historia de España.

Aramburu lleva años diseccionando la realidad vasca de los llamados años de plomo, por lo que no nos puede extrañar que su novela más ambiciosa refleje la situación que se vivía en muchos pueblos de Euskadi. Y que la haya plasmado reflejando la realidad de dos familias amigas que se ven rotas por el asesinato y los silencios. Estoy convencido de que habrá voces que digan que es una visión sesgada de Euskadi, que en ella no se habla ni de torturas, ni de conflictos políticos, ni de las motivaciones históricas que llevaron a ETA a matar. O dirán, también, que Aramburu vive en Alemania, alejado del día a día de aquellos años negros.

Ahora, Patria ha vuelto a ser reconocida, en este caso con el premio Francisco Umbral al mejor libro del año. El jurado ha tomado la decisión «por unanimidad», y ha subrayado que es la primera vez que esto ocurre. Calificada como la «gran epopeya del terrorismo», el fallo destaca que se trata de «un sólido testimonio literario que perdurará como crónica de gran valor histórico para entender el siglo XX de España y Euskadi». Y quizás sea éste su mayor valor: mostrar un pedazo de historia desde un punto de vista literario. Y conseguir que público y crítica se pongan de acuerdo.

Por qué me dan plazos de imprimir tan largos si Planeta lo hace en na…

Por qué me dan plazos de impresión tan largos si el premio Planeta llega a las librerías en poco menos de quince días. Es una duda que me corroe desde que me metí en esto de la edición. Porque las cifras no me cuadran. Uno, bregado ya en esto de los plazos de imprenta y de distribución, sabe que desde que el libro lo coge un maquetador, se diseña, se contrata una portada, se lleva a la imprenta, se recibe en la editorial, se envía a la distribuidora y se coloca en las librerías, pasa al menos un mes. Y pensando en que un corrector ha pasado verticalmente por el texto de la novela premiada.

El quince de octubre tuvo lugar la concesión del premio Planeta de este año. Y tras el puente de Todos los Santos estaba ya colocado en las librerías de toda España. Hagamos un sano ejercicio de imaginación de una editorial cualquiera que convoca un premio de novela. La ganadora, Rosaura Antúnez, sonriente y emocionada envía el manuscrito en word a los diseñadores de la empresa —el concurso sólo acepta envíos en papel— dos días después del fallo. Porque los dos días siguientes a recibir el galardón ha tenido que atender a la prensa, hacerse la sesión de fotos para la contraportada —que se retrasa porque la resaca del premio le ha dejado mala cara (se puso hasta las trancas de pinchos y cava) y eso le ha dejado un jerolo que ni con aguaplast—.

El 18 de octubre comienzan a trabajar verdaderamente con el manuscrito: el diseñador de la portada pregunta de qué va la historia porque está hasta las narices de crear collages de mujeres mirando al horizonte y el título además —Restos tras la zozobra— no le dejan imaginar demasiado; el maquetador se mete a saco con el libro, del que le salen poco más de trescientas páginas, una cifra insuficiente, el libro debe llegar al menos a las quinientas para que se pueda vender a 24 euros el ejemplar, con tapa dura, chaleco y esas cosas. Una vez ampliado el cuerpo de letra, anchado los márgenes y aumentando el interlineado logra que llegue a las seiscientas y pico, lo cual no está nada mal.

La editora da el visto bueno y le pasa la prueba al corrector para que revise el manuscrito, no vaya a ser que se encuentre con erratas de ésas que aparecen sólo cuando el libro ya está en la calle. Se presupone que el libro ha sido corregido antes de llevarlo a maquetación, aunque a estas alturas no nos vamos a poner puntillosos. En cualquier caso, portada y galerada le llegan a la autora que los revisa. No está conforme con la imagen seleccionada para la portada y pide que la cambien, aunque la dotación económica del premio ha sido muy golosa y tampoco quiere poner muchas pegas. Pero la editora le da la razón: el diseñador no ha acabado de encontrar un motivo que atraiga al lector. Y eso puede repercutir en las ventas.

Tras un par de cambios de diseño —el creativo ha tenido que trabajar día y noche porque ya están fuera de plazo, y además tampoco estaban muy contentos con el texto de la solapa ni la sinopsis de la contra—, por fin el 24 de octubre el libro llega a imprenta. Y se han dado prisa, se han saltado el fin de semana y la gastritis del hijo del corrector, que le ha tenido en casa vomitando sobre las pruebas. En la imprenta reciben el pedido ese lunes. Y el comercial, Facundo Pérez, suelta sin despeinarse que con el puente, la tapa dura, el chaleco en color, el guillotinado y encolado de los cincuenta mil ejemplares que se van a tirar, los libros estarán en quince días. Tirando por lo bajo. Y menos mal que, previsor, ha pedido ya el papel, amontonado en palés en la entrada de la empresa. Va a ser un curro a destajo, a turnos, día y noche sin parar. La editora se tira de los pelos, blasfema, no puede ser, tienen que estar para la campaña de Navidad, que comienza en noviembre. Echa cuentas: si está de suerte el lunes 7 estará en el distribuidor, que ha sido avisado debidamente para que lo pare todo en cuanto le lleguen los ejemplares. Es la apuesta editorial del año, así que el distribuidor le dice que en vez de en quince días —plazo en el que se mueven la mayoría de los distribuidores—, llegará a todas las plazas del país en menos de diez. El 16 de noviembre lo tiene en la calle, le aseguran.

Y así, un mes después de ponerse en marcha la maquinaria editorial Restos tras la zozobra llega a los escaparates de centros comerciales, supermercados, librerías y grandes almacenes. Casi dieciséis días después que el premio Planeta.