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Películas sobre escritores: «El editor de libros» y «El ciudadano ilustre»

Se han estrenado estos días dos películas que cuentan con un breve nexo común: ambas tienen como protagonista a un escritor y muestran de alguna manera la fuente creativa de sus obras. Por un lado está El editor de libros, filme americano que relata la relación entre Thomas Wolf y su editor Maxwell E. Perkins, descubridor de algunos de los grandes autores americanos de la primera mitad del siglo XX —Hemingway o Scott Fitzgerarld— y responsable de pulir y publicar dos de las grandes novelas de Wolf: El ángel que nos mira y Del tiempo y el río. Por otro lado, El ciudadano ilustre, película argentina seleccionada para representar a su país en la próxima edición de los Oscar y ganadora de varios premios, entre ellos la Copa Volpi al mejor actor y el Premio del Jurado Joven del Pasado Festival de Cine de Venecia.

Dos películas resueltas con desiguales trazos, pero basadas en la gran interpretación de sus actores. En la primera, Jude Law, Colin Firth, Nicole Kidman y Laura Linney son los cuatro pilares que sustentan este largometraje nacido de una historia real; en la segunda, son los personajes que pululan el pueblo argentino de Salas, seres surrealistas, a veces esperpénticos, que podrían recordar a aquéllos que inmortalizara David Lynch en Twin Peaks, pero fundamentalmente es su protagonista, el actor bonaerense Oscar Martínez, al que odiamos, perdonamos, comprendemos y con el que llegamos a empatizar.

Centrémonos en esta última. Dirigida a cuatro manos por Gastón Duprat y Mariano Cohn, El ciudadano ilustre narra las peripecias de Daniel Mantovani, un escritor argentino que ha sido bendecido con Nobel de Literatura y cuya obra ha retratado a los habitantes de Salas, el pueblo que le vio nacer y al que no ha vuelto desde que comenzó a escribir. Ahogado por las responsabilidades del premio, sin capacidad ni tiempo para pensar en una nueva novela, recibe una carta del ayuntamiento de Salas que le invita a recibir la mayor distinción municipal: la medalla de Ciudadano Ilustre. Contra todo pronóstico, el escritor decide acudir a su pueblo, donde se rencontrará con su antigua novia, con compañeros de colegio, pero sobre todo con una vida provinciana alejada de la mirada más cosmopolita del escritor. Salas no ha evolucionado, sus habitantes deambulan por unas calles ancladas en el pasado y se sienten orgullosos de ello, de sus costumbres, de su día a día amable y plano. En este sentido, Mantovani representa el progreso, la fascinación de quien ha logrado el éxito, pero también la negación de lo oriundo, de lo propio, de la crítica ante lo que consideramos nuestro. La película trata con humor estas diferencias, para ir tornando hacia lo dramático, sin que el espectador pueda intuir cuál será el siguiente paso de este protagonista vanidoso e inteligente que quizás haya escogido la invitación equivocada.

Crítica aparecida en la revista digital Espacio Luke del mes de diciembre de 2016.

El camino

El trabajo del escritor se moldea en la soledad de un cuarto silencioso. El papel se llena de tachaduras que nunca llegarán al ordenador. También de restos de café amargo, casi frío. Se levanta, camina por la habitación, inquieto: no sabe cómo dar con la frase acertada. Ni siquiera si tiene sentido todo lo que ha escrito hasta entonces. O si no tomará el destino de una papelera. Si lo rechazará un posible editor en el particular viacrucis al que están destinados los manuscritos. Pero vuelve al ordenador, como si de ello dependiera su vida. Y se descubre imaginando personajes, creando relaciones que no sabe cómo acabarán hasta que ellas mismas se descubran. El escritor se desdobla, es consciente de que en está viviendo ya dos vidas. Sin saber cuál de las dos es ya verdaderamente la suya.

Fernando Palazuelos o la heterogeneidad

Sigo la carrera literaria de Fernando Palazuelos desde que nos conocimos hace quince años en una cena de escritores organizada, si no recuerdo mal, por Pedro Ugarte. Palazuelos acababa de publicar La trastienda azul, una novela notable que sería reconocida con tres premios literarios —XI Premio Torrente Ballester de Narrativa, Premio de Novela Ciudad de La Laguna y XXII Premio Tigre Juan a la mejor ópera prima del año 1999— y que le convertía en uno de los autores más interesantes de aquel encuentro. Las casualidades hiceron que él trabajase cerca de donde yo lo hacía, por lo que pudimos compartir charlas de café y confesiones, casi todas literarias, en las que supe que prefería alejarse de los corrillos literarios, y dedicar su tiempo a escribir, a experimientar nuevos géneros —probó con éxito la poesía y el teatro— y a jugar con la imagen como un elemento más de sus obras. Dotado de buena mano para el dibujo, las portadas o el interior de algunos de sus libros —Ficcionarium, Geometría del azar, Ianua Caeli (La puerta del cielo), La memoria de los esclavos— han sido ilustrados por él, al tiempo que obtenía el XIII Premio de Cuentos Ilustrados Diputación de Badajoz por Designios. Su búsqueda constante de temas creativos que le satisfagan le ha llevado a trabajar mano a mano con Rober Garay dentro del proyecto COELACANTHUS BISCAYENSIS, publicando por el momento dos libros (Zapatos en la arena y La bestia que bebe de las huellas) en los que ahondan sobre la mitología vasca, con relatos de seres en los que se mezcla la ficción y la realidad. Su nuevo poemario, Alma de hierro (Siarte ediciones), es una muestra más de esa búsqueda. Se trata de un hermoso cuaderno a todo color en el que Fernando Palazuelos crea las ilustraciones y los poemas; una especie de viaje poético por el pasado industrial del Gran Bilbao, en el que el grafismo cobra idéntica importancia que los textos. Un cofre del tesoro con su candado y su llave para que el lector se sumerja en el interior, y mire, y lea, y revise cada página. Cada obra del escritor bilbaíno es una nueva aventura, una muestra de riesgo y de la necesidad de un escritor que nunca parece conformarse con lo que hace y busca en cada libro un algo más.