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Culpabilidades

Sí, señor juez, he sido malo. O al menos esa es la sensación que tengo desde que empezó toda esta historia de la pandemia. Porque sí, he obedecido al Gobierno cuando nos dijo que nos encerráramos en casa, que solo saliéramos a comprar, a trabajar si nuestra profesión era de las que el BOE había definido como esenciales; que nos asomáramos al balcón a las ocho de la tarde a aplaudir, a cantar Resistiré hasta desgañitarse, a sonreír a los vecinos para animarles a sobrellevar en confinamiento; que hiciéramos ejercicio en casa para mantenernos cuerdos y estiramientos para no convertirnos en vejetes anquilosados.

He tenido suerte, para qué negarlo: no he acabado en un ERTE, ni he bajado la persiana de mi negocio, ni me he visto obligado a cerrar por culpa de las deudas; he acudido a mi puesto de trabajo con puntualidad británica, he realizado todo aquello para lo que estoy contratado y he teletrabajado cuando el ordenador y el cable me lo han permitido. He visto a personas de mi entorno sentir en su cuello la angustia del paro, de los Expedientes de Regulación que llaman ahora, de las desventajas que una situación inesperada provoca en los autónomos. Y he comprobado los privilegios de cierto tipo de funcionarios que han mantenido su trabajo y su salario y su estabilidad laboral pese a tener cerrados su biblioteca, su despacho o su puesto de atención al público, y aunque los sindicatos protestaran meses después porque la pandemia les había hecho perder poder adquisitivo. Y me he reído como un Joker vulgar al enterarme de que el Gobierno de turno aprobaba un incremento salarial para evitar que las centrales sindicales se rebelasen y además de coronavirus tuviésemos una huelga general.

Sí, fui yo quien salió cuando nos dijeron que podíamos ir a visitar a la familia con motivo de las fiestas navideñas; quien cruzó de municipio cuando pusieron punto final a los cierres perimetrales porque había que salvar la Navidad; quien pidió un café con leche en uno de los bares del barrio para mantener cierta sensación de normalidad por mucho que la mascarilla me impidiera verle la sonrisa a mi camarero preferido; quien esperó las colas pertinentes para comprar el pan o los regalos de los sobrinos o para entrar en un estanco a por sellos; quien se juntó en casa de sus amigos en reducidos grupos de diez personas, de seis, de dos —dependiendo de lo que marcase esa semana el Boletín Oficial—; quien miraba el reloj como un psicópata para controlar que no se me pasara la hora del toque de queda o quien llevaba el correspondiente permiso para desplazarme por mucho que no me lo hayan pedido nunca ni la Policía Local ni la Guardia Civil.

Sí, Señoría, soy culpable de haber cumplido con la responsabilidad de ser un ciudadano embozado, de lavarme las manos cada vez que agarro o toco cualquier cosa —tanto que me ha salido un eccema pese a bañarme en crema hidratante—, de haber salido a correr o a hacer deporte en los horarios que nos indicaban; pero también soy culpable de no haberme convertido en un policía de balcón si veía que alguien estaba incumpliendo las normas; culpable de no haberme montado una fiesta en un pabellón industrial; culpable de sentirme responsable del número cada vez más creciente de muertos; culpable de creerme alienado al haber hecho lo que debía cuando debía.

Y sí, worm your honor, soy culpable de pensar que en estos meses aquellos que nos tenían que liderar han demostrado, una vez más, su incompetencia y su escasa altura de miras. Nos alentaron a aplaudir a las enfermeras, a los médicos, a todo el personal sanitario, pero fueron incapaces de llegar a acuerdos que mejorasen la situación de unas UCI saturadas y reducidas tras años de políticas de privatización y recortes. Y pronto me di cuenta de que en una partitocracia —o democracia occidental— lo importante no son los fallecidos sino a quién se los contabilizamos. Lo importante no son las vacunas sino que lleguen a mi comunidad en cantidades suficientes como para no saber qué hacer con ellas.

Soy culpable de pensar que ciertos estamentos políticos estatales y locales permanecen ahí para perpetuarse, para mantener sus sueldos y prebendas, para aumentar su número de asesores y para representar en los medios de comunicación su particular Commedia dell’Arte. Nos dicen que hemos de apretarnos el cinturón, hacer un esfuerzo, aguantar un poco más sin que ninguno de esos cortesanos nos haya servido de ejemplo. También en esto tengo algo de culpa, porque podía haber apagado el televisor cada vez que veía a Sánchez, Revilla, Casado, Iglesias, Abascal, Díaz Ayuso, Martínez Almeida… Y, sin embargo, les he seguido escuchando como un adicto ciudadano responsable.

Aunque en muchos casos, y cada vez que apelaban a mi responsabilidad —que a punto estuve de coger una pala y viajar a Madrid a ayudarles a recoger nieve— me miraba en la pantalla como un Travis cualquiera y me preguntaba: Are you talking to me?

Artículo aparecido en la edición cántabra de eldiario.es

Personajes navideños

Son épocas propias para los propósitos de enmienda y los compromisos: bajar de peso, hacer ejercicio, valorar a nuestra compañera de trabajo y no tacharla de incompetente y vaga, dejar de increpar a los políticos porque son tuertos —y por tanto reyes en un país de ciegos—. Son fechas de buenas intenciones, de películas ñoñas pero espléndidas, desde Qué bello es vivir hasta Love Actually, que nos dejan un agradable sabor de boca por mucho que sepamos que no, que todo es mentira, que el banco se va a quedar con la casa, que no habrá un ángel llamado Clarence que eche una mano a James Stewart, ni siquiera un Rowan Atkinson que permita, con su torpeza, alcanzar a la joven en el aeropuerto.

Juro que este artículo quería salir navideño, o al menos colorista, y hablar de todos esos personajes que nos acompañan en estas fechas y que hacen más ilusionante la vida de nuestros pequeños. Se me ocurrió viendo el otro día ET. Pensé en la emoción de la Noche de Reyes, en cómo en nuestra infancia teníamos un mago al que preferíamos: Melchor, Gaspar o Baltasar. Y, acaso por ese punto diferencial, elegíamos al rey negro, calificado así, con todas sus letras. Hoy diríamos de color o en el summum del eufemismo, afroamericano, pese a que no lo fuera.

Desde hace tiempo, los Magos de Oriente vienen acompañados de toda una pléyade de personajes navideños. Los Estados Unidos —tan dados a crear costumbres ancestrales— han exportado un orondo y barbudo bonachón llamado Santa Claus, personaje basado en la figura de un obispo cristiano de origen griego. En el siglo XVII, los inmigrantes holandeses se llevaron a América algunos mitos, entre ellos el de Sinterklaas, que rápidamente se transformó al inglés en Santa Claus. Sería en el siglo XIX cuando pasó a Inglaterra y a Francia, donde se fundió con Bonhomme Noël, de aspecto físico similar. La publicidad norteamericana logró incluso crear el mito de que residía en el Polo Norte y viajaba en un trineo tirado por renos —hoy sabemos que son nueve y están liderados por Rudolf—. Y aunque hay imágenes previas de Papá Noel vestido de rojo y blanco, sus colores y el propio personaje los popularizaría Coca Cola, que en 1931 lanzó una campaña publicitaria para hacer más humano y entrañable al personaje, consiguiendo que adoptara su fisonomía actual.

Para competir con la influencia norteamericana —capaz de lograr que celebremos fiestas tan poco locales como Halloween, el Black Friday y en el futuro quién sabe si el Thanksgiving Day—, en muchas comunidades españolas han resucitado personajes navideños más propios. En Cantabria, por ejemplo, se ha recuperado el Esteru, un leñador fortachón, vestido con boina, pipa, hacha, un bastón y grandes barbas, que se dedica todo el año a cortar madera pero que el Día de Reyes lleva regalos y alegría a los niños cántabros. Su popularidad se extiende por los municipios de Comillas y Udías, aunque también por otros colindantes con Asturias. En Llanes, por ejemplo, hay referencias a su figura. Hace unos años, la Asociación Cultural Filatélica y de Coleccionismo San Roque de Laredo puso en circulación cartas y matasellos con la figura del Esteru, en un intento de que arraigara en Cantabria. En pocos años acabará convirtiéndose en una tradición secular. Y si no, al tiempo…

En Asturias se ha creado la leyenda del Angulero, un pescador que habita en el mar de los Sargazos y que en vísperas de Navidad desembarca en San Juan de la Arena, localidad perteneciente a Soto del Barco, y reparte regalos a los niños asturianos. En algunas zonas de Galicia comienza a hablarse del Apalpador —conocido como Pandigueiro en el norte de Orense—, un carbonero que las noches del 24 y 31 de diciembre baja a tocar el vientre a los niños para ver si han comido suficiente durante el año, dejando cestos con castañas, algún regalo y deseando un año nuevo repleto de felicidad y alimentos.

Carbonero es también el personaje mitológico del Olentzero, habitual en Euskadi, Navarra y en el País Vasco francés. Sucio, orondo y solitario, se dedica a hacer carbón vegetal en el bosque, aunque en invierno baja a los pueblos, en un principio a celebrar el solsticio, más tarde la llegada de Jesucristo y, en la actualidad, a traer regalos. Últimamente, y para evitar el protagonismo masculino, se ha emparejado al Olentzero con Mari Domingi —personaje inspirado en una canción popular recogida por Resurrección María de Azkue a principios del siglo XX—.

De inspiración folklórica es también el Tió de Nadal: se coge un tronco a comienzo del Adviento, se le deja comida cada noche y se tapa con una manta para que no pase frío. Al llegar la Nochebuena, los niños lo golpean para que defeque regalos y dulces. La parte más visible del tronco suele decorarse con una barretina y un rostro sonriente. Esta tradición rural se emparenta también con el solsticio de invierno y la tradición precristiana del tronco de Navidad —en Aragón, tronca de Nadal, en Galicia, tizón do Nadal, en Occitania, Cachafuòc, Cachofio o Soc de Nadal, y en Reino Unido, yule log—.

Carboneros, leñadores, anguleros o troncos navideños, seres de las diferentes regiones de España. Personajes muy parecidos en algunos casos, que pretenden escapar de la maquinaria comercial allende el Atlántico, pero también de costumbres consideradas ajenas —y monárquicas, sin entender que los Magos de la Biblia poco tenían que ver con éstas—. Seres que se han ido reciclando al gusto de los tiempos, perdiendo su componente mitológico y costumbrista para convertirlos en un nuevo reclamo comercial, ideológico o identitario. Personajes que se reinventan por cuestiones que poco tienen que ver con su historia y a la que no solemos acercarnos para comprender su origen y su significado.

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Cines, aquellos lugares

Leía hace un par de semanas que la Filmoteca de Cantabria lanzaba una campaña en la que invitaba al público a acercarse al cine durante este mes de diciembre, con la proyección de clásicos como El bazar de las sorpresas (Ernst Lubitsch), La vida de Brian (Terry Gillian) o Cuando Harry encontró a Sally (Rob Reiner), por citar tres ejemplos que hicieron más amable mi juventud y que me llevaron a amar el séptimo arte. La Filmoteca apuesta además por impulsar su ciclo ‘Inéditos’ —películas que no se han visto en Cantabria—, y aprovecha las fiestas para dirigir su programación hacia el cine más infantil o de temática navideña. Un entretenimiento de lujo para esta Navidad marcada por las restricciones de movilidad, por las medidas de distanciamiento, el toque de queda y el resto de normas revisadas en función del número de casos de COVID. Porque como sabemos, esta semana han descendido los contagios pero con seguridad durante la que viene volveremos a las andadas.

2020 se nos ha demostrado como un año en el que vivimos en una acelerada montaña rusa y que, en mi caso, me recuerda a aquella película de Peter Weir, El año que vivimos peligrosamente, con Linda Hunt, Mel Gibson y una estupenda Sigourney Weaver. ¿Cómo llevarán los cineastas, los escritores, los guionistas todo lo que estamos pasando? ¿Veremos en los próximos meses grandes producciones estadounidenses con protagonistas embozados que no sean Batman o Iron Man sino simples ciudadanos? Los anuncios televisivos de estos días ya empiezan a llenarse de reponedores de supermercados, vendedores, dueños de bares con esa mascarilla identificativa del año que todos deseamos dar por finalizado. Que termine pronto, por favor, aunque no podamos saltar en la Puerta del Sol o abrazarnos en el salón de nuestras casas.

Pero hablábamos de cine, de cultura, del entretenimiento para quienes quieran escapar del esperpento al que nos han llevado la pandemia, la incapacidad y ceguera políticas, Madrid e Isabel Díaz Ayuso, el rey emérito —convendría revisarle el adjetivo en función de la RAE: 1. adj. Dicho de una persona, especialmente de un profesor: Que se ha jubilado y mantiene sus honores y alguna de sus funciones. 2. adj. En la Roma antigua, dicho de un soldado: Que había cumplido su tiempo de servicio y disfrutaba la recompensa debida a sus méritos—, las ya lejanas elecciones norteamericanas, el veto de Hungría y Polonia al fondo anticrisis de la UE… En fin, esas noticias con las que nos desayunamos cada mañana y que nos alejan de la realidad en la que nos han sumido.

Pertenezco a esa generación para la que el cine era una válvula de escape, que proyectaba todos mis miedos en el hotel de Norman Bates, que vibraba con las aventuras de Indiana Jones —me acabo de enterar que Harrison Ford va a volver a interpretar al personaje con 78 años—, que me enamoraba de Lois Lane como un Clark Kent sin capa de Superman, que lloraba al ver morir a King Kong acribillado en lo alto del Empire State, que prefería el desparpajo de Han Solo a la melancolía de Luke, por mucho que me pareciese más al segundo. Y que, siempre, siempre, quise ser Cary Grant perseguido por una avioneta para acabar subiendo a mi litera a Eva Marie Saint. Esa generación que pegaba patadas a un balón en la calle, que jugaba a las chapas, al campo quemado, a la cuerda, que cambiaba cromos en la plaza y que muchos domingos acudía al cine de barrio o al de la parroquia a ver películas antiguas. Y al salir, comentábamos esta o aquella escena, discutíamos sobre si nos gustaba más Robin Hood, de Errol Flynn, o El halcón y la flecha, de Burt Lancaster. Imaginábamos qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes, si el malvado hubiera acabado apretando el botón nuclear o matando al héroe con uno de esos sistemas tan sofisticados en vez de con una sencilla bala. Y regresábamos al hogar repletos de euforia cinematográfica, contándoles a nuestros padres que de mayor queríamos convertirnos en protagonistas de nuestras propias películas o, quizás, dirigirlas. O, en mi caso, escribir y reproducir en el papel lo que había visto.

El cine de hoy son las plataformas digitales; la cartelera la tenemos al alcance de la mano con uno o dos clics y la doble sesión se ha transformado en el atracón de cinco capítulos de la última serie de moda, se llame Gambito de dama o The Mandalorian, con su pertinente pausa para ir al baño, a la cocina o a recibir al repartidor de pizza. Y no sé si será la edad, pero cada vez que ojeo la agenda de los diarios y veo algún ciclo dedicado a un director, a una actriz o a varios clásicos como los de la Filmoteca, me calzo los zapatos, me pongo el abrigo y me dispongo a ser, una vez más, James Bond en su batalla contra el Dr. No. Y me disfrazo de chaval que quiere seguir manteniendo la ilusión.

Artículo aparecido en la edición cántabra de eldiario.es

Café en el parque

Se veía venir. El incremento de nuevos positivos y fallecidos por COVID-19 en Cantabria ha dado al traste con la política de no confinamiento que inicialmente había apuntado el presidente Revilla. Sus comunidades vecinas ya lo anticipaban con el cerrojazo a la hostelería hasta próximo aviso, el toque de queda en cualquiera de sus eufemismos y el llamado cierre perimetral que impide pasar de un municipio a otro. Cantabria no ha sido diferente al resto de España y en menos de un mes ha sucumbido a la lógica pandémica: si queremos evitar los contagios hemos de restringir la movilidad, los encuentros sociales, el contacto…

El problema es, como nos viene ocurriendo desde que los respectivos gobiernos nos avisaran de la segunda ola, que los cambios se han hecho con cuentagotas, apelando al sentido común en unos casos —el menos común de los sentidos, si revisamos el número de sanciones interpuestas—, a normas ya establecidas en otros, e impulsando nuevas reglas de convivencia que, a la larga, han provocado confusión y desconcierto. Hubiera sido sencillo por parte del Gobierno central marcar una pauta única, decretar un nuevo estado de alarma y generar unas reglas de juego para todas las comunidades. Dejar que fueran estas las que establecieran cómo debía jugarse ha hecho que lo que es válido para Cantabria no lo sea para Asturias o el País Vasco y que aquel telespañolito que cantaba Sabina se vea obligado a rebuscar en el BOE, en el BOC, en los diarios o en las redes sociales para saber qué puede hacer. Los dos primeros dan pereza; las últimas crean confusión —que se lo digan a un republicano norteamericano, que si solo sigue Twitter o Facebook creerá que Trump ha ganado las elecciones—. Así que los diarios (locales) se convierten en el único asidero para el ciudadano de a pie que percibe, ojiplático, cómo los bares, restaurantes o servicios de restauración han limitado el aforo, la consumición en el interior y van camino de echar la llave si el descenso en los contagios no lo remedia. Porque como dice el refranero español: «Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar». Que Cantabria esté en nivel 4 de alerta sanitaria no es, desde luego, un buen augurio.

Como también era de esperar, los hosteleros han presentado recurso contra las últimas limitaciones al sector, aunque tengo la impresión de que quizás no vayamos a un confinamiento como el que vivimos en marzo, pero sí a limitaciones mucho más severas en la hostelería, el transporte público o el comercio. O lo que es lo mismo: solo se podrá salir a la calle para ir a trabajar, a hacer la compra, bajar la basura o pasear al perro —he estado a punto de escribir mascota, pero conociendo la picaresca española he desechado el término al imaginarme a cientos de personas en la calle con un hámster, una iguana o un periquito, con su correspondiente correa, eso sí—. La hostelería tendrá que reinventarse, empleando una palabra de moda en este 2020. He visto en Bilbao, por ejemplo, cómo el cierre de los bares se ha resuelto de manera satisfactoria para aquellos clientes ávidos de café. A la hora del mismo, decenas de personas salen en parejas a la calle, se acercan a una de esas franquicias que venden pan, bollería y café para llevar, y con el desayuno en la mano acaban en un banco del parque. Las plazas se han llenado de un nuevo tipo de consumidor que sorbe café en vaso de cartón, introduce el cruasán en su interior y se lo lleva a boca mientras se quita hábilmente la mascarilla. Y todo ello sin salpicarse, lo que en sí ya es una muestra de habilidad digna del mejor malabarista. Si yo fuese uno de los asesores de comunicación de cualquiera de los políticos de turno ya tendría pensada una respuesta en caso de que un periodista me interrogase sobre el cierre de los bares: «A partir de ahora se podrá consumir en plazas, parques y trayectos al centro de trabajo. El desayuno es salud siempre que se haga en la calle, con mascarilla y distancia de seguridad». A un español no se le puede prohibir el tentempié de media mañana.

El Gobierno central y muchas comunidades autónomas intentan evitar por todos los medios un nuevo confinamiento. Sin embargo, hay voces que empiezan a cuestionarse si las medidas tomadas para evitar la propagación del virus y el colapso de la sanidad están provocando los efectos anhelados. Aunque es pronto, no parece que estemos en el buen camino. De hecho, nuestros vecinos alemanes e incluso italianos han tomado ya medidas más restrictivas. Anticipándome a los acontecimientos, y previendo unas futuras semanas de teletrabajo, me he puesto en contacto con mi operador telefónico y le he pedido que me dé de alta en una de sus promociones: fibra, dos líneas independientes con llamadas y datos ilimitados, dos plataformas de televisión a la carta para que no falte ni el fútbol ni las series, que uno en la adversidad debe estar entretenido y así no pensar demasiado. Al tiempo, les he pedido una portabilidad de otro móvil y que me den de baja en un módem 4G portátil que desde hace tiempo tenía contratado para eventualidades. Y mientras la amable operadora tecleaba compulsivamente para satisfacer mis necesidades de conexión, me ha dado tiempo a hacer la comida, comer, recoger la cocina, poner la colada, cambiarme de ropa y echarme en el sofá a ver el telediario. Preparándome ya para lo que nos espera.

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El asteroide

Un pequeño asteroide de dos metros de ancho de nombre impronunciable —2018VP1—podría impactar contra la atmósfera terrestre el 2 de noviembre, la víspera de las elecciones estadounidenses. Los científicos de la NASA han tranquilizado a la población diciéndoles que el impacto “no interrumpiría nuestra civilización”, tampoco la celebración de la jornada electoral, que quizá sólo nos roce en su trayectoria o pase a medio millón de kilómetros de la Tierra, como la última vez, en noviembre de 2018. Una diferencia considerable, ¿pero quién va a poner en duda los cálculos de la Administración Espacial estadounidense?

Sorprende que la NASA intente tranquilizarnos sobre un posible peligro exterior cuando lo peligroso sería la reelección del presidente más irreverente y mentiroso de la historia americana. The Washington Post calculaba hace poco que Donald Trump ha pronunciado desde su llegada al poder en 2017 más de 21.500 mentiras, tantas que en un barrio de Nueva York han levantado un muro de alambre, hierro y hormigón con todas ellas, al estilo del que Trump quería levantar en la frontera con México. Sus fakes y la llamada realidad alternativa han funcionado de tal manera que le han salido imitadores, algunos incluso de pelaje y hechura parecidos, conscientes de que Twitter y demás redes sociales convierten cualquier mentira en una verdad si se comparte miles de veces. Una máxima que ya inculcaron los nazis y que ahora sostienen los que se definen a sí mismos como demócratas. Muy demócratas, los Masters del Universo de la democracia, con Donald Trump en el papel de He-Man. Que un candidato amenace con no aceptar los resultados electorales si no le son favorables es como convocar una mesa de diálogo a condición de que se decida lo que yo digo. O ir al Parlamento a hablar de mi libro.

Pero hablábamos del espacio. En esa ansia de continuar con una carrera espacial que quedó hace muchos lustros en barbecho, se está organizando un nuevo viaje a la Luna para el año 2025. E incluso el aterrizaje en Marte de una nave con la intención de crear algo similar a árboles artificiales que disgreguen moléculas de CO2 en oxígeno y permitan el surgimiento de vida. Explotar otros planetas con la idea de colonizarlos después de haber acabado ya con las provisiones que ofrece el nuestro.

Este mes, una nave espacial robótica descendió a la superficie de otro asteroide —de nombre más coloquial: Bennu—, aterrizó sobre él y recogió unas muestras para su estudio que llegarán a la NASA en 2023. Bennu es uno de esos muchos asteroides potencialmente peligrosos que orbitan cercanos a la Tierra y cuya existencia nos recuerda películas catastrofistas como Armageddon. En mi caso, aficionado a la ciencia ficción, no he pensado en Deep impact sino en que las muestras traídas por la sonda espacial OSIRIS-Rex podrían venir acompañadas de uno de esos virus alienígenas tan habituales en la literatura o el cine: sangre convertida en petróleo, fiebre excesiva, pústulas por toda la piel o esa especie de unto gelatinoso que anticipa el inicio de una metamorfosis. Argumentos como el de Invasion of the Body Snatchers (en sus dos versiones, la de los ladrones de cuerpos de 1956 o la de los ultracuerpos de 1978).

Aunque, me he dicho, por qué mirar allende la estratosfera si contamos ya con nuestro virus local. Son nuestras acciones las que han convertido la COVID-19 en una realidad y somos nosotros los que acabaremos exportando virus a cualquier entorno que colonicemos. Con el descubrimiento de América, la población indígena no solo conoció la civilización occidental sino también enfermedades como la viruela, el sarampión, la tos ferina, la gripe… Indeseables compañeros de los que desconocían su existencia o a los que eran inmunes. Un poco así nos sentíamos estas semanas: creíamos haber superado al virus y nos han abofeteado con un nuevo estado de alarma.

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Envuelto en banderas

En estos días me siento un poco como aquel personaje ideado por Eduardo Mendoza en Sin noticias de Gurb, la historia de un extraterrestre que desaparece en Barcelona tras adoptar la apariencia de Marta Sánchez. El narrador, otro extraterrestre, decide salir en su búsqueda y se transforma él también en diferentes personajes, a cual más absurdo: el conde-duque de Olivares, Miguel de Unamuno, Paquirrín, Gary Cooper… E intenta adaptarse al modo de vida de un país dominado por el tráfico o las obras que culminarían en los Juegos Olímpicos del 92.

Toda la novela está escrita como un diario excesivo e irónico que podría venir bien para entender la situación actual. Si Gurp accediera a nuestro planeta hoy en día, y más concretamente a España, estaría obligado a adoptar la forma de un ser humano con mascarilla, daría igual su rostro, aunque tendría problemas para saber si llevar un tapabocas de tela, de diseño, con el escudo de la correspondiente comunidad autónoma o con los colores de la Guardia Civil o la más homologada mascarilla quirúrgica. Y si otro extraterrestre decidiera venir a buscarle quizás no se toparía con un país o una ciudad en obras —aunque las zanjas y andamios suelen formar parte del paisaje urbano—, sino con anacrónicas colas del hambre, saturación en los hospitales, concentraciones de enfermeras y médicos reclamando más ayudas al personal sanitario, manifestaciones de negacionistas clamando por la libertad de expresión o por el derecho a salir sin mascarilla; gritando, acaso, que todo esto de la pandemia forma parte de un contubernio judeomasónico, o de una endiablada campaña de una izquierda separatista y venezolana o de un control ciudadano instigado por Microsoft, Google y otros grupos de poder al más puro estilo Expediente X.

Dicho extraterrestre despistado se encontraría con un país de banderas (y no en singular, que es a lo que debiéramos aspirar) y pensaría en ello como parte del folklore: esa reunión en la cumbre entre el presidente del país y la presidenta de una comunidad autónoma decorada con un fondo gualdo y rojo, que ya le gustaría al personaje de George C. Scott en Patton; o ese trasunto colorista del cementerio americano de Normandía con 53.000 estandartes frente a la M30 en homenaje a los muertos por la pandemia; las vería en las manifestaciones de un signo político u otro defendiendo su propiedad y elevada hacia el cielo, en el centro de una plaza, para que cualquier turista admirase su porte imperial; o en los balcones de muchas casas, de muchos edificios consistoriales que quieren hacer suya una insignia, unos colores —a estas alturas ya da igual cuáles— y, por extensión, una ideología.

Quizás en esa constante transformación del extraterrestre en personajes del ideario hispano, acabaría convertido en un Francisco Franco de camino a la inauguración de un pantano; aunque en el summum del ridículo podría querer ser un Ángel Garrido o un Ignacio Aguado durante la inauguración del —único hasta ese momento— dispensador de gel hidroalcohólico del metro de Madrid; o, si me apuran, un embozado Miguel Ángel Revilla o un Iñigo Urkullu en la escenificación de la apertura de la frontera entre Cantabria y el País Vasco, saludándose con los codos y rodeados de micrófonos y cámaras de televisión. Y luego, al acabar la jornada, participar en alguna de las no fiestas en calles engalanadas, estas también, con banderines que nos recuerden que la pandemia nos ha impedido disfrutar de algo tan imprescindible como una fiesta popular dedicada a un santo cuya historia ya olvidamos.

Aunque si yo fuese Gurb no me transformaría en Marta Sánchez sino en Quim Torra. Un personaje que, tras 28 meses de baldío mandato y una retribución económica de 150.000 euros anuales, es inhabilitado por el Supremo como presidente de la Generalitat pero se asegura un sueldo de 120.000 euros durante los próximos cuatro años y una pensión vitalicia de 92.000. Y, además, tendrá derecho a una oficina con tres personas a su servicio, una dotación presupuestaria para gastos de representación, un coche oficial con chófer y escolta de los Mossos d’Esquadra, «para garantizar sus necesidades personales e institucionales con la dignidad y el decoro que corresponden a las funciones ejercidas» —qué certero y vacío es el lenguaje político—. Todo a cargo del erario público, ese que dicen que es incapaz de invertir en sanidad o educación. Envuelto en una bandera, eso sí. Una bandera que nos aleje de lo que es verdaderamente importante.

Artículo aparecido en la edición cántabra de eldiario.es

Ruido y polémica

La Fiscalía del Estado ha abierto el melón de una nueva polémica: en su memoria anual evidencia el machismo de algunas señales de tráfico porque —dice— “todavía perviven las señalizaciones contrarias a los principios de igualdad”. Y pone el ojo en dos indicaciones: aquella en la que un hermano mayor lleva de la mano a su hermana al colegio; y en la que se avisa de la presencia de senderistas, con una figura cuyo menor tamaño da a entender que se trata de una mujer. La Fiscalía podía haber hablado de los sueldos más bajos, de la escasez de directivas en las empresas del IBEX o de que los líderes de los grandes partidos españoles sigan siendo hombres, por ejemplo. Incluso podía haberse preguntado: ¿para cuándo una mujer al frente del Gobierno? No por cuestiones de paridad, sino de capacidades. Aunque quizás no era el momento de hurgar en la llaga y mejor quedarse en lo superficial, en lo de andar por casa, en lo que el público espera. Y claro, las redes sociales, con Twitter a la cabeza, no tardaron en seguir el capote y remarcar el machismo imperante en la sociedad, la ausencia de un lenguaje igualitario, la normalidad con la que hemos asumido que el hombre es quien protege a la mujer. También en este caso podían haber ido más lejos, pero bastaba con apuntar que estos micromachismos —como el de mantener el aire acondicionado a una temperatura que no aguante una mujer— no se dan en otros países de Europa, más concienciados con la igualdad y la equiparación entre hombre y mujer.

Coincidía esta polémica en la señalética con otra venida precisamente del exterior: el Museo de Orsay prohibía la entrada a una estudiante de Literatura que llevaba un vestido demasiado escotado que, —según decían, no sé yo si como excusa— desconcentraba a los visitantes y les impedía disfrutar con tranquilidad de las obras de arte —entre ellas El origen del mundo, de Gustave Courbet—.

Vivimos una época en la que predomina el ruido de lo anecdótico; un siglo en el que las reivindicaciones se estancan en la superficie. La velocidad informativa provoca que nos centremos en la punta del iceberg, en esa señal de tráfico, pero no ahondemos en las raíces de la desigualdad. O en el avance de una ola de falso puritanismo que parece envolverlo todo. Recordaba cómo hace un par de años, alrededor de diez mil personas firmaban una petición para que se retirase del Museo Metropolitano de Nueva York la obra Teresa soñando, del pintor franco-polaco Balthus, en la que se observa a una adolescente inclinada hacia atrás a la que se le ven las bragas. Pedían que se colocase un cartel junto al cuadro para indicar que su contenido “lascivo” podía resultar ofensivo. El Museo se negó a retirar el cuadro y adujo que “las artes visuales son uno de los medios más importantes que existen para reflexionar a la vez sobre el pasado y el presente”. Para Balthus lo morboso no estaba en la inocencia de la niña retratada en un momento de descanso y soledad sino en los ojos de quienes observaban.

En este revisionismo en el que el arte ofende, la escritura se mira con la lupa de los censores y la ironía o el sarcasmo son géneros en desuso, pueden insultarte en redes sociales o utilizar la mentira sin recibir el merecido castigo político. Y, sin embargo, se difuminan los pezones de una fotografía artística o una manera de vestir “indecorosa” veta la entrada a un Museo. Dicen que en el siglo XVI se cubrieron con hojas de parra o velos los cuerpos de los personajes del Juicio Final, de Miguel Ángel, por considerar su visión obscena e inmoral. Miramos el pasado con ojos de hoy. Y vemos El hombre tranquilo, de John Ford, u Horizontes de grandeza, de William Wyler, catalogando de machistas a sus personajes sin entender ni la época en que fue rodada o el contexto. Pidiendo que nos pongan un cartelito al empezar la proyección que indique que su argumento acaso pueda herir nuestra sensibilidad.

Y mientras reclamamos que se modifiquen las figuras de una señal de tráfico en pro de una mal entendida igualdad.

Artículo aparecido en la edición cántabra de eldiario.es

Faro de colores

En semanas informativamente tan sanitarias y políticas como las que estamos viviendo se agradecen noticias culturales más amables. Aunque algunas, como la intervención del faro de Ajo, provoquen controversia. Por si no conocen la historia, les pongo en antecedentes: hace unas semanas, el presidente Miguel Ángel Revilla anunció que el artista cántabro Okuda decoraría este faro de 1930, reconocido como patrimonio industrial de la comunidad. La construcción, de un blanco reluciente y setenta metros de altura, se transformaría en un lienzo de vivos colores, “ciento y pico”, apuntó el propio artista, que rompería la monocorde tonalidad cromática de la costa cantábrica, más dada a los azules y verdes en verano o a los grises en invierno. El propio Revilla habló de recuperar el entorno, pensando en que dicha intervención artística atraería el interés de un público ávido de símbolos a los que fotografiar para colgar en las redes sociales. El turismo implica dinero y es fácil imaginar que muchos turistas se acercarán a Ajo a ver la obra de Okuda y de paso a comer en la localidad —o aledañas—, a conocer la costa cántabra, a pernoctar… Es precisamente esa idea de “reclamo turístico” la que han denunciado muchos de los opositores al proyecto, al considerar que la intervención supone la “destrucción del entorno y del patrimonio material e inmaterial de Cantabria”. Otras voces contrarias han subrayado ese valor industrial y arquitectónico, que de noche a la mañana se convierte en un elemento decorativo y político. Arte contemporáneo vacío y colorista concebido no tanto para epatar como para llamar la atención.

Okuda es uno de los nombres más destacados del street art. Englobado en el llamado “surrealismo pop”, el artista empezó como grafitero en espacios abandonados para acabar poniendo color a localidades cántabras como Santander, Reinosa o Cuchía, y otras como Llanera (Asturias) —busquen imágenes de la Iglesia Skate—, Zaragoza, Madrid, Lieja, Youssoufia (Marruecos), Denver, París, Hong Kong… Estructuras geométricas, estampados multicolores, referencias a personajes de la cultura pop o versiones policromáticas de La Gioconda o Las Gracias pueden encontrarse en su obra que, a decir de los expertos, plantea las contradicciones del capitalismo y habla de la autodestrucción, la soledad, la falsa felicidad del ser humano y el constante conflicto entre modernidad y clasicismo.

Dejando a un lado el coste de la obra —40.000 euros— o su valor artístico, lo cierto es que la intervención en el faro de Ajo ha congregado a gran número de seguidores (miles en su perfil de Instagram) y de detractores. La polémica ha surgido en gran parte por la utilización como reclamo turístico de un bien patrimonial, sin tener en cuenta las infraestructuras o características de la zona donde se levanta. Una polémica a la que el propio artista ha preferido ser ajeno. Pero tiendo a la hipérbole cuando pienso en qué hubieran dicho los coruñeses si Francisco Vázquez hubiera contratado a un artista para intervenir sobre la Torre de Hércules. Y entonces me acuerdo de cuando los medios de comunicación anunciaron que se iba a levantar el Museo Guggenheim en Bilbao. Artistas, arquitectos, políticos y ciudadanos pusieron el grito en el cielo. El edificio de Frank Gehry no casaba con la idiosincrasia de la ciudad, suponía una invasión de lo americano, el arte local quedaba relegado a un discreto segundo plano. La diferencia con Ajo —más allá de las consideraciones artísticas o históricas entre Gerhy y Okuda— es que Bilbao era una capital en declive, sucia y gris, que se encontraba en proceso de rehabilitación y el Museo, junto a todo un programa de inversión más amplio, supuso un espaldarazo a la evolución de la ciudad. Lo que internacionalmente se denomina efecto Bilbao. Efecto que ha querido ser emulado por otras localidades sin éxito y al que muchos políticos se aferran cuando piensan en edificios arquitectónicos con proyección cultural como anzuelo para pescar visitantes.

No dudo de que el multicolor faro atraiga a miles de turistas en los próximos meses, cuando el coronavirus lo permita. En cualquier caso, el salitre y las condiciones climatológicas harán que la intervención pictórica necesite una periódica conservación, con lo que supone de gasto, una cuestión que desconozco si se ha planteado. Porque, de no hacerlo, los vivos colores que caracterizan la obra de Okuda acabarán apagándose y el faro de Ajo recordará al estado actual en que se encuentran Los cubos de la memoria, que pintó en Llanes Agustín Ibarrola, y que son hoy triste memoria —haciendo honor a su nombre— de lo que fueron en su inauguración.

Artículo aparecido en la edición cántabra de eldiario.es

La nueva primera vez

Primer día en una sala de cine después de que la pandemia nos trastocara la vida. Todo parece nuevo, diferente, alejado de lo que debiera ser normal. Las entradas las hemos cogido por internet, eso no ha cambiado, pero ya en el buscador de nuestros asientos hemos detectado que dejan un espacio libre —marcado con la equis de un tesoro ignoto— que evite el contacto con otros espectadores. Son las ocho de un sábado tórrido, a diez minutos de que comience la proyección, y las taquillas permanecen vacías —recomiendan que las entradas se compren online y se paguen con tarjeta—. No hay aglomeraciones y sí personas embozadas que buscan el gel hidroalcohólico —palabra que pronto veremos en el Diccionario—, que rebuscan en su teléfono móvil, que nos miran en la distancia y que dedican unos minutos a repasar las indicaciones que han impreso junto a la cartelera.

Hacía cuatro meses que no veníamos al cine, una de las actividades de ocio que más echábamos de menos. Y para abrir la veda hemos elegido The Gentlemen: Los señores de la mafia, una comedia de Guy Ritchie estrenada en marzo de este año pero que quedó en suspenso por culpa del confinamiento. Los más viejos recordarán a Ritchie como el exmarido de Madonna con quien tiene un hijo en común; los cinéfilos, por películas como Snatch: Cerdos y diamantes, las dos versiones exitosas de Sherlock Holmes u Operación U.N.C.L.E. The Gentlemen se percibe en el tráiler como un divertimento, una revisión socarrona y desenfadada del cine de mafiosos, con un argumento bien trenzado que hay que seguir con atención.

La sala a la que entramos permanece en penumbra, como si los responsables hubiesen escogido esta iluminación para evitar que nos miremos la mascarilla —de uso obligatorio salvo que nos dediquemos a las palomitas y a la Coca-Cola—. En la pantalla, los anuncios nos muestran que estamos recuperando la normalidad, que este verano será diferente; también que la primera vez siempre se recuerda: el primer beso, el primer viaje juntos, la primera comunión de dos cuerpos y, por supuesto, la primera película. Un recordatorio de que aquella va a ser una experiencia diferente porque será la primera. Así que, empujados por la emoción del anuncio, nos retrepamos en los asientos. Un par de avances de futuras películas y las imágenes de lo que será nuestro estreno cinematográfico postconfinamiento.

Los títulos de crédito iniciales nos sumen en el estupor: las escenas que se proyectan en la pantalla corresponden a otra película, Personal Assistant. La reacción de los espectadores es diversa: unos murmuran, otros preguntan al vecino si es la sala correcta, otros insinúan que puede tratarse de un nuevo tráiler. No hay pataleo, ni silbidos, tan propios de tiempos pretéritos. Quizás el enclaustramiento nos haya hecho más recogidos o las mascarillas nos dificulten el abucheo. Pero el error pone en evidencia el comportamiento de los presentes y, por extensión, del ser humano: hay personas que rápidamente se levantan convencidas de que se han equivocado de sala; otras aguardan, confiadas de que se trata de una equivocación, para desistir al final y salir en estampida; los conformistas, por el contrario, esperamos a que se subsane el error —ha pasado tanto tiempo que también el proyeccionista ha olvidado cómo se hacía su trabajo—, conscientes de que estamos en la sala correcta o pensando, quizás, que tras meses de abstinencia, la película es solo una excusa.

Tras varios minutos con Dakota Jonhson moviéndose libre por la pantalla, la proyección se detiene, se suceden las imágenes de los anuncios ya emitidos rebobinándose y los espectadores fugados regresan al redil. La sesión comienza. Y tal como advertía la publicidad, no olvidaremos esta nueva primera vez.

Artículo aparecido en la edición cántabra de eldiario.es

En defensa del cine español (y vasco)

El cine español se ha hecho mayor, lo demuestran los números de taquilla y la calidad de los filmes que se presentan. También una nueva hornada de actores, que no es tan nueva porque llevaba lustros ejerciendo de secundarios de lujo, buscándose un hueco en el proceloso mundo de la actuación —o de cualquier arte— y de directores cargados con maletas de ideas frescas.

Tan sólo reflejaré la lista de los ganadores de los premios Goya de esta década como ejemplo de lo que digo: Pa negre, de Agustí Villalonga (2011), No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu (2012), Blancanieves, de Pablo Berger (2013), Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba (2014), La isla mínima, de Alberto Rodríguez (2015), Truman, de Cesc Gay (2016) y Tarde para la ira, de Raúl Arévalo (2017). A este primer film de Arévalo como director —un actor de registros variados que mostraba su buen hacer también detrás de la cámara— se sumaban algunas películas superlativas, de ésas que un crítico de la cinematografía hispana hubiera valorado sin sonrojarse o poner en tela sus prejuicios: Un monstruo viene a verme (de J.A. Bayona), Cien años de perdón (lo mejor de un irregular Calpasoro) y Que Dios nos perdone (de Rodrigo Sorogoyen, o cómo hacer buen cine negro español sin echar de menos True Detective).

En la próxima edición de los Goya hay tres claras favoritas: Handia, de Aitor Arregi y Jon Garaño, El autor, de Manuel Martín Cuenca y La librería, de Isabel Coixet, con 13, 12 y 9 nominaciones respectivamente. En el primer caso, el hecho de que se trate de una película en euskera y basada en un personaje real, el llamado Gigante de Altzo, le otorga una mayor relevancia si cabe. No sólo es una gran película de época, con dos actores sobresalientes (Eneko Sagardoy en el papel del gigante Joaquín y Joseba Usabiaga en el de su hermano Martín) sino que permite hacerse una idea de la discriminación lingüística y social en la España del siglo XIX (recomendable acercarse al filme en versión original, porque comprenderíamos mejor las dificultades de estos dos hermanos en la corte de la malcriada reina Isabel II).

Por otro lado están dos filmes que se adentran de una manera u otra al mundo literario. En La librería, una joven decide montar una tienda de libros en un pequeño pueblo de la costa inglesa con la oposición de las fuerzas vivas de la localidad (con un guion basado en una gran novela del mismo título escrita por Penelope Fitzgerald, a la que cualquier amante de la literatura debería acercarse); en El autor, un pasante de notaría se empeña en escribir la novela de su vida, asiste a un taller literario impartido por un profesor caradura y comprueba con desgana el éxito editorial de su mujer gracias a una obra que considera menor. Dos ejemplos antagónicos, que muestran sin embargo la relación que siempre ha existido entre la literatura y el cine, narrados de forma más costumbrista por Coixet —aficionada a relacionarse con actores internacionales y a rodar en inglés, pero que no logra perfilar, en este caso, el comportamiento de los personajes, que aparecen planos, sin vida, sin motivaciones claras de sus actos—, y más realista por Martín Cuenca —que cuenta aquí con la inestimable presencia de un Javier Gutiérrez que vuelve a bordar el papel como ya lo hiciera en La isla mínima—.

Tengo amigos que no ven cine español. Creo que se equivocan. En esta pequeña relación de grandes largometrajes me he dejado algunos títulos. También otros que fueron recibidos con alharacas pero que acabaron siendo humo. Quizás no se trate de un cine tan espectacular como los blockbusters americanos, pero cuentan cada vez más con guiones, directores y un reparto excepcionales.

Artículo aparecido en el nº 182: enero-febrero 2018 de la revista Espacio Luke.