Entradas

Lectura de la obra de Cervantes

La última lectura pública de poemas de Pablo González de Langarika tuvo lugar en el Hogar Leonés de Bilbao, en uno de esos encuentros que se organizan periódicamente en su sede. Era el mes de marzo y presentaba un nuevo número de Zurgai, la revista por la que apostó durante toda su vida. Me lo imagino sentado junto a Octavio Fernández Zotes y Marina Pérez, y escoltado por José Ramón Blanco y Ángel Muñiz, los dos pilares en los que —creo— se sustentan las actividades culturales del centro. En varias ocasiones hemos sido convocados para leer algunos pequeños relatos y degustar posteriormente el premio de productos leoneses. Por sus salones han pasado muchos de los alumnos de los talleres de escritura de la Alhóndiga —Azkuna Zentroa, ya se sabe— que llevábamos Pedro Ugarte y yo, y los de la posterior Asociación Espíritu de la alhóndiga, ese momento en que uno ha de enfrentarse al público con su criatura. Quizás sea una experiencia menor, pero a quién no le gusta sentirse escuchado.

El pasado 25 de abril plantearon una lectura colectiva de la obra de Cervantes, aprovechando la celebración del cuarto centenario de la muerte del escritor español más internacional. ¿Cuándo nació la idea de una lectura en voz alta del Quijote, a quién se le ocurrió recuperar de ese modo la novela de Cervantes? Dicen que en el Círculo de Bellas Artes de Madrid llevan veinte años cumpliendo con esta tradición. En el Hogar Leonés, además, se añadieron otras obras del autor madrileño. Y creo que esto es también una buena noticia.

De BizkaIdatz, Farolillos y otras celebraciones

23 de abril, Día del Libro, se conmemora la muerte de dos insignes escritores: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Coincidencias que no lo serían tanto si no fuera por un cambio en el calendario juliano o porque Cervantes murió el 22 de abril, pero tampoco vamos a andarnos con zarandajas. La Unesco añadió a la celebración, por eso de no olvidarse de América Latina, la muerte del escritor peruano Inca Garcilaso de la Vega, de apellido ilustre y obra poco conocida por estos lares. Más allá de todo esto, y alejados de los fastos editoriales con rosas y libros de San Jordi -que también murió un 23 de abril, pero del año 303-, en Euskadi celebramos el día como podemos. O la semana, porque las celebraciones comienzan mucho antes. La primera, la entrega de premios a los ganadores del certamen literario BizkaIdatz, que organiza todos los años la Diputación Foral de Bizkaia a través de su Biblioteca. En esta edición, los relatos inconclusos que han de ser finalizados por los participantes al premio correspondían a Jasone Osoro («Laranja-zukua») y a Aixa de la Cruz («STAN»). En pasadas ediciones fueron reconocidos como ganadores o finalistas algunos de los alumnos de los talleres que organiza la Asociación Espíritu de la Alhóndiga (Elena Fernández, Pilar Pallarés, Idoia Barrondo y Andoni Abenójar), por lo que uno esperaba el fallo del jurado con el nerviosismo de creer que quizás también este año. No fue así, pero la emoción es igual de intensa cuando autores que comienzan en esto de las letras ven reconocida su labor. O cuando una clá de amigos jalean al oír el nombre de su compañero. En esta edición Ander Gartzia, Lourdes Unzueta, Naiara Zubimendi, en euskera, y Eva Vidal, Mikel Gil e Itziar Alonso en castellano.

En esta semana también se entregaban los Farolillos de papel, ese galardón de los libreros a aquellas personas e instituciones que fomentan «el placer de la lectura» y que da el pistoletazo de salida a la celebración del Día del Libro en Bilbao. En 2005 fui yo uno de los ganadores y recuerdo que me sentí algo cohibido al recibirlo, que balbuceaba al dar las gracias  y que Toti Martínez de Lezea me dijo: «Nunca minusvalores ante los demás lo que haces, que ya lo harán ellos». Once años después, los Farolillos han ido a parar a Katixa Agirre, Martín Abrisketa y Bidebarrieta Kulturgunea, además del Farolillo de Honor al escritor Luis Landero. Parece que hubo poca gente en el Hotel Carlton, pocos escritores. Ya se sabe, a veces uno no puede estar a todo, a escribir, a promocionarse, a celebrar, a enterarse de lo que organizan otros… Sobre todo si no quiere arrastrarse al día siguiente cual limaco tras una rociada.

Y ya el sábado, el día grande, casetas en Berastegi, paseo de las fuerzas vivas y de algunos autores buscándose entre los libros, firma de otros, gestos de alegría desbordante, miradas al cielo para rogar a Dios que no llueva, y la sensación de que donde verdaderamente se amontona la gente un sábado al mediodía es en la puerta del Iruña: el reclamo de los pinchos morunos y el marianito rojo es lo que tiene. Pongámonos publicitarios: mejor con un libro.