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Los verdes campos

Huele a tabaco en mi pantalla

Vivimos en una época en la que el Gran Hermano vigila para que estemos bien: miran por nuestra salud, por nuestra economía, por nuestro ocio. Todo desde un punto de vista políticamente correcto, claro está. Porque el buenismo —esa terrible palabra— se ha apoderado de lo que verdaderamente ha de importarnos. Ahora llega de nuevo con el tabaco. No podrán decirme que soy un talibán en eso de las prohibiciones. Soy de los que ven nacer estalactitas en la nariz acompañando a un fumador mientras toma café en una terraza en pleno invierno. Pero también de los que han palmeado como una foca gritando «Por fin» al descubrir que el pescado al horno no llega a la mesa envuelto en una fumata blanca. En mi casa no dejo fumar; o mejor dicho, pueden hacerlo en la cocina. Con la ventana abierta, eso sí. Aunque es cierto que el grupo de fumadores que me rodeaba como una invasión alienígena de las de Expediente X ha descendido de manera aritmética. No sé si debido a las imágenes que adornan las cajetillas —que ni en las peores películas gore—, al precio astronómico de los paquetes de cigarrillos o a que el tabaco cada vez lleva menos tabaco y más productos químicos. Como la comida. Pero leo en los diarios que la Organización Mundial de la Salud, siempre atenta a nuestro bienestar, ha pedido a los Estados que establezcan un sistema de certificación que evite la proliferación de fumadores. Para ello, y después de analizar las películas que se han hecho a lo largo de toda la historia del cine, ha propuesto que aquéllas en las que se fume contengan una calificación especial. Como los dos rombos en tiempos de Franco. Películas no aptas para adolescentes. Los americanos, muy dados a los estudios, detectaron que el 37% de los jóvenes se iniciaron en el tabaco influidos por lo que veían en la pantalla. Y ya en 2014 el gobierno de los Estados Unidos planteó calificar los filmes con escenas de fumadores como películas para adultos. Ver fumar a Humphey Bogart o Lauren Bacall en Tener y no tener, a Eve Marie Saint en Con la muerte en los talones, o a James Bond en cualquiera de las entregas protagonizadas por Sean Connery promueve el vicio. El de fumar, claro. Del alcohol no dicen nada. De momento.

Orquesta de desaparecidos

Nueva andadura

En un intento de ser fiel a las frases hechas, con el nuevo año tengo web nueva. Olvidados los rescoldos de aquella web llamada escritoresvascos (en la que pretendí, sobre todo, mostrar los trabajos que estaban haciendo otros —una especie de punto de encuentro—), comienza la andadura de esta web personal: últimas publicaciones, reseñas de libros, entrevistas… Una web que quiere estar viva y en la que cada semana colgaré una o dos entradas nuevas, sin presión, con ganas de mantener también aquí idéntica ilusión e igual número de amigos lectores.

Cambio de rasante

El despertar de la Fuerza

Me temo que a estas alturas del programa lo que pueda escribir sobre El despertar de la Fuerza ya habrá sido escrito. He oído a espectadores decir que es espectacular, que retoma con pulso la historia que quedó inacabada hace demasiados años; otros reniegan de este séptimo episodio porque creen, acaso, que es más de lo mismo; incluso conozco personas que sestearon durante la proyección o que se arrancaron de la cara las malditas gafas 3D. Yo tengo un poco de todos ellos, aunque mi punto de frikismo admita que fui de los que asistieron ojopláticos al preestreno, de los que aplaudieron con el fundido en negro final, de los que se emocionaron al contemplar a Han Solo, Leia Organa, Luke Skywalker, Chewbacca, RD-D2 y C3-PO. Hay un punto en El despertar de la Fuerza que me atrae, y es precisamente lo que creo que han hecho bien tanto su director (J.J. Abrams) como sus guionistas (Lawrence Kasdan, Michael Arndt y el propio Abrams): volver a la estética original y ningunear la de aquellas tres precuelas que perpetró George Lucas. Porque lo que el nuevo capítulo de Star Wars ofrece es sólo la repetición de las claves que la mantienen como una de las sagas económicamente más rentables de todos los tiempos: robots con sentimientos humanos —la presencia de BB-8 es todo un hallazgo y moderniza aquellas actitudes de R2-D2—; protagonistas jóvenes e inocentes que se rebelan contra lo establecido pero quizás no contra su destino —desde Rey sustituyendo el rol de aquel joven Skywalker de finales de los setenta, hasta Finn huyendo de su origen como stormtrooper—; la eterna lucha entre el Bien y el Mal —La Resistencia y La Primera Orden, pero también nuestras propias peleas internas entre la Fuerza y el Lado Oscuro—; batallas espaciales vertiginosas que destruyan una cada vez más grande Estrella de la Muerte, caballeros medievales con espadas del futuro —el combate entre la propia Rey y el alter ego de Darth Vader (Kylo Ren) es desde mi punto de vista lo mejor de la película, al tiempo que nos prepara para la siguiente entrega—. J.J. Abrams no ha inventado nada: se ha limitado a fotocopiar lo mejor que tenían las originales (sobre todo La Guerra de las Galaxias y El retorno del Jedi) para crear una película al gusto de aquéllos que disfrutamos con ellas. Reconocemos a los personajes, sus tics, un envejecimiento que nos lleva al nuestro, incluso sus frases; nos dejamos atrapar por sus guiños cuando vemos volar el Halcón Milenario, o la máscara idealizada y rota de Darth Vader, o cuando nos metemos en una taberna tan parecida a la que nos sorprendió la primera vez que vimos La Guerra de las Galaxias. El logro de George Lucas fue conseguir crear un universo particular, mezcla entre pasado y futuro, en el que combinaba dististos géneros cinematográficos y literarios, una revolución en el cine de los setenta, y en especial para los espectadores que acudíamos a las salas a ver las peripecias galácticas de dos robots, un wookiee y tres humanos contra el Imperio. Su segundo logro fue entender que el merchandising le haría rico incluso más allá del argumento de lo que filmase. El logro de J.J. Abrams ha sido construir una película con el estilo de quien sabe que el cine es entretenimiento. Y volver al ideario de aquella primitiva frase: Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana…

Extraído de la revista virtual Espacio Luke nº 168 del mes de enero

Sonrisa rota

Te contaré que fue tu reflejo en el cristal lo primero que vi al entrar en los grandes almacenes; tu mirada azul como perdida en el infinito y tus dientes separados que te brindaban cierto aire juvenil. No me preguntes por qué pensé en Madonna y en su diastema. O en Vanessa Paradis, en una historia de vampiros y en las sonrisas cuando son verdaderas. Recuerdo a mi abuela decir que la sonrisa se transmitía a través de la mirada; que unos labios pueden engañar, unos ojos no. Nunca entendí aquella frase porque yo, por mucho que mirase, no podía ver más allá. Me hubiese perdido por una sonrisa —lo hice en alguna ocasión— y me dejé engañar por ella confiando en que sería tan amable como el primer día. Pero en tu caso recuerdo que la mezcla de ambas —mirada triste y lejana, sonrisa rota— me hizo dudar. O quizás fuera ver tus dedos pegados a la baranda, como si quisieran sentir la textura y el frío que transmitía el cristal. Aunque no pude sospechar nada hasta que te vi cerrar los ojos, subirte a la barandilla y dejarte caer sobre una multitud que hacía las compras.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

Entrevista a Martín Olmos

La casa de Martín Olmos es como un museo repleto de ilustraciones hechas por el propio autor, retratos de Ernest Hemingway, un dibujo de Corto Maltés, un cuadro dedicado a Sherlock Holmes, esa gorra que el detective asesor nunca se puso pero ha quedado asociada a su imagen, un perchero en el que reposan casi una veintena de sombreros que harían las delicias de Philip Marlowe o de Indiana Jones —hay incluso un muñeco del héroe con el rostro de Harrison Ford junto a un Madelman pirata—.

Entrevista a Richard Sahagún

Mediodía, sol, una mañana que parece de primavera aunque el camino de acceso a Zorrotzaurre aparezca poblado por las primeras hojas caídas del otoño. A un lado el puente Frank Gehry, a la izquierda una ría radiante, y tras unos metros de amable paseo La hACERÍA Aretoa, uno de los espacios pertenecientes al proyecto Zorrotzaurre Art Working Progress (ZAWP).

Entrevista a José Ibarrola

Exposiciones individuales y colectivas, ilustraciones de libros, portadas, trofeos, cartelería, logotipos, diseño gráfico y de escenografía, trabajos de dirección artística. Si uno visita la web de Jose Ibarrola se hallará ante un artista completo que ha hecho de todo en sus casi cuarenta años como creador.