Cortoplacismo

Leo en un libro sobre economía financiera o algo parecido —ya me gustaría saber cómo he llegado hasta él— que cada vez con más frecuencia «los gobiernos electos viven o mueren en las urnas; el cortoplacismo se ha convertido en una característica permanente de la política nacional. Las iniciativas a largo plazo están sujetas al escrutinio cada vez mayor del rendimiento a corto plazo». El cortoplacismo ha impregnado nuestra ropa, nuestros proyectos e ideales, nuestras aspiraciones de futuro, nuestra vida familiar o de pareja. Hemos perdido la capacidad de mirar al horizonte para centrarnos sólo en lo que nos dictan los pies. Nos miramos el ombligo sin entender que más tarde o más temprano acabaremos por tropezar.

Vida y arte en Rusia

Hay vida más allá del Rubicón; o lo que es lo mismo, lejos del Prado, el Reina Sofía o el Guggenheim, por citar tres ejemplos de museos que conocemos y a cuyas exposiciones acudimos empujados por los medios de comunicación. A lo largo de estos dos últimos meses la Sala Municipal de Exposiciones del Museo de la Pasión (Valladolid) ha encontrado en el arte ruso un nuevo punto de encuentro. Y todo a partir de la colección de la Fundación Surikov, reunida gracias a la coleccionista y mecenas Dolores Tomás titulada “La vida en la pintura rusa del siglo XX”. Un total de 180 pintores engloba esta muestra que abarca el período comprendido entre 1911 y 2003, aunque en especial a partir de los años posteriores a la Revolución Rusa. El paisaje, las costumbres de sus gentes o la realidad social surgida con el auge del comunismo son algunos de los temas que reflejan los lienzos. Contado así podríamos creer que se trata de una muestra como otra cualquiera sino fuera por la variedad de sus trazos o por la individualidad de cada uno de los artistas que, sin embargo, ponen de relieve una misma realidad social: la de un pueblo ruso zarandeado por las transformaciones geopolíticas que estaban teniendo lugar. La colección de Dolores Tomás está considerada como una de las muestras privadas más importantes del arte ruso a partir de 1917. Y merece la pena una visita calmada y receptiva.

A pocos metros del Museo de la Pasión se encuentra la Sala de San Benito, en la que el visitante puede acercarse a otra mirada en la relación del hombre con su entorno. Se trata en este caso de «Agua Shock», de Edward Burtynsky. Entre 2009 y 2014, el fotógrafo canadiense recorrió los cinco continentes para estudiar a través de su cámara el impacto del progreso humano y cómo afectaba a la Naturaleza y en especial al agua. Imágenes de gran formato en las que se puede observar a vista de pájaro la transformación que el hombre ha provocado en su entorno, creando el caos y el orden, la arquitectura y el descontrol inmobiliario, la vida y la muerte. Fotografías que no dejarán indiferente a nadie y que pueden contemplarse por vez primera en España.

india

Prueba superada

Ayer el arquitecto Javier Ibarrola dio por terminada La cicatriz de Ulises, una novela que hemos visto crecer desde que se armara de valor hace ya cuatro o cinco años.

Efímero paralelismo con Mahler

Gustav Mahler decía que sus sinfonías trataban a fondo el contenido de toda su vida. «He puesto dentro de ellas experiencias y dolores, verdad y fantasía en sonidos. En mí, crear y vivir están íntimamente unidos en mi interior… ¡Y los hombres siguen creyendo que la naturaleza está en la superficie!”. Hay fines de semana en los que cualquier texto que uno lea le lleva a lo que él mismo está escribiendo.

El respeto como ausencia

La noticia de hoy es que el presidente en funciones no ha aceptado el saludo del que podría ser su sustituto. Pero a estas alturas de la película un gesto como ése no debería abrir las páginas de ningún periódico. Hace tiempo que Rajoy nos faltó el respeto a todos: a los periodistas, por ofrecer una rueda de prensa escondido detrás de una pantalla de plasma, o por nunca contestar a las preguntas que se le hacían; a los ciudadanos, a los que le votaron y a los que no, por pasarse el programa electoral por el arco del triunfo o por considerar que la corrupción, el paro, el asunto catalán y otros que ahora mi desmemoria ha olvidado apenas han de ser tenidos en cuenta mientras sus estadísticas le den en verde.  Los políticos nos han acostumbrado a circunloquios para acabar hablando sólo de lo que les interesa. Lo demás se la trae floja, utilizando un término muy de la calle. Desde hace tiempo, la falta de respeto hacia el otro es la norma general en la que estamos inmersos: lo vemos en la televisión en esos programas construidos para seres hormonados con cerebro a lo Homer Simpson, en esos debates en los que nadie sabe qué se dice porque no se escucha, en la pitada a un himno, sea el que sea (a saber cómo reaccionaríamos si pitasen cuando se baila un aurresku, por ejemplo), en la justificación de un pisotón en un partido de fútbol o de una patada en una carrera de motos, en el exceso de esos nuevos ídolos que convierten a los más jóvenes en el clon de un macarra; en no guardar silencio cuando debemos hacerlo, en que los profesores acaben teniendo miedo de los padres de sus alumnos, en tirar una botella de plástico al suelo aunque haya una papelera a menos de un metro, en cagar entre dos contenedores, en tocarle el trasero a una mujer en el metro. Quizás me esté haciendo viejo, pero de aquellos polvos vienen estos lodos.

Tradición y modernidad

Una tarde, mientras deambulábamos de vino en vino, un amigo me comentó casi con desprecio que en Bilbao no se organizaban cosas: ni conciertos, ni obras de teatro, ni exposiciones más allá de las programadas por las instituciones de siempre. Que era una ciudad culturalmente muerta. Y era curioso porque a mí me daba la sensación de lo contrario. Que sólo había que rascar. En la zona de Zorrozaurre, por ejemplo, descubrí hace poco gracias a Richard Sahagún la variada programación teatral de La Hacería, incluidos esos viernes de jazz con improvisación final. A pocos metros, Pabellón 6 sigue impulsando un teatro cercano, además de un entorno alternativo. El paseo junto a la ría ayuda a experimentar la sensación de que uno está en un sitio distinto. Caminando por Olabeaga oí decir a unos turistas que Bilbao cada vez se parecía más a Berlín, Burdeos o Manchester. Como no soy dado al cosmopolitismo, sigo convencido de que Bilbao sólo se parece a sí misma. Y menos mal. Y que cualquiera puede encontrar una cada vez más variada oferta de ocio. Sólo hay que adentrarse en la agenda que se publica a diario en los periódicos o la programación de actividades que edita mensualmente el ayuntamiento. Sin ir más lejos, esta misma mañana se ha presentado la programación anual de la Biblioteca Foral de Bizkaia —para los despistados, ese edificio acristalado junto a la Diputación o frente a La Viña—. Treinta y siete actividades distintas entre conferencias, exposiciones, encuentros literarios, concursos, suelta de libros, publicaciones, homenajes… En breve podremos ver la exposición de Marta Pérez Elosua titulada Oihal Artean/Entre Telas: veinte fotografías en gran formato de modelos luciendo los diseños de una decena de jóvenes creadores vascos en entornos escogidos de nuestra geografía: Bilbao, Gernika, Laguardia, el Bosque de Oma, el Puente de Portugalete… Tradición y modernidad de la mano para una ciudad en constante movimiento.

Matar al personaje

El escritor se ha despertado temprano, tras un sueño profético en el que acababa asesinando a uno de sus personajes. Él no lo había planeado así. Cuando empezó a escribir —lo que quiere que sea su nueva novela— intentaba que fuese una historia de humor, quizás algo blanca, sin demasiadas pretensiones: ni escenas tórridas, ni problemas de pareja, ni persecuciones sobre los tejados. Pensó por un momento abordar algún tema sobre la Roma clásica, pero le pillaba demasiado lejos. O plantear problemas de religión en la España del siglo XV, algo que le aburre. A él le gusta escribir sobre el presente, sobre lo que vive. Así que decidió que tuviese un argumento cercano; y como lleva meses que no encuentra en las librerías nada que le haga reír, se decidió a que él mismo podría dedicarse al humor. Imitando a los maestros de principios del siglo pasado. En fin, esas cosas que sobre el papel parecen fáciles. Pero ya se sabe: los personajes han ido evolucionando, se han hecho mayores, han decidido que ellos también cuentan, que necesitan dar un giro, cambiar. Y entre ellos se caen mal, lo ha notado en sus miradas, en sus gestos, en la manera en que se desprecian. Así que parece claro: uno de ellos tiene que morir. Y ya sabe cuál. Lo ha soñado.

Aunque ahora ha de andar con cuidado: ha oído que matar a un personaje conlleva veinte años de cárcel.

Cebo para mubles

En la desembocadura de los ríos, donde se mezclan los restos del alcantarillado con las aguas procedentes del mar, habitan los mubles, esos peces que se alimentan de los desperdicios, de las defecaciones, de lo que desechamos. En esas aguas se agolpan pescadores solitarios, con la confianza de que piquen barbos, carpas u otras especies más nobles; sin embargo, los desesperados, los hambrientos, o los que se mueven a sus anchas en aguas revueltas se apropian de los mubles para llevarlos a su mesa. O para servirlos en la nuestra. Quisieran hacernos creer que se trata de un manjar, cuando incluso el olor a aceite recalentado ha impregnado nuestra ropa. Y ya sólo huele a refrito, sólo nos queda el sabor amargo del desperdicio. Un olor y un sabor que lo envuelve todo.Que llevemos días hablando de la obra teatral de unos titiriteros demuestra hasta qué punto se empeñan en servirnos mubles. Y cómo el olor a fritanga enmascara realidades mucho más importantes: la principal, quizás, que en este país sigue existiendo un poder mediático que convierte cualquier desperdicio en una noticia, pero también en una cortina de humo. Que un grupo de titiriteros confunda el humor con el malgusto podrá ser acertado o no, pero no justifica que se les acuse de apología del terrorismo y menos aún que se organice el revuelo mediático en el que estamos inmersos. Como si no hubiera otras noticias más preocupantes: corruptelas varias, la hermana del rey en el banquillo, el partido del gobierno restregándose en el lodo, los políticos buscando otra puerta giratoria que les haga más confortable su vida, las prebendas de la corte, los cementerios de elefantes aforados. Pero es que esto nos lleva a la segunda realidad: que vivimos en una espiral en la que parece que cualquiera que escriba, opine, comente o publique tenga sobre sí una espada de Damocles, y se vea obligado a justificar cada comentario, cada sonrisa, cada humorada. La corriente dominante nos lleva, no podemos escapar de ella, tenemos que reírnos sólo de determinado tipo de gracias, cantar a coro el himno. Pensar como se nos diga que debemos hacerlo, y mirar hacia otro lado. En 1952, el dramaturgo Arthur Miller escribió El crisol, una obra basada en los juicios de Salem contra mujeres acusadas de brujería, y en la que criticaba la caza de brujas anticomunista del senador McCarthy. Un ejemplo, quizás, a tener en cuenta.

fluxesfeverfuturesfiction

Desconozco a quién le debemos la certera frase «el arte explicado es menos arte», pero muchas obras contemporáneas tendrían que venir con manual de instrucciones. Con un teléfono móvil incorporado en el que la voz enlatada de Scarlett Johansson nos describiera los pormenores de lo que vemos. Aunque en muchos casos uno sea incapaz incluso de entender lo que cuentan. Como si al pulsar el número le hubieras dado al idioma equivocado. Me ha pasado esta mañana al ver el anuncio de la inauguración en la antigua Alhóndiga —ahora Azkuna Zentroa— de su próxima exposición. Se titula «fluxesfeverfuturesfiction», que uno ha de desencriptar el título para saber si no se ha equivocado al teclearlo. Que no cabe en una columna de un periódico y te descuadra la justificación del texto. Me entra además la curiosidad de saber cómo lo pronunciará el comisario, o el político que acuda a la inauguración, o cualquier mortal con un polvorón en la boca. La muestra cuenta con obras de casi una veintena de artistas —Morag Keil, Georgie Nettell, Abraham Cruzvillegas, Melanie Gilligan, Jason Simon, June Crespo, Nina Könneman, Nina Canell, Lili Reynaud Dewar y Macon, Jean-Luc Moulène, Camille Blatrix, Pablo Marte, Sidsel Meineche Hansen, Paul Chan— que «han trabajado sobre las cuestiones que se abordan en los discursos del ámbito de la economía y la política moderna». Cómo lo hacen: analizando y presentando «las dimensiones personales, afectivas, corporales, imaginativas o prácticas de nuestras experiencias de vida en el momento actual». Casi nada. Tengo verdadero interés por saber con qué obras me encuentro y si podré explicarlo todo con una sola palabra. A partir del 11 de febrero saldremos de dudas.

La sonrisa del Joker

Me llaman la atención algunas de las fotografías de líderes europeos que se ven en los periódicos. En ellas aparecen riéndose a carcajadas, con una de esas risotadas explosivas, exitosas, histriónicas, hiperbólicas. Como la de Jack Nicholson en el papel de Joker o el mucho más tenebroso Jared Leto. Qué es lo que provoca esa risa descoyuntada, me pregunto siempre que les veo, qué clase de humor afecta a estos personajes de nombres impronunciables cuya labor desconocemos pero de cuyas decisiones depende nuestro presente. Cómo pueden reírse con esa contundencia unos políticos que tienen sobre sus mesas el dilema de los refugiados, la crisis económica que afecta a los ciudadanos de su vieja Europa, la distancia cada vez más flagrante entre ricos y pobres, el ascenso de los ultranacionalismos… Qué burbuja les mantiene tan alejados del suelo que pisamos.

De Jean-Claude Juncker —ese personaje salido de una novela de Mario Puzo— recuerdo aquella otra instantánea en la que agarraba por el cuello al ministro español de Economía, Luis de Guindos, toda una metáfora de lo que estaba por venir. Y se reían, de nuevo a carcajadas, como si todo aquello no les afectase. Luego, eso sí, mudaban el gesto, como sus máscaras de teatro griego. Un trabajador del Parlamento me dejó una vez las cosas claras: «Es todo teatro, amigo. Ante las cámaras parece que se pelean, que discuten, que se insultan. Pero luego, apagados los focos, se van todos juntos a celebrarlo al restaurante más cercano».