Personajes navideños

Son épocas propias para los propósitos de enmienda y los compromisos: bajar de peso, hacer ejercicio, valorar a nuestra compañera de trabajo y no tacharla de incompetente y vaga, dejar de increpar a los políticos porque son tuertos —y por tanto reyes en un país de ciegos—. Son fechas de buenas intenciones, de películas ñoñas pero espléndidas, desde Qué bello es vivir hasta Love Actually, que nos dejan un agradable sabor de boca por mucho que sepamos que no, que todo es mentira, que el banco se va a quedar con la casa, que no habrá un ángel llamado Clarence que eche una mano a James Stewart, ni siquiera un Rowan Atkinson que permita, con su torpeza, alcanzar a la joven en el aeropuerto.

Juro que este artículo quería salir navideño, o al menos colorista, y hablar de todos esos personajes que nos acompañan en estas fechas y que hacen más ilusionante la vida de nuestros pequeños. Se me ocurrió viendo el otro día ET. Pensé en la emoción de la Noche de Reyes, en cómo en nuestra infancia teníamos un mago al que preferíamos: Melchor, Gaspar o Baltasar. Y, acaso por ese punto diferencial, elegíamos al rey negro, calificado así, con todas sus letras. Hoy diríamos de color o en el summum del eufemismo, afroamericano, pese a que no lo fuera.

Desde hace tiempo, los Magos de Oriente vienen acompañados de toda una pléyade de personajes navideños. Los Estados Unidos —tan dados a crear costumbres ancestrales— han exportado un orondo y barbudo bonachón llamado Santa Claus, personaje basado en la figura de un obispo cristiano de origen griego. En el siglo XVII, los inmigrantes holandeses se llevaron a América algunos mitos, entre ellos el de Sinterklaas, que rápidamente se transformó al inglés en Santa Claus. Sería en el siglo XIX cuando pasó a Inglaterra y a Francia, donde se fundió con Bonhomme Noël, de aspecto físico similar. La publicidad norteamericana logró incluso crear el mito de que residía en el Polo Norte y viajaba en un trineo tirado por renos —hoy sabemos que son nueve y están liderados por Rudolf—. Y aunque hay imágenes previas de Papá Noel vestido de rojo y blanco, sus colores y el propio personaje los popularizaría Coca Cola, que en 1931 lanzó una campaña publicitaria para hacer más humano y entrañable al personaje, consiguiendo que adoptara su fisonomía actual.

Para competir con la influencia norteamericana —capaz de lograr que celebremos fiestas tan poco locales como Halloween, el Black Friday y en el futuro quién sabe si el Thanksgiving Day—, en muchas comunidades españolas han resucitado personajes navideños más propios. En Cantabria, por ejemplo, se ha recuperado el Esteru, un leñador fortachón, vestido con boina, pipa, hacha, un bastón y grandes barbas, que se dedica todo el año a cortar madera pero que el Día de Reyes lleva regalos y alegría a los niños cántabros. Su popularidad se extiende por los municipios de Comillas y Udías, aunque también por otros colindantes con Asturias. En Llanes, por ejemplo, hay referencias a su figura. Hace unos años, la Asociación Cultural Filatélica y de Coleccionismo San Roque de Laredo puso en circulación cartas y matasellos con la figura del Esteru, en un intento de que arraigara en Cantabria. En pocos años acabará convirtiéndose en una tradición secular. Y si no, al tiempo…

En Asturias se ha creado la leyenda del Angulero, un pescador que habita en el mar de los Sargazos y que en vísperas de Navidad desembarca en San Juan de la Arena, localidad perteneciente a Soto del Barco, y reparte regalos a los niños asturianos. En algunas zonas de Galicia comienza a hablarse del Apalpador —conocido como Pandigueiro en el norte de Orense—, un carbonero que las noches del 24 y 31 de diciembre baja a tocar el vientre a los niños para ver si han comido suficiente durante el año, dejando cestos con castañas, algún regalo y deseando un año nuevo repleto de felicidad y alimentos.

Carbonero es también el personaje mitológico del Olentzero, habitual en Euskadi, Navarra y en el País Vasco francés. Sucio, orondo y solitario, se dedica a hacer carbón vegetal en el bosque, aunque en invierno baja a los pueblos, en un principio a celebrar el solsticio, más tarde la llegada de Jesucristo y, en la actualidad, a traer regalos. Últimamente, y para evitar el protagonismo masculino, se ha emparejado al Olentzero con Mari Domingi —personaje inspirado en una canción popular recogida por Resurrección María de Azkue a principios del siglo XX—.

De inspiración folklórica es también el Tió de Nadal: se coge un tronco a comienzo del Adviento, se le deja comida cada noche y se tapa con una manta para que no pase frío. Al llegar la Nochebuena, los niños lo golpean para que defeque regalos y dulces. La parte más visible del tronco suele decorarse con una barretina y un rostro sonriente. Esta tradición rural se emparenta también con el solsticio de invierno y la tradición precristiana del tronco de Navidad —en Aragón, tronca de Nadal, en Galicia, tizón do Nadal, en Occitania, Cachafuòc, Cachofio o Soc de Nadal, y en Reino Unido, yule log—.

Carboneros, leñadores, anguleros o troncos navideños, seres de las diferentes regiones de España. Personajes muy parecidos en algunos casos, que pretenden escapar de la maquinaria comercial allende el Atlántico, pero también de costumbres consideradas ajenas —y monárquicas, sin entender que los Magos de la Biblia poco tenían que ver con éstas—. Seres que se han ido reciclando al gusto de los tiempos, perdiendo su componente mitológico y costumbrista para convertirlos en un nuevo reclamo comercial, ideológico o identitario. Personajes que se reinventan por cuestiones que poco tienen que ver con su historia y a la que no solemos acercarnos para comprender su origen y su significado.

Artículo aparecido en la edición cántabra de eldiario.es