El pan de todas las salsas

El escritor le conoció en clase de euskera. Él era mucho más joven, con esa sonrisa perenne que da la juventud. Un tanto revolucionado en sus actitudes, juguetón y revisalsero, parecía unido a un móvil que sólo la profesora lograba descoser de su mano. Era adicto a las redes sociales, a las fotografías provocativas de mujeres a las que olvidaría, o a las noches sin mañana. Quería aparentar superficialidad y descaro, pero alguno de los tatuajes que manchaban su piel indicaban lo contrario; quizás, también, que resultaría arduo conquistarle. Ya lo había hecho el fútbol, y en especial los chavales a los que entrenaba, de los que se sentía orgulloso, a los que quería ver esforzarse para lograr juntos una victoria. «Yo no he leído un libro en mi vida. Y mira que lo he intentado… Me aburre leer», le confesó la tarde que supo que el escritor publicaba su nueva novela. «Tampoco te leeré a ti», añadió. Y en su rostro quiso pintar la más amable de las disculpas .