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Periodismo político

Desde hace muchos años las noticias políticas se han convertido en una especie de partido de tenis de descalificaciones. Un político dice algo que molesta a otro y éste se la devuelve. De ahí que los titulares estén llenos de acusaciones, opiniones, críticas, palabrería vacua que no interesa pero que abre los informativos o se publica con gran tipografía. La política española, vasca, americana —oír a Trump sería divertido si no fuera porque da miedo, su cara, su peinado, su dentadura prefabricada— parece sacada de una revista de cotilleos, en la que lo importante es saber qué bancada ocuparan los diputados catalanes o el número de kilómetros que anda cada mañana el presidente en funciones en su descanso gallego. Y los periodistas observan atónitos, interrogan y no reciben respuesta, dibujan una sonrisa ladeada preguntándose si la incompetencia es un mal endémico y contagioso, si siempre fue así… Pero no hay datos, ni planteamientos ideológicos, ni razones que expliquen nada, porque éstas no interesan, en el fondo cualquier candidato llegará al poder y mirará a sus asesores como Robert Redford en El candidato: ¿Y ahora qué? Porque en el fondo sabe que da igual, que cuando lleguen al poder estarán obligados a hacer lo que les dice Europa, o las multinacionales, o los grupos de presión —por el bien del país, eso sí—.