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De “La metamorfosis” a “La transformación”

Leí La metamorfosis cuando era joven porque un amigo me comentó que para ser escritor tenía que leer una de las obras más importantes de la literatura. Le hice caso. Recuerdo que fue una historia que me impresionó, la llevaba conmigo, la ojeaba cuando me paraba a tomar un café, releía lo que me parecía un inicio inmejorable: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto”. Tengo apuntada la fecha de la adquisición del libro: 19 de abril de 1988. Una edición de bolsillo de Alianza Editorial en la que guardo como marcapáginas una de las pegatinas que vendimos para sufragar el viaje de estudios a Italia. A veces los libros conservan ese tipo de memoria. El hecho es que comencé a leer a Kafka con voracidad, prácticamente todo lo que encontraba en las librerías: América, El castillo, Carta al padre… Y me las daba de entendido cuando les decía a mis amistades que La paloma, de Patrick Süskind, sólo era una versión de El proceso.

Con el tiempo fui dejando a un lado la obra de Kafka, hasta que hace unos años el Instituto Cervantes de Praga nos invitó a Luisa Etxenike, Kepa Murua, Seve Calleja y a mí a un encuentro sobre literatura vasca. Fue sorprendente encontrar en todos los rincones de la ciudad referencias al escritor checo y a su obra más internacional. Y no sé por qué razón me pareció una buena idea hacerme a partir de ese momento con ediciones de La metamorfosis en la lengua de los países que visitase. En castellano se han editado al menos tres en los últimos años. Y en euskera, Erein acaba de publicar una nueva edición. Así que me pareció una extraña coincidencia que me pidieran presentar en la Biblioteca Foral de Bizkaia al catedrático Jordi Llovet —uno de los traductores que más saben sobre Kafka—. Llovet participaba en las jornadas que ha organizado el euskaltegi Bilbao Zaharra sobre La metamorfosis, y que culminaban hoy con una lectura en el Arriaga de la novela. En la charla ahondamos más si cabe en la figura del escritor: en el carácter autobiográfico de la obra, la normalidad con la que la familia acepta que Samsa se convierta en un escarabajo, la importancia de la traducción del título —La transformación frente a La metamorfosis—, los motivos que le llevaron a escribir en alemán en vez de en checo, su valor dentro de la literatura universal… Llovet llevaba el número 18 de Revista de Occidente, de 1924, la primera vez que se traducía la novela de Kafka al español. Como para morir de envidia.

Al releer hace unos meses las galeradas de Cuerpos de mujer bajo la lluvia me di cuenta de que La metamorfosis es la excusa usada por la protagonista para abordar al profesor. Como si su presencia siguiera viva en lo que yo también escribo. Más allá de aquella frase que Kafka le escribió a su amigo Oskar Pollak en 1904, a la edad de 20 años, y de la que participo: «(…) un libro tiene que ser el hacha que resquebraje el mar helado que hay dentro de nosotros».

Entrevista a Aizpea Goenaga

Desde la terraza del edificio de Tabakalera se ve el puente de María Cristina, la nueva estación de autobuses y el skyline de San Sebastián, con la silueta recortada de la catedral del Buen Pastor o el Sagrado Corazón en lo alto del Monte Urgull. También la sede del Zinemaldia y un horizonte de mar y nubes. Es un día pintado de gris, propicio para la charla; de ahí que la mantenida con Aizpea Goenaga (San Sebastian, 1959) sea larga, amena, repleta de sonrisas y simpatía. Desde junio de 2010, Goenaga cogió las riendas del Instituto Vasco Etxepare

Así pasen cien años

Homenaje a Francisco de Iturribarria con motivo del centenario de su muerte, un poeta desconocido para el gran público del que Unamuno llegó a decir que había aprendido la técnica del soneto gracias a él. Seve Calleja se ha encargado de seleccionar seis de sus relatos, y Lourdes Unzueta los ha traducido al euskera. El resultado ha sido la publicación de un libro bilingüe, Cuentos/Ipuinak, editado por la Diputación Foral de Bizkaia, dentro de una colección surgida el pasado año para recuperar la obra de autores vizcaínos. Es ésta además la primera vez que se publica alguno de los textos de Iturribarria en euskera. Entre los asistentes a la presentación, la sobrina de Iturribarria, una mujer de 91 años que se emocionaba al ver que desde las instituciones reconocían la obra de su tío. Otra cosa serán los lectores, seguramente ajenos a un autor que espiritualiza los paisajes y en cuyos textos aparece siempre un halo religioso, una invocación a la Virgen. Eran otros tiempos, era otra forma de escribir, y así hay que acercarse a su obra.

Adiós a Pablo González de Langarika

Cuando era más joven escribí algunos versos a los que llamé poemas, y los publiqué en un libro manufacturado que titulé El canto de la memoria. Fue por entonces cuando conocí a Pablo González de Langarika y a quien aún a día de hoy considero su amigo más sincero: Seve Calleja. Había seguido de lejos la revista que él dirigía, Zurgai, en la que muchos de mis amigos poetas de entonces querían publicar. Para mí Zurgai era ese tipo de publicación periódica de la que envidiaba su calidad: papel couché de alto gramaje, color, pero sobre todo más de un centenar de páginas dedicadas a la poesía, algo que me resultaba imposible de entender. Coincidí varias veces con Pablo en la fotomecánica en la que diseñaba la revista y más tarde lo haría en presentaciones de libros o compartiendo mesa y chistes—recuerdo con especial emoción un viaje que varios escritores hicimos a Santimamiñe—; incluso me cedió un par de sus poemas para que formaran parte de Diálogos, una pequeña revista que dirigí —por llamarlo de alguna manera— durante algunos años. El tiempo hizo que nuestros caminos se alejasen y que discrepásemos en algunos de sus planteamientos sobre poesía, aunque siguiéramos brevemente en contacto. No puedo en cambio olvidar aquel día que me anunció —a un joven escritor en formación— que iba a incluirme en un número especial de Zurgai sobre poetas vascos. Viniendo de él fue todo un halago. La noticia de su muerte me ha llevado a aquel día. Y en su homenaje —además de los 37 años de la mejor revista de poesía editada en Euskadi— el listado de una obra que nos deja para que podamos tenerle presente.

  • Canto terrenal, Premio Bahía. Bilbao (1975).
  • Contra el rito de las sombras. Edición del autor. Bilbao (1976).
  • Del corazón y otras ruinas. Premio Alonso de Ercilla 1985. Vitoria: Gobierno Vasco (1986).
  • Los ojos de la iguana y otros poemas. Accésit del premio Alonso de Ercilla, 1987. Colección Gerión de Poesía. Bilbao (1988).
  • Los ónices de Onán. Premio de Poesía Erótica de La Galleta del Norte. Bilbao (1989).
  • Cálices de Octubre Accésit del premio Alonso de Ercilla, 1989. Colección Los Libros de la Pérgola nº3, Bilbao: Ayuntamiento de Bilbao (1990).
  • La rueda oscura. Premio Imagínate Euskadi (1992).
  • Endecha de la huella oscura. Premio Imagínate Euskadi (1994).
  • 27 sonetos de amor y una canción enajenada. Premio Imagínate Euskadi (1996).
  • …aunque al fondo esté la música. En colaboración con el pintor José Javier Lacalle “Laka”. 2003.
  • La llama amarga. En colaboración con el pintor Fernando Eguidazu. 2004.
  • La memoria del aire. (en colaboración con Paciel González y Mikel Alonso). Colección Ametsak, Bilbao, Caja Laboral Popular, 2009.
  • El grito de las aves. Colección Zurgai, Bilbao, 2010.
  • Entre los pliegues de la luz. Bilbao: El Gallo de Oro Ediciones, 2012.
  • Bajo el ligero peso de la nieve. Bilbao: El Gallo de Oro Ediciones, 2015.