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El Real Madrid, o el poder del dinero

El Real Madrid —ese equipo al que todos tendríamos que estar abonados, o adorar, el mejor del mundo, el que más ganancias y noticias genera—, y sus dirigentes, comprendieron un buen día que el dinero da la felicidad, conforma un grupo de jugadores hechos para ganar, da igual cómo se llamen mientras vistan de blanco, se puedan vender a los medios de comunicación y acaparar las portadas (del Marca, por supuesto, pero también de otros diarios menos deportivos), y que los periodistas hablen de ellos, y los encumbren con el balón de oro o la zapatilla de plata. Y se vendan camisetas y bufandas y pines, o cualquier otro tipo de merchandising que permita seguir hinchando la burbuja económica del deporte rey.

Los presidentes del club blanco entendieron que Madrid necesita un equipo que aúne al país, que sea el referente de la capital y de España, del que se hable en toda la galaxia, cuya blancura sea superior a cualquier otra pero que sobre todo genere riqueza. Qué más daban entonces las cláusulas de rescisión, los abultados precios de un jugador, la proyección de un portero que despunta en otro equipo si se cuenta con el capital suficiente como para llevárselo a Valdebebas, aunque luego se pase años chupando banquillo y pueda desarrollar esas aptitudes por las que fue elegido. Qué más daba todo si contamos con dinero para hacerlo.

Y la avaricia del mejor equipo del mundo alcanzó también a la selección española, a su entrenador, un Julen Lopetegui que cayó en las fauces del cómo no voy a entrenar al club que cuenta con más figuras internacionales y más reconocimientos en forma de copa; porque una cosa es hacerlo con figuras de la nación, y otro con jugadores interestelares que elevarán mi caché y mi nómina. Y tampoco es necesario ser un buen entrenador: basta con dejar jugar a las estrellas. Y no hace falta tener demasiado criterio (o carácter), no vaya a ser que se enfade su delantera o su figura más mediática (que se lo digan a aquel entrenador que no supo reconocer entre Messi y Ronaldo quién era el máster del universo). Así que Florentino Pérez optó por fichar a Lopetegui y provocar el caos en la selección a dos días de su estreno contra Portugal. Y se hizo noticia. Y Luis Rubieles, presidente de la Real Federación Española de Fútbol, optó por destituirlo de inmediato. Y nombró a Hierro. Y Lopetegui será presentado hoy ante la afición madridista. Quizás porque los responsables blancos también entendieron que el equipo que representa a España no es la selección sino el Real Madrid.

Lo decía esta mañana Iñaki Gabilondo: «Piqué, el denostado, nunca le perdió el respeto a la selección; el Real Madrid, grande de España, se lo perdió ayer por completo».

El bluf de la Euskal Selekzioa

Acudí a San Mamés hace años a ver un partido de la selección de Euskadi. Recuerdo que fui con mi jefe y su hijo, que coreábamos cada jugada y que cantamos gol las veces que los hombres de verde rebasaron la portería contraria. No recuerdo contra qué equipo jugamos —creo que fue Yugoslavia antes de que dejara de serlo—, pero sí que La Catedral estaba a rebosar, que era 28 de diciembre y que fue lo más parecido a una fiesta del fútbol. Es la única vez que he visto a la selección, quizás porque la mezcla de reivindicaciones políticas que confluían en el estadio me da un poco igual, no soy hincha de casi nada —salvo de aquello que consiga emocionarme— y, con franqueza, los equipos a los que se ha enfrentado han dejado bastante que desear. Ademas, ya no sé a qué selección voy a ver, si a la de Euskadi, a la de Euskal Herria o a la Euskal Selekzioa.

El partido de ayer contra Túnez no estuvo marcado por el fútbol, ni por el golazo de Aduriz, ni por el resultado. Fue la imagen de unas gradas vacías —apenas 15.000 personas acudieron al campo— la que ha causado revuelo. Algo no funciona, y no lo hace si hasta los propios jugadores, poco acostumbrados a manifestarse sobre cuestiones polémicas, empiezan ya a plantearse que hay que darle una vuelta a todo esto. Lo que iba a ser una nueva fiesta del fútbol vasco se convirtió en un bluf, en un fiasco. Se ha sectorizado todo de tal manera, que también un partido como el de Euskadi se dirige únicamente a sus incondicionales. Ya lo apuntó el propio Aduriz: «San Mamés ha sido el reflejo de lo que la gente piensa del partido».