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El azafrán de la literatura

Según el diccionario de la RAE, el azafrán es una planta de la familia de las iridáceas, con rizoma en forma de tubérculo, hojas lineales… cuyo estigma, de color anaranjado, es usado como medicina, y como condimento en las picadas o para dar aroma y sabor tanto a preparaciones saladas como en dulces; para platos a base de arroz —como el arroz a banda—, de pasta —como los fideos a la cazuela o la fideuà—, de patata, en escabeches o en guisos; para las maceraciones —pinchos morunos—, y por supuesto para colorear la comida. Un solo pistilo es capaz de embellecer de color todo un plato. En 2010 el precio del azafrán en España rondaba los 3.000 euros el kilo, de ahí que durante mucho tiempo se le haya denominado como oro rojo.

Contaba hace unas semanas mi predilección por las novelas cortas, las novelitas, lo que los ingleses llaman novella o short novel, o últimamente nouvelle, empleando un galicismo. Mi último libro, Cuerpos de mujer bajo la lluvia, ronda las 11o páginas, y como dijo el editor, Roberto Lastre, tiene el tamaño adecuado. Ampliarlo hubiera significado alargarlo en exceso pero, sobre todo, innecesariamente. El escritor Óscar Alonso suele decir que el mercado —ese ente abstracto del que todos hablamos y nadie conoce— marca la pauta de lo que se publica: novelas de gran formato, de más de trescientas páginas, con muchos personajes y repetición de ideas. Si vas a pagar veinticuatro euros, mejor por un libro que pese kilo y medio que por otro que apenas llegue a los doscientos gramos. Y hacíamos esta mañana un listado de algunas de las novelas que apenas rozan las cien páginas y han marcado la historia de la literatura: La metamorfosis (Franz Kafka), El principito (Antoine de Saint-Exupery), El hombre que pudo reinar (Rudyard Kipling), Novela de ajedrez (Stefan Zweig), La Perla (John Steinbeck), El viejo y el mar (Ernest Hemingway), Pedro Páramo (Juan Rulfo), Muerte en Venecia (Thomas Mann), El extranjero (Albert Camus), El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (Robert Louis Stevenson), Crónica de una muerte anunciada, (Gabriel García Márquez), Rebelión en la granja (George Orwell)… Obras que vendrían a ser como el azafrán de la literatura.

 

Lo difícil que es llenar Bidebarrieta

Cuando llegué faltaba casi una hora para que empezara el acto. Una cinta prohibía subir a la sala de conferencias. “La quitaremos poco antes de que empiece la charla”, comentó el encargado con ese tono medido de quienes están cansados de dar explicaciones. “Arriba tienes al técnico de sonido”, tuteó. Minutos antes me había llamado Roberto Lastre, el editor: “El autobús nos ha dejado tirados en la autopista. Estamos esperando a que lo arreglen o a que llegue otro”. “Pero… ¿vais a llegar”, pregunté con un punto de nerviosismo. “Si vemos que se nos echa la hora llamaremos a un taxi, no te preocupes”. Yo lo estaba, y más al ver las dimensiones del salón de actos. Quién puede llenar un espacio como ése, quizás Pérez-Reverte o Carmen Posadas. La presencia de una figura con los rasgos de Unamuno asomándose por el balcón intimidaba aún más. “¿Eres el organizador?, me preguntó el técnico al verme llevar la cabeza a un lado y otro. “Me han dicho que necesitas dos micrófonos de mesa, uno de sala y te he traído otro de petaca por si quieres moverte por el escenario”. Como un predicador; me acordé entonces de Clint Eastwood en El jinete pálido. Al menos ambos íbamos de oscuro y con el micrófono de petaca a modo de cartuchera también yo podía enfrentarme a todo. Hicimos las pruebas pertinentes: al menos nadie podrá decir que no se oía. Desde la mesa observé la sala y saqué una foto con las trescientas butacas vacías. Y esperé: a Itziar Mínguez, maestra de ceremonias, que volvería a mostrar su habilidad para desmenuzar Cuerpos de mujer bajo la lluvia, la novela que excusaba nuestra presencia en Bidebarrieta; a Roberto Lastre y a su mujer, que finalmente llegaron a tiempo para colocar ejemplares del libro a la venta; y al respetable —qué gran término—: pareja, amigos, familia, escritores, paseantes despistados, seres de otra galaxia, fantasmas del pasado… Todos juntos envolviéndome con su calor y sus sonrisas cómplices. Con semejante público uno puede ya sentirse tranquilo y levantarse, pasear por el escenario emulando a Steve Jobs -o a un Burt Lancaster de vendedor ambulante, o a un político en campaña con el rostro de Robert Redford-, y hablar de sus miedos, de sus alegrías, de lo hermoso que es que una novela salga a la calle y un lector se interese por ella.

Frío en la calle, calor entre libros

Es otro de esos días de un invierno que parecía haber remitido. Está anocheciendo. El editor, Roberto Lastre, me ha dicho que le llame en cuanto llegue a Vitoria, pero necesito unos breves minutos para interiorizar lo que voy a contar sobre la novela. No es lo mismo hablar a un público anónimo que a personas que ya conocen tus tics, que incluso los toleran o le hacen gracia. En la librería Mara Mara se respira el aroma a ilusión,a proyecto en el que hay puestas muchas esperanzas, quizás incluso sueños. Llama la atención la cordialidad de la dueña, el contacto cercano con lectores a los que ya conoce y a los que recomienda lecturas. Se acerca a una estantería —de ésas que parecen sacadas del salón de un lector voraz— y recomienda dos o tres títulos de editoriales independientes, poco habituales en otros lares. «Te van a gustar», le dice a una clienta.

Los asistentes a la presentación de Cuerpos de mujer bajo la lluvia son conocidos del editor, amigos de un proyecto que lleva ya quince años intentando introducirse en la vorágine del mundo editorial. Hay algún escritor, pero ya se sabe que los autores no son muy dados a asistir a presentaciones de libros. Escribir necesita tiempo, soledad, introspección. Aun así, Lastre quiere conmemorar la efeméride juntando a todos aquéllos que han formado parte de su catálogo: charlas, mesas redondas, encuentros en los que corra el vino y se hable de libros. Pero eso será en próximas fechas. Ahora toca hablar de mi libro: qué daño hizo Umbral. Y luego las preguntas del respetable. Una de las asistentes a la presentación se queja de que los más jóvenes no se acercan ya a los libros, pegados como están a los teléfonos móviles. Y uno, ajeno a las divagaciones sobre la escasez o no de lectura, se levanta y dice: «Hagamos como ellos».  Si no puedes vencerles, únete a ellos. Publicidad a golpe de selfie e Instagram.

El vértigo de publicar

Ya está impreso, aunque aún le queden unos días para asaltar las librerías. A mediados de semana recibí por guasap una imagen de Roberto Lastre, editor de Arte Activo, en la que se veía un ejemplar de Cuerpos de mujer bajo la lluvia. Decía que había quedado “precioso”, un apelativo que no dejó de llamarme la atención por lo sencillo y cercano, como de editor que quiere hacer las cosas bien. Después lo llevó de copas, le sacó fotos en los bares, junto a una cerveza, rodeado de dos copas de vino, como si fuese un amigo al que invitas al poteo. Hay quien compara la publicación de un libro con un parto, simil burdo que evidencia que tenerlo entre las manos, o verlo ya editado (en papel, para qué nos vamos a engañar) es una mezcla entre ilusión y desbordamiento. Y luego, al ver los ejemplares apiñaditos en una torre a la espere de que el lector lo juzgue, la sensación es de vértigo, de miedo escénico. El libro, en eso sí estoy de acuerdo, ya no me pertenece, al menos no en su totalidad: pertenece al lector, juez último de tu trabajo.

Como miembro de ALEA, me pareció que la presentación inicial tenía que ser en ese entorno en el que llevo varios años, como profesor de los talleres Espíritu de la alhóndiga, primero, como asociado después. Una presentación en familia, por decirlo de alguna manera. Y había nervios, incluso aunque no lo pareciera. Todo libro es desnudarse en público, y más para los que escribimos desde la verdad —un guiño para los que ya saben a qué me refiero—. Tenía la seguridad de que estaría bien arropado por la poeta Itziar Mínguez, encargada de hacer la presentación —qué decir de alguien que es capaz de desmenuzar con tanto acierto (y sin hacer spoilers) lo que a uno le ha llevado años construir—. Y quiero creer que Cuerpos de mujer bajo la lluvia no se hubiera publicado sin la fe del editor, sin la complicidad de Marta Pérez Elosua —que dibujó en su mente una portada y la hizo realidad—, y sin el empuje de quien con su lectura detallada y voraz me tranquilizó diciéndome que era una gran novela. Qué importante es cuando cuentas con el apoyo y la crítica sincera, cuando te ayudan a mejorar como escritor.

Ahora que se han mitigado los nervios de la primera presentación es el turno del lector.