Entradas

Lo que tiene y le sobra a España, en palabras de Montero

Los datos, me ha dicho Montero este mediodía con un vino en la mano, esas cifras que pueden ser utilizadas en favor o en contra dependiendo de por dónde nos dé el viento o de qué vara de medir empleemos: en este caso, lo que tiene y le sobra a España. Hoy me he enterado, con todo ese revuelo sobre el Valle de los Caídos —que ya me dirás por qué es tan difícil entender que quizás un dictador como Franco no debiera tener un mausoleo, pero en fin, seguro que el PP y Ciudadanos encuentran eufemismos para aclarármelo— que España es el segundo país del mundo con mayor número de fosas comunes. Por detrás de Camboya, nada menos. Y que debe de haber alrededor de 120.000 personas desaparecidas, de las que no se llegará nunca a saber dónde están —en muchos casos por falta de voluntad política, cómo no—. Pero me he emocionado, oye, que estamos casi a la par de Camboya y así, sin darnos importancia.

¿Y sabes cuál es la otra cifra en la que destacamos? En políticos. Se decía hace unos años éramos el país con mayor número de políticos con cargo por habitante de Europa (uno por cada 100, frente al 1 por cada 1.000 de Alemania). Sé que son cifras sin contrastar, sacadas de los rumores de bar y de las redes sociales, pero se hablaba de que había 300.000 políticos más que en Alemania y el doble que en Italia o en Francia. Cuatrocientos y pico mil, que no está nada mal entre concejales, diputados autonómicos, consejeros, secretarios de estado, directores generales, ministros, presidentes autonómicos, presidente sin más, asesores y demás vices que pululan por el país. Hoy he leído que no, que sólo hay 160.000. Que tampoco está nada mal. Pero seguro que me tachan de populista si digo que una de las soluciones para evitar la crisis hubiera sido, precisamente, reducir el número de personas que viven de la política, o del cuento, con todo lo que ello conlleva: dietas, sueldos vitalicios, prebendas o esos beneficios que de repente tienen si dejan el cargo. Que no hago más que ver a Casado pegándose unos viajes por el país para darse a conocer —que ni una de esas vedettes antiguas y trasnochadas de las de estola, vestido ceñido y tacón alto— y me pregunto por qué no vuelve a la técnica de la televisión de plasma, tan de moda entre los suyos, que es más barata.

Montero estaba lanzado, tanto que no había llegado aún a probar el vino. Quizás dándose cuenta de ello ha cogido con suavidad la copa y ha paladeado el verdejo. Después ha vuelto a la carga.

Pero hay más cifras, ha continuado: España es el primer país del mundo en coches oficiales. Alrededor de 40.000, frente a los 412 de Estados Unidos. No quiero ni pensar en el gasto que nos supondrá que el gerifalte de turno pueda ir a hacer la compra del fin de semana o aparcar en carga y descarga, como aquellas políticas madrileñas, ya sabes, la Saenz de Santamaría o la Espe. Aunque, y en eso les voy a dar la razón, somos lo más de lo más en turismo. De chiringuito y playa, por supuesto, pero para qué queremos más si eso permite que seamos también los líderes en el número de camareros que se sacan unas pelas por el bien del país. Que nosotros siempre hemos sido mucho de bares. Y el segundo país de Europa en consumo de sexo. Para que luego me digan que los vascos no nos comemos un colín.

Los datos, ha repetido mi amigo. Me enteré de que en los pasados sanfermines había disminuido el número de visitantes a las fiestas. Y se sabía por el descenso de la basura diaria recogida. Se había pasado de 51 toneladas de mierda a 48. Y claro, o realmente hubo menos visitantes o fueron más limpios. O, simplemente, consumieron menos. Yo, amigo mío, soy más partidario de lo primero. Tengo curiosidad por saber cuáles son las cifras que nos da el Ayuntamiento de Bilbao con eso de la Aste Nagusia. Por si acaso, no he bajado todavía al Arenal, no vaya a ser que se me queden los pies negros.

El máster de Cifuentes

El máster de Cifuentes demuestra lo que ya es un secreto a voces: el PP cree que España es su chiringuito y que el público se traga cualquier cosa. Será la derecha o una forma de gobernar, quién sabe. O será Madrd, la Corte, el poder… Hoy en Radio Nacional, Alfonso Alonso, destacado miembro del PP, y al que no considero una persona estúpida, venía a decir que tenían “que defender a los suyos —es decir a Cifuentes—, porque forma parte del Partido”. Qué más da si miente o no, si sus excusas suenan a eso, si ha dado explicaciones desde una pantalla de plasma —muy al estilo Rajoy— o desde su propia plataforma virtual para no tener que enfrentarse a la prensa y a preguntas icómodas. Tampoco importa que enseñe papeles con firmas falsificadas, que no sea capaz de entregar un trabajo de fin de máster —habría sido lo más fácil para evitar todo este esperpento— o que a estas alturas esté haciendo un daño irreparable a la universidad y a la educación. Nadie se cree ni sus mentiras, ni sus sonrisas ni su altanería de deidad barnizada en oro. Pero es que tampoco nos creemos a esos vendedores de sueños y baratijas que llaman políticos, capaces de anteponer las necesidades de su partido a las del país. Qué necesidad de regeneración, de cultura, de educación haría falta para que hacer cambiar todo esto. Durante dos años un amigo mío estuvo haciendo un máster al que dedicaba la práctica totalidad de su jornada: clases presenciales, trabajos colectivos, encuentros con otros compañeros… cuestiones que Cifuentes se pasó por la entrepierna con el visto bueno de la Universidad Rey Juan Carlos. Los responsables de la misma ya han dado a entender que el máster de la Presidenta de la Comunidad de Madrid funcionaba de manera irregular. Lo que nos hace cuestionarnos si no habrá ocurrido lo mismo con las carreras o los másteres de otros políticos hispanos, deseosos de ver engordar sus currículos como si en realidad todo eso les sirviese para algo. Como si no creyésemos que nos gobierna una pandilla de iletrados.

En qué trabaja Celia Villalobos

Cada vez que la veo me lo pregunto: en qué trabaja Celia Villalobos, me ha soltado Montero esta mañana al ver la cara de la diputada en la televisión mientras nos tomábamos un café. Y yo, que tampoco lo sabía, porque en el fondo me da igual, he trasteado en Internet: «Es una política española, diputada en el Congreso por Málaga desde 1989, portavoz adjunta al PP y presidenta de la comisión del Pacto de Toledo. Opositó para funcionaria del Estado siendo su destino la Organización Sindical, más conocido como Sindicato Vertical, la organización sindical al servicio del franquismo, en Málaga. Está casada con Pedro Arriola, otro de esos asesores que tiene el PP. Ha sido Ministra de Sanidad, Vicepresidenta del Congreso de los Diputados y Alcaldesa de Málaga», he leído.

O sea, ha reflexionado Montero dando un sorbo a su café solo, que se ha pasado toda la vida viviendo de la sopa boba. Viviendo de lo público y de nosotros. Vamos, que lo de trabajar en serio como que ni lo ha catado. ¿Y esta señora preside el Pacto Toledo?, se ha preguntado. Porque, por si no lo sabes, son los que se ocupan de las pensiones, los que tienen en la calle a los jubilados con sus sueldos de miseria, que ayer en una reunión a puerta cerrada en el Congreso debió de ponerse a gritar como una verdulera, una mujer que es capaz de decir que los jóvenes tendrían que ahorrar dos eurillos al mes, menos que una cerveza, soltó en TVE sin sonrojarse, durante toda su vida laboral para la jubilación. Pues hubieran conseguido 1.200 euros en cincuenta años, menos de lo que cobra ella a la semana. Porque claro, nadie habla de los sueldos de esta gente. ¿La oíste el otro día? Dijo que “hay pensionistas que están más tiempo cobrando la pensión que trabajando”. O que la jornada laboral de los españoles es larga porque se entretienen hablando de fútbol. Con ocurrencias como ésta, la señora es trendic topic y el hazmerreír de los votantes, pero ahí sigue, permitiéndose dar lecciones de economía, de trabajo, y de vida. En fin, y lo dice una tipa a la que pillaron durmiendo en el Congreso, o tirada en su escaño o interrumpiendo a gritos al parlamentario de la oposición. Una señora que presidía el Congreso a golpe de Candy Crush sin que se le cayera el refajo de la vergüenza. En otro país, la política andaluza estaría ya en su casa y nadie la echaría de menos. Cobrando una pasta, eso sí, porque no creo que tenga problemas con su jubilación. Que con 68 años ya le toca, ha subrayado Montero.

Sí, le he dicho, y seguro que se permite decir que si ella puede estar currando a su edad también puede hacerlo un minero. O una enfermera.

El puestazo del ministro

Desconozco las habilidades del ministro Luis de Guindos más allá de su prepotencia y de tratar a la prensa como si fuesen apestados. Debe de tener un fino sentido del humor, a juzgar por el rostro de comicidad que se le queda cuando un plumillas saca la pregunta a pasear o cuando habla con sus colegas europeos y se echa esas enormes risotadas que provocan inseguridad y miedo. No en vano, muchas de sus decisiones acabarán golpeándonos tarde o temprano. Siempre me he preguntado qué sentirá un tipo de estos, si es que sienten algo. Si en verdad piensan que trabajan por el bien del país.

Personalmente, jamás he podido tomarlo en consideración. Ni siquiera en serio. No me gusta, no me fío de él, le oigo hablar y me entran sudores fríos, como si oyera caer una guillotina. Será porque soy un fiel seguidor de las teorías de Johann Caspar Lavater y de su obra El arte de conocer a los hombres por su fisonomía, y a mí la del ministro se me antoja como la de un pez globo —considerado el segundo vertebrado más venenoso del mundo—, el rostro de un personaje que podría esperar en cualquier esquina para desplumarte. Pero claro, es sólo una impresión. Y por tanto irracional, por mucho que nos acojamos a teorías del siglo XVIII.

Nunca entendí cómo un tipo que estuvo de asesor en Lehman Brothers —uno de los responsables de la crisis financiera mundial, no lo olvidemos— pudo acabar como Ministro de Economía. Hay gente que nace con padrinos y tampoco son necesarios demasiados méritos para ser ministrable. Basta con poner cara de póker y no contestar a lo que se le pregunta. En algunos casos, ni siquiera son necesarios acreditar idiomas o carrera. De estos, De Guindos tenía, no lo vamos a negar. Y ha demostrado ser listo. Se va a levantar más de trescientos mil euros al año si accede a la vicepresidencia del Banco Central Europeo.  Y no abandona de momento el cargo de Ministro, no vaya a ser que… Eso sí, todo por el bien del país. Imagino que parte de su sueldo lo devolverá a las arcas públicas, ya que gracias al Estado ha logrado acceder a los méritos por los que ahora se postula. Y los contactos que le permiten llamar a quien quiera y medrar. Aún no he oído a ningún medio de comunicación hablar de la obscendidad de un sueldo como el que le van a pagar. Pero sí decir que va a venir bien a España tener a una persona como De Guindos en el BCE. Como si su nombramiento fuera a ayudar en algo a mi economía.

Manuel Robles o la pasión por el partido

Me desperté ayer escuchando a un tipo que no conozco y por el que no tengo ningún interés pero que me ha hecho pensar: un tal Manuel Robles, alcalde de Fuenlabrada, se jubila tras 16 años al frente del Ayuntamiento. Como dejar un cargo político es ya una noticia, y estar tanto tiempo en el poder es de premio, la noticia ha salido en todos los medios. Al parecer, abandona el cargo porque quiere dedicarse a la familia. Y dice tener tres pasiones: “mi familia, la ciudad a la que amo y mi partido”. Al escucharlo me he dicho. ¿Pasión por su mujer? Lo entiendo. ¿Por su ciudad? Sin duda, me sacan de Bilbao y me salen escaras. ¿Pero el partido? Si aún fuese el Athletic. O la triada Atletico-Barça-Madrid para los aficionados a los medios deportivos y a Antena3. ¿Pero el partido? ¿Se puede sentir pasión por un partido político sea el PSOE, el PP, el PNV…? En este caso, Manuel Robles lleva no sé cuántos en el PSOE, por cuyas siglas siente una pasión irreprimible, casi sexual. Y uno de pronto entiende: nuestro sistema político permite que un ciudadano elegido no se deba a la sociedad a la que representa sino al partido que le da de comer. En circunstancias como esa, es normal que Robles sienta pasión. O que haga cualquier cosa que le pida el partido, aunque vaya en contra de su pueblo o de su país (palabras en este caso escritas en minúscula, para remarcar su intrascendencia).

Tabarnia o la República Independiente de La Casilla

Cuando el independentismo y ETA estaban en su apogeo en Euskadi bromeábamos en privado diciendo que nosotros también queríamos crear la República Independiente de La Casilla. Era una manera de descontextualizar la lógica de ciertos sectores de la política vasca y de la violencia terrorista que, no lo olvidemos, era moneda habitual en nuestras calles y en los medios de comunicación. Si todo era un tema de diferenciación,  de sentimientos, de libertad, de lengua o de derechos históricos, qué teníamos en común los habitantes de Bilbao con los pueblos del Duranguesado o el Goierri guipuzcoano. ¿O qué nos acercaba a la llanada alavesa y a Vitoria, si en nuestra opinión la capital económica y política de Euskadi siempre sería Bilbao? La capitalidad de Vitoria era un regalo, decíamos, una concesión de los partidos, y en concreto del PNV para que Álava no se sintiese la hermana pobre del País Vasco.

Lo cierto es que desde nuestro pequeño submundo urbano y bilbaíno el nacionalismo que nos vendían nos resultaba reduccionista, arcaico, fruto de épocas caducas, y apelaba a semejanzas que no lo eran; y el terrorismo una lacra que debíamos extirpar de la sociedad y que tenía que ver más con rencillas rurales de personas que se dejaban engañar por postulados primitivos —lo nuestro, lo de ellos, lo del pueblo, lo de fuera— y por términos que procedían de otros siglos, que se actualizaban otorgándoles la divinidad de las mayúsculas —Patria, Pueblo Vasco, Nación y ese concepto global y aún no suficientemente estudiado llamado Euskal Herria—. Nuestras reivindicaciones pasaban por un bilbaocentrismo tan absurdo y contestable como el que nos exhortaba a tomar la ikurriña y avanzar. Nos parecía bien que se apelase a que un vasco tiene poco que ver con un andaluz o con un catalán, pero no entendíamos por qué debía romperse la relación mantenida durante siglos; además, quienes vociferaban las diferencias de las costumbres e idioma recurrían siempre a una Historia en muchos casos falseada y sus argumentos estaban repletos de frases hechas o insultos, en plan si no te sientes vasco puedes largarte de aquí, por no hablar de adjetivos como españolazo, un auténtico descubrimiento. Del tiro en la nuca o la bomba lapa no merece la pena insistir.

Pero no sólo eso, si realmente como vascos teníamos derecho a exigir la libertad de nuestro pueblo, por qué no extender esas peticiones a una comarca, a un municipio, a un barrio o a una comunidad de vecinos. O a nuestra plaza de La Casilla, en cuyos alrededores vivíamos. Nos parecía bien que se independizase Guipúzcoa, y que nos librásemos de sus monsergas, su aspecto de recién llegados del monte o sus cortes de pelo a hachazos. Estereotipos que se imponían como todo lo que nos resulta ajeno y molesto. Además, pensábamos en nuestra inocencia juvenil, en caso de una previsible independencia, qué opinaría el País Vasco francés, Navarra y, por supuesto, Álava, ya se sabe, la provincia traidora y todo eso. En fin…, que nos limitábamos a rebatir los argumentos de quienes insistían en que tenían el derecho inalienable a decidir su futuro, a independizarse, a cumplir con el mandato cuasidivino de una Euskal Herria con capacidad para formar parte de Europa sin la intromisión del Estado español (opresor, fascista y otras lindezas).

Claro que si por cualquier circunstancia nos topábamos con algún defensor a ultranza (pacífico) de tomar las de Villadiego para Euskadi y le planteábamos esas dudas, nos aseguraba que no, que Euskal Herria lo formarían los siete territorios, que no había opción a separaciones que poco tenían que ver con nuestra Historia. Y recurrían a argumentos conocidos —y repetidos ahora en Cataluña y base de cualquier nacionalismo—, con un puntito de victimismo en su rostro: que si el bienestar común, la mejora de nuestra situación sociopolítica, el mantenimiento de unas costumbres e idioma ancestrales, el florecimiento de esa Arcadia feliz que Francia y España obstaculizaban a base de represión y torturas. Rebatir cualquiera de esos argumentos era sencillo, pero implicaba posiciones y debates que no se iban a producir. En el fondo, sólo eran conversaciones de bar, tan parecidas a las de los parlamentos o los foros políticos. Nos interesaba el tema de la independencia porque conllevaba muerte e imposición y porque suponía cierta dificultad hablar en las calles con quien no pensase como tú. Acabado el terrorismo, dejamos de escuchar cantinelas repetidas cada hora, eslóganes patrios o soniquetes molestos. Sólo si encendías la televisión o enchufabas la radio, especialmente las locales, corrías el riesgo de oír a un político o sindicalista hablar de lo mismo.

Con Cataluña está pasando algo similar, sólo que sin la violencia de una organización terrorista. Quienes insisten en ello tienen poco que ver inicialmente con la calle y más con partidos políticos y un Gobierno catalán que ha preferido esconder en todos estos años sus vergüenzas tapándose con esteladas. Y es fácil crear un caldo de cultivo si falseas la historia, escondes datos o insistes sólo en lo que viene bien a tus intereses. O si otorgas mayor representatividad a unas zonas que a otras gracias a leyes electorales que debieran revisarse. De la educación ni hablemos, ya que cualquier gobierno que se precie en este país prefiere gobernar a ciudadanos incultos que ofrecerle los mimbres para que edifique su propio punto de vista. Añadiremos, además, que se trata de diferencias entre lo rural y lo urbano, como se ha demostrado en estas últimas elecciones. De ahí que la propuesta de una comunidad autónoma llamada Tabarnia y formada por territorios de Tarragona y Barcelona, además de una ocurrencia supone la reiteración de lo evidente: si una comunidad puede independizarse de otra, ¿convertiríamos cualquier país en una suerte de matrioskas o reinos de Taifas incluso aunque sólo un individuo decidiese que sí?

Raca raca la matraca (o el canto de la guacharaca)

Hoy la noticia, amigo mío, me ha dicho Montero, no es que Puigdemont haya huido con el rabo entre las piernas con cinco de sus exconsellers a Bélgica, dicen que a pedir axilo político sino que en la cárcel de Soto del Real el compañero de Jordi Sànchez, ya sabes, el presidente de la ANC, ha pedido que le cambien de celda harto de la matraca independentista del tío. Que dice que es un chapas, que se pasa todo el día hablando de la independencia y que ya está bien. Que él está en la cárcel pero no tiene por qué aguantar la doble condena del cansino y aburrevacas. Imagínate al tipo todo el día que si Cataluña por aquí, y por allá, y ahora estelada, y después independencia. Como el sonajero de un niño o la matraca de las ferias de los pueblos. En Venezuela y Colombia hay un pájaro al que llaman guacharaca, una especie de cotorra, que se pasa todo el rato gritando guach guach guach guach guach guach. Muy desagradable, se mire como se mire. Lo curioso es que también llaman así en Panamá a una especie de sonajero construido con una calabaza, en cuyo interior meten piedrecitas. Pues Jordi Sánchez es como una guacharaca. Y mira que el otro era uno de esos presos que llevaba sin quejarse desde que lo encerraron. Cómo será el Jordi ese, que según llegó ya se quejó de que le trasladaran de módulo porque un preso le había gritado Viva España. Piel muy sensible se llama a eso, para lo que quieren, claro. Todo este tema del independentismo es ya una cuestión de agotamiento. Que estamos tan hartos, amigo, que me parecería bien que se independizaran, a ver si así dejamos de oír hablar del Process, del 155 y de tipos que están en política porque no sirven ni para liar canutos. Estoy por proponer a la Academia una nueva acepción de guacharaca: runrún independentista, cacerolada, murga de los políticos, sindicatos y otras especies afines. Quizás como sigamos así acaben haciéndome caso.

Y luego dicen que en Bilbao somos exagerados

Y nos llaman exagerados a los de Bilbao. Pero es que todo esto de ver quién pone la bandera más grande o quién agrupa a más número de personas agitando banderines se nos está yendo de las manos. Creo que no habíamos visto tanto rojo y amarillo en la vida. Hasta en Bilbao han colgado banderas de los balcones, cosa que sorprende por lo extraño y porque sus colores no son tan vistosos como esas que se ven por las calles de Madrid, nuevitas y acabadas de sacar de la funda de plástico.

Durante muchos años si subías por la calle Ibáñez de Bilbao desde el Ayuntamiento asistías a un juego casi entrañable: en la ascensión descubrías de pronto los colores de la ikurriña escapando de Sabin Etxea y a lo lejos la rojigualda de la Comandancia de Marina. Y te daba la sensación de que ambos buscaban que su estandarte fuese el más grande. Como si esperasen a última hora para ver el modelo que tocaba hoy: el mediano, el extra o el plus-size. Siempre pensé que aquello era algo como muy de Bilbao, una pelea natural de personas a las que siempre nos han tachado de exagerados.

Pero aquel año fui a trabajar a Madrid, a la redacción del periódico Metro, situada en la calle Serrano. Y al salir el día de mi llegada por una de las bocas del suburbano, me topé con la bandera de la plaza Colón que ondeaba autoritaria y desafiante, tan grande que abarcaba todo el cielo azul. Y me dije que también en eso los bilbaínos pecábamos de provincianos. La capital del Reino debía marcar distancias con el Norte, o marcar tendencia, quién sabe, dejar claro que la españolidad era madrileña o no era. Admito que estuve durante unos minutos viéndola ondear, moviendo la cabeza de arriba abajo, sin dar crédito a la exageración. Era domingo, apenas habían dado las tres, hacía uno de esos calores secos de la meseta y las calles estaban vacías. La bandera de marras imponía aún más si cabe, ajena a los escasos transeúntes que no parecían sentirse afectados por el brillo de sus colores. Creo que lo de la bandera de la plaza de Colón fue una idea del ex ministro de defensa Federico Trillo y del ex presidente Aznar, dos hombres ocurrentes y siempre dados a los excesos. Y que la ocurrencia les llevó al Libro Guinness: sus dimensiones de 21×14 metros lo merecían.

Pero ahora, César Cort, un promotor inmobiliario madrileño, ha colgado en Valdebebas una mayor, el doble, y la ha situado en la fachada de un edificio de 14 plantas. La enseña de marras pesa 248 kilos, tiene 731 metros cuadrados, 17 metros de ancho y 43 de largo. Una auténtica barbaridad que se vislumbra, imagino, desde decenas de kilómetros. La exageración ha tomado las calles en forma de sentimiento patrio. Y no dejo de preguntarme si no habría que promulgar una ley —dado que Rajoy es proclive a hablar del imperio de la misma en democracia— que evitara el exceso de ruido visual en nuestras ciudades. Que con tanto brillo y el exceso de banderines cualquier día de estos nos vamos a quedar ciegos.

Que sí, pero no, o todo lo contrario

Al igual que muchos de nosotros, Montero no acaba de creerse lo que está sucediendo en las últimas semanas en el país. O lo que dice la prensa que está sucediendo. En Cataluña y en España (en el Estado español, por eso de las suspicacias). Hoy le he visto aparecer en el bar con una bolsa y dentro un teléfono de baquelita negra, que guardaba su abuelo en casa, y me ha preguntado mi opinión sobre el sí es no de Puigdemont, la independencia o las caras que se les quedaron a los independentistas en Barcelona. “Un poema”, me ha dicho, “los que estaban en la calle saltaban de alegría al pensarse independientes, que debe de ser muy doloroso tener semejante sentimiento tan interiorizado, ha de doler o algo así para llorar al ver que no, que ya no, o que quizás más tarde, y me pregunto si no tendrán otros problemas en su vida, trabajo precario o simple dolor de estómago”.

He sonreído al oírle hablar. Quizás no tengan otras preocupaciones, le he dicho. Y me ha mirado con un mueca de sarcasmo dibujada en su cara. “Quizás se hayan pensado que al ser sólo catalanes van a ser más altos, más guapos o más listos. Bueno, listos no. Porque se seguirán dejando engañar, como todos nosotros, y los Pujol se saldrán de rositas, y nadie responderá por ese 3% que se llevaban bajo la manga y del que todo el mundo estaba enterado. No se trataba del España nos roba sino de CIU nos palea. Pero a la CUP todo eso se la resbala”, ha apuntado mi amigo, “la CUP es como la Batasuna catalana, sólo tienes que ver las pintas, el corte de pelo giputzi de su líder y el aspecto de recién bajados del monte que se les ha quedado a todos (y todas)”.

Se ha reído de su propio chiste y ha sacado el teléfono dejándolo sobre la barra.

“Y luego está el presidente, a Rajoy me refiero, preguntando por carta a Puigdemont si se ha declarado independiente o no. ¿Una declaración de independencia en diferido? Si está claro que CIU y el PP cada vez se parecen más. Hablan de hacer cosas en diferido, como los pagos aquellos al tesorero Bárcenas. Todo esto es como un vodevil o un chiste sin gracia”.

Ha cogido el auricular, se lo ha llevado a la oreja y ha simulado marcar un número.

“¿Es la Generalitat? Soy Rajoy, ponme con el President…” Ha tabaleado un rato sobre el mostrador. “Puigde, oye, que soy Mariano, que al final lo de ayer no me quedó claro, ¿os vais o no? Es para saber qué hacer. El 155 y eso, ya sabes, ¿me lo podrías aclarar? Que tengo al país revolucionado, y al pequeñín de Ciudadanos de mosca cojonera, y a la Cospe con los tanques; y como mañana es el Día de la Hispanidad he mandado a mi cuñado imprimir un millón de banderas. A ver si les damos salida… Bueno… pero me dices el lunes, ¿eh?”

Montero ha vuelto a colgar el teléfono y me ha mirado con un gesto de decepción.

“En fin… Gila hubiese hecho un gran chiste con todo esto”.