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Creatividad en lata

La poeta Daniela Bartolomé organizaba este año el primer concurso Pote-Poético de Bilbao, un certamen de poesía objeto que bajo el epígrafe de “¡Qué lata de poesía!” empujaba a los concursantes a “habitar” una lata con algo que tuviera que ver con el sentido poético. A este primer certamen se presentaron más de una quincena de trabajos artísticos, en los que hubo un poco de todo: desde participantes que decoraron su pequeña lata como si se tratase de un cofre del tesoro a poetas que dieron rienda suelta a su sensibilidad a través de pequeños versos como mensajes en una botella.

A Daniela la conocí un mediodía en una de las tertulias que Ramón Bustamante organiza en Radio Popular. El encuentro se celebraba en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, y Daniela portaba en sus manos un hermoso libro de poemas ilustrados en el que estaba trabajando. En la charla hablamos de las reuniones mensuales del Pote-Poético —que se celebran todos los últimos martes de mes en la Taberna Zabala de Huertas de la Villa, 3 (Bilbao)— y el concurso que estaba en marcha.

Tras el programa me reclutó para ejercer como jurado junto a la directora de arte Pilar Andrés (de AerreDesign) y el poeta-pintor Rafael Villa, con la propia Daniela como secretaria en un concurso tan original como . La apertura de los poema-objetos y la revisión de todos ellos dio lugar a un fallo unánime por el que se elegía un primer premio ex aequo, para Oh!!Las, de Llum Saumell Pascual y Pinzas enamoradas, de Javier Sáez Medrano, por su diferente interpretación del sentido lírico de una lata, en el primer caso más poético y en el segundo más formal. Además, el jurado interpretó que era necesario hacer dos menciones a las obras de José Manuel Gómez Benítez e Iñigo Padró Moreno por el juego interactivo de una y por el carácter casi escultórico de la otra.

La entrega de premios tuvo lugar ayer en AerreDesign (Avenida de las Universidades), un espacio abierto a la creatividad tanto editorial (como muestra el libro Atmósfera_2 del escritor navarro Mikel Alvira y la fotógrafa noruega Ingunn Viste) como de identidad visual. El momento se cerró con lectura de poemas y música en directo. Y mucha empatía.

José María García Nieto ganó el Premio de Poesía Gerardo Diego

A finales de diciembre supe que el Premio de Poesía Gerardo Diego, que convoca el Gobierno de Cantabria, había ido a parar al poemario La gran oscuridad, de mi amigo José María García Nieto. Según el jurado, una obra “unitaria” en la que destacaba su poesía breve y concisa. Leía además en El Diario Montañés que sus versos se habían hecho más sencillos, que es un gran admirador del poeta Claudio Rodríguez y que había intentado escribir de algún modo como él lo haría. El propio García Nieto confirmaba a la periodista Rosa Ruiz que el premio era «la constatación de que después de diez o doce libros de poesía que nunca han visto la luz, por fin estoy preparado para ver uno de mis poemarios publicados». Y que considera que la autoedición es «más propia de vanidades». Conservo alguno de estos poemarios inéditos: Música de la razón, Nostalgia de los cuerpos, Mis seres perdidos, Cuando nadie creía, Corazón de ritmo lento, Concentración de lo disperso… Y fui junto con Iñaki Mendizabal el responsable de publicar su única novela, El hombre oscuro, en la editorial Elea,con la que quedaría finalista del Premio Ateneo de Valladolid 2003 por su “reflexión profunda sobre el ser humano, las relaciones personales y la creatividad”. En mi novela Las hermanas Alba García Nieto era uno de los protagonistas y me refería a su novela en los siguientes términos: El hombre oscuro rebosaba lirismo; yo mismo le había comentado que era una novela más poética que narrativa, pese a que las frases se construyeran haciéndonos creer que se trataba de prosa; eran más bien sentimientos desbocados, pensamientos que se transfiguraban para construir un hermético mundo personal”. Este hermetismo, en su novela y en el propio José María, hizo que durante mucho tiempo, el escritor Óscar Alonso y yo nos refiriésemos a él como “el hombre oscuro”, un carácter que aún conserva. Tanto es así que ninguno de los dos supimos que había logrado el Gerardo Diego, y pasó casi un mes hasta que me enteré, como se suele decir, por la prensa. Me sorprendió que en su novela y en el poemario aludiera a la oscuridad, y tal vez por ello tengo aún más ganas de leer sus poemas.

Los Premios Literarios convocados por el Gobierno de Cantabria me brindaron además dos nombres a tener en cuenta: Santiago Casero, ganador del premio Manuel Llano de relatos por Secretos de familia, y Carlos Villar, autor de Descubre por qué te persigo, que se llevó el de novela. De Santiago Casero leí hace un par de veranos La herida (Libros de Ítaca), un de las obras más interesantes de los últimos años. De Carlos Villar no conozco su obra pero considero que tampoco hay que perderle la pista.

Me quedé sin ver a Queen

Cuando falleció Freddie Mercury escribí un poema en su memoria, un mal poema, que empezaba así: “Clarear enfermizo de un día/, en el cielo nubes pantanosas/ lloran sangre y nos anuncian/ el espectro de un hoy apagado”. El libro en el que se incluía el poema me lo acabaron publicando con el título de El canto de la memoria. Algunas veces lo releo, no para recordar al cantante de Queen sino para dejar claro por qué no continué con la poesía. Mi hermana tenía todos sus discos, de los que con el tiempo me he apropiado, y con otros tres amigos perpetrábamos una versión casera de “Somebody to love”, en la que poníamos mucho interés, incluso mucho estilo y postureo en plan Freddie: manos al cielo, piernas arqueadas, Pero solo con estilo no siempre se llega a dar el tono, y aquello más que un coro parecía una granja de gallos. Lo cierto es que nos gustaba casi todo lo que hacían Mercury, May, Deacon y Taylor, y que la muerte del primero pesó como una losa, mucho más que los recientes fallecimientos de Bowie o el Príncipe de Mineápolis. Me parece recordar que incluso nos despedimos del cantante en plan funeral irlandés, cogiéndonos una curda, y poniendo todas sus canciones. Llevábamos ya un tiempo barruntando que aquella imagen desmejorada de su último disco, Innuendo, no presagiaba nada bueno, y que quizás no llegase siquiera a cantar “Barcelona” en la inauguración de los Juegos Olímpicos junto a su querida Montserrat Caballé. Se nos había quedado una espinita clavada años antes cuando supimos que no vendrían de gira a presentar The Miracle, que no era un buen disco, pero que nos permitiría ver al grupo en directo. Pero el caso es que hoy se conmemoran 25 años de la muerte de quien fuera durante años la voz de uno de nuestros referentes musicales. Y nosotros nos quedamos sin ir a verlos.

Noches poéticas (de mañana)

El poeta Ritxi Póo lleva años invitándome a participar en Noches Poéticas, encuentros que organizan entre otros Julián Borao, Mónika Nude, Javier Arnaiz, Julio González Alonso y el propio Ritxi. Asistí hace unos meses a una de esas noches con motivo de la presentación de su último poemario, Trampas al solitario (editorial Amargord), y no pude borrar de mi cara el gesto de asombro. Un auténtico espectáculo de luz y color, muy alejado de lo que yo esperaba. Oradores, rapsodas, músicos, recitadores primerizos y mucha empatía parecía ser la máxima de toda aquella gente reunida bajo una consigna: “Nos vemos en los bares”. Ritxi me dijo en una ocasión que se habían juntado hasta un centenar de personas. Y sólo por el gusto de leer poesía y escuchar lo que escriben otros.

El pasado sábado me invitó al III Encuentro Noches Poéticas Bilbao, que se celebraba en el bar Dock, con la intención de juntar a “poetas, editores y dinamizadores de actividades culturales vinculadas a la poesía, llegados de Almería, Madrid, Navarra, La Rioja, Córdoba, Murcia, Badajoz, Valladolid, Vitoria y Bulgaria”. Me proponía que hablase del mundo de la edición y de la gestión cultural de los que algo sé. Siempre he bordeado la poesía, más por pudor que por otro motivo. Ritxi —al que conocí hace muchos años cuando él no usaba apodo y comenzábamos ambos en esto de la escritura—, me recordó un poemario que yo había publicado y que ahora me da cierta vergüenza leer. Han pasado veinticinco años de su publicación, y si lo hiciera creo que me resultaría infantil e inmaduro.

La charla a la que acudí comenzaba a las diez y media de la mañana. Un horario de fin de semana sólo apto para los madrugadores. Las calles de un Bilbao desnudo presagiaban un encuentro sin público. Me equivoqué, como no podía ser otra manera cuando se trata de Noches Poéticas, y comenté —en una distendida alocución— que sólo la poesía es capaz de aunar así. Participé en una pequeña mesa redonda en la que se presentaron proyectos venidos desde Valladolid (Carmen G. C. traía Susurros a pleno pulmón, un espacio para gente que quiere leer), Vitoria (Elisa Rueda y su festival Poetas en mayo) y Badajoz (Tino Lobato habló de su poemario Las siete vidas del gato, mientras que José Manuel Vivas lo hizo sobre la tertulia Página 72). Por su parte, Javier Lostalé disertó sobre la poesía. Me quedo con una frase que dijo: “Sólo la creación es válida si es fruto de la necesidad”. No sé si, parafraseando a Pessoa, los poetas son fingidores. Lo que sí sé es que los asistentes a Noches Poéticas están tocados por la semilla de la emoción.

Sin la mujer, la vida es pura prosa

“Sin la mujer, la vida es pura prosa”, decía Rubén Darío, una existencia sin rima, sin la fuerza de lo poético. Ojeo una vez más Cuerpos de mujer bajo la lluvia, convencido de que lo femenino está muy presente en la novela, de que las mujeres que pueblan sus páginas son el verdadero motor de la historia, la razón que motiva que los protagonistas lo sean. Meses después de que Arte Activo publicase la historia, veo la novela con un orgullo que no tuve al principio. Y fue una opinión ajena la que me hizo creer en ella. Siempre tuve dudas de que no fuera más que un ejercicio de estilo, una excusa para narrar sentimientos, con muy escasa línea argumental. Quizás sea eso la poesía. Con la reflexión sobre su escritura, la de la novela, veo además que insistí en jugar con el lector, a partir de frases de películas y saltos en los capítulos. Vuelvo a la frase de Darío. ¿Será esta mi novela más poética? ¿Lo será en el futuro? Quién sabe. Mi vida sí quiero que se llene de poesía.

Orquesta de desaparecidos

Cambio de rasante

Fransisco Javier Irazoki: “Me opongo al tópico que niega eficacia a la poesía”

Hablar con Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) es envolverse en un velo de sosiego que muy pocas personas serían capaces de transmitir. De tono pausado, sus palabras se llenan de imágenes que nos acercan a lo poético, quizás porque como el propio escritor confiesa “aprendí poesía de bastantes personas que nunca practicaron la creación artística” o porque en su opinión “la poesía rebasa los límites de los géneros literarios; también las dimensiones de la literatura”.