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A Teresa ya no la dejan soñar

Comienza a resultar paradójica la oleada de puritanismo que recorre un mundo, más preocupado por el escote de un vestido o por una imagen tildada de sexista que por el número de muertos tras una controvertida decisión política. Hay dos palabras que parecen marcar los primeros años de este siglo XXI —si dejamos a un lado la postverdad, o lo que es lo mismo, la mentira maquillada—: el puritanismo y el buenismo. Que todas procedan de Estados Unidos puede indicar el camino hacia el que nos dirigimos.

El último escándalo, si es que puede llamarse así, es el creado a partir de un cuadro titulado Teresa soñando del pintor franco-polaco Balthasar Klossowski de Rola —más conocido como Balthus—, en el que se ve a una joven de doce o trece años inclinada hacia atrás y a la que se le ven las bragas. Alrededor de 9.000 personas han firmado una petición para que la obra se retire del Museo Metropolitano de Nueva York (MET), por considerarla «lasciva» o para que se coloque junto a ella un cartel en el que aclare que el cuadro puede resultar ofensivo. Dicen que todo esto tiene que ver con la cantidad de denuncias de acoso sexual surgidas a partir del famoso escándalo Harvey Weinstein, pero que en el siglo XXI consideremos escandalosa una pintura de 1938 sólo es un indicio del retroceso al que nos está llevando el mundo de hoy. Que los críticos digan de la obra que inspira luz propia y pureza al ver la placidez del sueño de una joven no parece calmar a los firmantes. Tampoco que Balthus dijera que las niñas para él eran «sencillamente ángeles y en tal sentido su inocente impudor propio de la infancia. Lo morboso se encuentra en otro lado». El MET se ha negado a retirar el cuadro aduciendo que «las artes visuales son uno de los medios más importantes que tenemos para reflexionar a la vez sobre el pasado y el presente, y esperamos motivar la continua evolución de la cultura actual a través de una discusión informada y de respeto por la expresión creativa”.

Estamos en una época oscura en la que el arte parece ofender, la escritura se mira con la lupa de los censores, la ironía ha desaparecido de los discursos, y en las redes sociales se puede insultar libremente a alguien, mentir con total libertad, colgar vídeos en los que se apalea a un indigente pero se difuminan los pezones de un desnudo artístico. También la escena del Juicio Final de Miguel Ángel fue considerada obscena e inmoral y se ordenó cubrir los cuerpos de los personajes con hojas de parra o velos. Era el siglo XVI. A veces la Historia se empeña en mostrarnos lo que no debemos hacer sin que le hagamos demasiado caso.

Guido van Helten, murales entre vides

No conocíamos al muralista Guido Van Helten —considerado como uno de los referentes internacionales del arte urbano—, pero tras visitar la bodega Solar de Samaniego nos hemos convertido en seguidores incondicionales. El artista australiano ha transformado siete antiguos depósitos de hormigón de unos trece metros de altura en una obra de arte. Un homenaje a los oficios del vino, pero también a la literatura. Van Helten tardó poco menos de un mes en recorrer Laguardia y sus alrededores fotografiando a la gente del lugar, para reflejar a través de gigantescos retratos su importancia en la fabricación del vino. Vendimiadores, camareras, trabajadores de la bodega, responsables vitivinícolas y esas manos arrugadas que sirven al tiempo para recolectar la uva o escribir. Desde hace unos meses Solar de Samaniego se ha embarcado en un programa enoliterario denominado Beber entre líneas: tertulias con reconocidos escritores, un premio de novela que ya va por su segunda edición —y que recayó en la novela La maldición de los Montpensier, del periodista y escritor sevillano Francisco Robles, que publicará Algaida—, relatos exclusivos para los cofrades… Una especie de homenaje al fabulista Félix María de Samaniego, muchas de cuyas obras se inspiraron en los viñedos de La Escobosa, una finca de la familia del escritor. No es extraña la relación existente entre el arte y el vino. Varias bodegas del entorno se han convertido ya en centros de peregrinación de personas interesadas no sólo en el vino sino también en la arquitectura —como es el caso de la bodega Ysios diseñada por el sobrevalorado Calatrava o la del Marqués de Riscal que ideó Ghery—; la apuesta de Solar de Samaniego va más allá, mezclando diferentes formas de arte. Los murales de Van Helten dotan de grandiosidad al espacio; la literatura, de un momento de intimidad, quizás mejor con un buen vino tinto.