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Una propuesta para dejarlo todo

El anciano le dijo que no era complicado: sólo tenía que desprenderse de los objetos que le anclaban a la vida. En primer lugar, aquellos más triviales: los libros, los cedés de música, las películas de dvd que le hacían soñar; también los cuadros y fotos de las paredes que le devolvían al pasado, los muebles de la casa que compraron juntos y finalmente la bici con la que practicaba deporte para sentirse joven. Por último, el trabajo, el coche, la hipoteca del piso… Y cuando abandones estas cosas, tira la ropa que te identifica, ese otro distintivo de clase. Y en tu desnudez preséntate ante mí, verás tu fragilidad, la inutilidad de aquello a lo que nos atamos. Así se lo dijo y él obedeció: quería sentirse libre. Hasta que, desvalido, comprendió que los recuerdos permanecían en él y no sabía cómo desligarse de ellos.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

Noche en el ballet

Se ha hecho de noche, pronto, o al menos esa es la sensación que ha tenido al ver llegar la oscuridad. En la calle, un velo de agua empapa su ropa. Y el sombrero que se ha vuelto a poner para la ocasión, el regalo de aquella última Navidad.

La mujer de la entrada le saluda con un afectuoso «buenas tardes» y le ayuda a quitarse el abrigo. «Hemos puesto el champán a enfriar. Y si lo desea puedo entregarle el programa». Hace un gesto afirmativo mientras la observa guardar su abrigo y el sombrero en la guardarropía. «Si me acompaña», dice guiándole hasta uno de los asientos del teatro.

«Hoy me sentaré un poco más cerca», anuncia el hombre, «en la tercera o cuarta fila».

«Como desee», y lleva a sus labios una sonrisa; «sígame».

Desde la butaca ve todo el escenario, quizás demasiado cerca, piensa, a él le gusta una panorámica más amplia; pero hoy necesita estar más ligado al ballet, más centrado en la danza. En el pase de ayer estuvo melancólico, triste, y no fue capaz de disfrutar de los movimientos, ni los pas de deux ni los fouetté, ni toda esa terminología que su esposa le susurraba al oído, con un beso de aire.
Uno de los acomodadores deposita junto al asiento una cubitera con hielo dentro de la que reposa una botella de Veuve Clicquot.

«¿Quiere que le sirva?», pregunta la mujer.

El hombre asiente y deja escapar un suspiro. Luego hace un gesto con la mano que parece una orden pero que suena a ruego:

«Pueden empezar cuando quieran».

Coge la copa, en la que la mujer ha vertido un par de dedos de champán, y se la lleva a los labios. Siente las burbujas del vino juguetear en su boca, y un escalofrío que le recorre todo el paladar hasta alcanzar las sienes, segundos antes de apagarse las luces.

Al abrirse el telón, la orquesta desvela los primeros acordes de la obra. Cierra los ojos, prefiere no mirar, al menos no aún, quiere verse con diez años menos, notar en sus labios los de ella. Acababan de tomar una copa de champán y sus besos estaban coloreados por el alcohol. Iba a ser una noche espléndida, una temprana cena romántica y después el estreno de un ballet único. También entonces había comenzado a sonar la orquesta, y el bailarín ejecutaba los primeros pasos del segundo acto. Todo el teatro se había impregnado de una tonalidad azul, mortecina y mágica a un tiempo. Agarraba la mano de su esposa y con uno de sus dedos le acariciaba el dorso hasta que sintió que se removía nerviosa. «¿Qué ocurre?», le preguntó. Pero ya era tarde. La hora había llegado y con ella la certeza de que nunca más volvería a escuchar su voz, ni a sentir sus manos ni a compartir juntos el hermoso baile de un cisne.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

La decisión de Korina

—Mejor será que eches a correr y no pares hasta llegar a las dunas de Elrond. Es lo más prudente que puede hacer una niña como tú. ¿Qué harías si te toparas con los gigantes de Golgomath, grandes como montañas y con la misma fiereza de los orcos? ¿Subsistirías a la maldición del jinete sin cabeza que cabalga rumbo a Sleepy Hollow? Lo más sencillo es huir, Korina, no hay lugar en estas tierras para quienes no son capaces de enfrentarse a sus miedos. Piénsalo bien. En qué te convertirías si te quedaras… Podrías defender Zion del ataque de las máquinas o seguir a Arturo por tierras inhóspitas en su búsqueda del Grial. Confiarías en la Fuerza contra el Lado Oscuro o dejarías que te robara el corazón el temible Pirata Roberts.

»Estas fueron sus palabras —dijo el abuelo mientras cerraba el libro.

Su nieta, protegida tras una almohada, le interrogó con los ojos, animándole a seguir.

—Entonces sucedió algo increíble… Korina comenzó a correr con la velocidad de un gamo. A su espalda sentía el aliento de nigromantes sobre corceles negros, la mirada sangrienta del ojo de Sauron, la carcajada histriónica del Duendecillo Verde. Incluso creyó ver el rostro de un falso sacerdote con los nudillos tatuados de Amor y Odio, al que confundió con el malvado sheriff de Nottingham. Y continuó huyendo hasta que le pareció oír el sonido de las olas. Había llegado a una playa de fina arena blanca y aguas de color esmeralda. Allí, escondida tras un pequeño montículo, se quedó dormida.

—¿Y qué pasó? —apremió la niña.

—Ocurrió que al despertar, Korina se vio sola —respondió su abuelo con un gesto de ternura—. Frente a ella estaba el mar, y la línea de un horizonte oscuro, pero no su familia, ni sus amigos. No había nadie. Así que se levantó y, decidida, emprendió el camino de regreso. Debía enfrentarse al fundador de Mordor, a hechiceros con cabeza de serpiente o a los trasgos que poblaban todas aquellas películas de las que nunca había visto el final.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

La ciudad de las palabras

Durante la primera quincena de este mes de mayo ha tenido lugar en San Sebastián una nueva edición de Literaktum, la fiesta literaria que anualmente se organiza en torno a las letras y que esta edición han titulado “Hitzen hiria”, o lo que es lo mismo, “La ciudad de las palabras”. La literatura en diálogo con otras disciplinas artísticas y otras temáticas, tal como indicaba el programa, un punto de encuentro en el que se han dejado ver autores como Juan José Millás, Elvira Lindo, Anjel Lertxundi o James Rhodes. Uno de los actos programados es la muestra de Paula Arbide en el Centro Cultural Okendo, una experiencia artística conjunta a través de dos disciplinas, la fotografía y la escritura.

Desde hace unos años las fotógrafa argentina afincada en Donosti propone una imagen a un escritor para que exprese con palabras lo que esta le sugiere. El resultado es Photowriting, un proyecto que la artista puso en marcha a principios de 2013. Catorce de las fotografías con sus respectivos textos pueden verse hasta el 31 de mayo en Okendo Kultur Etxea, ejemplo de la variedad de registros que posee Arbide y en la distinta mirada de los escritores propuestos: Nerea Arrien, Mabel Cruz Miranda, Kike Morey, Francisco Taboada, Mentxu Arrieta, Caterina Iavarone, Raül Prunell Holgado, Fede Biggi, María José de Xerica, Andrea Fernández, Álvaro Arbina, Jorge Lozano, Kepa Murua y yo mismo. Una exposición que merecería un mayor espacio para que el espectador pudiera acercarse a ver las imágenes y leer con calma los textos. Y quizás, también —por qué no— para plantearse si la fotografía le hubiera sugerido a él palabras distintas.

Sonrisa rota

Te contaré que fue tu reflejo en el cristal lo primero que vi al entrar en los grandes almacenes; tu mirada azul como perdida en el infinito y tus dientes separados que te brindaban cierto aire juvenil. No me preguntes por qué pensé en Madonna y en su diastema. O en Vanessa Paradis, en una historia de vampiros y en las sonrisas cuando son verdaderas. Recuerdo a mi abuela decir que la sonrisa se transmitía a través de la mirada; que unos labios pueden engañar, unos ojos no. Nunca entendí aquella frase porque yo, por mucho que mirase, no podía ver más allá. Me hubiese perdido por una sonrisa —lo hice en alguna ocasión— y me dejé engañar por ella confiando en que sería tan amable como el primer día. Pero en tu caso recuerdo que la mezcla de ambas —mirada triste y lejana, sonrisa rota— me hizo dudar. O quizás fuera ver tus dedos pegados a la baranda, como si quisieran sentir la textura y el frío que transmitía el cristal. Aunque no pude sospechar nada hasta que te vi cerrar los ojos, subirte a la barandilla y dejarte caer sobre una multitud que hacía las compras.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

Tela negra

Hay mañanas en las que, al abrir los ojos, veo su imagen. Se inclina ante mí con su piel de noche y su cabello negro, y se hace un hueco en mi cama. Es entonces cuando me acuerdo de ti, de los domingos en que te levantabas temprano para bajar a correr, casi una hora, los auriculares en los oídos, el maillot muy ajustado… Al volver me encontrabas medio dormido, te desnudabas para entrar al baño y te oía tararear bajo la ducha. Minutos después volvías a la cama donde te recibía, el cuerpo aún húmedo, el pelo mojado: olías a jabón pero también a gotas de perfume, Aire de Loewe, que deslizabas por tu cuello y por algunas partes estratégicas de tu piel. Me abrazabas, susurrabas que querías tenerme y nos amábamos durante horas hasta que el cansancio volvía a envolvernos en su manto.

La imagen en blanco y negro de esta mujer que me visita algunos domingos me recuerda a ti; por eso la recibo igual de expectante, mi cuerpo abierto a sus caricias, mis dedos recorriendo su vestido hasta que nos desprendemos de él para vestirnos de besos. Y aunque sé que no eres tú, no puedes serlo, me dejo guiar por sus mentiras, por la imitación de tus gestos, por el ritual de repetir lo que hacíamos. También aquella mañana te esperaba cuando me sobresaltó el sonido del móvil. Supe que algo había pasado, incluso antes de cogerlo. Qué más da lo que hubiera ocurrido, que no vieras el coche, que la música de los auriculares te impidiera oír los frenos. O que me aseguraran que todo había sido rápido.

Te quiero, me susurra la mujer llevando sus labios por mi pecho.

Te querré éste y todos los días, le respondo yo.

Se ha puesto tu perfume, se ha cortado el pelo como le dije. Se sienta sobre mí y me sonríe poco antes de permitir que la ame. Se parece a ti. Y hubieras sido tú si no fuera porque he olvidado dónde dejé su dinero.

Días grises con mar de fondo

Sentada sobre una roca la vi una mañana de marzo. Recuerdo que el sol había salido por primera vez tras un febrero lluvioso, pero al verla desnuda sólo me inspiró extrañeza y desamparo. Aún hacía frío y tampoco era habitual que la gente practicase nudismo en aquella cala: estaba algo apartada, pero había que recorrer a pie un buen tramo para llegar a ella. Yo lo hacía las mañanas en las que buscaba inspiración para mis escritos, o tan solo unas horas en las que escapar del bullicio urbano. Me gustaba incluso aquellos días grises, en los que el mar de fondo parecía pintado por la mano de un dios vengativo y cruel: cielo y mar unidos sin un horizonte de esperanza.

Ella descubrió que la observaba, e hizo ademán de cubrirse el cuerpo con los brazos. Luego, sin embargo, prefirió seguir robándole calor al sol y yo opté por continuar mi camino.

A partir de ese día, me la encontré muchas mañanas, unas veces echada sobre la arena, otras recorriendo con paso incierto la orilla, sin llegar a mojarse los pies. Algunos días su piel parecía barnizada por el sol; otros, los más sombríos, recuperaba la tonalidad de un retrato en blanco y negro en el que resaltaban sus pechos, pequeños, casi inexistentes, y su pubis oscuro. Me gustaba verla avanzar como si flotase o sintiese miedo de la arena, un elemento extraño que se incrustaba entre los dedos y del que prefería desprenderse.

Según fueron pasando las semanas comencé a acercarme a la playa sólo para verla, y me volvía decepcionado las mañanas en que la arena me devolvía restos de soledad. Nunca me acerqué a ella: qué podía preguntarle, me decía. Había visto, además, los intentos de otra gente de acercarse, y cómo ella escapaba entre las rocas para desaparecer. Nunca supe a qué hora llegaba, ni la vi recoger su ropa y marchar. Sólo que acostumbraba a dejarse ver muy de mañana, como si le molestase ese público que la contemplaba con curiosidad; que quizás se preguntase, como yo lo hacía, quién era, o que buscase la leve sonrisa silenciosa que nos entregaba a quienes la acompañábamos en la distancia.

Un día, avanzado ya el verano, mientras observaba cómo el sol la llenaba de caricias, unas nubes grises cubrieron el cielo y dejaron caer sus primeras gotas. Ella se levantó asustada e hizo un gesto como para gritar. Por un segundo pensé que recogería sus cosas y se acercaría hacia mí. Que después de todas aquellas semanas cruzaríamos nuestras primeras palabras. Un hola precipitado, qué tal te va, el inicio tembloroso de una conversación ante alguien a quien no sabes qué decir. No fue así. Se dirigió hacia el mar, se sentó en la orilla y dejó que el agua la envolviera. Luego miró hacia atrás, a la roca en la que yo aún permanecía sentado, e hizo un gesto con la mano, quizás una despedida, no lo sé. Sonrió y se sumergió mar adentro hasta que sólo pude ver la estela de su aleta caudal.

Claroscuro

Si te viese cada mañana como ahora, desdibujada por los sueños, la luz de la ventana entrando de rondón e iluminando tu cuerpo desnudo para alejarlo de la noche; si te mirara y recordase aquella tarde en la que nuestros cuerpos se descubrieron para fusionarse en uno y sentir que no estaban solos; si te contemplase como aquel día en que te pedí admirar tu cuerpo abierto a las caricias; si hubiera hecho todo eso, quizás así entendiera hoy el dolor que te provoca que no te vea como antaño, que no te sonría cuando me despierto; y al cerrar los ojos volverte a ver así, como el fundido en negro de una película clásica.

Extraños

Su madre le ha dicho que no se acerque a los desconocidos; que no acepte regalos de extraños. Hay personas que engañan a las niñas como ella y se las llevan: el hombre del saco, el coco, y un tal Barba Azul que le recuerda a los cuentos que le leen antes de dormir. Los ogros no son de verdad, piensa ella. Cómo va a llevarme el personaje de un libro. «Si alguien se acerca, echas a correr», le insiste su madre mientras le atusa el pelo. Es la primera vez que sale sola a la calle. Porque ya es mayor, se dice, orgullosa de su vestido verde claro y sus chancletas para ir a la playa. Mirándose en el reflejo de un escaparate poco antes de oír los frenos.

Ahora no sabe muy bien dónde está. Pero no le importa. Sólo siente una voz que le llama, vamos Helena, que llegas tarde. Y aunque su madre siempre le dice que no vaya con extraños, no puede evitar acercarse a aquella luz.

Un peine de nácar verde

Los viejos huelen mal, pensó una vez al sentir el olor acre de su abuela que le abrazaba para robarle un beso. Un hedor a humedad, a vino rancio, a restos de lejía, a ausencia de higiene dental. Y no sabe muy bien por qué le llega aquella frase a su memoria de camino al baño. Se siente torpe, repta con pasos cortos y rápidos —portantillo, pasotrotre, se dice con una mueca en sus labios recordando palabras caducas—; apenas puede doblar las piernas, le duelen los huesos —otra frase recogida de antaño que por fin entiende—, su piel cuarteada, casi un incunable, sus dedos de tenaza que han perdido el vigor. Y otro día más se mira al espejo, se atusa los pocos cabellos que le quedan con aquel peine de nácar verde que le regaló su mujer, y piensa si su olor provocará también el rechazo de sus nietos.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting