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Pedro Ugarte, Premio Setenil 2017 con «Nuestra historia»

Las redes sociales nos han traído una buena noticia: Pedro Ugarte ha obtenido el premio Setenil por su libro Nuestra historia (Páginas de espuma). Dicen que el Setenil, promovido por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Molina de Segura, es el Oscar del cuento. Lo desconozco, pero para quienes nos dedicamos a escribir es uno de los reconocimientos literarios más honestos.

Desde mi punto de vista, el premio tiene un doble ganador.

Por un lado, el propio Ugarte. Me identifico con el ritmo que impone a sus textos, por esos personajes que bajo el nombre de Jorge esconden a un hombre sencillo, acuciado por problemas triviales: el trabajo, las relaciones con los compañeros y las mujeres, posteriormente con la pareja y ahora con los hijos. Sus protagonistas son tan normales como cualquiera de nosotros, responden a obsesiones, virtudes y defectos que trascienden del entorno en que viven. Quizás sus cuentos hayan perdido ironía —a mí al menos ya no me dejan aquel rictus de comicidad que hizo que me enganchara a ellos—, pero muestran la madurez de un gran escritor.

Y por otro, Juan Casamayor, con seguridad uno de los editores que más están haciendo en defensa del relato en España. Su último premio al Mérito Editorial de la FIL de Guadalajara así lo evidencia.

A Pedro Ugarte le debo muchas cosas, cuatro de ellas muy personales: que pensara en mí para la presentación en 2003 de su libro Materiales para una expedición, cuando yo comenzaba en esto, y que supuso un espaldarazo íntimo; que contara conmigo para el diseño de la revista Campusa, que editaba la UPV, y posteriormente que me propusiera como jefe de prensa del Colegio Notarial del País Vasco, cargo que sigo desempeñando; y finalmente, que juntos nos embarcáramos en los primeros talleres de escritura que organizaba la Alhóndiga, de los que nació la actual AleaBilbao. Durante algunos años Pedro Ugarte decía una frase para retratar mi capacidad de estar en mil frentes: Quién no tiene en Bilbao un negocio con Álex Oviedo. Quizás fuera verdad. La quinta cosa que le debo es mi afición al relato, a partir de muchos de los que leí en sus libros. Que haya obtenido el Setenil es, por tanto, una alegría que yo también me llevo.

El viaje (alucinante) de Lautréamont y Sergio Arrieta

Sergio Arrieta no es sólo un buen escritor, sino que además es un buen amigo, y gracias a la literatura el personaje de una de mis novelas. Con estos antecedentes podría no decir nada más, ya que seguramente mi opinión tenderá hacia la alabanza. Pero hay mucho más, lo que podríamos considerar un puñado de azares.

Supe de él en una de esas comidas de escritores que organizábamos hace casi un siglo. Arrieta acababa de ganar un premio literario, hecho que le había permitido conocer a Pedro Ugarte. Fue éste quien nos puso en contacto. «Podrías invitarle a la comida», me sugirió. Corría el año 2001, el 9 de junio para ser exactos, y nos reunimos en un restaurante junto a Santimamiñe el tristemente fallecido Pablo González de Langarika, Javier Alcíbar, Javier Maura, José Fernández de la Sota, Mikel Jauregui, Seve Calleja, Enrique Gutiérrez Ordorika, Iñaki Mendizabal, Arrieta, Ugarte y yo, entre otros. A aquella comida sólo acudió una mujer —María Maizkurrena—, por lo que más que una reunión de escritores parecía una sociedad gastronómica. Tras las pertinentes conversaciones sobre el nefasto estado editorial del país, propias de cualquier cenáculo literario, el encuentro sirvió para apuntalar dos cosas: por un lado, levantó los pilares de lo que sería un proyecto editorial en euskera y castellano que llamamos ELEA y del que formábamos parte Iñaki Mendizabal y yo; por otro, posibilitó que Arrieta me pasara lo que sería —dos años más tarde— el primer libro de nuestra «Colección quince»: No te llamaré soledad, dieciséis relatos sobre el amor, las relaciones, la magia…

Todo el proceso de creación de la editorial y la relación que mantuve durante aquellos años con Arrieta, Txema García Nieto y Óscar Alonso me impulsaron a pensar en ellos como personajes para Las hermanas Alba, una falsa novela negra en la que leo ahora un diálogo (página 26): (…) llevo varios meses con una novela sobre el conde de Lautréamont, y no creo que tenga tiempo para nada más. Era así, Arrieta llevaba tiempo embarcado en una historia sobre el autor de Los cantos de Maldoror que le tenía fascinado, nos hablaba de ella según la construía, de las dificultades de concepción, y ya cuando la dio por finalizada de los problemas para publicarla.

Hubo editoriales interesadas en ella, también agentes literarios que buscaron la complicidad de la novela para ofrecerla a sus editores, pero todos los síes acababan en noes. Finalmente, poco antes del verano supe por el propio Arrieta que Playa de Akaba se lanzaba a publicarla con el título de La muerte alucinante de Lautréamont. Se presentó en Madrid el pasado 8 de octubre —el mismo día que la presentación de No te llamaré soledad en Bilbao, las casualidades, el azar, en palabras de Arrieta, con lo que parece cerrarse el círculo—. Porque hablamos de inspiración, de misteriosos juegos del destino, de poetas malditos, de libros que brotan de uno como la sangre. De momento, un apunte breve de la sinopsis: «Desde hace unos años, el comisario Paul Vaillant y la inspectora amnésica Béatrice de Lorelle investigan el caso Lautréamont, ayudados por una vidente». Queda ahora en manos de los lectores.

Fernando Palazuelos o la heterogeneidad

Sigo la carrera literaria de Fernando Palazuelos desde que nos conocimos hace quince años en una cena de escritores organizada, si no recuerdo mal, por Pedro Ugarte. Palazuelos acababa de publicar La trastienda azul, una novela notable que sería reconocida con tres premios literarios —XI Premio Torrente Ballester de Narrativa, Premio de Novela Ciudad de La Laguna y XXII Premio Tigre Juan a la mejor ópera prima del año 1999— y que le convertía en uno de los autores más interesantes de aquel encuentro. Las casualidades hiceron que él trabajase cerca de donde yo lo hacía, por lo que pudimos compartir charlas de café y confesiones, casi todas literarias, en las que supe que prefería alejarse de los corrillos literarios, y dedicar su tiempo a escribir, a experimientar nuevos géneros —probó con éxito la poesía y el teatro— y a jugar con la imagen como un elemento más de sus obras. Dotado de buena mano para el dibujo, las portadas o el interior de algunos de sus libros —Ficcionarium, Geometría del azar, Ianua Caeli (La puerta del cielo), La memoria de los esclavos— han sido ilustrados por él, al tiempo que obtenía el XIII Premio de Cuentos Ilustrados Diputación de Badajoz por Designios. Su búsqueda constante de temas creativos que le satisfagan le ha llevado a trabajar mano a mano con Rober Garay dentro del proyecto COELACANTHUS BISCAYENSIS, publicando por el momento dos libros (Zapatos en la arena y La bestia que bebe de las huellas) en los que ahondan sobre la mitología vasca, con relatos de seres en los que se mezcla la ficción y la realidad. Su nuevo poemario, Alma de hierro (Siarte ediciones), es una muestra más de esa búsqueda. Se trata de un hermoso cuaderno a todo color en el que Fernando Palazuelos crea las ilustraciones y los poemas; una especie de viaje poético por el pasado industrial del Gran Bilbao, en el que el grafismo cobra idéntica importancia que los textos. Un cofre del tesoro con su candado y su llave para que el lector se sumerja en el interior, y mire, y lea, y revise cada página. Cada obra del escritor bilbaíno es una nueva aventura, una muestra de riesgo y de la necesidad de un escritor que nunca parece conformarse con lo que hace y busca en cada libro un algo más.

Cuando el premio de otro sabe mejor

Desde hace varios años soy uno de los profesores de los talleres de escritura creativa que imparte la Asociación Espíritu de la Alhóndiga, un proyecto nacido a partir de otro que presentamos a la Alhóndiga —hoy Azkuna Zentroa—el escritor Pedro Ugarte y yo. Aquellos talleres tuvieron una continuidad de cuatro cursos, y a ellos acudía todo tipo de gente: personas con inquietudes literarias, jubilados que querían llenar su tiempo de ocio, creadores cuya única pretensión era publicar cuanto antes, paracaidistas que saltaban de un taller a otro, despistados que no tenían muy claro qué hacer por la tarde. Había personas que no habían escrito en la vida, otros que proyectaban un interés por la lectura y los libros, unos pocos con verdadero miedo al papel en blanco o a ciertos temas que catalogaban de tabú; también quienes se dejaban llevar por las emociones a la hora de escribir, o aquéllos que buscaban en los maestros —escritores americanos fundamentalmente— su verdadera inspiración. En ese tiempo descubrimos Pedro y yo —me permito hablar por él— que muchos de los participantes de los talleres tenían una gran imaginación que sólo era necesario encauzar, que le sacaban chispa a los argumentos, incluso cuando se les incitaba a escribir un texto narrativo en apenas media hora y con dos palabras como leitmotiv, y que podrían acabar publicando en antologías —así lo han hecho muchos de ellos en la recopilación El espíritu de la alhóndiga o La sonrisa de la hiena— o participar con éxito en certámenes literarios que les abrieran las puertas a la publicación, como fue el caso de Javier Ortiz de Cosca, Patricia Millán, Ilu Cambero, Laura Hidalgo… Más tarde de Ana Arenaza, Idoia Barrondo, Pilar Pallarés, Elena Fernández, Andoni Abenójar, Begoña Elorrieta… Aprendimos mucho de ellos, aprendemos cada día cuando nos muestran sus relatos y su manera de entender la literatura.

Aquellos talleres que llamaron Literatura Viva fueron el germen de una asociación cultural que tomó el nombre del relato de una de las alumnas (Sol Aguirre). Se formaron más talleres, las escritoras Txani Rodríguez y Elena Moreno comenzaron su andadura como profesoras y se creó el primer taller de novela, del que salió Pound, una obra de Javier Ibarrola que espero ver publicada en breve: tiene una calidad literaria que ya quisieran muchos de los libros que se editan al año en España.

Periódicamente mis alumnos me brindan alguna alegría en forma de premio o accésit literario. Hace dos días fue uno de esos momentos. Cinco de ellos ya habían quedado finalistas en la ceremonia previa del III certamen de relatos KazetaBAO, cuyo fallo se hacía público el pasado viernes. Y a cuatro les confirmaban por correo electrónico que eran ganadores. No decían en qué categoría. En realidad, tampoco importaba: el hecho era que cuatro de cinco tenían el reconocimiento de un jurado. Y eso en sí mismo ya era un premio. Imaginé la emoción que se siente cuando te llaman por teléfono o te envían un correo que corfirma que tu trabajo ha sido seleccionado. Y la sentí —creo que tanta o más que ellos— cuando escuché decir en voz alta su nombre: accésit para los relatos de Idoia Barrondo («Carola») , Lola López de Lacalle («La maleta del viajante») y Taicha Peñín («Caperucita y el lobo en Bilbao»); primer premio para el relato «La columna 44», de Andoni Abenójar. Un texto sobre el atrio de la Alhóndiga. Allí donde empezó todo.