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Lo que tiene y le sobra a España, en palabras de Montero

Los datos, me ha dicho Montero este mediodía con un vino en la mano, esas cifras que pueden ser utilizadas en favor o en contra dependiendo de por dónde nos dé el viento o de qué vara de medir empleemos: en este caso, lo que tiene y le sobra a España. Hoy me he enterado, con todo ese revuelo sobre el Valle de los Caídos —que ya me dirás por qué es tan difícil entender que quizás un dictador como Franco no debiera tener un mausoleo, pero en fin, seguro que el PP y Ciudadanos encuentran eufemismos para aclarármelo— que España es el segundo país del mundo con mayor número de fosas comunes. Por detrás de Camboya, nada menos. Y que debe de haber alrededor de 120.000 personas desaparecidas, de las que no se llegará nunca a saber dónde están —en muchos casos por falta de voluntad política, cómo no—. Pero me he emocionado, oye, que estamos casi a la par de Camboya y así, sin darnos importancia.

¿Y sabes cuál es la otra cifra en la que destacamos? En políticos. Se decía hace unos años éramos el país con mayor número de políticos con cargo por habitante de Europa (uno por cada 100, frente al 1 por cada 1.000 de Alemania). Sé que son cifras sin contrastar, sacadas de los rumores de bar y de las redes sociales, pero se hablaba de que había 300.000 políticos más que en Alemania y el doble que en Italia o en Francia. Cuatrocientos y pico mil, que no está nada mal entre concejales, diputados autonómicos, consejeros, secretarios de estado, directores generales, ministros, presidentes autonómicos, presidente sin más, asesores y demás vices que pululan por el país. Hoy he leído que no, que sólo hay 160.000. Que tampoco está nada mal. Pero seguro que me tachan de populista si digo que una de las soluciones para evitar la crisis hubiera sido, precisamente, reducir el número de personas que viven de la política, o del cuento, con todo lo que ello conlleva: dietas, sueldos vitalicios, prebendas o esos beneficios que de repente tienen si dejan el cargo. Que no hago más que ver a Casado pegándose unos viajes por el país para darse a conocer —que ni una de esas vedettes antiguas y trasnochadas de las de estola, vestido ceñido y tacón alto— y me pregunto por qué no vuelve a la técnica de la televisión de plasma, tan de moda entre los suyos, que es más barata.

Montero estaba lanzado, tanto que no había llegado aún a probar el vino. Quizás dándose cuenta de ello ha cogido con suavidad la copa y ha paladeado el verdejo. Después ha vuelto a la carga.

Pero hay más cifras, ha continuado: España es el primer país del mundo en coches oficiales. Alrededor de 40.000, frente a los 412 de Estados Unidos. No quiero ni pensar en el gasto que nos supondrá que el gerifalte de turno pueda ir a hacer la compra del fin de semana o aparcar en carga y descarga, como aquellas políticas madrileñas, ya sabes, la Saenz de Santamaría o la Espe. Aunque, y en eso les voy a dar la razón, somos lo más de lo más en turismo. De chiringuito y playa, por supuesto, pero para qué queremos más si eso permite que seamos también los líderes en el número de camareros que se sacan unas pelas por el bien del país. Que nosotros siempre hemos sido mucho de bares. Y el segundo país de Europa en consumo de sexo. Para que luego me digan que los vascos no nos comemos un colín.

Los datos, ha repetido mi amigo. Me enteré de que en los pasados sanfermines había disminuido el número de visitantes a las fiestas. Y se sabía por el descenso de la basura diaria recogida. Se había pasado de 51 toneladas de mierda a 48. Y claro, o realmente hubo menos visitantes o fueron más limpios. O, simplemente, consumieron menos. Yo, amigo mío, soy más partidario de lo primero. Tengo curiosidad por saber cuáles son las cifras que nos da el Ayuntamiento de Bilbao con eso de la Aste Nagusia. Por si acaso, no he bajado todavía al Arenal, no vaya a ser que se me queden los pies negros.

El máster de Cifuentes

El máster de Cifuentes demuestra lo que ya es un secreto a voces: el PP cree que España es su chiringuito y que el público se traga cualquier cosa. Será la derecha o una forma de gobernar, quién sabe. O será Madrd, la Corte, el poder… Hoy en Radio Nacional, Alfonso Alonso, destacado miembro del PP, y al que no considero una persona estúpida, venía a decir que tenían “que defender a los suyos —es decir a Cifuentes—, porque forma parte del Partido”. Qué más da si miente o no, si sus excusas suenan a eso, si ha dado explicaciones desde una pantalla de plasma —muy al estilo Rajoy— o desde su propia plataforma virtual para no tener que enfrentarse a la prensa y a preguntas icómodas. Tampoco importa que enseñe papeles con firmas falsificadas, que no sea capaz de entregar un trabajo de fin de máster —habría sido lo más fácil para evitar todo este esperpento— o que a estas alturas esté haciendo un daño irreparable a la universidad y a la educación. Nadie se cree ni sus mentiras, ni sus sonrisas ni su altanería de deidad barnizada en oro. Pero es que tampoco nos creemos a esos vendedores de sueños y baratijas que llaman políticos, capaces de anteponer las necesidades de su partido a las del país. Qué necesidad de regeneración, de cultura, de educación haría falta para que hacer cambiar todo esto. Durante dos años un amigo mío estuvo haciendo un máster al que dedicaba la práctica totalidad de su jornada: clases presenciales, trabajos colectivos, encuentros con otros compañeros… cuestiones que Cifuentes se pasó por la entrepierna con el visto bueno de la Universidad Rey Juan Carlos. Los responsables de la misma ya han dado a entender que el máster de la Presidenta de la Comunidad de Madrid funcionaba de manera irregular. Lo que nos hace cuestionarnos si no habrá ocurrido lo mismo con las carreras o los másteres de otros políticos hispanos, deseosos de ver engordar sus currículos como si en realidad todo eso les sirviese para algo. Como si no creyésemos que nos gobierna una pandilla de iletrados.

Hitos históricos: llegar a la Luna y la bajada del paro en España

Los datos indican que el paro ha descendido en España situándolo en cifras similares a las de 2008. Un logro aplaudido por el partido del Gobierno con un vídeo en el que comparan la hazaña con algunos de los hechos más importantes de la historia mundial del siglo XX: el primer vuelo de los hermanos Wright en 1901, la llegada del hombre a la luna en 1969, la caída del muro de Berlín en 1989 o la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Así, sin ruborizarse. Lo que tendría que ser una obligación del Gobierno se convierte de pronto en un logro fundamental para la Humanidad.

Si este es en nivel de los responsables del PP no quiero ni imaginar cómo sería la educación que propondrían para nuestros jóvenes: imagino que compararían a Mariano Rajoy con estadistas como Churchill, quizás con políticos conm   el carisma de JFK. Casi nada. Los favorables datos del paro le han producido tanta alegría al presidente del Gobierno que lo ha tenido que leer en un papel para ser capaz de manifestarla. Como decía Franco Battiato en su canción Povere Patria: “Nuestros gobernantes, esos perfectos bufones inútiles”.

Dónde estábamos el día que mataron a Miguel Ángel Blanco

No creo que podamos olvidar dónde estábamos el día que asesinaron a Miguel Ángel Blanco, como tampoco qué hacíamos el 11S. Son acontecimientos que te dejan la carne de gallina, el segundo más por la espectacularidad de las imágenes, casi de película de catástrofes, el primero por lo macabro de la cuenta atrás. El 12 de julio de 1997 participamos en la manifestación que pedía la liberación del político de Ermua. Hacía un día espléndido, soleado, caluroso y en Bilbao no cabía un alfiler. Fue sin duda la mayor muestra de solidaridad vasca ante un secuestrado por ETA al que utilizaban como moneda de cambio. No ha habido una manifestación igual, pese a que los medios afines a la izquierda abertzale señalen alguna en favor de los presos como la más multitudinaria. Es mentira, posverdad que dirían ahora. Aquella fue la demostración de que los vascos nos oponíamos a los matones de ETA, a su discurso por el bien de la Patria, el Pueblo y demás monsergas.

Pero los participantes en la manifestación conservábamos un poso de esperanza, y no podíamos imaginar que una banda que decía hacer las cosas por la sociedad vasca no escuchara lo que los ciudadanos le reclamaban. Recuerdo que cuando acabó la manifestación volvimos a casa y esa tarde subimos al Fango a jugar al tenis. Fue al terminar el partido cuando nos enteramos de que los terroristas habían cumplido con su amenaza: un tiro en la nuca, una ejecución. A partir de ese momento todo se mezcla: la sorpresa, el estupor, ver llorar en televisión a una presentadora anunciando lo evidente. El teléfono comenzó a sonar, la gente salía a las calles a protestar, debíamos mostrar nuestra repulsa a un crimen como aquel y a todos los anteriores que no habíamos demostrado más que con la boca pequeña y entre amibos. Unas horas después nos juntamos en los alrededores de Moyúa, porque no logramos llegar a la plaza de la cantidad de personas que había. Miles de bilbaínos agrupados de forma espontánea, sin wasaps ni cosas así, para mostrar nuestro enfado, nuestra ira, nuestro odio hacia aquellos que se decían vascos y hablaban en nuestro nombre escondiéndose tras las armas; pero también  a aquellos otros que alentaban a la banda a seguir matando, que señalaban a sus víctimas, que se parapetaban en el grupo para campar a sus anchas en las calles. Esa tarde las calles no fueron suyas sino de la gente de a pie. Y coreamos frases del estilo No son vascos, son hijos de puta que mostraban entre otras cosas que habíamos perdido el miedo y que no nos representaban. Y por cierto, dónde estaban los integrantes del brazo político de ETA: escondidos en sus casas, en las herriko tabernak o protegidos por la Ertzaintza —esos mismos a los que amenazaban porque no los consideraban policías vascos— cuando decenas de personas asaltaron las sedes de HB para que sintieran lo que era tener miedo.

Se fraguó lo que denominaron el Espíritu de Ermua, la reacción de miles de vascos que estábamos hasta las narices de que ETA siguiera marcando nuestra vida y nuestra agenda. Una reacción social, en la que no tuvieron cabida los partidos políticos hasta que también estos quisieron controlar un movimiento que se les escapaba de las manos, y quisieron hacerlo suyo, y escorarlo hacia sus postulados ideológicos. En ese momento el espíritu se convirtió en humo, en mentira, en equidistancia, en a ver cómo hago para que vaya con nuestros intereses o para que no incomode nuestra perspectiva de futuro. La sociedad había hablado y hubo partidos que tuvieron miedo. Los nacionalistas se dieron cuenta que perdían la calle, que tenían que actuar y acabaron conformando el Pacto de Estella (nada menos). Los constitucionalistas —cuando al PSE y PP se les llamaba así, lo que es el lenguaje político, qué cosas— se aliaron aunque sus ideas no se parecieran en nada. Una política de bloques que acabó con Ibarretxe como lehendakari, con la independencia como bandera, con un posterior Gobierno vasco socialista, con nuevos asesinatos de ETA en busca de no sé qué y finalmente el fin de la banda. Un resumen rápido: del asalto social a las calles se volvió al adormecimiento, y a que los partidos políticos cubrieran con sus eslóganes y sus ritmos los informativos, las agendas, las conversaciones. La sociedad volvió a callar. Yo lo viví así, y sólo es un punto de vista, pero tras ver la polémica que se ha formado a partir de los homenajes o no a los veinte años de la muerte (secuestro y crimen) de Miguel Ángel Blanco, de no firmo un acuerdo porque no me gusta una palabra, porque existen intereses partidistas y tonterías de esas sigo creyendo que aquel joven político del PP trajo una reacción social sin precedentes que la política se empeñó en controlar. Y así nos va.

Las frases hechas en la política

Escucho esta mañana una entrevista a una de las figuras más representativas del nuevo PP. Joven, resultona, con las ideas claras y el discurso aprendido: Andrea Levy. Lo más de lo más en la política de hoy. Pero admito que mis oídos se han llenado de prejuicios. No en vano una ministra ha soltado horas antes una de esas frases que sólo se les puede caer de la boca a quienes tienen el trasero bien asentado y el bolsillo cubierto: “El empleo ha venido para quedarse”, ha soltado la señora sin inmutarse. Lo que no ha dicho es a qué precio, o por cuánto tiempo, si será un empleo de unas horas, de un día, semanas o meses. En fin, superfluosidades, como sabiamente gritaba Manolito (el de Mafalda, por si las dudas). Pero como me posee el interés escucho entrecortadamente algunas de sus respuestas a las preguntas (muy poco incisivas, para qué nos vamos a engañar) de los contertulios. Y de sus labios surgen frases hechas, circunloquios, repeticiones de ideas idénticas, sacadas del manual de estilo del político rancio, o del vendedor de sueños. A saber:

“Cuando uno abandona la moderación cae en el populismo”;

“la ley es la ley, nada escapa a la legalidad, la democracia tiene su ley y si contravienes la ley vas contra de la democracia”;

“en política no se trata de contentar a los partidos sino a la sociedad”;

“estamos abiertos a la negociación con todas las fuerzas políticas”.

Y mi preferida: “cuando uno está en el extremismo cae en el delirio, España está cansada del chantaje independentista”.

Aburrido de monsergas, prefiero el humor disléxico de su jefe de filas (y presidente, ayyyyy): “Es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”. A menos, esta me hace reír. Y por supuesto, la madre de todas las frases: “Cuanto peor mejor para todos y cuanto peor para todos mejor. Mejor para mí el suyo beneficio político”. Que si nos la hubiera soltado Gila, Ozores o Tip y Coll nos doblaríamos de la risa.

Para chulo mi pirulo (el gesto de Luis Bárcenas)

Viendo el rostro de Luis Bárcenas no sólo en la comisión de investigación del Congreso sobre la financiación ilegal del PP sino cuando se pasea por la calle delante de las cámaras, uno sólo puede pensar en un chulo. Un proxeneta al servicio del mejor postor que te consigue la prostituta que desees mientras estés dispuesto a desembolsar una pasta. Con su pelito engominado y peinado hacia atrás, sus trajes caros, la piel bronceada y la sonrisa satisfecha de triunfador. De ahí que se jacte de que ganaba 20.000 ó 200.000 al mes (la diferencia se me escapa, cualquiera de las dos me parecen maleantes pero sobre todo obscenas) porque él lo valía, porque era muy bueno en su trabajo. No por lo que sabía sobre el Partido sino por su “profesionalidad”. Lo entrecomillo porque fue lo que dijo. Porque siempre fue una persona cuya profesionalidad se suponía; de no ser así no habría llegado a ser tesorero del PP. O al revés, que también tengo dudas al respecto.

Imagino el escozor que tuvo que provocar a la multitud de buenos profesionales en este país que no ven esas cifras ni en sus sueños más húmedos. No sé si a alguno le entró las mismas ganas que a mí de imitar a Joe Pesci en Uno de los nuestros o de empujarlo al fondo de una cloaca y tirar la llave. Porque de eso se trata, de las cloacas del poder, de la ciénaga política a la que nos hemos acostumbrado. Y no me refiero a que Bárcenas dirija esa mirada altanera y cínica a los diputados —los representantes del pueblo, no nos olvidemos, que a veces se nos olvida a nosotros y no digamos a ellos—, o a que adelante que no va a responder a las preguntas de la comisión —está en su derecho—. Y además, para qué hacerlo. Donde tendría que responder es en los juzgados, pero también aquí dará la callada por respuesta. Por el bien de su defensa y bla bla bla.

Lo que verdaderamente me disgusta es su gesto chulesco, propio de quienes se saben por encima del bien y del mal, conscientes de que estarán cinco años en el trullo y saldrán de rositas con el dinero en Suiza, Panamá o en la isla de Man. Esa sensación de que le damos rango de normalidad a cuestiones que no lo son, quizás porque en el fondo pensamos que podríamos ser uno de ellos. Que de haber estado en los mismos círculos que Bárcenas tendríamos también ese rostro caoba, ese pelo plateado, esa mirada orgullosa de quien vuelve de esquiar de Baqueira y aun así le dice al juez que no tiene dinero suficiente para vivir.

El desconocimiento como respuesta

Cuando acudes como visitante a algún juicio sorprende que la mayoría de los acusados respondan con amnesia. ¿Entró usted a robar en el piso de la señora? No recuerdo. ¿Persiguió con un arma blanca por las calles a un tipo hasta clavarle el cuchillo? No lo sé. ¿Golpeó a la mujer de sus hijos? No lo recuerdo. Respuestas que se entienden en ese derecho de los acusados a mentir o a decir lo que les venga en gana en favor de su defensa, pero que demuestran muy poca inventiva. Ya vendrá el fiscal con las pruebas y las rebajas…

Los testigos, por el contrario, están obligados a decir la verdad. Aunque claro, si no quieres decirla porque caería sobre ti el peso de la ley por qué no recurrir entonces al desconocimiento. Eso fue lo que ocurrió ayer en la Audiencia Nacional. Declaraban como testigos en el caso Gürtel algunos de los nombres más sonados del PP de la era Aznar: Javier Arenas, Jaime Mayor Oreja, Ángel Acebes, Francisco Álvarez Cascos, Rodrigo Rato… Casi nada. Personajes que tuvieron en sus manos las directrices del país. Verles declarar como testigos y alegar al olvido resultaba extraño, sospechoso, inquietante. Aunque claro, acordarse sería constatar que cobraron los sobresueldos que les atribuye la caja B que llevaba el tesorero Bárcenas. Y no hacerlo con un “No lo sé” evitaría el perjurio. El desconocimiento como defensa, como si el olvido fuese un atenuante: “No lo recuerdo”, “No estoy seguro”, “Ocurrió hace muchos años”. Aunque más llamativo fue el caso de Jaime Mayor Oreja, que negó tres veces: “No lo sé, no me consta, lo desconozco”. En su caso no tuvo que esperar a que cantara el gallo.

Viéndoles frente a los jueces, aunque sólo fuera como testigos, me hizo pensar en esa forma de hacer política que sigue muy presente en nuestro país y que los nuevos partidos no han venido a cambiar. Pero entendí de repente la razón por la que los políticos en general, y los ministros en particular, requieran de tantos asesores. Teniendo en cuenta su mala cabeza —atenta tan sólo a los problemas verdaderos de los ciudadanos— es necesaria la presencia de personas que le recuerden lo que deben hacer: reunión con el embajador, discurso en tal encuentro con empresarios, comida con la parienta en el restaurante de siempre, recoger el sobre que nos ha dejado el tesorero del partido, y a la noche, visita a la chati. Cuestiones que no puedo recordar, señor juez, porque han pasado muchos años y mi memoria siempre fue frágil. Aunque sorprende que sí recordasen otras cosas que ocurrían en el Partido. Recuerdo selectivo lo llaman.

Jornada de reflexión

He encontrado esta tarde a mi amigo Montero disfrazado de soldado de asalto de La guerra de las galaxias. En realidad me ha visto él a mí, porque yo no podía imaginármelo formando parte de los Stormtroopers y menos identificarlo enmascarado en la Gran Vía entre la docena de soldados iguales.

«Oviedo», me ha gritado, «joder, soy yo, Montero». Se ha desprendido del casco y ha dejado la hilera de soldados que como él desfilaban delante de miles de padres con sus hijos. «Anda, te invito a una caña. No sabes el calor que se pasa aquí dentro». Me ha cogido del brazo y me ha sacado veloz de la plaza Moyúa.

«No pensaba que fueses un friki de Star Wars».

«Es el traje de un colega, que no podía venir al encuentro», me ha dicho. Le parecía una buena forma de celebrar la jornada de reflexión: disfrazado de soldado del Imperio. Un traje de película para la ficción de una realidad.

Si verle de semejante guisa me ha sorprendido, más aún pensar en que le pudieran interesar la política, los candidatos o las elecciones vascas.

«No, si me dan igual, aunque vote siempre, más por obligación que por convicción. Pero tengo un método», ha confesado.

Su sistema es sencillo. Como todos los partidos le parecen iguales, y está un poco harto de discursos y candidatos, la primera vez que se acercó a la mesa electoral, escogió la papeleta de los partidos que se presentaban, las metió en su correspondiente sobre y las tiró al aire.

«Cogí al vuelo una de ellas y fue ésa la que metí en la urna. Hubo un interventor de no sé qué partido que se enfadó. Que si falta de respeto, que si tomadura de pelo. En fin, ya sabes: hay gente que se toma muy en serio las elecciones, quizás porque le va el sueldo en ellas. Así que ahora hago eso mismo, pero en casa: espero a que llegue toda la propaganda de los partidos con sus papeletas y un día como hoy, en la jornada de reflexión, poco antes de que den las doce, las lanzo al aire y dejo que sea el azar el que me guíe. No sé a quién voto ni me importa. Y si lo piensas, qué más dará el que toque, si van a hacer lo que quieran».

«¿Y cuándo toca votar al Senado?»

«Me lo juego a los dados. O a la carta más alta».

«¿Y no miras a quién has votado?»

«Ni hablar, no vaya a ser que me arrepienta y me tome las elecciones y a los candidatos en serio», ha dicho colocándose de nuevo su casco de soldado. «Si por mí fuera, sólo votaría al Imperio».

Todas las ideologías caben en la papelera

Ha sido un problema de vista cansada, o astigmatismo, o como le llamen a eso de ir cumpliendo años y ver menos que un topo. Enciendo el ordenador, me conecto a los periódicos digitales y leo un titular que me pone en alerta: “Todas las ideologías caben en una papelera”. Y me digo: por fin alguien ha dado en el clavo de lo que nos pasa a los ciudadanos —la ciudadanía que dicen ahora, por eso de la corrección—. Es como cuando te pones a emborronar un folio en blanco e intuyes que lo escrito hasta entonces no sirve para nada. Lo miras, sientes la inutilidad de horas de trabajo y con desgana, casi con lágrimas en los ojos, haces una bola con el papel e intentas emular sin éxito a Larry Bird.

Pero sigo leyendo y no, en el titular he hecho bailar una letra, que no es papelera, sino papeleta, y que se va a hablar de partidos políticos. Así que me entra la tentación de apagar el equipo —porque lo de tirarlo al cubo me parece pelín exagerado—; pero como soy de los que creen en las casualidades, lo ojeo por encima y veo que no hablan de los partidos de siempre en Euskadi (PNV, EH Bildu, PSE, PP) o de los nuevos (Podemos, Ciudadanos), sino de esa decena de grupos al margen de los seis grandes: el Partido Animalista contra el Maltrato Animal (Pacma), Recortes Cero-Grupo Verde y Ganemos Euskadi: Sí Se Puede, y que se presentan en toda la CAV. También los que sólo lo hacen en Bizkaia y Álava: Ongi Etorri y Escaños en Blanco; en Bizkaia y Gipuzkoa: Familia y Vida; o ésas que se presentan en un territorio: el Partido Humanista y Euskal Komunistak-Partido Comunista de los Pueblos de España en Bizkaia, Libertate Nafarra en Gipuzkoa, y Vox, en Álava. Quizás en ellos esté la verdadera solución, pienso, ya que da mucha pereza ver cómo lo que llaman nueva política no se diferencia demasiado de la vieja, si no fuera por los rostros, que ya no están abotargados tras años de sobremesa y sesteo. La juventud pide paso, reclama su espacio en una política que mantiene a momias adormecidas en los parlamentos. El resto es más de lo mismo: candidatas que proceden de los medios de comunicación, para que podamos hablar de la objetividad del ente público; silencios comprometidos, casi previos a un duelo en O.K. Corral, que demuestran que a nuestra sociedad aún le falta mucho para la cacareada reconciliación y que palabras como terrorismo dependen del bando en que uno se encuentre; y temas tan relevantes para el ciudadano medio como el  derecho a decidir —aún no sé qué esconden esas tres palabras—, la autodeterminación, la corrupción de los otros, el bien de nuestro país, el desarrollo de la economía, el bienestar… Cuando a estas alturas lo más importante es el inicio del Festival de Cine de San Sebastián. Al menos el glamour de las estrellas manchará de colorido esta campaña gris.