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Se nos ha ido Dolores O´Riordan

Prácticamente toda la música que escucho procede del placer que experimenté, una vez acabada la carrera, al descubrir nuevos sonidos que me alejasen de lo clásico. Buscaba en cada rincón temas que me atrapasen, desde el progresismo sinfónico hasta el New Age, desde lo indie a lo más pop, rock australiano, grunge, AOR, folk irlandés… Me dejaba guiar por quienes suponía que sabían de esto: Ramón Trecet en Diálogos Tres, Julio Ruiz en Disco Grande, José Miguel López en Discópolis y tantos otros (Jesús Ordovás, Lara López, Tomás Fernando Flores, Juan de Pablos…) Y por supuesto, escuchaba lo que alguno de mis amigos me ofrecía como novedad.

Gracias a una de ellas descubrí cantantes y grupos procedentes de Inglaterra e Irlanda, y entre esa lista la desgarrada voz de Dolores O’Riordan, cuya imagen rompedora lideraba The Cranberries. Su álbum de debut, Everybody else is doing it, so why can’t we? en 1993, fue todo un descubrimiento, y aquella canción sobre el rechazo y el desamor titulada Linger, un tema no demasiado comercial que sin embargo los catapultó al éxito. Quién iba a pensar que su siguiente disco sería aún más rotundo: No need to argue, una declaración de principios, y un tema demoledor que mostraba la devastación que provoca el terrorismo en una sociedad y en las personas: Zombie, un single que aún nos taladra el recuerdo.

Hubo más discos (To the faithful departed, Bury the hatchet, Wake up and smell the coffe…), una separación, dos elepés en solitario, el reencuentro del grupo y la promesa —por mi parte— de que iría a verlos en concierto algún día. El fallecimiento repentino de Dolores O´Riordan vuelve a truncar lo que uno imagina.

La prensa pronto empezará a especular sobre su muerte, sobre su vida, sobre razones y sinrazones. Como si no diera igual. Yo me veo escuchando Just my imagination, quizás su tema más amable y soñador, lo que me apetece para recordarla.

Adiós a Florencio Martínez Aguinagalde

Florencio Martínez Aguinagalde fue mi profesor en la UPV y lo recuerdo por su vehemencia a la hora de impartir clase y por su afición al tabaco. Hojeaba esta mañana El Correo cuando me he enterado de su fallecimiento, este sábado 23 de septiembre, a los 67 años de edad. Recuerdo poco de él durante la carrera —sólo me vienen a estas alturas retazos fugaces de todo aquello—, aunque sé que sentía pasión por el periodismo, por la música clásica, especialmente Bach, el cine y la cultura. Y por la crítica, a la que se sumaba con la coherencia del que sabe rebatir cualquier tema, lo que le granjeaba amigos y enemigos al mismo tiempo.

Nacido en Palencia (en el diario decían que en Vitoria), creció en Barcelona, ciudad de la que conservaba no sólo el catalán sino también su afición al Barça. Esto no le impedía considerarse un bilbaíno de pro y estar orgulloso de ello. Trabajó durante tres décadas en diferentes medios de comunicación, aunque era fiel a El Correo, el periódico que llevaba bajo el brazo. Había escrito además la novela Trozos de barro (Hórdago, 1980), Palabra de Chillida (UPV-Gobierno Vasco, 1999) y varios libros sobre periodismo.

En una ocasión se puso en contacto conmigo. Acabábamos de levantar la editorial Elea y tenía un proyecto que consideraba interesante para nosotros. Me ofreció Confieso mi cobardía (Alegato íntimo a favor de Ramón Sampedro), un relato de no ficción en el que rescataba su relación epistolar y telefónica con Ramón Sampedro Cameán, el tetrapléjico que durante treinta años reclamó ayuda para bien morir. En el libro se apreciaban dos actitudes, en palabras del propio Florencio Martínez: “la inquebrantable decisión de Sampedro para dejar de ser un cadáver pensante y la pusilanimidad del autor ante la amenaza de enjuiciamiento, que pesa lo suficiente como para negarle la ayuda a su amigo”. Fue el año de Mar adentro, la película de Alejandro Amenábar, que nos ponía de actualidad la figura de Sampedro y la eutanasia.

Con estos elementos, decidimos publicar el libro dentro de la Colección KRONIKA, en la que planteábamos temas de interés social como una forma de discusión plural y abierta, y que ya había visto aparecer  Palestina Hotela, de Joseba Iriondo, uno de los pocos libros que se habían publicado en euskera sobre la guerra de Irak, y Asia, burdel del mundo, del periodista Zigor Aldama. El libro de Martínez tuvo muy buena acogida por parte de las librerías, que lo colocaron en sus escaparates desde el primer momento, pero no del público, que no apreció su intención. Cuando lo que buscábamos era un foro de debate, entender la eutanasia como un acto de libertad de conciencia y de dignidad personal. Quizás Florencio Martínez pedía demasiado, quién sabe. Su muerte me ha hecho recordar todo aquello y he experimentado una sensación de extraña tristeza.

María Teresa Castells o la defensa de la libertad

La librería donostiarra Lagun y María Teresa Castells fueron durante muchos años la muestra de que Euskadi estaba luchando contra la libertad de expresión. Lo había hecho cuando el franquismo era moneda corriente, y tanto ella como su marido —el intelectual y político socialista José Ramón Recalde— se erigían en estandartes antifranquistas. Más tarde, cuando ETA y su entorno radical los pusieron en el centro de sus ataques.

Recalde —que durante años sería Consejero de Educación o Justicia del Gobierno vasco— sufriría un atentado terrorista en Igeldo por defender sus ideas, del que saldría gravemente herido. La librería Lagun, situada en la Parte Vieja donostiarra, en plena Plaza de la Constitución, se vería acosada por ataques permanentes, ya no sólo mediante pintadas del tipo «faxistas kanpora» o rotura de los escaparates, sino también mediante la quema de libros al más puro estilo de las juventudes nazis. Qué paradoja que quienes eran acusados de fascistas fuesen precisamente los presionados por la intolerancia de la kale borroka y de la izquierda radical vasca. En 2001, tras el atentado a Recalde, Lagun cerró sus puertas y tardaría en volver a abrirlas pese al apoyo de miles de donostiarras. El peso de la intolerancia, que volvería a llenar la plaza de pintadas amenazantes, pudo más que la defensa de la libertad y el respeto de la diversidad.

María Teresa Castells falleció este domingo 10 de septiembre a los 82 años de edad, pocos meses antes de que la librería Lagun, que ella fundó junto a Recalde e Ignacio Latierro, cumpla cincuenta años de resistencia. La librería volvió a abrir sus puertas, esta vez en la calle Urdaneta, en un entorno más tranquilo de San Sebastián, y con una foto de la fundadora presidiendo su escaparate.

Bye bye Bond, James Bond

Para quienes ya cargamos con una edad, hablar de James Bond es hacerlo de Sean Connery y Roger Moore. Connery, elegante, viril, mujeriego y duro como sólo lo podría ser un personaje en los años sesenta y setenta; Moore, irónico, con su aspecto de caballero inglés que está de vuelta de todo y que no acaba de creerse ni el guión ni el papel. Él sería el actor que más veces se ha metido en la piel de 007, el de las películas más desenfadadas y seguramente más excesivas, repletas de gadgets, malvados cercanos al exceso y mujeres que, como decía el propio Moore, en las últimas películas —cuando él ya contaba con casi 60 años— podían haber sido sus nietas. Había algo cercano en el Bond de Moore, quizás la sensación de que cualquier podía haberse convertido en un agente con licencia para matar, o que muchas de las escenas parecían construidas en cartón piedra: desde el descenso por el funicular o aquella góndola fueraborda en Moonraker, los autos locos y personajes de sainete de Vive y deja morir, o las persecuciones en un coche partido por la mitad en Panorama para matar, su último acercamiento al personaje, en el que cualquiera veía ya que el actor no estaba para demasiados trotes. Cuando recupero aquellas cintas tengo la sensación de estar ante películas descacharrantes, antiguas, que han envejecido mal. Pero de las que disfruto con una sonrisa, igual que la que iluminaba el rostro del actor. Quizás asesorado por su primer agente cuando le dijo aquello de “No eres tan bueno, así que sonríe mucho cada vez que salgas”. De su papel de Bond dijo Moore que le gustaba pero que las situaciones que vivía eran “ridículas. En teoría es un espía pero todos saben que lo es. ¿Qué tipo de agente secreto es reconocido allá donde vaya? Es escándaloso, así que había que tratarlo con un humor igual de escandaloso”. Nos quedan sus filmes: Vive y deja morir, El hombre de la pistola de oro, La espía que me amó, Moonraker, Solo para sus ojos, Octopussy y Panorama para matar, su última aparición como el agente secreto más famoso del mundo, una película que le horrorizo. Con ese humor quizás inglés dijo una vez: “Me encantaría ser recordado como uno de los mejores Rey Lear o Hamlet de la historia. Pero, ya que no va a ocurrir, estoy bastante contento de haber sido Bond”. Y los cinéfilos también.

La modernidad líquida de Zygmunt Bauman

“El viejo límite sagrado entre el horario laboral y el tiempo personal ha desaparecido. Estamos permanentemente disponibles, siempre en el puesto de trabajo”. El pasado lunes murió en la localidad inglesa de Leeds el autor de esta frase: el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman. Dada la escasez de filósofos que quedan en este mundo liderado por twitts no deja de ser una triste noticia. Y como suele pasar con los obituarios es ahora cuando recordamos algunas de sus palabras, y en concreto ese concepto que él mismo acuñó: la modernidad líquida, ese momento de la historia en el que las realidades inalterables de nuestros abuelos como el trabajo o el matrimonio para toda la vida se desvanecen en favor de un mundo más precario y ansioso de novedades. El siempre ha dejado de existir, o ha dejado de ser un valor en sí mismo; incluso desde los gobiernos e instituciones se nos pide que estemos preparados para cambiar, que seamos flexibles. Hemos dejado de ser sociedades colectivas, perdido nuestra identidad como parte de una comunidad para por obra y gracia de las redes sociales apostar por un individuo cuya fragilidad lo marca el consumismo.