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Pandilla de neoliberales

Montero leía esta mañana el periódico y no daba crédito. En el pleno del Ayuntamiento de Bilbao, representantes del PNV y PSE se han sentido ofendidos porque otro de los concejales, de un partido de izquierdas, —«pero de las de verdad, ya sabes», me ha dicho guiñando un ojo—, les ha llamado neoliberales. «Y se lo han tomado a mal, les ha parecido que era un insulto. Les he imaginado acalorados: a mí no me llamas eso, tío, o te retractas o exijo al pleno que te ponga una multa. O algo más viril: a que eso no me lo dices en la calle, a que te parto la boca, sí, tú y cuántos más. O más clásico: exijo una satisfacción, dos padrinos y una cita clandestina de madrugada en un duelo a primera sangre en la Basílica de Begoña. O en Artxada, que está más oscuro». Luego ha sonreído, con uno de esos gestos de complicidad a los que ya me tiene acostumbrado. «Si es que ya se enfadan por cualquier cosa». Y me ha recordado los improperios que lanzaba el capitán Haddock. «Eso sí que eran buenos, como de otra época: diplodocus, ornitorrinco, Fátima de baratillo, pies descalzos, ganapán, iconoclasta… A mí me gustaba el de mequetrefe. O mejillón relleno. O marinero de agua dulce. Y para uno de los políticos que nos gobiernan, sin duda el que tendría que irles al pelo: pacta-con-todos. Eso sí que tendría que enfadarles. O algo como de abuelos: papanatas. Soltárselo así, con la boca abierta, lentamente: PA-PA-NA-TAS, para que te vea todas las caries». Luego me ha dicho que va a escribirles una carta a los editores de Tintín para que en la traducción en español incluyan en vez del insulto «acaparadores» el de «neoriberales». «Que es lo mismo, pero actualizado».

El analista de los analistas

Montero me ha dicho que lo tiene claro: va a hacerse analista. «Abres un periódico y los hay de todo tipo: políticos, económicos, culturales, laborales. Son como una plaga. Páginas y páginas de análisis absurdos. Y no te digo nada si enciendes la televisión: te encuentras a un montón de listos dando su opinión, con un móvil en la mano o con una tablet, contrastando noticias, leyendo las opiniones de otros, soltando una noticia aquí, y luego otra allá, porque cambian de cadena como de camisa. Y los ves a las nueve en Los Desayunos de La 1, a las doce en el programa ese de La Sexta, «Al rojo vivo», lo conoces, ¿no?, a las diez y media en un especial de Cuatro; y el sábado de nuevo en La Sexta. Algunos hasta hacen triplete en las autonómicas».

Montero ha pensado incluso en crear un canal de Youtube, por eso de captar la atención de los más jóvenes. Canal Montero, lo va a llamar: un par de minutos hablando de la actualidad política o económica. «Como Gabilondo, pero en plan bárbaro. Porque cuántas más barbaridades, mejor. No hay más que ver a Trump, o a la tipa esa del PP madrileño, que primero lanza la piedra y luego esconde la mano, o se retracta con la boquita pequeña. O ni siquiera eso. Total, es sólo cuestión de ganarse la vida. Y ya sabes el dicho: es mejor que hablen de uno aunque sea mal».

Ha decidido hacerse unas tarjetas en las que bajo su nombre vaya la palabra «analista», o «asesor», que de ésos también hay muchos. «Y creo que pagan mejor. Con la de asesores que tienen los políticos, que se reproducen como esporas. Unos y otros. Imagínatelo, amigo: el He-Man del universo de los analistas, pero sin el taparrabos ni los pectorales de piedra. Aunque… ahora que lo pienso, un analista en gayumbos sí que daría que hablar».

Las cenizas a las cenizas, el polvo al polvo

Le he preguntado a Montero si ha leído la nueva noticia sobre el Vaticano, y él me ha mirado con gesto de suficiencia. «Espero que no te refieras a la nueva encíclica del Papa o a la continuación de Ángeles y demonios», ha dicho. Luego, al ver en mi rostro una mueca de decepción, ha asentido con la cabeza. «Lo de las cenizas, sí. Y en vísperas de Todos los Santos. No saben ya qué inventarse.»

Luego ha mirado al cielo, como si estuviese esperando alguna revelación divina.

«Pero ya sabes quién ha prohibido la práctica de tirar las cenizas al mar o guardarlas en casa, ¿no? Nada menos que la Congregación para la Doctrina de la Fe. Una especie de Santa Inquisición pero en moderno. Y en tibio, claro. Ahora dicen que hay que dejar que reposen en lugar sagrado, en un columbario, la palabra de moda, como si fuese un invento de hoy y no algo que viene de los antiguos romanos. O como si un muerto hecho cenizas no estuvise ya bastante reposadito. He oído que la Iglesia va a ampezar a abrir columbarios a 1.200 euros el metro cuadrado por un plazo renovable de diez años, en plan boom inmobiliario. Porque se trata de eso, amigo. La religión es un negocio para los más devotos. Un negocio en vida para los muertos. Aunque en una cosa sí que estoy de acuerdo: como sigamos esparciendo nuestras cenizas por el aire vamos a acabar esnifando a los muertos. Y eso sí que me parecería extraño. Entiendo que se prohiba tirar las cenizas en cualquier lado, pero no la Iglesia sino los Gobiernos. Sería como tirar la basura, cada bolsa a su contenedor. Los envases al amarillo, lo orgánico al verde, el papel al azul y el vidrio al verde botella. Y las cenizas, al cenicero», ha dicho encendiendo un cigarrillo y dejándose envolver por una profunda calada.

Cantando a las máquinas

Hace años que Montero no compra música, o al menos no lo hace en los establecimientos habituales. Le gustaba acudir a las tiendas de discos en busca de ofertas. Mirar las novedades. Hasta que comprendió que sus gustos tenían poco que ver con las radiofórmulas, la voces de OT o los grandes clones de la música americana. El resto sólo lo encontraba en Spotify, o mediante alguna clase de pirateo. Pronto se aficionó a los portales de venta directa, «que te traen lo que les pides en menos de una semana». Hace unos meses encargó un elepé de una cantante de soul. «Crema, amigo, de esas voces que te susurran al oído y caes a sus pies». Pero el pedido no llegaba. Finalmente le enviaron un mensaje de correo para confirmarle que llegaría esa tarde. Así que esperó. Hasta que cansado, telefoneó al servicio de mensajería donde una máquina con voz femenina muy cordial le preguntó qué deseaba.

«Si quiere hacer una reclamación pulse 2».

Así lo hizo.

«Cuál es el objeto de su reclamación».

Confirmó que estaba a la espera de un envío y no le había llegado en la fecha convenida.

«Díganos el número de pedido».

En su móvil buscó el número que le habían asignado. Pero como tardaba la voz insistió:

«Díganos el número de pedido»

Que sí, que sí, pensó Montero, para finalmente enumerar:

«2016171088480126509836».

Y la máquina apuntó:

«31657324534234234987».

No, se dijo mi amigo, y volvió a decir en voz alta, pegando la boca al teléfono móvil:

«2016171088480126509836».

La voz mecánica, con esa candidez de ciertos sistemas operativos susurró:

«No le he entendido. ¿Podría volver a repetirlo?»

«2016171088480126509836».

«El número que nos ha facilitado es el 2018634567928384347, ¿es correcto?»

No lo era y así lo expresó:

«Mecagüentuputamadre.»

«No le he entendido. ¿Podría teclearlo?»

Montero arqueó las cejas. Veintitantos números, ni por el forro.

«Te voy a teclear la cara», se limitó a decir.

«No le he entendido. ¿Podría volver a repetirlo?»

Silencio.

«No le he entendido.»

Mi amigo comenzó a silbar.

«No le he entendido».

Entonó el estribillo de «I want to break free». Y se imaginó a Mercury con pelucón, bigote y falda muy ceñida pasando el aspirador. Y ya dejó que la máquina insistiera que no le entendía hasta que, quizás cansada ella también, le anunció:

«Le pasamos con uno de nuestros operadores. No se retire».

Como si hablar con un ser humano fuese la opción más difícil del mundo. En poco más de un minuto Montero confirmó que el pedido le llegaría una hora después. Se despidió de la operadora, «una tal Susana, que seguro está encerrada en alguna oficina diminuta de un parque tecnológico a las afueras de Madrid», y recibió el disco en el tiempo estimado.

Desde aquella tarde, cada vez que le ponen con una voz enlatada le suelta lo primero que le viene a la cabeza, se pone a cantar o a jurar en hebreo. «Sé que me están grabando, o que hay alguien al otro lado que me escucha. Así que le ofrezco el mejor de mis repertorios. Hay veces que desde el otro lado de la línea me ha parecido escuchar los aplausos»

 

 

And the Nobel goes to…

He estado hablando con Montero sobre la concesión del premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, por eso de buscar una opinión alejada del mundo editorial. Y mi amigo me ha mirado como diciéndome: pareces nuevo en esto, tío. «¿Bob Dylan? En fin… En casa usamos sus discos de posavasos».

Montero ha dado una calada a su cigarrillo y después ha dibujado un gesto de complicidad infantil.

«Me imagino a los editores y libreros tirándose de los pelos», ha dicho; «ellos que pensaban hacer el octubre con la publicación de las obras de algún escritor lituano o de Mozambique. Eso sí, las discrográficas se estarán frontando las manos. Y más cuando en noviembre sale un nuevo directo de Dylan. El otro día me pasé por el FNAC y ya tenían todos sus discos en las estanterías. Y apenas habían pasado dos horas desde que se conoció el fallo. O cocinó, que a estas alturas cualquiera sabe… Y las redes sociales eran la olla exprés. Trendic topic y eso. ¿Has leído a esos críticos de pacotilla enumerando a todos los escritores americanos que se merecían el premio? Ya ves; pero nadie puso un pero cuando el año pasado el Nobel lo ganó la bielorrusa esa, Svetlana Aleksiévich. Normal, si no sabían quién era. Los premios, y tú deberías saberlo mejor que nadie, dependen de intereses políticos —que se lo digan a Obama, premio Nobel de la paz, ¡por favor!—, estratégicos o de mercado. Y quién dice que éste no lo sea también. Además, pero si se lo dieron a Churchill y a Hemingway. ¿Los has leído?»

He negado con la cabeza.

«Y a Cela, amigo, el gran plagiador. El censor de Franco».

«Pero… ¿y lo de Dylan?», he insistido para centrar el rumbo de la conversación.

«No me gustan sus canciones; o mejor dicho, sólo cuando toca o canta con otros. Como con los Traveling Wilburys, ya sabes, George Harrison, Jeff Lynne, Roy Orbison, Tom Petty y el propio Dylan. Casi nada. Pero en solitario… No me van ni los trovadores ni los cantautores del metro… No sé si merece el Nobel, pero ha tenido que ser un chasco para quienes siempre parecen estar a las puertas del cielo. Me dijo un colega que le había dicho un amigo que conocía a uno de los conserjes de la Academia sueca que este año se lo iban a dar a Javier Marías». Montero ha sonreído. «Y yo le dije: ¿no será a Pérez-Reverte? Creo que no entendió el chiste. En fin…, ¿pero tanto te interesa el Nobel?»

«Me da un poco igual. Yo el único que me sé de memoria es el que le dieron a Paul Newman».

Un plato de aceitunas

Montero pidió dos marianitos, «rojos, preparados», le dijo al camarero. «Te van a gustar, Oviedo, que sé que tú le das a esto del aperitivo». Le respondí que lo estaba dejando, que me notaba fondón y blandito. «Pero eso es la edad, amigo, no se puede estar toda la vida hecho un vigilante de la playa.»

Nos pusieron las dos bebidas y un platito de aceitunas, que mi amigo fue devorando mientras lanzaba los güitos sobre la barra con la habilidad de un francotirador.

«He estado en Donosti, en el Festival, me apetecía ver alguna peli pero sobre todo meterme en el meollo, ya sabes», contaba, «las fiestas que se organizan cada noche en el Bataplan o en el Miramar para las estrellas y acompañantes. Un rollo, demasiados vips que te miran de reojo si no vas con zapato negro. En Donosti lo tiran todo…», añadió apropiándose de la última aceituna y jugando con el hueso entre los dientes. Pensé que lo iba a lanzar al aire y que dibujaría una extraña parábola antes de acabar en el plato. Montero pareció pensárselo. Miró hacia atrás, donde un cliente avejentado sorbía una copa de blanco, cogió el güito con los dedos y lo acompañó hasta el plato.

«Camino a casa», continuó, «encontraba los contenedores —que allí son de metal—, repletos de cosas útiles, desde un calienta biberones con garantía y todo, hasta sillas de mimbre como la de aquella película, Emmanuelle. He llenado la casa de mis padres con tantos objetos de segunda mano que les voy a dar un susto de muerte cuando vayan».

«Y tú para qué quieres un calienta biberones», le pregunté.

«Pues es de lo primero que me he desprendido», exclamó. «La hermana de un amigo acaba de tener un hijo y seguro que le viene bien. Además, está nuevo. Pero lo que no sé es que hacer con las sillas, o con unos cuadros de unos tipos muy serios, hasta un abecedario etrusco que me puede servir de lenguaje secreto.»

Volvió la cabeza para comprobar que el viejo abandonaba el local, cogió su plato con aceitunas y las volcó sobre el nuestro. Luego le dio un trago al vermú. «Creo que se me está quedando cara de Diógenes», comentó.

Jornada de reflexión

He encontrado esta tarde a mi amigo Montero disfrazado de soldado de asalto de La guerra de las galaxias. En realidad me ha visto él a mí, porque yo no podía imaginármelo formando parte de los Stormtroopers y menos identificarlo enmascarado en la Gran Vía entre la docena de soldados iguales.

«Oviedo», me ha gritado, «joder, soy yo, Montero». Se ha desprendido del casco y ha dejado la hilera de soldados que como él desfilaban delante de miles de padres con sus hijos. «Anda, te invito a una caña. No sabes el calor que se pasa aquí dentro». Me ha cogido del brazo y me ha sacado veloz de la plaza Moyúa.

«No pensaba que fueses un friki de Star Wars».

«Es el traje de un colega, que no podía venir al encuentro», me ha dicho. Le parecía una buena forma de celebrar la jornada de reflexión: disfrazado de soldado del Imperio. Un traje de película para la ficción de una realidad.

Si verle de semejante guisa me ha sorprendido, más aún pensar en que le pudieran interesar la política, los candidatos o las elecciones vascas.

«No, si me dan igual, aunque vote siempre, más por obligación que por convicción. Pero tengo un método», ha confesado.

Su sistema es sencillo. Como todos los partidos le parecen iguales, y está un poco harto de discursos y candidatos, la primera vez que se acercó a la mesa electoral, escogió la papeleta de los partidos que se presentaban, las metió en su correspondiente sobre y las tiró al aire.

«Cogí al vuelo una de ellas y fue ésa la que metí en la urna. Hubo un interventor de no sé qué partido que se enfadó. Que si falta de respeto, que si tomadura de pelo. En fin, ya sabes: hay gente que se toma muy en serio las elecciones, quizás porque le va el sueldo en ellas. Así que ahora hago eso mismo, pero en casa: espero a que llegue toda la propaganda de los partidos con sus papeletas y un día como hoy, en la jornada de reflexión, poco antes de que den las doce, las lanzo al aire y dejo que sea el azar el que me guíe. No sé a quién voto ni me importa. Y si lo piensas, qué más dará el que toque, si van a hacer lo que quieran».

«¿Y cuándo toca votar al Senado?»

«Me lo juego a los dados. O a la carta más alta».

«¿Y no miras a quién has votado?»

«Ni hablar, no vaya a ser que me arrepienta y me tome las elecciones y a los candidatos en serio», ha dicho colocándose de nuevo su casco de soldado. «Si por mí fuera, sólo votaría al Imperio».