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El microrrelato en la España plurilingüe, de Irene Andres-Suárez

En octubre de 2017 comenzaba a impartir en Alea Bilbao un taller de escritura creativa dedicado al microrrelato, cuyo material de trabajo era algunos de los libros de Fernando Valls e Irene Andres-Suárez, quizás los autores que más saben sobre el tema. Conocí a Valls a través de alguna antología del relato y microrrelato publicada por Menoscuarto y en especial por mi colaboración en uno de sus libros, Mar de pirañas, en el que tuve la suerte de compartir espacio con otros escritores vascos como Pedro Ugarte, Iban Zaldua, Jesús Esnaola, Rocío Romero o Javier Sáez de Ibarra. También por su blog La nave de los locos, que seguía con interés.

No había tenido el gusto, sin embargo, de tratar con Irene Andres-Suárez, aunque el trabajo que quería llevar a cabo con mis alumnos se centraba fundamentalmente en su edición para Cátedra Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo.

Precisamente este interés por el microrrelato hizo que lograra ponerme en contacto con ella. A partir de ese momento mantuvimos una amable relación epistolar en la que Andres-Suárez me facilitó material para desarrollar mis clases, además de consideraciones oportunas sobre el microrrelato en gallego, catalán o euskera, que sirvió para que me interesara por algunos de los autores euskaldunes que lo practican: el citado Iban Zaldua, Karlos Linazasoro o Ana Malagón. Le comenté entonces que en 2011 había publicado un libro de relatos, cuya segunda parte estaba dedicada íntegramente al microrrelato. La filóloga desconocía la existencia de aquel, por lo que me comprometí a enviárselo. A vuelta de correo, me apuntó que había tenido oportunidad de leerlo y que le serviría de apoyo un libro que estaba a punto de finalizar, El microrrelato en la España plurilingüe, y que se publicaría a mediados de 2018.

La semana pasada recibí un ejemplar del libro editado por la Universidad de Valladolid y la Cátedra Miguel Delibes de Nueva York, en el que se analiza en profundidad el microrrelato en España. Junto al exhaustivo análisis del microrrelato escrito en catalán, gallego o euskera, se hace referencia a tres autores que escribimos habitualmente microrrelatos en castellano: Julia Otxoa, Jesús Esnaola y yo —casos aparte son, como dice la propia Andres-Suárez, los de Pedro Ugarte y Espido Freire, a cuya obra dedicará en su momento otras páginas—.

De Julia Otxoa, una internacionalmente reconocida autora de género breve, se analizan dos de sus últimos libros, Escenas de familia con fantasma y Confesiones de una mosca, ambos publicados por Menoscuarto, “en los que predominan lo grotesco y los esperpéntico (…) Con ironía e imaginación, la autora fustiga la deshumanización, la violencia, el mercantilismo y la depauperación de una buena parte de la sociedad española y carga aún más las tintas cuando aborda la realidad política, minada por la corrupción, la irresponsabilidad o los nacionalismos extremistas que manipulan a los ciudadanos, falsifican la historia e imponen el reino de la confusión y del miedo”.

De Jesús Esnaola se analiza su libro Los años de lluvia (Paréntesis), ochenta y seis textos “de gran calidad estética”, en los que la lluvia “funciona como metáfora de la insignificancia de la vida humana frente a los elementos naturales”, un libro dividido en dos partes, una primera en la que el autor donostiarra sobre “la realidad y sus límites”, y una segunda “más realista”, historias que nos llegan “por lo general a través de la voz y de la perspectiva de un narrador-protagonista adulto que vuelve su mirada hacia la infancia y la contempla desde su atalaya con evidente perplejidad y, a veces, sarcasmo y estupor”.

Respecto a mi libro El sueño de los hipopótamos, publicado hace años por la desaparecida Libros de pizarra, Andres-Suárez pone el ojo en el sentido simbólico de los dos bloques en que se divide la obra, el primero marcado por los problemas sociales, que dejan paso a los existenciales en el segundo: “la dificultad de encontrar un camino propio que dé sentido a su existencia, el vacío interior, el miedo a afrontar el día a día, el hartazgo de vivir, la soledad y la muerte, la inautenticidad y el juego de disfraces”. (…)

Tres autores vascos que escribimos en castellano recogidos en un libro imprescindible para quienes quieran acercarse al llamado cuarto género narrativo, como lo definió en su momento la propia autora. Ejemplo de que escribir microrrelatos requiere sus propias reglas y no se trata únicamente de un relato corto.

Una propuesta para dejarlo todo

El anciano le dijo que no era complicado: sólo tenía que desprenderse de los objetos que le anclaban a la vida. En primer lugar, aquellos más triviales: los libros, los cedés de música, las películas de dvd que le hacían soñar; también los cuadros y fotos de las paredes que le devolvían al pasado, los muebles de la casa que compraron juntos y finalmente la bici con la que practicaba deporte para sentirse joven. Por último, el trabajo, el coche, la hipoteca del piso… Y cuando abandones estas cosas, tira la ropa que te identifica, ese otro distintivo de clase. Y en tu desnudez preséntate ante mí, verás tu fragilidad, la inutilidad de aquello a lo que nos atamos. Así se lo dijo y él obedeció: quería sentirse libre. Hasta que, desvalido, comprendió que los recuerdos permanecían en él y no sabía cómo desligarse de ellos.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

Cuando te alegra desconocer quien te llama por teléfono

Suena el teléfono, miras la pantalla: un número que desconoces. Contestas con extrañeza: hace algunos años cualquier llamada era una sorpresa, ahora es fácil que sepas quién está al otro lado del auricular y decidas no contestar si no te suena el número. Desde el infinito numérico de Matrix preguntan si eres tú. Y uno como tiende a los malos pensamientos se dice que será cualquier entidad bancaria de las que te prometen el oro y el moro mientras tengas dinero, o una compañía telefónica que quiere alargar aún más tu vinculación con ella. Quizás vendedores al por menor que te hablan desde un punto remoto del sur de España, o una compañía de seguros que se pregunta por qué no sigues con ellos después de diez años sin coche.

¿Señor Oviedo? El mismo. Le llamamos del Ayuntamiento de… para comunicarle que ha quedado usted finalista en el concurso al que se presentó. Jodé, qué bien, me digo; cualquier reconocimiento de otros en una alegría para el trabajo del escritor, tan dado a los momentos de crisis y a los silencios. Si nos manda el relato en formato word entrará a formar parte de una publicación con ganadores y finalistas. Pues nada, muchas gracias, se lo envío en breve.

Desconozco si la escritura crea supersticiones, pero siempre que he estado pendiente de algún certamen literario, el premio ha pasado sin ni siquiera tocarme. Y al contrario, cuando he tendido al olvido, de pronto he sentido el roce de la diosa Fortuna. Ganar un premio, salvo los pactados, tiene mucho de Lotería Nacional o Primitiva, de juego en cualquier caso. Ya no sólo depende del número de participantes, en muchas ocasiones cercanas a lo improbable, también del estado de ánimo de los jurados, de sus gustos y digestiones. Hace tiempo un miembro de un jurado se excusaba diciendo que él nunca premiaba obras con crímenes porque no le gustaba el género negro. Así que uno procuraba no participar en concursos en los que supiese que él iba a participar como jurado.

Pero a lo que iba: a veces esas llamadas con número desconocido y voz amable, son las que le animan a uno a seguir.

Noche en el ballet

Se ha hecho de noche, pronto, o al menos esa es la sensación que ha tenido al ver llegar la oscuridad. En la calle, un velo de agua empapa su ropa. Y el sombrero que se ha vuelto a poner para la ocasión, el regalo de aquella última Navidad.

La mujer de la entrada le saluda con un afectuoso «buenas tardes» y le ayuda a quitarse el abrigo. «Hemos puesto el champán a enfriar. Y si lo desea puedo entregarle el programa». Hace un gesto afirmativo mientras la observa guardar su abrigo y el sombrero en la guardarropía. «Si me acompaña», dice guiándole hasta uno de los asientos del teatro.

«Hoy me sentaré un poco más cerca», anuncia el hombre, «en la tercera o cuarta fila».

«Como desee», y lleva a sus labios una sonrisa; «sígame».

Desde la butaca ve todo el escenario, quizás demasiado cerca, piensa, a él le gusta una panorámica más amplia; pero hoy necesita estar más ligado al ballet, más centrado en la danza. En el pase de ayer estuvo melancólico, triste, y no fue capaz de disfrutar de los movimientos, ni los pas de deux ni los fouetté, ni toda esa terminología que su esposa le susurraba al oído, con un beso de aire.
Uno de los acomodadores deposita junto al asiento una cubitera con hielo dentro de la que reposa una botella de Veuve Clicquot.

«¿Quiere que le sirva?», pregunta la mujer.

El hombre asiente y deja escapar un suspiro. Luego hace un gesto con la mano que parece una orden pero que suena a ruego:

«Pueden empezar cuando quieran».

Coge la copa, en la que la mujer ha vertido un par de dedos de champán, y se la lleva a los labios. Siente las burbujas del vino juguetear en su boca, y un escalofrío que le recorre todo el paladar hasta alcanzar las sienes, segundos antes de apagarse las luces.

Al abrirse el telón, la orquesta desvela los primeros acordes de la obra. Cierra los ojos, prefiere no mirar, al menos no aún, quiere verse con diez años menos, notar en sus labios los de ella. Acababan de tomar una copa de champán y sus besos estaban coloreados por el alcohol. Iba a ser una noche espléndida, una temprana cena romántica y después el estreno de un ballet único. También entonces había comenzado a sonar la orquesta, y el bailarín ejecutaba los primeros pasos del segundo acto. Todo el teatro se había impregnado de una tonalidad azul, mortecina y mágica a un tiempo. Agarraba la mano de su esposa y con uno de sus dedos le acariciaba el dorso hasta que sintió que se removía nerviosa. «¿Qué ocurre?», le preguntó. Pero ya era tarde. La hora había llegado y con ella la certeza de que nunca más volvería a escuchar su voz, ni a sentir sus manos ni a compartir juntos el hermoso baile de un cisne.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

La decisión de Korina

—Mejor será que eches a correr y no pares hasta llegar a las dunas de Elrond. Es lo más prudente que puede hacer una niña como tú. ¿Qué harías si te toparas con los gigantes de Golgomath, grandes como montañas y con la misma fiereza de los orcos? ¿Subsistirías a la maldición del jinete sin cabeza que cabalga rumbo a Sleepy Hollow? Lo más sencillo es huir, Korina, no hay lugar en estas tierras para quienes no son capaces de enfrentarse a sus miedos. Piénsalo bien. En qué te convertirías si te quedaras… Podrías defender Zion del ataque de las máquinas o seguir a Arturo por tierras inhóspitas en su búsqueda del Grial. Confiarías en la Fuerza contra el Lado Oscuro o dejarías que te robara el corazón el temible Pirata Roberts.

»Estas fueron sus palabras —dijo el abuelo mientras cerraba el libro.

Su nieta, protegida tras una almohada, le interrogó con los ojos, animándole a seguir.

—Entonces sucedió algo increíble… Korina comenzó a correr con la velocidad de un gamo. A su espalda sentía el aliento de nigromantes sobre corceles negros, la mirada sangrienta del ojo de Sauron, la carcajada histriónica del Duendecillo Verde. Incluso creyó ver el rostro de un falso sacerdote con los nudillos tatuados de Amor y Odio, al que confundió con el malvado sheriff de Nottingham. Y continuó huyendo hasta que le pareció oír el sonido de las olas. Había llegado a una playa de fina arena blanca y aguas de color esmeralda. Allí, escondida tras un pequeño montículo, se quedó dormida.

—¿Y qué pasó? —apremió la niña.

—Ocurrió que al despertar, Korina se vio sola —respondió su abuelo con un gesto de ternura—. Frente a ella estaba el mar, y la línea de un horizonte oscuro, pero no su familia, ni sus amigos. No había nadie. Así que se levantó y, decidida, emprendió el camino de regreso. Debía enfrentarse al fundador de Mordor, a hechiceros con cabeza de serpiente o a los trasgos que poblaban todas aquellas películas de las que nunca había visto el final.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

Sonrisa rota

Te contaré que fue tu reflejo en el cristal lo primero que vi al entrar en los grandes almacenes; tu mirada azul como perdida en el infinito y tus dientes separados que te brindaban cierto aire juvenil. No me preguntes por qué pensé en Madonna y en su diastema. O en Vanessa Paradis, en una historia de vampiros y en las sonrisas cuando son verdaderas. Recuerdo a mi abuela decir que la sonrisa se transmitía a través de la mirada; que unos labios pueden engañar, unos ojos no. Nunca entendí aquella frase porque yo, por mucho que mirase, no podía ver más allá. Me hubiese perdido por una sonrisa —lo hice en alguna ocasión— y me dejé engañar por ella confiando en que sería tan amable como el primer día. Pero en tu caso recuerdo que la mezcla de ambas —mirada triste y lejana, sonrisa rota— me hizo dudar. O quizás fuera ver tus dedos pegados a la baranda, como si quisieran sentir la textura y el frío que transmitía el cristal. Aunque no pude sospechar nada hasta que te vi cerrar los ojos, subirte a la barandilla y dejarte caer sobre una multitud que hacía las compras.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

Un peine de nácar verde

Los viejos huelen mal, pensó una vez al sentir el olor acre de su abuela que le abrazaba para robarle un beso. Un hedor a humedad, a vino rancio, a restos de lejía, a ausencia de higiene dental. Y no sabe muy bien por qué le llega aquella frase a su memoria de camino al baño. Se siente torpe, repta con pasos cortos y rápidos —portantillo, pasotrotre, se dice con una mueca en sus labios recordando palabras caducas—; apenas puede doblar las piernas, le duelen los huesos —otra frase recogida de antaño que por fin entiende—, su piel cuarteada, casi un incunable, sus dedos de tenaza que han perdido el vigor. Y otro día más se mira al espejo, se atusa los pocos cabellos que le quedan con aquel peine de nácar verde que le regaló su mujer, y piensa si su olor provocará también el rechazo de sus nietos.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting