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Una danza tribal para solucionar todos los problemas

Me he encontrado a Montero en la confluencia de las calles Diputación y Gran Vía, con la mirada puesta en el cielo y los brazos en alto. «¿Qué haces?», le he preguntado con un punto de asombro. «Estoy invocando a los dioses», ha respondido, «como Ed Chigliak en Doctor en Alaska». «Para qué». Ha dibujado una mueca y ha modulado la voz como la de uno de esos indios que aparecen en las películas: «Rostro pálido no tener fe en los dioses, hablar con lengua de serpiente. Gran Jefe Boca Bits lo ha dejado claro. Con la lluvia la luz baja, con el viento se abarata, con el frío sale cara. Sólo él conoce el baile del que nacen las nubes». Luego, ha arqueado las cejas y ha continuado: «Ya sabes. Si llueve ya no habrá excusas para que baje el precio de la luz. La última ocurrencia de Rajoy. Tenemos un presidente que es como un chamán, el Gran Manitu. Pero me gusta más eso de Gran Jefe Boca Bits, porque nos comemos todas las tonterías que dice como los aperitivos de una trola aún más grande. Y ahí sigue el tío, ya ves, sin que se le derrita la cara de la vergüenza».

Eufemismos engañosos

Luis Bárcenas —seguramente uno de los que mejor conocen las fluctuaciones de la Bolsa, a tenor de su enriquecimiento veloz— dijo que el PP no tenía caja B, sino «contabilidad extracontable». Y no es que haya mentido, no, seguramente sólo ha faltado a la verdad. Los dos grandes pilares informativos de nuestro tiempo, la economía y la política, nos han venido acostumbrado a decir las cosas de forma diplomática, empleando eufemismos —para que nos entendamos, según la RAE: manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante—, que no serían tan dolorosos si no fuese por el engaño que esconden. Ya no se habla de capitalismo sino de economía de mercado, y la explotación laboral ha pasado a ser economía sumergida. Si una gran empresa decide despedir a un montón de trabajadores puede argumentar que necesita amortizar un puesto de trabajo, o que la situación requiere flexibilizar el mercado laboral. Y en última instancia que se trata de un expediente de regulación de empleo. Un país libre de impuestos es paraíso fiscal; la subida del IVA, gravamen adicional; un desahucio es un proceso de ejecución hipotecaria; a un banco no se le nacionaliza sino que el Estado tiene titularidad indirecta; la sanidad no se privatiza, se externaliza… Y por supuesto, defraudar es malversar fondos públicos, que quizás sea lo mismo pero no suena igual.

No nos debe extrañar que Bárcenas recurra a eufemismos para tratar de pasar el menor tiempo posible en prisión. Él mismo ha conocido a maestros en el uso torticero del lenguaje. La ministra Fátima Báñez no habla de emigración sino de que la juventud disfruta de «movilidad exterior»; Soraya Sáez de Santamaría no quería oír las palabras «subida de impuestos», así que lo arregló gracias a un «recargo temporal de solidaridad»; cuando no crecemos ni estirándonos en la cama, Mariano Rajoy, maestro del oxímoron, habla de «crecimiento económico negativo»; y cuando se van a hacer recortes recurre a unas «reformas estructurales necesarias». El rescate de Europa no era tal sino un «préstamo en condiciones favorables» (en palabras de otro maestro en esto de los edulcorantes: De Guindos). La amnistía fiscal según el ministro Montoro sólo fueron «medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas». Ahí queda eso… En la Casa Real, una separación es un sencillo «cese temporal de la convicencia». En la Cataluña de los independientes, Artur Mas no hablaba de copago sino de «ticket moderador sanitario». Vueltas de tuerca que ya empleó Zapatero al subrayar que la crisis desbocada que se nos echaba encima sólo era una «desaceleración transitoria».

El lenguaje se ha convertido en una especie sacarina para el café. Un edulcorante de sí mismo en el que llevamos inmersos desde hace años. Durante un tiempo un negro dejó de serlo para acabar convirtiéndose en afroamericano o persona de color, un pobre en una persona en riesgo de exclusión social y un viejo en alguien mayor; el gordo solo tiene sobrepeso, no eres feo sino poco agraciado, para referirnos a un tullido decimos que es una persona de movilidad reducida, una prostituta es una trabajadora sexual, un soborno es tráfico de influencias, ya no se prohíbe sino que se desaconseja, abortar es interrumpir voluntariamente el embarazo. Las víctimas civiles inocentes en una guerra (un conflicto bélico, no olvidemos) son daños colaterales, una invasión militar sin provocación previa es un ataque preventivo, un genocidio se convierte en limpieza étnica. Y la tortura un interrogatorio intensificado. En Euskadi durante años oímos hablar de impuesto revolucionario, que no era más que una simple extorsión a los empresarios.

Los escritores tendríamos que volver impulsar el correcto uso del lenguaje y dejar a un lado circunloquios político-económicos envueltos en falsedad, llamar a cada cosa por su nombre por mucho que lleguen luego otros a afearnos la conducta. Aunque claro, en el mundo editorial existen escritores a los que plagiar le llaman intertextualizar. Tampoco ellos se inmutan.

Males necesarios

Es una de las frases de la temporada cuando uno quiere evidenciar lo inevitable: qué le vamos a hacer, nos dicen, es un mal necesario. Todo lo que nos rodea se ha convertido en eso, en algo que hemos de torear porque no existe otra alternativa. Como si se tratase de una respuesta resignada. Los partidos políticos, por ejemplo, ya no son la base de la democracia o del sistema electoral sino un mal necesario. Mucho más aún si nos referimos a nuestros responsables institucionales. ¿Que sólo buscan su enriquecimiento…? Pues claro, ha sido así siempre. ¿No harías tú lo mismo?, te interpelan. ¿Que son unos corruptos? Bueno, la avaricia es intrínseca en el hombre, la corrupción está unida al dinero, y además, no todos los políticos lo son. E insisten en si no haríamos nosotros igual, conscientes de que sólo se trata de una conversación de tasca, o de ascensor, que ninguno va a emprender una carrera política, y menos a estas alturas. ¿Y el Gobierno? Bastantante ha hecho. Si no puede hacer nada ante el poder de Europa, los lobbies o las multinacionales…, se defienden. El capitalismo, la democracia, todo se ha convertido en eso, en un mal necesario, en el mejor sistema (o el menos malo). ¿Qué quieres, que vuelva el comunismo?, se asombran. ¿Y los bancos?,  otro mal que no podemos evitar, están ahí, dependemos de ellos, todos nuestro dinero está a su recaudo, incluso aquel que no tenemos y con el que sanean sus cuentas. Con lo cómodo que es pagar con tarjeta, y que protejan tu dinero, y que te den un crédito, y confíen en ti. O la inseguridad que da guardarlo en una caja bajo el suelo o en el colchón. ¿Que existe un compadreo entre Gobierno y Banca? Si no te gusta, ya sabes, propón un sistema mejor. Es otro mal necesario. No importa que el Estado sólo haya recuperado el 5% del dinero que se inyectó para sanear el sistema financiero, o que hayan dejado claro que no vamos a recuperar 26.300 de esos millones. Se han perdido para siempre, como si los tuviesen escondidos en la cueva de Ali Babá —realmente en la de los cuarenta ladrones— o en un agujero sin un mapa que nos marque el lugar. ¿Que todos mienten? Bueno, es lo que hay, la mentira también es consustancial ser humano, somos la única especie capaz de crear, de inventar, de contar milongas, de mentir. Luis de Guindos, ministro de Economía: “No le quepa la menor duda de que se recuperará la mayor parte de lo destinado a los bancos nacionalizados. El préstamo no tendrá coste para la sociedad, sino todo lo contrario” (13 de junio de 2012). Una mentira. Soraya Sáenz de Santamaría, videpresidenta: “Hemos hecho este rescate a la banca para que no cueste ni un euro al contribuyente” (31 de agosto de 2012).  Otra mentira. Mariano Rajoy, presidente: “Es un crédito a la banca y lo va a pagar la propia banca” (13 de junio de 2012). La falsedad que subraya las demás. Tres nombres de políticos que forman parte de ese cacareado mal necesario, algo de lo que no podemos escapar, como la gripe con los primeros fríos o el envejecimiento que nos lleva a refunfuñar como simples cascarrabias.

Costumbre informativa

Escucho la radio por la mañana, el parte, que decía mi abuelo: situación de las carreteras, tiempo meteorológico, alguna noticia internacional que nos provoca sudores fríos, pero sobre todo mucho colorido local. Y paletadas de informaciones políticas que suenan a bucle, a déjà vu, a gato negro ronroneando sobre un suelo con forma de ajedrez. Argumentos que se repiten como uno de esos culebrones sudamericanos de los ochenta o las novelas de alguna autora cercana de éxito: leída una, leídas todas. Políticos con gafas para la presbicia que pretenden llegar a acuerdos sin moverse para nada del sitio. Y apelando, eso sí, a la la legitimidad de las urnas, al conocimiento de lo que les reclaman los votantes, a los mercados, a la situación económica, a Europa, a la democracia… Rajoy ejerciendo de Rajoy, que decían esta mañana en el titular de un periódico aragonés. Sé que la política es el arte de la mentira, pero la de este país no se parece a House of cards o a Borgen. Viendo el comunicado de prensa del presidente (en funciones) me acuerdo de la hilarante escena de Amanece que no es poco y el discurso de Rafael Alonso como acalde del pueblo: «En resumen: Hemos ganado los de siempre. O sea, yo alcalde, de cura, Don Andrés, de maestro, no se ha presentado nadie, o sea, que sigue Don Roberto. (…). De puta, Mercedes (…). También han salido cinco adúl­teras, pero bueno, esto ya se lo diremos a ellas para que los maridos, si quieren se enteren y si no, no. Monja, no hay… Que no ha salido… La Cristina va a probar de marimacho unos meses. Y Don Cosme, de homosexual». Y todo refrendado por los emocionados aplausos de los lugareños…