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El máster de Cifuentes

El máster de Cifuentes demuestra lo que ya es un secreto a voces: el PP cree que España es su chiringuito y que el público se traga cualquier cosa. Será la derecha o una forma de gobernar, quién sabe. O será Madrd, la Corte, el poder… Hoy en Radio Nacional, Alfonso Alonso, destacado miembro del PP, y al que no considero una persona estúpida, venía a decir que tenían «que defender a los suyos —es decir a Cifuentes—, porque forma parte del Partido». Qué más da si miente o no, si sus excusas suenan a eso, si ha dado explicaciones desde una pantalla de plasma —muy al estilo Rajoy— o desde su propia plataforma virtual para no tener que enfrentarse a la prensa y a preguntas icómodas. Tampoco importa que enseñe papeles con firmas falsificadas, que no sea capaz de entregar un trabajo de fin de máster —habría sido lo más fácil para evitar todo este esperpento— o que a estas alturas esté haciendo un daño irreparable a la universidad y a la educación. Nadie se cree ni sus mentiras, ni sus sonrisas ni su altanería de deidad barnizada en oro. Pero es que tampoco nos creemos a esos vendedores de sueños y baratijas que llaman políticos, capaces de anteponer las necesidades de su partido a las del país. Qué necesidad de regeneración, de cultura, de educación haría falta para que hacer cambiar todo esto. Durante dos años un amigo mío estuvo haciendo un máster al que dedicaba la práctica totalidad de su jornada: clases presenciales, trabajos colectivos, encuentros con otros compañeros… cuestiones que Cifuentes se pasó por la entrepierna con el visto bueno de la Universidad Rey Juan Carlos. Los responsables de la misma ya han dado a entender que el máster de la Presidenta de la Comunidad de Madrid funcionaba de manera irregular. Lo que nos hace cuestionarnos si no habrá ocurrido lo mismo con las carreras o los másteres de otros políticos hispanos, deseosos de ver engordar sus currículos como si en realidad todo eso les sirviese para algo. Como si no creyésemos que nos gobierna una pandilla de iletrados.

El estado del fútbol en los medios de comunicación

Hablemos de lo que algunos medios de comunicación definen como fútbol. Después de 96 años de historia el Alavés llega a su primera final de Copa. Y en las televisiones nacionales se entretienen hablando del cumpleaños de un tal Neymar, que debe de hacer unas fiestas del copón de la baraja: mucha jovencita, mucha hormona y mucho baile, que creo que el jugador cuando deje de hacer cabriolas se dedicará a la canción. Y seguidamente imágenes del entrenamiento del Madrid, un rondo de ésos, centros al área, cabezazos a tutiplén, lo más de lo más de la información deportiva. La locutora se esfuerza en hacernos ver que todo lo que nos cuenta es trascendental, que hay buen ambiente entre los jugadores, en fin, pavadas para cerebros licuados. El presidente de la Casa Blanca del fútbol, por su parte, asegura que unas obras impedirán que se juegue la final de Copa en su campo. El suyo debe de ser con diferencia el estadio con más licencias de obras, al menos si hay la posibilidad de que el Barcelona juegue allí (y gane). Tenía razón Karlos Arguiñano cuando decía que «si fuese la Copa del Generalísimo sí se jugaría en el Bernabéu». Que todo se solucionaría eligiendo una sede fija, como en Inglaterra, pero la Federación manda menos que Espinete, y tampoco es cuestión de andar enfadando a los clubes (a los grandes, se entiende). Y ya, por fin, la presentadora comienza a hablar del Alavés, de su victoria ante el Celta, o lo que es lo mismo, la noticia futbolística del día más allá de si Ronaldo ha ido a la peluquería o hace flexiones, Messi se divierte con sus compañeros de delantera o si cualquiera de ellos tiene nueva línea de ropa deportiva. Cuando un club es humilde, pues eso, a seguir…

Un vermú preparado

Un bar de Madrid, en la calle Alcalá, frente al Retiro, después de pasar calor visitando la Feria del Libro. Uno de esos sitios en los que se mezcla el ambiente de tasca con el de bar de copas.

—¿Tiene vermú de grifo? —preguntamos al entrar. Son poco más de la una de la tarde, una buena hora para el aperitivo.

El camarero nos mira arqueando las cejas.

—No, pero se lo puedo preparar.

Vale, confirmamos. El vermú preparado también nos parece una buena opción.

El barman saca dos pequeños vasos de sidra y vierte en ellos un chorrito de Martini.

—¿Les pongo hielo?

Quizás se refiera a un frappe. Pues sí, asentimos al unísono. Nos gusta el riesgo cuando se trata de bebidas dulces.

Extrae del frigorífico una cubitera con hielos y coloca con tino un par de piedras en cada vaso.

—¿Limón?

—Dale —asentimos, con una sonrisa ya en la boca.

Coge un limón, corta dos rodajas y las deposita junto al hielo en un beso alcohólico. Luego vierte un poco más de Martini para mejorar la mezcla. Deja los vasos y se retira. Vermú preparado con estilo y mucha literatura.

De Ferias y otras formas de difundir el libro

Leo en la prensa y en las redes sociales que la Feria del Libro de Bilbao ha sido un éxito. Diez días marcados por las buenas ventas, la presencia abundante de autores firmando sus últimos libros, el apoyo de un público ávido de lectura y las actividades varias realizadas tanto en la carpa como en Bidebarrieta Kulturgunea. Soy testigo a través de Facebook y Twitter de la voracidad arrolladora de uno de los autores locales, cuya última novela, vendida casi al por mayor, parece haberse convertido en un best seller sólo comparable con El código Da Vinci o las obras de Blue Jeans. Las cifras cantan, y si un libro se vende ha de ser bueno, ¿no? El resto de escritores han sido más cautos, los libreros callan en público —en privado es otro cantar—, la organización habla de un diez por ciento de incremento de ventas. Incluso la prensa, reacia a apostar por la cultura, ha dedicado espacio y fotografías al evento. En definitiva, todo parabienes. Da gusto ver que las cosas funcionan y que los libros (en papel) vuelven a ser noticia.

Pero como no todo puede ser bueno, algunas dudas que me surgen tras la Feria de Bilbao. La fundamental: la promoción. Creo que habría que hacer un mayor esfuerzo publicitario en favor de la Feria, como se hace por ejemplo en Gutun Zuria o en La Risa de Bilbao. Porque si a estos dos festivales la gente acude en masa, ¿por qué la Feria parece a veces un erial? También podríamos hablar de los carteles o el programa, que parecen diseñados por un estudiante recién salido de la universidad. Propondría a la organización carteles como los que se hacen en la Feria del Libro de Madrid —en la parte inferior el de este año—, o concursos como el organizado en Huesca, cuyo cartel con un corazón nacido de las páginas de un libro es mucho más sugerente que el dibujo naif de Bilbao. Si cada año montamos un concurso para seleccionar el cartel de los Carnavales o de la Aste Nagusia, qué nos impide hacer lo mismo en la Feria del Libro. Y ya que existe inetrnet, tampoco estaría mal mejorar esa página web sobre la Feria en la que uno busca información y encuentra la nada.

carteles

Desde hace años se discute sobre la validez o no del formato feria. Sé que es complicado, que cuesta regenerarse, modernizarse o simplemente cambiar de esquemas. En Madrid me dijo un librero que los organizadores se habían volcado erróneamente en la escritura salida de youtubers o personajes de la televisión. Nosotros estuvimos un fin de semana, bajo el sol del mediodía y un calor que sólo invitaba a pedir agua. Pero había movimiento. En el Retiro se agolpan más de 370 casetas, en las que se mezclan con claridad librerías, editoriales, distribuidores, instituciones públicas, fundaciones… La web está operativa, aparecen los nombres de las editoriales o de los autores que van a firmar; se pueden incluso ver los diseños anunciadores de los carteles de últimos años. Aunque era un golpe a la vanidad escuchar por los altavoces el número de escritores que firmaban libros: tardaba alrededor de diez minutos en anunciarlos a todos. Si cuando dicen que hay más escritores que lectores…

En Bilbao sorprende que las librerías más importantes de la villa ni se planteen pasarse por la Feria, por no hablar de las editoriales. Eso hace que casi todas las casetas parezcan idénticas, tengan los mismos títulos, incluso los mismos autores firmando. Salvo honrosas excepciones, las editoriales más pequeñas ni se plantean recalar en Bilbao, como hacían antes. Desconozco si es necesario cambiar el formato, si habría que impulsar una feria como la del libro independiente de Santander, cambiar el emplazamiento o reducir el número de días. Si los organizadores y autores presentes en ella han salido contentos, pues nada: el año que viene más.