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Sobre la primera Feria del Libro de Portugalete

He participado esta semana pasada como autor y ponente en la primera Feria del Libro de Portugalete, organizada por la Asociación Cómplices Literarios. He sido uno de los muchos autores llamados a un encuentro por el que, desde un primer momento, nos hemos sentido atraídos, quizás por la sensación de que sus organizadores estaban francamente implicados en que saliera bien. Conté el primer día un total de cien actos para firma de libros con escritores como Martín Olmos, Santiago Liberal, Alfonso del Río, Julián Borao, Daniela Bartolomé, Ritxi Poó, Mari Carmen Azkona, Elena Fernández, Elena Moreno, Tania Serrulla, Antón Arriola, Adrián Martín, Javier Sagastiberri o Iñaki Uriarte, por citar tan sólo algunos nombres más cercanos.

Se puso en contacto conmigo Isabel Rodríguez, de la Librería Guantes, por mediación de Elena Moreno, y más tarde el escritor Adrián Martín Ceregido —que acaba de publicar su segunda novela El peso de la ira— para contarme el plan de actividades: una firma el domingo a media tarde y una charla ese mismo día sobre Mujeres y Literatura junto a la ya citada Elena Moreno, Noemí Pastor y Natalia Vara Ferrero —la mesa redonda, a las seis y media de un día soleado congregó a más de cuarenta personas, lo que muestra el interés del público portugalujo por esta feria del libro—.

Hablaría posteriormente con Isabel Fernández, de la librería Liber 2000, que me planteó el acto de la firma, en este caso de dos de mis novelas, Cuerpos de mujer bajo la lluvia y la recientemente publicada El hacedor de titulares, y Susana Penas —de Guantes. A todos ellos pude conocerlos en persona según llegué a la Plaza del Solar, con el incomparable marco del Puente Colgante.

La diferencia de esta Feria con otras en las que he participado es la emoción que han demostrado sus organizadoras. Hay además un enorme contrapunto con eventos como los de Bilbao y San Sebastián, por citar dos de ellos. En Portugalete vimos editoriales, librerías, plataformas de escritores y no sólo grupos editoriales que solapan todo lo que se hace en Euskadi. Las propuestas, además, son distintas. Editoriales cuya presencia no es habitual en las ferias, autores menos significativos —quizás— pero con obras igual de interesantes. Junto a los tradicionales momentos dedicados a la novela negra —con el auge del género en el País Vasco de la mano de Erein— hay huecos para otras formas de entender la literatura, desde lo histórico a la novela femenina, a la literatura en red, la música, la magia, los cuentacuentos… Las mesas redondas o las conferencias demostraron el hambre literario de la localidad. Y todo ello en un entorno casi de cuento de hadas —el buen tiempo ayudó, sin duda, a que las casetas parecieran sacadas de un relato infantil—, con presencia constante de los organizadores junto a los escritores que nos acercamos a dar visibilidad a nuestras obras.

Iniciativas como la Feria de Portugalete animan a seguir en este camino de impulso literario. Considero un éxito la organización de Cómplices Literarios —habrá aristas que tendrán que pulir, sin duda, pero seguro que saben hacerlo—. Cuando el año que viene levante el telón, espero volver a colaborar con ellos.

La novela fragmentaria de Muñoz Molina

Durante muchos años, dos libros de Antonio Muñoz Molina marcaron mi forma de entender la literatura, por un lado El jinete polaco, y por otro Plenilunio, obra por la que siento predilección y que supuso el germen de una de mis novelas. Las de Muñoz Molina eran obras densas, narradas con la rotundidad de un gran escritor, excesivas quizás para los lectores de hoy. Quizás por ello no sorprenda que su ultimo libro, Un andar solitario entre la gente (Seix Barral) sea más fragmentario, acorde a los tiempos que nos ha tocado vivir, con un contenido singular también en su forma. El escritor jienense ha estado en Bilbao presentando esta novela que refleja un proceso narrativo y que surgió por casualidad, como dice que nacen muchos de sus proyectos, inconscientemente, llega una idea y uno empieza a desarrollarla. El impulso de Un andar solitario entre la gente fue ir fijándose en las cosas que estaban cerca de uno, un posavasos, una persona pidiendo en una esquina, un artista callejero, un artículo de periódico. “Quería contar lo inmediato, y según escribía lo que estaba haciendo cobraba forma. Era una especie de diario en el que recopilaba recortes, frases, iba con un cuadernos y un lápiz pero a la vez con un iPhone en el que registraba grabaciones, por ejemplo los pregones de la gente en la calle, los cánticos de una vendedora de melocotones, en la que te das cuenta de la musicalidad del habla. Mis escritos se convirtieron en una crónica de viajes con la que prolongaba la tradición sobre la literatura de la ciudad”.

Dice Muñoz Molina que siempre le ha gustado la escritura fragmentaria, que la inmediatez siempre ha estado ligada con el periodismo, y que “el periodismo es literatura porque es contar el mundo con palabras”. Pero como en todas las artes, hay buen y mal periodismo. Y por tanto buena y mala literatura. Y recurriendo a Choyce: “La casualidad me provee justo de lo que yo necesito”. Todos los escritores que aparecen en el libro son escritores de periódicos. Esta nueva literatura se corresponde con la nueva realidad. Por qué define su novela de urbana: “Porque la ciudad por definición es un mosaico, y por eso mismo las novelas sobre la ciudad suelen ser así”. En ese proceso el escritor descubrió una palabra que le refleja perfectamente la sociedad de hoy: basuraleza. “El nivel actual de residuos es brutal, muy serio, a lo largo de la novela aparece varias veces esa presencia constante de basura en nuestras calles. Cada cultura trabaja con el material que tenemos, y en la nuestra los deshechos son con los que trabajaremos en el futuro”.

Las alegrías literarias me las regalan ellos

Lo he comentado en alguna ocasión: muchas de las alegrías literarias de los últimos años no me corresponden. No son mías. Me las han regalado otras personas. Muchas de ellas tienen que ver con Alea Bilbao, la asociación de la que formo parte desde hace unos años y en cuya sede imparto talleres de escritura creativa. Al princio fueron cursos de iniciación, que se fueron especializando hasta convertirse en uno de los primeros talleres sobre construcción de novela que se impartían en Bilbao. De él nacieron ocho novelas, una de las cuales, Cerezas amargas, fue editada por Elena Fernández, con éxito de ventas y público, hasta el punto de publicarse también en euskera (Gerezi mingotsak) y presentarse en la pasada edición de la Durangoko Azoka. Anteriormente, Javier Ibarrola había finalizado su primera novela y presentado a varias editoriales. Pound se publicará en 2018 en la editorial Menoscuarto. Además, la novela de Lola López de Lacalle, Melocotones de viña, también verá la luz el próximo año, en esta ocasión bajo el sello Txertoa. Un subidón, que espero se mantenga con la publicación del resto de trabajos.

Pero las alegrías, como decía, vienen de antes. Varios de los alumnos se fueron presentando a concursos literarios, en parte por mi insistencia de apisonadora, porque son una prueba de fuego y porque su escritura tenía la calidad suficiente como para lanzarse al ruedo. Algunos de ellos habían obtenido ya el reconocimiento en certámenes literarios puntuales, como es el caso de Begoña Elorrieta, Andoni Abenójar, Ana Arenaza, Idoia Barrondo, Iñaki Ateca, Sol Aguirre, Taicha Peñín…

La primera gran alegría la recibí por partida doble: en 2014, en la sexta edición del premio BizkaIdatz, que organiza la Diputación Foral de BIzkaia, Elena Fernández resultó ganadora con la continuación de un relato en castellano propuesto por Esther Zorrozua. Y otro relato de Pilar Pallarés obtenía el tercer premio ex aequo. Recuerdo a todos los alumnos en la Sala Noble de la Biblioteca Foral celebrándolo como si el premio nos lo hubieran dado a nosotros. Las emociones no acabaron ahí. Al año siguiente, dos de los alumnos del taller, Andoni Abenójar e Idoia Barrondo lograban el primer premio en la séptima edición del BizkaIdatz, el primero continuando un relato de Iván Repila; la segunda (en euskera) por otro de Ana Urkiza.

Podrá parecer una simpleza contar esto, porque premios literarios hay muchos, pero considero que el BizkaIdatz es uno de los más complicados que se organizan no sólo en Euskadi sino también en España porque consiste en continuar un texto ajeno, y adaptar el tono, la forma de escribir, los personajes… Y supone escribir más de una quincena de páginas que en caso de no resultar ganadoras no tendrán otra salida. De ahí su importancia.

Hace quince días, Lola López de Lacalle me telefoneó para contarme la noticia: había quedado finalista de la novena edición del BizkaIdatz con un texto divertido e ingenioso que continuaba el comenzado por Alejandro Fernández Aldasoro. Y de nuevo nos juntamos a celebrarlo como si el premio nos lo hubieran dado a todos. Y volví a entender que la literatura se hace de celebraciones como éstas…

 

En la fotografía, algunos de los miembros de los talleres organizados por AleaBilbao, junto a la Diputada de Cultura, Lorea Bilbao.

Una historia de Montero en #RelatosEnredados

Me llegaron ayer ejemplares de #RelatosEnredados, una propuesta literaria de la editorial barcelonesa Huacanamo en la que he publicado una pequeña historia de Montero: una aventura de youtubers y canales virtuales que pienso que tiene gracia, aunque el humor es como el olor corporal, que cada uno tiene el suyo y no siempre es del gusto de los demás.

Conocía Huacanamo gracias al poemario Cara o cruz, de Itziar Mínguez Arnáiz —que también participa en el libro y a la que sigo con devoción—, pero también a Diego Vasallo (Canciones que no fueron) y Michel Gaztambide (Moscas en los incunables), libros que en su momento tuve la oportunidad de leer y reseñar. #RelatosEnredados es un libro que conmemora los diez años de vida de la editorial, un hecho que es de por sí una heroicidad; y lo hace a través de más de una treintena de textos o imágenes de autores que habitualmente trasteamos por Internet cuya línea argumental es el humor en las redes sociales. Hay quienes firmamos con el nombre de usuario de Instagram o Twitter, otros con su nombre y apellidos, pero el resultado es una comunidad igual de heterogénea que las que podemos encontrar en la red. Y lo curioso es verlo en tus manos cuando la colaboración surgió también así, a partir de la efímera relación que manteníamos, en mi caso gracias a Instagram, y en el interés por saber lo que hacen editoriales que se mantienen trabajando para dar luz a sus proyectos.

#RelatosEnredados es en este sentido una celebración mayor si cabe. La ilusión de un músico, Xavi Sánchez, que tras un golpe de suerte decidió levantar un proyecto creativo en el que embarcó a otro músico, Vicente Llorente, al que le debemos el nombre de la editorial, el primer poemario y gran parte de la promoción. Una década de letras, treinta libros publicados, tres espectáculos poético-musicales y varios autores vascos en su catálogo: los ya citados, Karmelo C. Iribarren y Harkaitz Cano. Larga vida…

Premio Euskadi de Literatura para Fernando Aramburu

Hay premios que parecen cantados y el Euskadi de este año a Fernando Aramburu en su modalidad en castellano era uno de ellos. Desde su aparición pública Patria se ha convertido en un fenómeno, que le ha valido a su autor la consecución de varios premios —el de la Crítica y el Francisco Umbral a la mejor novela del año—, que siga siendo todavía una de las obras más vendidas del año —400.000 ejemplares y subiendo— o que su argumento sirva para la primera serie de HBO España.

Me alegro mucho por Aramburu, al que considero un gran escritor y al que he podido entrevistar varias veces —la primera de ellas viajando en un autobús a Madrid, con el móvil en la mano, la libreta sobre las rodillas ante la mirada de mi vecina de asiento que me observaba hacer malabares con el bolígrafo y el teléfono—. He leído con placer algunos de sus libros, en especial Años lentos, Viaje con Clara por Alemania —con la que quedó finalista del premio Euskadi en 2011, un premio que ya había obtenido diez años antes con Los ojos vacíos— o los relatos de El vigilante del fiordo y Los peces de la amargura, en estos dos últimos casos con amargo placer dado el tema. He tenido además la oportunidad de charlar con él en varias ocasiones, lo que me ha permitido descubrir a un hombre de fina ironía y ácido sentido del humor. He disfrutado de su conversación las veces que hemos coincidido, muchas menos de las que me hubiera gustado.

Admito que aún no me he atrevido a hincarle el diente a Patria: no soy muy amigo de las novelas extensas y tampoco tengo el cuerpo —aún— para adentrarme en esta visión de la realidad vasca durante los años de plomo. Es demasiado cercana como para no sentirme noqueado por ella. He leído los comentarios de críticos a los que respeto: por un lado César Coca en El Correo “ha construido una novela de enorme ambición porque reparte protagonismo y muestra el dolor que, más allá de sus causas y la consideración moral que pueda suscitar, alcanza a todos”— y por otro Iban Zaldua en el detallado análisis que hizo para Viento Sur —“Uno de los puntos fuertes de la novela, quizá el más potente: la voluntad de abarcar todo, de contar, de una tacada, lo que hasta ahora sólo se había hecho fragmentaria o parcialmente (como él mismo había intentado antes en libros como Los peces de la amargura, Tusquets 2006, o Años lentos, Tusquets 2012). Otra cuestión es cómo lo hace, y si la obra resultante puede calificarse o no de alta literatura” o “Los personajes son, en lo fundamental, estereotipos, reconocibles inmediatamente, y apenas cambian a lo largo de la obra, salvo en su superficie”—. Comentarios que me hacen querer acercarme a la novela. Tendrá que esperar. Quizás cuando le den el Nacional o cuando le vea en una próxima ocasión con un ejemplar para que me lo firme.

Entrevista a Sergio Arrieta

La trayectoria del escritor Sergio Arrieta (Marsella, 1961) venía marcada por la publicación de varios poemarios (“Ces jour que je t’abandonne”, “Brasero phréatique”, “Al borde del tiempo azul” y “La luz negra de tu ausencia”) y un libro de relatos (“No te llamaré soledad”). Sin embargo, la figura del conde de Lautréamont siempre le estuvo rondando. “Quería escribir una novela sobre el autor de Los cantos de Maldoror. Ningún poeta llegó ni llegará a las inmediaciones de los parajes atormentados, tétricos, surrealistas, llenos de poesía fulgurante y lúgubre que Lautréamont creó en sus Cantos.”

Entrevista a Harkaitz Cano

El turismo, y por extensión las vacaciones, son el tema central del nuevo libro de Harkaitz Cano, un puñado de relatos que vio la luz hace dos años (“Beti oporretan”) y que se publica ahora en castellano bajo el título de “El turista perpetuo”. Traducido por el propio autor, “antes tendía a alejarme más del original, pero con el tiempo creo que me he convertido en un traductor más fiel. Tiene que ver quizás con cuestiones técnicas, pero también con el hecho de aceptarse a uno mismo y a reconocer tu propia voz en el espejo de la traducción. El título es una versión bastante libre”.

Entrevista a Andrés Tejo

Inquietud, vehemencia o creatividad pueden ser tres de los adjetivos que identificarían a este joven bilbaino que alterna su interés por la música —es profesor de guitarra y el piano, compone bandas sonoras y toca en varios grupos— y la escritura. Su pasión por esta última le ha llevado a escribir “El legado del portador”, “una saga de carácter fuerte y profundo, de intriga constante, en la que cada final de capítulo genera una incógnita que no se va a resolver a veces en la primera novela sino que podrá hacerlo en la cuarta”. La primera entrega, “Despertar”, cuenta la historia de Sarah, una chica que se queda sin madre y descubre unas habilidades que le hacen especial, incluso en Sendaris, el mundo al que se ve obligada a viajar.

Vacío en la sala

Hace unas semana asistí a una charla en la que estábamos el ponente, su mujer, una señora y yo. Un encuentro muy interesante que no tuvo sin embargo el apoyo del público pero que escuchamos con la familiaridad a la que nos acostumbra este tipo de eventos. Al salir nos planteamos junto al autor cuál serían los motivos de la falta de quórum: una mala promoción, el cansancio ante la cantidad de eventos diarios, el desinterés, el buen tiempo… Era un martes sin partido, así que no le pudimos echar la culpa al fútbol —pese a que el número de retransmisiones a la semana raye lo obsceno—, el tiempo acompañaba —no era un día de playa ni caían chuzos de punta— y el tema era atractivo —lo que se demostró cuando diez días después el mismo evento congregó a más de una treintena de personas en otra ciudad—. Así que, simplemente, la gente no acudió al reclamo y prefirió dedicarse al poteo.

Uno de los temores más grandes de cualquier escritor es que la sala esté vacía. Que a ella no acudan ni tus amigos, cansados de ser la cla del espectáculo. El sábado me dijo Montero que el futuro de las presentaciones está en contratar a personas que llenen la librería, que aplaudan cuando el autor diga algo interesante. O que aplaudan siempre, que para eso se les paga. Como cuando en los programas en directo se anima a los espectadores a que palmoteen como focas ante el premio de un pescadito. Porque está claro que la coletilla esa de “al final se servirá un vino”, ya no sirve. He acudido a varias presentaciones en las que primaba la ausencia, también en el caso de escritores de supuesto prestigio, que miraban a un lado y a otro, a su agente, al organizador, a una sala desnuda.

Un caso similar les ocurrió este martes en Nantes al grupo vasco Berri Txarrak. Su música sólo atrajo a un espectador, pero el grupo decidió tocar y lo hicieron como si se hubiese completado el aforo. Lo dieron todo porque un sólo oyente bien vale un concierto, aunque de haberse tratado de una presentación de libros no hubiese merecido media página en los periódicos. Una vez le oí decir a John Anthony Helliwell, saxofonista de Supertramp, que la primera vez que tocó con el grupo acudieron a escucharles sólo once personas frente al lleno de un concierto como el que daría lugar a su directo Paris. Son cosas que pasan. El escritor, el artista, ha de seguir porque su obra lo merece. Por mucho que la sala vacía te lleve a pensar que ni siquiera interesas ya a tus familiares.

La escritura del autoconocimiento

Cuando miro hacia atrás siempre me veo escribiendo, en mi cuarto, en la biblioteca, en un bar que convertí en mi sede y al que acudía prácticamente a diario. Me colocaba los auriculares y dejaba que la música me apartase del entorno, me aislase en un mundo literario tan personal como todo lo que escribía. Con el tiempo supe que a mucho de lo que yo hacía se le llamaba autoficción, yo ficcionado o etiquetas parecidas. Para mí era sólo una manera de enfrentarme al mundo, de plasmar en la página en blanco todas mis dudas o de convertirme en un personaje alejado de aquel ser aburrido y tímido en el que me había convertido. También en un método de reflexión y autoconocimiento. El 25 de mayo, jueves, con motivo de los Encuentros Literarios / Literatura Topaketak que organiza la Diputación Foral de Bizkaia quise hablar de todo esto, de escritores que aparecían en sus novelas para hablar de sí mismos o de los otros, de autores que han hecho de las egografías su razón de ser. Y de un escritor noruego de nombre impronunciable —Karl Ove Knausgård— que de repente se ha convertido en el gurú de los escritores del yo. Una charla en la que lo importante no fuese uno mismo sino todos los demás. Todavía a día de hoy tenemos que justificar lo que escribimos.

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