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Sobre la primera Feria del Libro de Portugalete

He participado esta semana pasada como autor y ponente en la primera Feria del Libro de Portugalete, organizada por la Asociación Cómplices Literarios. He sido uno de los muchos autores llamados a un encuentro por el que, desde un primer momento, nos hemos sentido atraídos, quizás por la sensación de que sus organizadores estaban francamente implicados en que saliera bien. Conté el primer día un total de cien actos para firma de libros con escritores como Martín Olmos, Santiago Liberal, Alfonso del Río, Julián Borao, Daniela Bartolomé, Ritxi Poó, Mari Carmen Azkona, Elena Fernández, Elena Moreno, Tania Serrulla, Antón Arriola, Adrián Martín, Javier Sagastiberri o Iñaki Uriarte, por citar tan sólo algunos nombres más cercanos.

Se puso en contacto conmigo Isabel Rodríguez, de la Librería Guantes, por mediación de Elena Moreno, y más tarde el escritor Adrián Martín Ceregido —que acaba de publicar su segunda novela El peso de la ira— para contarme el plan de actividades: una firma el domingo a media tarde y una charla ese mismo día sobre Mujeres y Literatura junto a la ya citada Elena Moreno, Noemí Pastor y Natalia Vara Ferrero —la mesa redonda, a las seis y media de un día soleado congregó a más de cuarenta personas, lo que muestra el interés del público portugalujo por esta feria del libro—.

Hablaría posteriormente con Isabel Fernández, de la librería Liber 2000, que me planteó el acto de la firma, en este caso de dos de mis novelas, Cuerpos de mujer bajo la lluvia y la recientemente publicada El hacedor de titulares, y Susana Penas —de Guantes. A todos ellos pude conocerlos en persona según llegué a la Plaza del Solar, con el incomparable marco del Puente Colgante.

La diferencia de esta Feria con otras en las que he participado es la emoción que han demostrado sus organizadoras. Hay además un enorme contrapunto con eventos como los de Bilbao y San Sebastián, por citar dos de ellos. En Portugalete vimos editoriales, librerías, plataformas de escritores y no sólo grupos editoriales que solapan todo lo que se hace en Euskadi. Las propuestas, además, son distintas. Editoriales cuya presencia no es habitual en las ferias, autores menos significativos —quizás— pero con obras igual de interesantes. Junto a los tradicionales momentos dedicados a la novela negra —con el auge del género en el País Vasco de la mano de Erein— hay huecos para otras formas de entender la literatura, desde lo histórico a la novela femenina, a la literatura en red, la música, la magia, los cuentacuentos… Las mesas redondas o las conferencias demostraron el hambre literario de la localidad. Y todo ello en un entorno casi de cuento de hadas —el buen tiempo ayudó, sin duda, a que las casetas parecieran sacadas de un relato infantil—, con presencia constante de los organizadores junto a los escritores que nos acercamos a dar visibilidad a nuestras obras.

Iniciativas como la Feria de Portugalete animan a seguir en este camino de impulso literario. Considero un éxito la organización de Cómplices Literarios —habrá aristas que tendrán que pulir, sin duda, pero seguro que saben hacerlo—. Cuando el año que viene levante el telón, espero volver a colaborar con ellos.

La novela fragmentaria de Muñoz Molina

Durante muchos años, dos libros de Antonio Muñoz Molina marcaron mi forma de entender la literatura, por un lado El jinete polaco, y por otro Plenilunio, obra por la que siento predilección y que supuso el germen de una de mis novelas. Las de Muñoz Molina eran obras densas, narradas con la rotundidad de un gran escritor, excesivas quizás para los lectores de hoy. Quizás por ello no sorprenda que su ultimo libro, Un andar solitario entre la gente (Seix Barral) sea más fragmentario, acorde a los tiempos que nos ha tocado vivir, con un contenido singular también en su forma. El escritor jienense ha estado en Bilbao presentando esta novela que refleja un proceso narrativo y que surgió por casualidad, como dice que nacen muchos de sus proyectos, inconscientemente, llega una idea y uno empieza a desarrollarla. El impulso de Un andar solitario entre la gente fue ir fijándose en las cosas que estaban cerca de uno, un posavasos, una persona pidiendo en una esquina, un artista callejero, un artículo de periódico. “Quería contar lo inmediato, y según escribía lo que estaba haciendo cobraba forma. Era una especie de diario en el que recopilaba recortes, frases, iba con un cuadernos y un lápiz pero a la vez con un iPhone en el que registraba grabaciones, por ejemplo los pregones de la gente en la calle, los cánticos de una vendedora de melocotones, en la que te das cuenta de la musicalidad del habla. Mis escritos se convirtieron en una crónica de viajes con la que prolongaba la tradición sobre la literatura de la ciudad”.

Dice Muñoz Molina que siempre le ha gustado la escritura fragmentaria, que la inmediatez siempre ha estado ligada con el periodismo, y que “el periodismo es literatura porque es contar el mundo con palabras”. Pero como en todas las artes, hay buen y mal periodismo. Y por tanto buena y mala literatura. Y recurriendo a Choyce: “La casualidad me provee justo de lo que yo necesito”. Todos los escritores que aparecen en el libro son escritores de periódicos. Esta nueva literatura se corresponde con la nueva realidad. Por qué define su novela de urbana: “Porque la ciudad por definición es un mosaico, y por eso mismo las novelas sobre la ciudad suelen ser así”. En ese proceso el escritor descubrió una palabra que le refleja perfectamente la sociedad de hoy: basuraleza. “El nivel actual de residuos es brutal, muy serio, a lo largo de la novela aparece varias veces esa presencia constante de basura en nuestras calles. Cada cultura trabaja con el material que tenemos, y en la nuestra los deshechos son con los que trabajaremos en el futuro”.

Memorias de un editor

Todos los proyectos tienen un comienzo y unas memorias. Libros de pizarra se fraguó en febrero de 2011 en Balmaseda, en la casa de Joël López Astorkiza, en una comida a la que fuimos invitados Elena Sierra, Javier Maura, Beatriz Celaya, Carmen Pardo y yo. Andaba ya con el runrún de volver a lanzarme a la edición después de que la editorial Elea —el primer proyecto de estas características que levanté junto a Iñaki Mendiazabal— acabase en nada; pero claro, dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Jöel tenía en casa un gramófono antiguo en el que nos ponía discos de pizarra, por lo que el nombre vino rodado; incluso el logotipo surgió de ese encuentro: una ele y una pe de la que sobresalía un círculo en forma de disco. Y desde el primer momento conté con el apoyo de todos, que me ayudaron, entre otras cosas, en tareas de corrección o de selección de posibles autores.

Lo siguiente fue hablar con Luisa Etxenike, que estaba dando los últimos retoques a su última novela, El detective de sonidos. Consideré que Etxenike era la autora adecuada para servir de apertura editorial. El acuerdo verbal se fraguó en San Sebastián, lo que supuso tener ya claro que el proyecto se ponía en marcha. Posteriormente hablé con Willy Uribe para la reedición de los relatos que había autopublicado años antes con el título de Ciudad Bilboa; como tercer libro publicaría mi colección de relatos y micros El sueño de los hipopótamos, en los que estaba trabajando junto a la ilustradora Olga Zulueta. En ese proceso, Uribe prefirió abandonar el proyecto, y apostar por Los libros del lince y por su editor Enrique Murillo.

Abriríamos entonces con dos títulos y una premisa: la editorial debía apostar no sólo por la calidad de los contenidos, sino también por un formato que la identificase. Y en papel, en un momento en que se hablaba mucho del libro digital y esas cosas. Contamos para ello con la inestimable ayuda de Leyre Delgado, que sugería un libro con aspecto de Moleskine, envuelto en un chaleco en color y papel de alto gramaje, que hacía que los libros pesasen un poco más pero que le daban una imagen muy reconocible.

Para su novela Luisa Etxenike me propuso hablar con un grafitero francés, Nemo, porque había visto uno de sus trabajos en París que se identificaba perfectamente con el argumento de su novela. Incluso nos planteamos la posibilidad de traerlo a Bilbao en el entorno del Instituto Francés. Así fue. Nemo acabaría dibujando uno de sus grafitis en la entrada del Instituto y otro en el naciente Pabellón 6 —mural que ha sido maltratado tras la colocación sobre él de un cartel indicador del centro de artes escénicas de Zorrozaurre, pero que aún se puede intuir—.

La presentación del libro de Etxenike discurrió por los cauces previstos: Myriam Miranda, que trabajaba como jefa de prensa para Alberdania, nos ayudó en cuestiones informativas, especialmente en Donosti, y a organizar un macroevento con cóctel incluido que contó con el apoyo de María Eugenia Salaverri. Una noche en la que conocimos a Diego Vasallo, que por allí andaba. Lo dicho: la memoria trae esta clase de recuerdos.

En el caso de El sueño de los hipopótamos, volví a contar  para la portada con Alain Urrutia —que me había ilustrado la cubierta de Las hermanas Alba para Bassarai—, y aunque se imprimió en noviembre, retrasé la presentación a febrero del año siguiente, en la sede de BilbaoCentro, que amablemente me ofrecieron Olga Zulueta y Jorge Aio. Un encuentro multitudinario pero de infausto recuerdo, porque acabamos llamando a una ambulancia y creo que también a la Ertzaintza tras un incidente del que nunca tuve todos los datos con un borracho que acabo herido.

A partir de ese segundo título, el correo de Libros de pizarra —contábamos con una web magnífica diseñada por Mikel Apodaka— comenzó a llenarse de propuestas editoriales y manuscritos, a los que no siempre supimos contestar como es debido. Una cosa tenía clara: no podía dejarme atontar por el ritmo de las novedades; teníamos que ser conscientes de que se trataba de un proyecto pequeño, una mota dentro de la vorágine editorial, dos libros al año a lo sumo, al que le costaría tener repercusión mediática —estamos hablando de cultura y libros—, aparecer en los suplementos culturales y menos aún en los escaparates de las librerías. Había que recurrir, por tanto, a otros medios de promoción: redes sociales, encuentro de autores, etc.

Un inciso: en Bilbao contamos siempre con el apoyo de dos librerías, Tintas y Cámara, que nos dedicaron bonitos escaparates en cada una de las presentaciones que preparamos con ellos. Queríamos que nuestros libros fuesen eso que llaman longseller —qué inocencia—, que tuvieran una vida más allá del primer mes. Para eso contábamos con la mejor distribuidora de libros independientes del país, nada menos que UDL, que trabajó con profesionalidad e hizo lo que suele hacer en estos casos: llevar a Canarias o Huelva libros que sólo estaban pensados para Bilbao y alrededores —como con El espíritu de la alhóndiga, una recopilación de relatos de los alumnos de los talleres literarios que organizaba Alhóndiga Bilbao y que desapareció pronto de las librerías bilbaínas porque estaba viajando a las Baleares o a Galicia, lugares donde, como es obvio, no tuvo repercusión alguna— o posicionar sólo un porcentaje mínimo de los títulos que se les enviaba. El resto permanecía embalado en cajas que no se abrirían nunca. Cosas de los distribuidores que algún día se deberá analizar con ojo clínico —y crítico—.

La distribución nos permitió descubrir una esas paradojas que tiene la relación entre la distribuidora y las librerías: presentar un libro que no ha llegado a destino, encontrarlo aún guardado en cajas pese a tener la presentación esa misma tarde, pagar un 55% del valor del libro, devoluciones a mansalva a la semana de haberlo presentado, facturas por exceso de almacenaje que nos hacía pensar que resultaba mejor tenerlo en stock que moverlo por las librerías, asistir a la Feria del Libro de Madrid y que no hubiera ni un solo ejemplar de tu sello en el stand de la distribuidora, o que te preguntaran qué podían hacer con el medio centenar de libros devueltos porque estaban estropeados, gastados, usados, viejos, cuando la imprenta los había entregado inmaculados, perfectos, vírgenes de lectores. Libros que se descontaban de la factura final y que, por supuesto, corrían a cargo del editor.

En fin, menudencias…

Tras los dos primeros títulos llegué a un acuerdo con AlhóndigaBilbao para publicar el libro de relatos del que ya he hablado —un libro diseñado por Elena Perea con esa mirada de quien prima el diseño sobre el contenido, que no gustó a muchos de los alumnos porque parecía que estaba sin acabar, que era un poco el concepto que se perseguía con él— a partir de cuentos que seleccionamos entre Pedro Ugarte y yo, profesores ambos del Taller de Literatura Viva que se organizaba en el actual Azkuna Zentroa. Mi idea era apostar por el relato, como hacían otras editoriales a las que mirábamos con envidia —Páginas de espuma, Salto de Página, Menoscuarto—, de ahí que el siguiente título fuese una selección de cuentos de Óscar Alonso Álvarez, Los futuros imperfectos. Siempre he sentido predilección por la ironía narrativa de Alonso, como lo demuestra el hecho de que ha sido al único autor al que he publicado dos libros en las dos editoriales en las que me he involucrado —el primero de ellos, El coleccionista de cabezas reducidas—. Los futuros imperfectos contaba con una magnífica portada del actor Juan Viadas y con una novedad: editamos dos portadas diferentes aunque parecidas, que lo convertían en un título doblemente especial.

Y teníamos en marcha ya otros libros. Beatriz Celaya me había propuesto la posibilidad de editar el primer libro de Manuel Sánchez de Nogués, Mucho por recorrer, un viaje novelado alrededor del mundo en el que se trataban temas como la homosexualidad o las diferencias interculturales; Luisa Etxenike me había hablado de una novela de la escritora francesa Brigitte Paulino-Neto, En cuanto te mueras, llámame, que podíamos traducir si contábamos con la ayuda del Instituto Francés; y de igual manera, Antonio Maura me había comentado que el escritor Rodrigo Lacerda no había sido aún traducido en España y que su novela Otra vida acaparaba reconocimientos de crítica y público. Nos lanzamos a la piscina para traducir ambas novelas, y digo lanzamos porque para entonces Esti Bartolomé se había unido a Libros de pizarra, encargándose, entre otras muchas cosas, de las correcciones de texto o de que las portadas de muchos de los libros fuesen atractivas y sugerentes. Se convirtió en el alma de la editorial y en la presencia necesaria para que el proyecto avanzase.

Teníamos otros dos libros en cartera, que acabaron publicándose antes —Los libros prestados, de Xabier López López, un volumen de relatos editado en gallego y traducido al castellano, después de que el propio autor se pusiera en contacto conmigo; y Spam, de Francisco Castro, también originariamente en gallego, cuyo autor me había recomendado el propio López—. La editorial crecía y parecía madurar.

Presentaciones a lo largo y ancho del país, viajes entrañables con autores, largas conversaciones sobre literatura y vida, discusiones sobre la necesidad de apostar o no por un título, de contar con un traductor u otro, cuestiones tipográficas, de estilo… Pero sobre todo contacto humano. Como aquel encuentro en La Coruña en que acabamos hablando en castellano, gallego y portugués. La alegría que transmitía Rodrigo Lacerda, a pesar de que en el periplo que nos llevó por cinco ciudades españolas apenas contamos con público lector o periodístico. O el viaje a Burdeos para presentar la novela de Luisa Etxenike en plena Escale du Livre, que nos mostró que hay ferias que saben hacer bien las cosas. Y otras curiosidades editoriales que he ido olvidando.

¿Ventas? Pocas. En algunos casos ridículas, teniendo en cuenta el esfuerzo. Quedan los libros para quien quiera volver a ellos, o el reconocimiento de que la novela de Luisa Etxenike fuese traducida al francés por la editorial Naïve. Era como ver que desde fuera creían en lo que hacíamos. Pero como decía al principio, todo proyecto tiene un comienzo. También un final. Y el de Libros de pizarra ha tenido lugar esta semana. Un adiós que no sé si será un hasta luego, porque el gusanillo de editor sigue dentro. Y si caí una segunda vez, quién sabe si no habrá una tercera…

 

 

Un libro cada semana

César Coca me anuncia que Cuerpos de mujer bajo la lluvia saldrá en ‘Un libro cada semana’ —la sección que tiene en El Correo y en su blog Divergencias— el fin de semana del 16 de julio. Una buena noticia para el libro y para mí. Para el libro, porque puede suponer un pequeño espaldarazo de cara a nuevos lectores más perezosos. Para mí, porque siempre viene bien la opinión y valoración de un crítico como Coca. Es esto lo que escribe de ella:

Novela dentro de la novela. Álex Oviedo ha construido el personaje de un profesor que es también novelista y que está preparando una novela tras el notable éxito de una anterior. A la ansiedad que a tantos genera el reto de superar la obra previa para no parecer acomodado en el triunfo ni estancado en su carrera literaria, se suma la prevención que le causa el hecho de que su nueva amante sea una alumna que, por razones de edad, podría ser su hija.

Así las cosas, hay un narrador que recuerda historias vividas, adolescentes que marcaron su experiencia amorosa, mujeres maduras con las que la convivencia no fue fácil y otras vistas casi al pasar, en cafés y calles, con las que cruza miradas de distinta intención. Hay otros capítulos (se ordenan unos con números y otros con letras) que cuentan la historia de la relación entre el profesor y la alumna, el carácter directo y un punto provocador de la chica, que termina por mostrarse más madura que el hombre experimentado, temeroso, dubitativo e incapaz de comprender lo que le rodea que él es.

Oviedo juega a un cierto erotismo literario (la portada no engaña), con descripciones medianamente detalladas de los encuentros sexuales del protagonista con su alumna y con otras mujeres que pasaron antes por su vida. Y hay también un intento de reconstruir la psicología de un hombre maduro que no ha tenido una «señora de…», como le pregunta la chica, sino «muchas señoras de…» Una circunstancia que ahora quiere cambiar, seguramente con la menos adecuada de sus amantes. Pero nadie dijo que la lógica tenga un papel relevante en el amor.

De Ferias y otras formas de difundir el libro

Leo en la prensa y en las redes sociales que la Feria del Libro de Bilbao ha sido un éxito. Diez días marcados por las buenas ventas, la presencia abundante de autores firmando sus últimos libros, el apoyo de un público ávido de lectura y las actividades varias realizadas tanto en la carpa como en Bidebarrieta Kulturgunea. Soy testigo a través de Facebook y Twitter de la voracidad arrolladora de uno de los autores locales, cuya última novela, vendida casi al por mayor, parece haberse convertido en un best seller sólo comparable con El código Da Vinci o las obras de Blue Jeans. Las cifras cantan, y si un libro se vende ha de ser bueno, ¿no? El resto de escritores han sido más cautos, los libreros callan en público —en privado es otro cantar—, la organización habla de un diez por ciento de incremento de ventas. Incluso la prensa, reacia a apostar por la cultura, ha dedicado espacio y fotografías al evento. En definitiva, todo parabienes. Da gusto ver que las cosas funcionan y que los libros (en papel) vuelven a ser noticia.

Pero como no todo puede ser bueno, algunas dudas que me surgen tras la Feria de Bilbao. La fundamental: la promoción. Creo que habría que hacer un mayor esfuerzo publicitario en favor de la Feria, como se hace por ejemplo en Gutun Zuria o en La Risa de Bilbao. Porque si a estos dos festivales la gente acude en masa, ¿por qué la Feria parece a veces un erial? También podríamos hablar de los carteles o el programa, que parecen diseñados por un estudiante recién salido de la universidad. Propondría a la organización carteles como los que se hacen en la Feria del Libro de Madrid —en la parte inferior el de este año—, o concursos como el organizado en Huesca, cuyo cartel con un corazón nacido de las páginas de un libro es mucho más sugerente que el dibujo naif de Bilbao. Si cada año montamos un concurso para seleccionar el cartel de los Carnavales o de la Aste Nagusia, qué nos impide hacer lo mismo en la Feria del Libro. Y ya que existe inetrnet, tampoco estaría mal mejorar esa página web sobre la Feria en la que uno busca información y encuentra la nada.

carteles

Desde hace años se discute sobre la validez o no del formato feria. Sé que es complicado, que cuesta regenerarse, modernizarse o simplemente cambiar de esquemas. En Madrid me dijo un librero que los organizadores se habían volcado erróneamente en la escritura salida de youtubers o personajes de la televisión. Nosotros estuvimos un fin de semana, bajo el sol del mediodía y un calor que sólo invitaba a pedir agua. Pero había movimiento. En el Retiro se agolpan más de 370 casetas, en las que se mezclan con claridad librerías, editoriales, distribuidores, instituciones públicas, fundaciones… La web está operativa, aparecen los nombres de las editoriales o de los autores que van a firmar; se pueden incluso ver los diseños anunciadores de los carteles de últimos años. Aunque era un golpe a la vanidad escuchar por los altavoces el número de escritores que firmaban libros: tardaba alrededor de diez minutos en anunciarlos a todos. Si cuando dicen que hay más escritores que lectores…

En Bilbao sorprende que las librerías más importantes de la villa ni se planteen pasarse por la Feria, por no hablar de las editoriales. Eso hace que casi todas las casetas parezcan idénticas, tengan los mismos títulos, incluso los mismos autores firmando. Salvo honrosas excepciones, las editoriales más pequeñas ni se plantean recalar en Bilbao, como hacían antes. Desconozco si es necesario cambiar el formato, si habría que impulsar una feria como la del libro independiente de Santander, cambiar el emplazamiento o reducir el número de días. Si los organizadores y autores presentes en ella han salido contentos, pues nada: el año que viene más.

Entrevista a José Javier Abasolo

A día de hoy podríamos decir que José Javier Abasolo (Bilbao, 1957) es uno de los escritores que mejor se manejan en la novela negra en Euskadi. Lo demuestran títulos como Heridas permanentes, El aniversario de la independencia o Nadie es inocente, por citar algunos de sus catorce libros. Con Lejos de aquel instante, su ópera prima, obtuvo en 1996 el Premio de Novela Prensa Canaria y resultó finalista del Premio Hammet de Gijón.

Todo al limón

Durante años seleccionando la mejor ilustración, la tipografía que más se adaptase a una historia o que cuadrase con su nombre como autor. Le pedía a los editores que le dejasen elegir la portada, que conocía a una fotógrafa, a un ilustrador o a un poeta visual que sabría decir en una sola imagen lo que él había expresado con palabras. Buscaba diseñadores gráficos que aunasen fotografía y texto para atrapar al posible lector cuando se acercase a una librería. Se publicaban tantos libros que era necesario captar la atención de inmediato, agarrar al comprador por los ojos, incitarle a la mirada. Luego, rebuscaba entre las fotografías que le habían sacado para que, al abrir el libro y ojear la solapa, el lector se quedase con el rostro de un escritor que le brindase seguridad, que le cayera simpático, que al verla dijese: confío en él, sé que no me va a engañar, que su obra procede del corazón, nace de la verdad. Y resulta que todo era más fácil. No hacía falta ni aporrear las puertas de los periódicos mendigando una entrevista, ni llamar a las radios diciendo que su novela había sido definida por los críticos como lo más interesante que se había escrito en la literatura desde William Faulkner; ni prodigarse en las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram) a través de fotografías de su portada en espacios bucólicos o urbanos, de charlas o encuentros a los que acudía, de poses amables frente a un cuadro, una taza de café o una estantería repleta de novedades editoriales. Una noche había llegado a fotografiarse tumbado con un montón de ejemplares sobre su piel desnuda imitando a Mena Suvari en American Beauty. O a Pablo Carbonell en Lo mejor que le puede pasar a un cruasán. Todo servía para promocionar la novela. Si hubiera sabido que para vender más libros sólo era necesario emplear en la cubierta el color amarillo. Un amarillo fluorescente, el Pantone 803, el color utilizado para la versión americana de Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson, que rompió récords de ventas y colorido. Y él que pensaba que el amarillo era gafe por aquella historia de Moliére y El enfermo imaginario; que alertaba de la existencia de una epidemia durante la Edad Media, ya que los apestados vestían ese color; que recordaba al azufre de los infiernos y a la imagen del demonio para los antiguos cristianos. ¡Si hasta a la prensa se le vestía de amarillo cuando no era rigurosa! Pues no. Ahora un tal Peter Mendelsund, director de arte de la editorial Knopf, dice que no. Que se vende más si se diseña en amarillo. Que está comprobado, oigan. Así que nada. En vez de todo al negro o al rojo, todo al limón. Y si no nos ciega, ya se verá…

El vértigo de publicar

Ya está impreso, aunque aún le queden unos días para asaltar las librerías. A mediados de semana recibí por guasap una imagen de Roberto Lastre, editor de Arte Activo, en la que se veía un ejemplar de Cuerpos de mujer bajo la lluvia. Decía que había quedado “precioso”, un apelativo que no dejó de llamarme la atención por lo sencillo y cercano, como de editor que quiere hacer las cosas bien. Después lo llevó de copas, le sacó fotos en los bares, junto a una cerveza, rodeado de dos copas de vino, como si fuese un amigo al que invitas al poteo. Hay quien compara la publicación de un libro con un parto, simil burdo que evidencia que tenerlo entre las manos, o verlo ya editado (en papel, para qué nos vamos a engañar) es una mezcla entre ilusión y desbordamiento. Y luego, al ver los ejemplares apiñaditos en una torre a la espere de que el lector lo juzgue, la sensación es de vértigo, de miedo escénico. El libro, en eso sí estoy de acuerdo, ya no me pertenece, al menos no en su totalidad: pertenece al lector, juez último de tu trabajo.

Como miembro de ALEA, me pareció que la presentación inicial tenía que ser en ese entorno en el que llevo varios años, como profesor de los talleres Espíritu de la alhóndiga, primero, como asociado después. Una presentación en familia, por decirlo de alguna manera. Y había nervios, incluso aunque no lo pareciera. Todo libro es desnudarse en público, y más para los que escribimos desde la verdad —un guiño para los que ya saben a qué me refiero—. Tenía la seguridad de que estaría bien arropado por la poeta Itziar Mínguez, encargada de hacer la presentación —qué decir de alguien que es capaz de desmenuzar con tanto acierto (y sin hacer spoilers) lo que a uno le ha llevado años construir—. Y quiero creer que Cuerpos de mujer bajo la lluvia no se hubiera publicado sin la fe del editor, sin la complicidad de Marta Pérez Elosua —que dibujó en su mente una portada y la hizo realidad—, y sin el empuje de quien con su lectura detallada y voraz me tranquilizó diciéndome que era una gran novela. Qué importante es cuando cuentas con el apoyo y la crítica sincera, cuando te ayudan a mejorar como escritor.

Ahora que se han mitigado los nervios de la primera presentación es el turno del lector.

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