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Memorias de un editor

Todos los proyectos tienen un comienzo y unas memorias. Libros de pizarra se fraguó en febrero de 2011 en Balmaseda, en la casa de Joël López Astorkiza, en una comida a la que fuimos invitados Elena Sierra, Javier Maura, Beatriz Celaya, Carmen Pardo y yo. Andaba ya con el runrún de volver a lanzarme a la edición después de que la editorial Elea —el primer proyecto de estas características que levanté junto a Iñaki Mendiazabal— acabase en nada; pero claro, dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Jöel tenía en casa un gramófono antiguo en el que nos ponía discos de pizarra, por lo que el nombre vino rodado; incluso el logotipo surgió de ese encuentro: una ele y una pe de la que sobresalía un círculo en forma de disco. Y desde el primer momento conté con el apoyo de todos, que me ayudaron, entre otras cosas, en tareas de corrección o de selección de posibles autores.

Lo siguiente fue hablar con Luisa Etxenike, que estaba dando los últimos retoques a su última novela, El detective de sonidos. Consideré que Etxenike era la autora adecuada para servir de apertura editorial. El acuerdo verbal se fraguó en San Sebastián, lo que supuso tener ya claro que el proyecto se ponía en marcha. Posteriormente hablé con Willy Uribe para la reedición de los relatos que había autopublicado años antes con el título de Ciudad Bilboa; como tercer libro publicaría mi colección de relatos y micros El sueño de los hipopótamos, en los que estaba trabajando junto a la ilustradora Olga Zulueta. En ese proceso, Uribe prefirió abandonar el proyecto, y apostar por Los libros del lince y por su editor Enrique Murillo.

Abriríamos entonces con dos títulos y una premisa: la editorial debía apostar no sólo por la calidad de los contenidos, sino también por un formato que la identificase. Y en papel, en un momento en que se hablaba mucho del libro digital y esas cosas. Contamos para ello con la inestimable ayuda de Leyre Delgado, que sugería un libro con aspecto de Moleskine, envuelto en un chaleco en color y papel de alto gramaje, que hacía que los libros pesasen un poco más pero que le daban una imagen muy reconocible.

Para su novela Luisa Etxenike me propuso hablar con un grafitero francés, Nemo, porque había visto uno de sus trabajos en París que se identificaba perfectamente con el argumento de su novela. Incluso nos planteamos la posibilidad de traerlo a Bilbao en el entorno del Instituto Francés. Así fue. Nemo acabaría dibujando uno de sus grafitis en la entrada del Instituto y otro en el naciente Pabellón 6 —mural que ha sido maltratado tras la colocación sobre él de un cartel indicador del centro de artes escénicas de Zorrozaurre, pero que aún se puede intuir—.

La presentación del libro de Etxenike discurrió por los cauces previstos: Myriam Miranda, que trabajaba como jefa de prensa para Alberdania, nos ayudó en cuestiones informativas, especialmente en Donosti, y a organizar un macroevento con cóctel incluido que contó con el apoyo de María Eugenia Salaverri. Una noche en la que conocimos a Diego Vasallo, que por allí andaba. Lo dicho: la memoria trae esta clase de recuerdos.

En el caso de El sueño de los hipopótamos, volví a contar  para la portada con Alain Urrutia —que me había ilustrado la cubierta de Las hermanas Alba para Bassarai—, y aunque se imprimió en noviembre, retrasé la presentación a febrero del año siguiente, en la sede de BilbaoCentro, que amablemente me ofrecieron Olga Zulueta y Jorge Aio. Un encuentro multitudinario pero de infausto recuerdo, porque acabamos llamando a una ambulancia y creo que también a la Ertzaintza tras un incidente del que nunca tuve todos los datos con un borracho que acabo herido.

A partir de ese segundo título, el correo de Libros de pizarra —contábamos con una web magnífica diseñada por Mikel Apodaka— comenzó a llenarse de propuestas editoriales y manuscritos, a los que no siempre supimos contestar como es debido. Una cosa tenía clara: no podía dejarme atontar por el ritmo de las novedades; teníamos que ser conscientes de que se trataba de un proyecto pequeño, una mota dentro de la vorágine editorial, dos libros al año a lo sumo, al que le costaría tener repercusión mediática —estamos hablando de cultura y libros—, aparecer en los suplementos culturales y menos aún en los escaparates de las librerías. Había que recurrir, por tanto, a otros medios de promoción: redes sociales, encuentro de autores, etc.

Un inciso: en Bilbao contamos siempre con el apoyo de dos librerías, Tintas y Cámara, que nos dedicaron bonitos escaparates en cada una de las presentaciones que preparamos con ellos. Queríamos que nuestros libros fuesen eso que llaman longseller —qué inocencia—, que tuvieran una vida más allá del primer mes. Para eso contábamos con la mejor distribuidora de libros independientes del país, nada menos que UDL, que trabajó con profesionalidad e hizo lo que suele hacer en estos casos: llevar a Canarias o Huelva libros que sólo estaban pensados para Bilbao y alrededores —como con El espíritu de la alhóndiga, una recopilación de relatos de los alumnos de los talleres literarios que organizaba Alhóndiga Bilbao y que desapareció pronto de las librerías bilbaínas porque estaba viajando a las Baleares o a Galicia, lugares donde, como es obvio, no tuvo repercusión alguna— o posicionar sólo un porcentaje mínimo de los títulos que se les enviaba. El resto permanecía embalado en cajas que no se abrirían nunca. Cosas de los distribuidores que algún día se deberá analizar con ojo clínico —y crítico—.

La distribución nos permitió descubrir una esas paradojas que tiene la relación entre la distribuidora y las librerías: presentar un libro que no ha llegado a destino, encontrarlo aún guardado en cajas pese a tener la presentación esa misma tarde, pagar un 55% del valor del libro, devoluciones a mansalva a la semana de haberlo presentado, facturas por exceso de almacenaje que nos hacía pensar que resultaba mejor tenerlo en stock que moverlo por las librerías, asistir a la Feria del Libro de Madrid y que no hubiera ni un solo ejemplar de tu sello en el stand de la distribuidora, o que te preguntaran qué podían hacer con el medio centenar de libros devueltos porque estaban estropeados, gastados, usados, viejos, cuando la imprenta los había entregado inmaculados, perfectos, vírgenes de lectores. Libros que se descontaban de la factura final y que, por supuesto, corrían a cargo del editor.

En fin, menudencias…

Tras los dos primeros títulos llegué a un acuerdo con AlhóndigaBilbao para publicar el libro de relatos del que ya he hablado —un libro diseñado por Elena Perea con esa mirada de quien prima el diseño sobre el contenido, que no gustó a muchos de los alumnos porque parecía que estaba sin acabar, que era un poco el concepto que se perseguía con él— a partir de cuentos que seleccionamos entre Pedro Ugarte y yo, profesores ambos del Taller de Literatura Viva que se organizaba en el actual Azkuna Zentroa. Mi idea era apostar por el relato, como hacían otras editoriales a las que mirábamos con envidia —Páginas de espuma, Salto de Página, Menoscuarto—, de ahí que el siguiente título fuese una selección de cuentos de Óscar Alonso Álvarez, Los futuros imperfectos. Siempre he sentido predilección por la ironía narrativa de Alonso, como lo demuestra el hecho de que ha sido al único autor al que he publicado dos libros en las dos editoriales en las que me he involucrado —el primero de ellos, El coleccionista de cabezas reducidas—. Los futuros imperfectos contaba con una magnífica portada del actor Juan Viadas y con una novedad: editamos dos portadas diferentes aunque parecidas, que lo convertían en un título doblemente especial.

Y teníamos en marcha ya otros libros. Beatriz Celaya me había propuesto la posibilidad de editar el primer libro de Manuel Sánchez de Nogués, Mucho por recorrer, un viaje novelado alrededor del mundo en el que se trataban temas como la homosexualidad o las diferencias interculturales; Luisa Etxenike me había hablado de una novela de la escritora francesa Brigitte Paulino-Neto, En cuanto te mueras, llámame, que podíamos traducir si contábamos con la ayuda del Instituto Francés; y de igual manera, Antonio Maura me había comentado que el escritor Rodrigo Lacerda no había sido aún traducido en España y que su novela Otra vida acaparaba reconocimientos de crítica y público. Nos lanzamos a la piscina para traducir ambas novelas, y digo lanzamos porque para entonces Esti Bartolomé se había unido a Libros de pizarra, encargándose, entre otras muchas cosas, de las correcciones de texto o de que las portadas de muchos de los libros fuesen atractivas y sugerentes. Se convirtió en el alma de la editorial y en la presencia necesaria para que el proyecto avanzase.

Teníamos otros dos libros en cartera, que acabaron publicándose antes —Los libros prestados, de Xabier López López, un volumen de relatos editado en gallego y traducido al castellano, después de que el propio autor se pusiera en contacto conmigo; y Spam, de Francisco Castro, también originariamente en gallego, cuyo autor me había recomendado el propio López—. La editorial crecía y parecía madurar.

Presentaciones a lo largo y ancho del país, viajes entrañables con autores, largas conversaciones sobre literatura y vida, discusiones sobre la necesidad de apostar o no por un título, de contar con un traductor u otro, cuestiones tipográficas, de estilo… Pero sobre todo contacto humano. Como aquel encuentro en La Coruña en que acabamos hablando en castellano, gallego y portugués. La alegría que transmitía Rodrigo Lacerda, a pesar de que en el periplo que nos llevó por cinco ciudades españolas apenas contamos con público lector o periodístico. O el viaje a Burdeos para presentar la novela de Luisa Etxenike en plena Escale du Livre, que nos mostró que hay ferias que saben hacer bien las cosas. Y otras curiosidades editoriales que he ido olvidando.

¿Ventas? Pocas. En algunos casos ridículas, teniendo en cuenta el esfuerzo. Quedan los libros para quien quiera volver a ellos, o el reconocimiento de que la novela de Luisa Etxenike fuese traducida al francés por la editorial Naïve. Era como ver que desde fuera creían en lo que hacíamos. Pero como decía al principio, todo proyecto tiene un comienzo. También un final. Y el de Libros de pizarra ha tenido lugar esta semana. Un adiós que no sé si será un hasta luego, porque el gusanillo de editor sigue dentro. Y si caí una segunda vez, quién sabe si no habrá una tercera…

 

 

Valencia y los lectores

Siete años después de que Bassarai publicase Las hermanas Alba, presentamos la novela en Valencia y la relacionamos con Cuerpos de mujer bajo la lluvia, dos obras diferentes pero muy unidas entre sí. Y digo presentamos porque en cualquier acto editorial el escritor nunca camina solo, recurriendo al himno de un conocido equipo inglés de fútbol. La soledad del escritor tiene que ver con la creación. El resto es apoyo: del editor, de las librerías, de los lectores, de la prensa, de los críticos, de los amigos, de los compañeros en redes sociales…; y en el caso de la presentación el 21 de octubre en la capital del Turia —como dicen los entendidos— de José Luis Rodríguez-Núñez, que organiza con pulso firme las presentaciones de libros y talleres de escritura en Bibliocafé; de Ana Añón, que analizó las dos novelas, buscó similitudes, supo ver los recovecos de ambas y convocó a gente para el acto; y por supuesto, de Nati, que me acompaña con cariño en este sendero literario y que me empuja siempre a mejorar.

Siempre le he agradecido a Kepa Murua su confianza en una novela cuyo protagonista me gustaba lo suficiente como para llevarlo a formar parte de otras dos. Aún me sorprende que la que definí como falsa novela negra —en la que quería hablar sobre el mundo editorial centrado en el País Vasco pero con tintes de investigación periodística— tenga aún validez y siga atrapando a los lectores. La escritura da en ocasiones estas alegrías. Y para muestra un correo que me ha llegado esta mañana de Elena Taberner, una lectora: Estuve el pasado viernes en la presentación de sus dos libros: “Cuerpos de mujer bajo la lluvia” y ” Las hermanas Alba”, en Valencia, en Bibliocafe. Me fue muy grata la presentación de los libros, así como todo lo que contó en primera persona de como llegó a ser escritor, de los padecimientos de quien pretende escribir; y lo concerniente a los personajes y tramas de ambos libros, mientras contestaba a las preguntas de Ana Añon, de la que fui alumna en un curso. Me ha sorprendido mucho el libro “Las hermanas Alba”, (leído de una tirada esta tarde), porque pensaba encontrar una novela al uso, pero casi me ha hecho sentir que leía un manual de “como aprender a escribir y contar cosas”, de “como enfrentarse a una idea” y “de como trabaja un escritor”, y ” que sobre todo el escritor debe dejar que se refleje parte de sí mismo”. Como dijo en la presentación: “ser diferente”. Su libro ES DIFERENTE y aunque he leído libros de quienes intentan ayudar a los “novatos” como yo, en el suyo ademas de la “novela escondida”, porque yo la encuentro escondida tras la vida del periodista, he aprendido mucho mas que en talleres, no es coba, es sinceridad. No creo que se pueda reflejar de mejor modo como es la vida del autor invisible, (dejando aparte aquellos que como cuenta ya tienen nombre y publican cualquier cosa porque el nombre vende). Me alegra haberle conocido, seguro seguiré leyendo sus libros, ademas de curiosear los artículos en los periódicos donde publica. Encantada de conocerle y sobre todo leerle.

El viaje (alucinante) de Lautréamont y Sergio Arrieta

Sergio Arrieta no es sólo un buen escritor, sino que además es un buen amigo, y gracias a la literatura el personaje de una de mis novelas. Con estos antecedentes podría no decir nada más, ya que seguramente mi opinión tenderá hacia la alabanza. Pero hay mucho más, lo que podríamos considerar un puñado de azares.

Supe de él en una de esas comidas de escritores que organizábamos hace casi un siglo. Arrieta acababa de ganar un premio literario, hecho que le había permitido conocer a Pedro Ugarte. Fue éste quien nos puso en contacto. «Podrías invitarle a la comida», me sugirió. Corría el año 2001, el 9 de junio para ser exactos, y nos reunimos en un restaurante junto a Santimamiñe el tristemente fallecido Pablo González de Langarika, Javier Alcíbar, Javier Maura, José Fernández de la Sota, Mikel Jauregui, Seve Calleja, Enrique Gutiérrez Ordorika, Iñaki Mendizabal, Arrieta, Ugarte y yo, entre otros. A aquella comida sólo acudió una mujer —María Maizkurrena—, por lo que más que una reunión de escritores parecía una sociedad gastronómica. Tras las pertinentes conversaciones sobre el nefasto estado editorial del país, propias de cualquier cenáculo literario, el encuentro sirvió para apuntalar dos cosas: por un lado, levantó los pilares de lo que sería un proyecto editorial en euskera y castellano que llamamos ELEA y del que formábamos parte Iñaki Mendizabal y yo; por otro, posibilitó que Arrieta me pasara lo que sería —dos años más tarde— el primer libro de nuestra “Colección quince”: No te llamaré soledad, dieciséis relatos sobre el amor, las relaciones, la magia…

Todo el proceso de creación de la editorial y la relación que mantuve durante aquellos años con Arrieta, Txema García Nieto y Óscar Alonso me impulsaron a pensar en ellos como personajes para Las hermanas Alba, una falsa novela negra en la que leo ahora un diálogo (página 26): (…) llevo varios meses con una novela sobre el conde de Lautréamont, y no creo que tenga tiempo para nada más. Era así, Arrieta llevaba tiempo embarcado en una historia sobre el autor de Los cantos de Maldoror que le tenía fascinado, nos hablaba de ella según la construía, de las dificultades de concepción, y ya cuando la dio por finalizada de los problemas para publicarla.

Hubo editoriales interesadas en ella, también agentes literarios que buscaron la complicidad de la novela para ofrecerla a sus editores, pero todos los síes acababan en noes. Finalmente, poco antes del verano supe por el propio Arrieta que Playa de Akaba se lanzaba a publicarla con el título de La muerte alucinante de Lautréamont. Se presentó en Madrid el pasado 8 de octubre —el mismo día que la presentación de No te llamaré soledad en Bilbao, las casualidades, el azar, en palabras de Arrieta, con lo que parece cerrarse el círculo—. Porque hablamos de inspiración, de misteriosos juegos del destino, de poetas malditos, de libros que brotan de uno como la sangre. De momento, un apunte breve de la sinopsis: “Desde hace unos años, el comisario Paul Vaillant y la inspectora amnésica Béatrice de Lorelle investigan el caso Lautréamont, ayudados por una vidente”. Queda ahora en manos de los lectores.

En la carretera de los premios literarios

Dejé de presentarme a concursos literarios en cuanto comprendí que existen juegos de azar con mayores oportunidades de premio. Pero también cuando vi que se me agarrotaba el estómago según se iba acercando la fecha del fallo y la esperanza se convertía en decepción. Es lo que tiene creerse con más aptitudes que los demás: la realidad enseguida le baja a uno del cielo de su ego. La primera vez que quedé finalista de un concurso de novela, recibí los parabienes de un amigo con una frase de singular ánimo: por fin había entendido qué significaba ser escritor, me dijo alegre. Que otros valorasen positivamente mi obra suponía un enorme paso hacia adelante, porque me alejaba de la opinión benevolente de las amistades. Como soy proclive a la fe y a las señales del Más Allá, pensé que la coincidencia de fechas entre la entrega del premio y el cumpleaños de mi hermana suponía un indicativo de algo. Y sí, fue el indicativo de que no iba a ser yo el afortunado. Que bastante había logrado con llegar a ser considerado finalista.

Los siguientes años fui dando tumbos y presentándome a diversos certámenes más o menos conocidos, incluso hice alguna mención de todo ello en el primer capítulo de mi novela Las hermanas Alba: la historia de cuatro personajes que desconocen qué camino puede llevarles a la publicación. Una tarde, estando yo en el trabajo, recibí una llamada en el móvil. «¿Álex Oviedo?», me interpeló una voz femenina. «El mismo», confirmé. La secretaria de la Fundación José Banús y Pilar Calvo me había concedido el primer premio del concurso Ciudad de Marbella a un cuento que no recordaba haber enviado y cuya historia nació a partir de una frase del escritor Óscar Alonso. La sorpresa, el reconocimiento y la propia cuantía del premio —luego me enteraría de que había quedado por delante de Andrés Pérez Domínguez, nada menos— me hicieron creer que podría consolidar cierta carrera literaria como escritor. Qué equivocadas pueden resultar ciertas prediciones. Como en aquella ocasión en que una echadora de cartas vio mi porvenir en el Tarot: aún sigo esperando a que se cumplan sus lecturas.

Lo cierto es que ya apenas me presento a premios literarios, no sé si por cansancio o por abulia. Y eso que recomiendo a todos mis alumnos de los talleres que se fogueen participando en muchos de los concursos que se organizan. Y me provoca una gran alegría cuando me entero que les han concedido un primer premio o han resultado finalistas. Este mes, sin embargo, he cambiado de estrategia: consciente de la dificultad de que una novela sobresalga entre las cuatrocientas presentadas, he intentado depurarla al máximo —con la ayuda de una lectora que me ha hecho mirar lo escrito con otros ojos—, y me he lanzado a la carretera. El Don’t give up y todo eso, parafraseando a Peter Gabriel y Kate Bush.

Bassarai

Comentaba hace unos días Lourdes Oñederra, en un encuentro que mantuvimos en la Biblioteca Foral de Bizkaia, que seguramente la mejor edición de Eta emakumeak sugeari esan zion fue la traducción hecha por Bassarai allá en el año 2000: Y la serpiente dijo a la mujer. Kepa Murua, editor y amigo (o viceversa) tenía las ideas claras en lo que a editar se refiere y quizás por eso mismo se vio obligado a luchar contra los elementos, uno de los más importantes, editar en castellano en un entorno propicio a lo contrario. Por no hablar de la eterna pelea contra las distribuidoras de las grandes editoriales patrias.

Kepa Murua acaba de publicar la segunda parte de sus memorias, Los sentimientos encontrados (ediciones Cálamo), donde encontraremos “al escritor si cabe con un aire mucho más intimista y confesional que la vez anterior, profundizando más que nunca en su trayectoria vital y profesional”. En la primera entrega, Los pasos inciertos, ya mostraba Murua la persistencia del constructor que quiere dejar constancia fiel de su trabajo. Había momentos en los que se desnudaba ante el lector, volcaba toda su capacidad crítica y dejaba en evidencia a editores, escritores o a esas personalidades diminutas del mundo del libro. Esos torpes manejos de un gremio que, como tantos otros, vive de la vanidad y de la escasez de compañerismo. Sé que algunos escritores se enfadaron cuando vieron sus nombres plasmados en el papel. Pero más allá del chascarrillo puntual, lo que muestran los diarios de Murua son sus miedos, sus contradicciones, las dudas de quien creyendo que hace bien su trabajo no recibe el premio o las loas que esperaba; también sus propias mezquindades, su incapacidad crítica o el derrumbe emocional de un poeta agobiado por la vida y el matrimonio. La labor de un escritor pende de un hilo fino de sentimientos, surge de lo más íntimo, está unida a lo emocional. Y es aquí, quizá, donde Murua deja ver lo mejor de sí mismo, como si reclamase el abrazo cómplice del lector.

En 2009, Bassarai editaba Las hermanas Alba, el cuarto intento de que una de mis novelas fuese publicada por Murua. Así lo define el propio editor en Los sentimientos encontrados: “Alex Oviedo, después de su desolada etapa como editor independiente, vuelve a la carga como escritor enviándome dos novelas de golpe. Y la verdad es que Las hermanas Alba, la primera de ellas, es extraña y atrevida, pues estamos ante un híbrido de novela negra ambientada en Bilbao e integrada en el contexto del mundo de la creación literaria, donde aparecen escritores reconocibles a primera vista. ¿Cuántas novelas le he rechazado a Alex Oviedo? Veo que no comete los errores de antes. Se lee de un tirón, está bien escrita y se le nota más reflexivo, más reposado, con una escritura elegante y una fina ironía hasta para reírse de sí mismo. Leeré la otra por si acaso. Intuyo que se ha hecho algunas preguntas y comienza a responderlas con su escritura. Una de ellas creo que podría ser: ¿merece la pena dedicarse a esto?” Leer lo que otros escriben de uno supone una cura de humildad.

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