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Una historia de Montero en #RelatosEnredados

Me llegaron ayer ejemplares de #RelatosEnredados, una propuesta literaria de la editorial barcelonesa Huacanamo en la que he publicado una pequeña historia de Montero: una aventura de youtubers y canales virtuales que pienso que tiene gracia, aunque el humor es como el olor corporal, que cada uno tiene el suyo y no siempre es del gusto de los demás.

Conocía Huacanamo gracias al poemario Cara o cruz, de Itziar Mínguez Arnáiz —que también participa en el libro y a la que sigo con devoción—, pero también a Diego Vasallo (Canciones que no fueron) y Michel Gaztambide (Moscas en los incunables), libros que en su momento tuve la oportunidad de leer y reseñar. #RelatosEnredados es un libro que conmemora los diez años de vida de la editorial, un hecho que es de por sí una heroicidad; y lo hace a través de más de una treintena de textos o imágenes de autores que habitualmente trasteamos por Internet cuya línea argumental es el humor en las redes sociales. Hay quienes firmamos con el nombre de usuario de Instagram o Twitter, otros con su nombre y apellidos, pero el resultado es una comunidad igual de heterogénea que las que podemos encontrar en la red. Y lo curioso es verlo en tus manos cuando la colaboración surgió también así, a partir de la efímera relación que manteníamos, en mi caso gracias a Instagram, y en el interés por saber lo que hacen editoriales que se mantienen trabajando para dar luz a sus proyectos.

#RelatosEnredados es en este sentido una celebración mayor si cabe. La ilusión de un músico, Xavi Sánchez, que tras un golpe de suerte decidió levantar un proyecto creativo en el que embarcó a otro músico, Vicente Llorente, al que le debemos el nombre de la editorial, el primer poemario y gran parte de la promoción. Una década de letras, treinta libros publicados, tres espectáculos poético-musicales y varios autores vascos en su catálogo: los ya citados, Karmelo C. Iribarren y Harkaitz Cano. Larga vida…

Lo difícil que es llenar Bidebarrieta

Cuando llegué faltaba casi una hora para que empezara el acto. Una cinta prohibía subir a la sala de conferencias. “La quitaremos poco antes de que empiece la charla”, comentó el encargado con ese tono medido de quienes están cansados de dar explicaciones. “Arriba tienes al técnico de sonido”, tuteó. Minutos antes me había llamado Roberto Lastre, el editor: “El autobús nos ha dejado tirados en la autopista. Estamos esperando a que lo arreglen o a que llegue otro”. “Pero… ¿vais a llegar”, pregunté con un punto de nerviosismo. “Si vemos que se nos echa la hora llamaremos a un taxi, no te preocupes”. Yo lo estaba, y más al ver las dimensiones del salón de actos. Quién puede llenar un espacio como ése, quizás Pérez-Reverte o Carmen Posadas. La presencia de una figura con los rasgos de Unamuno asomándose por el balcón intimidaba aún más. “¿Eres el organizador?, me preguntó el técnico al verme llevar la cabeza a un lado y otro. “Me han dicho que necesitas dos micrófonos de mesa, uno de sala y te he traído otro de petaca por si quieres moverte por el escenario”. Como un predicador; me acordé entonces de Clint Eastwood en El jinete pálido. Al menos ambos íbamos de oscuro y con el micrófono de petaca a modo de cartuchera también yo podía enfrentarme a todo. Hicimos las pruebas pertinentes: al menos nadie podrá decir que no se oía. Desde la mesa observé la sala y saqué una foto con las trescientas butacas vacías. Y esperé: a Itziar Mínguez, maestra de ceremonias, que volvería a mostrar su habilidad para desmenuzar Cuerpos de mujer bajo la lluvia, la novela que excusaba nuestra presencia en Bidebarrieta; a Roberto Lastre y a su mujer, que finalmente llegaron a tiempo para colocar ejemplares del libro a la venta; y al respetable —qué gran término—: pareja, amigos, familia, escritores, paseantes despistados, seres de otra galaxia, fantasmas del pasado… Todos juntos envolviéndome con su calor y sus sonrisas cómplices. Con semejante público uno puede ya sentirse tranquilo y levantarse, pasear por el escenario emulando a Steve Jobs -o a un Burt Lancaster de vendedor ambulante, o a un político en campaña con el rostro de Robert Redford-, y hablar de sus miedos, de sus alegrías, de lo hermoso que es que una novela salga a la calle y un lector se interese por ella.

El vértigo de publicar

Ya está impreso, aunque aún le queden unos días para asaltar las librerías. A mediados de semana recibí por guasap una imagen de Roberto Lastre, editor de Arte Activo, en la que se veía un ejemplar de Cuerpos de mujer bajo la lluvia. Decía que había quedado “precioso”, un apelativo que no dejó de llamarme la atención por lo sencillo y cercano, como de editor que quiere hacer las cosas bien. Después lo llevó de copas, le sacó fotos en los bares, junto a una cerveza, rodeado de dos copas de vino, como si fuese un amigo al que invitas al poteo. Hay quien compara la publicación de un libro con un parto, simil burdo que evidencia que tenerlo entre las manos, o verlo ya editado (en papel, para qué nos vamos a engañar) es una mezcla entre ilusión y desbordamiento. Y luego, al ver los ejemplares apiñaditos en una torre a la espere de que el lector lo juzgue, la sensación es de vértigo, de miedo escénico. El libro, en eso sí estoy de acuerdo, ya no me pertenece, al menos no en su totalidad: pertenece al lector, juez último de tu trabajo.

Como miembro de ALEA, me pareció que la presentación inicial tenía que ser en ese entorno en el que llevo varios años, como profesor de los talleres Espíritu de la alhóndiga, primero, como asociado después. Una presentación en familia, por decirlo de alguna manera. Y había nervios, incluso aunque no lo pareciera. Todo libro es desnudarse en público, y más para los que escribimos desde la verdad —un guiño para los que ya saben a qué me refiero—. Tenía la seguridad de que estaría bien arropado por la poeta Itziar Mínguez, encargada de hacer la presentación —qué decir de alguien que es capaz de desmenuzar con tanto acierto (y sin hacer spoilers) lo que a uno le ha llevado años construir—. Y quiero creer que Cuerpos de mujer bajo la lluvia no se hubiera publicado sin la fe del editor, sin la complicidad de Marta Pérez Elosua —que dibujó en su mente una portada y la hizo realidad—, y sin el empuje de quien con su lectura detallada y voraz me tranquilizó diciéndome que era una gran novela. Qué importante es cuando cuentas con el apoyo y la crítica sincera, cuando te ayudan a mejorar como escritor.

Ahora que se han mitigado los nervios de la primera presentación es el turno del lector.

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