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El bluf de la Euskal Selekzioa

Acudí a San Mamés hace años a ver un partido de la selección de Euskadi. Recuerdo que fui con mi jefe y su hijo, que coreábamos cada jugada y que cantamos gol las veces que los hombres de verde rebasaron la portería contraria. No recuerdo contra qué equipo jugamos —creo que fue Yugoslavia antes de que dejara de serlo—, pero sí que La Catedral estaba a rebosar, que era 28 de diciembre y que fue lo más parecido a una fiesta del fútbol. Es la única vez que he visto a la selección, quizás porque la mezcla de reivindicaciones políticas que confluían en el estadio me da un poco igual, no soy hincha de casi nada —salvo de aquello que consiga emocionarme— y, con franqueza, los equipos a los que se ha enfrentado han dejado bastante que desear. Ademas, ya no sé a qué selección voy a ver, si a la de Euskadi, a la de Euskal Herria o a la Euskal Selekzioa.

El partido de ayer contra Túnez no estuvo marcado por el fútbol, ni por el golazo de Aduriz, ni por el resultado. Fue la imagen de unas gradas vacías —apenas 15.000 personas acudieron al campo— la que ha causado revuelo. Algo no funciona, y no lo hace si hasta los propios jugadores, poco acostumbrados a manifestarse sobre cuestiones polémicas, empiezan ya a plantearse que hay que darle una vuelta a todo esto. Lo que iba a ser una nueva fiesta del fútbol vasco se convirtió en un bluf, en un fiasco. Se ha sectorizado todo de tal manera, que también un partido como el de Euskadi se dirige únicamente a sus incondicionales. Ya lo apuntó el propio Aduriz: «San Mamés ha sido el reflejo de lo que la gente piensa del partido».