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Perdón por la masacre

Dentro de unos minutos se cumplirán treinta años de la mayor masacre cometida por ETA. Cifras que hoy nos parecen lejanas pero sobre todo sorprendentes: 1987, el año del atentado; 16:08, la hora de la explosión; 200, los kilos de amonal, gasolina, jabón y pegamento que conformaban una bomba hecha para causar el mayor daño posible; 3.000, los grados de temperatura de la explosión; 45, las personas heridas y, sobre todo, los 21 muertos, 4 de ellos niños. Una matanza injustificable aunque la banda y sus partidarios —que entonces callaron y hoy recurrirán a eufemismos— hablasen de la construcción de una Euskal Herria independiente, libre y esas cosas, de actuar en favor del pueblo vasco, de luchar por la patria. Nombres en mayúsculas todos ellos para otorgarles mayor trascendencia.

En los diarios recuerdan el atentado hablando de las víctimas, de los supervivientes, de los homenajes; pero también de que la llamada previa de los terroristas contenía datos confusos sobre la hora de detonación y el lugar en el que se hallaba la bomba; o de que las autoridades no desalojaron el centro pese a la amenaza. Circunstancias que habrían evitado que el atentado de Hipercor se convirtiese en el más sangriento de la banda. Cuando ETA pensó que matar militares o «fuerzas de ocupación» no era suficiente. Que había que socializar el dolor.

Desconozco cuántos líderes de la izquierda abertzale habrán pedido perdón por aquellas y otras muchas muertes a las que en su momento justificaron. Durante años sentí vergüenza de que me identificaran mínimamente con ellos. Los etarras y su cohorte de palmeros no eran vascos, al menos no de la Euskadi en la que yo quería y quiero vivir. Ahora siento pena de que el recuerdo se difumine y dibujen una historia que tenga poco que ver con la que vivimos. Que aparezca edulcorada como si todo aquello fuese otra imagen en blanco y negro de un pasado que convendría olvidar.