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Tabarnia o la República Independiente de La Casilla

Cuando el independentismo y ETA estaban en su apogeo en Euskadi bromeábamos en privado diciendo que nosotros también queríamos crear la República Independiente de La Casilla. Era una manera de descontextualizar la lógica de ciertos sectores de la política vasca y de la violencia terrorista que, no lo olvidemos, era moneda habitual en nuestras calles y en los medios de comunicación. Si todo era un tema de diferenciación,  de sentimientos, de libertad, de lengua o de derechos históricos, qué teníamos en común los habitantes de Bilbao con los pueblos del Duranguesado o el Goierri guipuzcoano. ¿O qué nos acercaba a la llanada alavesa y a Vitoria, si en nuestra opinión la capital económica y política de Euskadi siempre sería Bilbao? La capitalidad de Vitoria era un regalo, decíamos, una concesión de los partidos, y en concreto del PNV para que Álava no se sintiese la hermana pobre del País Vasco.

Lo cierto es que desde nuestro pequeño submundo urbano y bilbaíno el nacionalismo que nos vendían nos resultaba reduccionista, arcaico, fruto de épocas caducas, y apelaba a semejanzas que no lo eran; y el terrorismo una lacra que debíamos extirpar de la sociedad y que tenía que ver más con rencillas rurales de personas que se dejaban engañar por postulados primitivos —lo nuestro, lo de ellos, lo del pueblo, lo de fuera— y por términos que procedían de otros siglos, que se actualizaban otorgándoles la divinidad de las mayúsculas —Patria, Pueblo Vasco, Nación y ese concepto global y aún no suficientemente estudiado llamado Euskal Herria—. Nuestras reivindicaciones pasaban por un bilbaocentrismo tan absurdo y contestable como el que nos exhortaba a tomar la ikurriña y avanzar. Nos parecía bien que se apelase a que un vasco tiene poco que ver con un andaluz o con un catalán, pero no entendíamos por qué debía romperse la relación mantenida durante siglos; además, quienes vociferaban las diferencias de las costumbres e idioma recurrían siempre a una Historia en muchos casos falseada y sus argumentos estaban repletos de frases hechas o insultos, en plan si no te sientes vasco puedes largarte de aquí, por no hablar de adjetivos como españolazo, un auténtico descubrimiento. Del tiro en la nuca o la bomba lapa no merece la pena insistir.

Pero no sólo eso, si realmente como vascos teníamos derecho a exigir la libertad de nuestro pueblo, por qué no extender esas peticiones a una comarca, a un municipio, a un barrio o a una comunidad de vecinos. O a nuestra plaza de La Casilla, en cuyos alrededores vivíamos. Nos parecía bien que se independizase Guipúzcoa, y que nos librásemos de sus monsergas, su aspecto de recién llegados del monte o sus cortes de pelo a hachazos. Estereotipos que se imponían como todo lo que nos resulta ajeno y molesto. Además, pensábamos en nuestra inocencia juvenil, en caso de una previsible independencia, qué opinaría el País Vasco francés, Navarra y, por supuesto, Álava, ya se sabe, la provincia traidora y todo eso. En fin…, que nos limitábamos a rebatir los argumentos de quienes insistían en que tenían el derecho inalienable a decidir su futuro, a independizarse, a cumplir con el mandato cuasidivino de una Euskal Herria con capacidad para formar parte de Europa sin la intromisión del Estado español (opresor, fascista y otras lindezas).

Claro que si por cualquier circunstancia nos topábamos con algún defensor a ultranza (pacífico) de tomar las de Villadiego para Euskadi y le planteábamos esas dudas, nos aseguraba que no, que Euskal Herria lo formarían los siete territorios, que no había opción a separaciones que poco tenían que ver con nuestra Historia. Y recurrían a argumentos conocidos —y repetidos ahora en Cataluña y base de cualquier nacionalismo—, con un puntito de victimismo en su rostro: que si el bienestar común, la mejora de nuestra situación sociopolítica, el mantenimiento de unas costumbres e idioma ancestrales, el florecimiento de esa Arcadia feliz que Francia y España obstaculizaban a base de represión y torturas. Rebatir cualquiera de esos argumentos era sencillo, pero implicaba posiciones y debates que no se iban a producir. En el fondo, sólo eran conversaciones de bar, tan parecidas a las de los parlamentos o los foros políticos. Nos interesaba el tema de la independencia porque conllevaba muerte e imposición y porque suponía cierta dificultad hablar en las calles con quien no pensase como tú. Acabado el terrorismo, dejamos de escuchar cantinelas repetidas cada hora, eslóganes patrios o soniquetes molestos. Sólo si encendías la televisión o enchufabas la radio, especialmente las locales, corrías el riesgo de oír a un político o sindicalista hablar de lo mismo.

Con Cataluña está pasando algo similar, sólo que sin la violencia de una organización terrorista. Quienes insisten en ello tienen poco que ver inicialmente con la calle y más con partidos políticos y un Gobierno catalán que ha preferido esconder en todos estos años sus vergüenzas tapándose con esteladas. Y es fácil crear un caldo de cultivo si falseas la historia, escondes datos o insistes sólo en lo que viene bien a tus intereses. O si otorgas mayor representatividad a unas zonas que a otras gracias a leyes electorales que debieran revisarse. De la educación ni hablemos, ya que cualquier gobierno que se precie en este país prefiere gobernar a ciudadanos incultos que ofrecerle los mimbres para que edifique su propio punto de vista. Añadiremos, además, que se trata de diferencias entre lo rural y lo urbano, como se ha demostrado en estas últimas elecciones. De ahí que la propuesta de una comunidad autónoma llamada Tabarnia y formada por territorios de Tarragona y Barcelona, además de una ocurrencia supone la reiteración de lo evidente: si una comunidad puede independizarse de otra, ¿convertiríamos cualquier país en una suerte de matrioskas o reinos de Taifas incluso aunque sólo un individuo decidiese que sí?

Raca raca la matraca (o el canto de la guacharaca)

Hoy la noticia, amigo mío, me ha dicho Montero, no es que Puigdemont haya huido con el rabo entre las piernas con cinco de sus exconsellers a Bélgica, dicen que a pedir axilo político sino que en la cárcel de Soto del Real el compañero de Jordi Sànchez, ya sabes, el presidente de la ANC, ha pedido que le cambien de celda harto de la matraca independentista del tío. Que dice que es un chapas, que se pasa todo el día hablando de la independencia y que ya está bien. Que él está en la cárcel pero no tiene por qué aguantar la doble condena del cansino y aburrevacas. Imagínate al tipo todo el día que si Cataluña por aquí, y por allá, y ahora estelada, y después independencia. Como el sonajero de un niño o la matraca de las ferias de los pueblos. En Venezuela y Colombia hay un pájaro al que llaman guacharaca, una especie de cotorra, que se pasa todo el rato gritando guach guach guach guach guach guach. Muy desagradable, se mire como se mire. Lo curioso es que también llaman así en Panamá a una especie de sonajero construido con una calabaza, en cuyo interior meten piedrecitas. Pues Jordi Sánchez es como una guacharaca. Y mira que el otro era uno de esos presos que llevaba sin quejarse desde que lo encerraron. Cómo será el Jordi ese, que según llegó ya se quejó de que le trasladaran de módulo porque un preso le había gritado Viva España. Piel muy sensible se llama a eso, para lo que quieren, claro. Todo este tema del independentismo es ya una cuestión de agotamiento. Que estamos tan hartos, amigo, que me parecería bien que se independizaran, a ver si así dejamos de oír hablar del Process, del 155 y de tipos que están en política porque no sirven ni para liar canutos. Estoy por proponer a la Academia una nueva acepción de guacharaca: runrún independentista, cacerolada, murga de los políticos, sindicatos y otras especies afines. Quizás como sigamos así acaben haciéndome caso.

Reyes, magos y republicanos

Queridos Reyes Magos:

Como hemos sido buenos, y este 2017 va a ser decisivo para nuestra constitución como República catalana, os pedimos que en la cabalgata del 5 de enero en Vic nos permitáis asistir con esteladas. Llevamos cuatro años haciéndolo, pero queremos que en esta ocasión tenga mayor visibilidad, que lo retransmita TV3, y que el Estado español —que nos niega el derecho a decidir nuestro futuro— se vea obligado a hablar de ello y sea noticia en todos los canales e informativos. Que sepan así que somos diferentes y no les queremos con nosotros. El clamor popular ante el próximo referéndum de septiembre así lo demuestra.

En Vic os recibimos cada año con luces, fanalets y banderas esteladas que ondean a vuestro paso. También lo haremos mañana, aunque con un nuevo lema: “Pequeños y mayores, recibamos a sus majestades Melchor, Gaspar y Baltasar con la luz del farolillo de la estelada“.

Firmado: Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural.

 

Queridos ANC y Òmnium: 

No deja de parecernos una paradoja que pidáis a unos Reyes manifestaros en favor de la República. Pero como os plazca. Nosotros sólo seguimos una estrella: la de Belén. Y no parece ser ésta la que os guía.

Melchor, Gaspar y Baltasar.

Postdata: Artabán llega tarde, como siempre.

 

El valor económico de la independencia

En un artículo de Jordi Soler publicado en El País hace unos años, el autor de La fiesta del oso se preguntaba sobre el significado de ser catalán, vasco o español, y concluía que no veía probable la independencia de Cataluña. Además, añadía: “El independentismo es una industria; hay quien puja por la industria, hay quien coquetea con ella y hay quien está en contra; es una industria de la que, y contra la que, vive mucha gente; genera empleos y subvenciones, y llena de significados muchas vidas. Es una industria sólida cuya existencia depende, paradójicamente, de no alcanzar su objetivo porque ¿qué pasaría con toda esta industria si se lograra la independencia?”. Son demasiados años oyendo hablar de ella en un pulso que ni siquiera ahora parece tener la fuerza suficiente como para llevarse a cabo. Porque ninguno de los políticos que siguen apelando a los sentimientos responde a dos sencillas preguntas: la primera, quién va a pagar todo esto; y la segunda, cómo se va a gestionar un país cuando más de la mitad del mismo es contrario a los acuerdos tomados. Pero aún hay una tercera: ¿alguien sabe qué será de Cataluña o Euskadi fuera de Europa?

Más leña al fuego…

Si llevásemos al tebeo la situación de los últimos meses en España no podríamos más que ponernos el dedo a la sien y decir aquello de “Están locos estos romanos”. Encender el televisor o la radio por las mañanas es como darse un atracón de surrealismo en el que lo importante deja paso al absurdo, la realidad se envuelve en un paño de mentiras o se oculta con informaciones sesgadas, manipuladoras y sobre todo muy poco interesantes. Desayuno con la pregunta a un líder de Podemos, no sobre el hecho de que la deuda haya alcanzado el 100% del PIB —algo que se lo debemos a los partidos que han acampado en el Gobierno— sino sobre la situación de Venezuela; escucho a un candidato vestido de traje decir que no votarle a él es como jugar a la ruleta rusa —nada menos— mientras evita hablar de una corrupción que ha convertido su partido en una ciénaga; y como colofón me entero de que la delegada del Gobierno de Madrid, una tal Concepción Dancausa, ha prohibido la entrada de esteladas a la final de Copa del Rey entre el Sevilla y el Barça, al considerar que la bandera independentista catalana “incita, fomenta o ayuda a la realización de comportamientos violentos o terroristas”, al tiempo que permite la celebración de una manifestación neonazi por las calles de Madrid. En fin… Se equivoca Dancausa cuando señala que «el fútbol no puede ser el escenario de una lucha política» porque es precisamente eso, el enfrentamiento entre dos bandos, la sustitución de lo bélico frente a lo festivo, la activación de las aspiraciones de victoria de la tribu. Se equivoca si cree que un juez no dará marcha atrás a la prohibición atendiendo a algo tan obvio como la libertad de expresión. Y se equivoca aún más si cree que prohibir la entrada a una bandera no va a provocar el efecto contrario, que se llene el campo de esteladas, banderas escocesas o gritos en favor de la idependencia. Es curioso el empeño, el deseo de enmarañarlo todo, de echar más leña a un fuego que sólo podrá apagarse si así lo deciden quienes tienen autoridad para ello. Hemos llenado nuestra vida de símbolos, de trapos de colores que no representan nada más que nuestro afán de sentirnos unidos a algo y distanciarnos de lo contrario, enseñas de las que ni siquiera conocemos su origen, composiciones elevadas a la categoría de himnos que en su día no lo fueron, emblemas con los que juegan a su antojo quienes jamás perderán (o morirán) por ellos, parapetados en la tranquilidad de las retaguardias. Cuando escucho las soflamas de líderes roncos recuerdo aquel tema de Loquillo que decía algo así como: “He modelado una bandera, que como todas, es para quemar”.