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La educación en el Salvaje Oeste

Imagino a Donald Trump entrando en una escuela de la América profunda en pleno Salvaje Oeste con sus dos pistolas al cinto, su cara de cabreo y esa tortilla de huevos sin yema que tiene por pelo. Es un sueño recurrente. A veces su contrincante es Clint Easwood, otras Burt Lancaster, a veces también James Stewart. O el Duque. Y siempre gana Trump. Pienso que la historia los olvidará para dejar paso al pistolero americano por excelencia al que sus compatriotas elevaron a los altares de la Casa Blanca.

A veces cuando veo a los políticos de este país —ramplones, iletrados, vocingleros, maleducados y vividores— me animo diciendo que en España tenemos a Rajoy, y no a Donald Trump. Y que a ambos les votaron y puede que sigan haciéndolo. Me entran entonces sudores fríos, un pánico irracional, me dan ganas de independizarme del país o del mundo, encerrarme en un garito y esperar que al rubio americano no le dé por decir que él la tiene más larga y apretar el botón nuclear para acabar con el coreano. Por ejemplo. Como en el Salvaje Oeste, otra vez. Pero como digo, me animo al pensar que aquí al presidente no se le ocurren idioteces como la de querer armar a los profesores en la escuela para evitar que un joven se líe a tiros. No pasarás, forastero. Y disparar a la mínima que huela un peligro. Que ya son ocurrencias.

Me decía Montero ayer que una idea semejante sólo podía venir de un niño de parvulario o  de un mayor con el cerebro licuado, como esos personajes que aparecen en Tele 5. Pero que los votos le dieron la presidencia, y que como a Hitler millones de compatriotas le rieron las gracias. Lo que demostró su escasa capacidad crítica.

La realidad alternativa o paralela a la que votamos

The Washington Post ha creado un grupo especial para evaluar el número de afirmaciones falsas o medias verdades dichas por el presidente Donald Trump. Y en los 34 días que el magnate lleva en el poder ha contabilizado nada menos que 133. Lo que supone casi 4 mentiras o realidades alternativas diarias. Y donde más ha falseado ha sido en Twitter y en sus declaraciones públicas, consciente de que su público es aquel que sólo se informa a través de las redes sociales y los mítines. Y que, además, se cree todo lo que les cuenta.

El presidente americano usa las cifras como le viene en gana, habla de las tasas de crímenes más alta en Estados Unidos para justificar sus propuestas contra la inmigración, cuando es la más baja; dice que la prensa no informa sobre atentados terroristas en Europa, cuando sí lo hace, o se inventa un suceso en Suecia, que luego excusa diciendo que se trataba de un reportaje televisivo —que vería somnoliento, imagino—. Y como la prensa muestra sus errores —eufemismo dedicado al propio Trump— la tacha de deshonesta o plantea que es ella la que miente, la que falsea. Uno no sabe si lo próximo será preparar una ley contra la Libertad de Expresión u organizar ruedas de prensa sin turno de preguntas, como se hace en España.

Y eso me recuerda al bufón del Gobierno y del PP, su portavoz en el Congreso de los Diputados, que ha dicho hoy que la culpa de la corrupción la tienen los medios de comunicación, que hablan demasiado de ella. La realidad, en este caso, también es alternativa (o paralela para los que hayamos visto Fringe).

Phil dice que el invierno va a ser largo

Como decía Bill Murray en Atrapado en el tiempo, hoy es el Día de la Marmota. Otra vez. Y sí, el animal ha salido esta mañana en Punxsutawney, ha visto a la multitud que esperaba su predicción y ha intentado huir en plan pies para qué os quiero. Estaba rebelde, ha dicho uno de los miembros del Club de la Marmota, que ha acercado el oído al mamífero —con cuidado, no fuera a morderle la oreja—y le ha contado que ha visto su sombra. O lo que es lo mismo: que nos esperan seis semanas más de frío y nieve. El invierno va a ser largo. Pero no sólo climatológicamente hablando. Van a ser semanas en las que oíremos hablar de los twitts mañaneros de Trump, de las burradas que decida soltar dependiendo de cómo se haya levantado, de si le ha dado el viento sur o de si ha decidido nombrar a otro purista de la raza, otro creacionista u otro iluminado. Y en España, fiel a la tradición popular, las veremos venir, diremos esto y más tarde aquello, tenderemos al buenismo y a opinar según las directrices europeas. Cataluña seguirá en sus trece, Euskadi embarcada en un viaje para recuperar la memoria de no se sabe quién, escuchando a los partidos hablar de sí mismos como si fuera trascendental para la democracia. Y así, mientras surgen nuevos casos de corrupción que no irán a ninguna parte o se sobreseerán, cada mañana nos levantaremos con una ocurrencia del presidente del crep en la cabeza. Ante semejante imagen, lo normal es que cualquier marmota —o animales más inteligentes— prefieran regresar a su madriguera.

El Gran Hermano Trump nos vigila

Quizá sea sintomático de la incertidumbre que está causando la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos el hecho de que se hayan multiplicado las ventas de 1984. La novela de George Orwell, ejemplo máximo de la distopía, se ha convertido estas semanas en una de las más vendidas en la plataforma Amazon, hasta llegar a colocarse en el número uno de la lista de best-sellers. Desde la editorial Signet Classics, que publica la novela del escritor británico, apuntaban otra cifra llamativa: tras la toma de posesión de Trump, sus ventas habían subido un 10.000%, viéndose en la necesidad de imprimir 75.000 nuevos ejemplares.

Y parece que la tendencia ha traspasado las fronteras para llegar a España, donde su edición de Debolsillo ocupaba el puesto 34, siendo el primer clásico. Orwell escribió la novela en 1948 como una crítica al ascenso de los totalitarismos, y en especial el de Stalin, en la que un partido controla todo lo que hacen sus ciudadanos, se adultera la información, se cambia la historia y se recurre a tergiversar los conceptos para un mayor control de la sociedad. Surgen así axiomas del tipo “La guerra es la paz / la libertad es la esclavitud / la ignorancia es la fuerza”.

Como es sabido, el protagonista Winston Smith trabaja en el Ministerio de la Verdad manipulando la información para adaptar el pasado a los intereses del Partido. Todo gira alrededor de la llamada neolengua, la simplificación máxima del vocabulario, la eliminación de aquellos conceptos que puedan afectar al buen gobierno de la sociedad, o lo que es lo mismo, a su control.

Trump ya hizo gala en la campaña de su capacidad para afirmar una cosa y negarla horas después, y no tiene reparos de arremeter contra la prensa acusándola de publicar noticias falsas (fake news) al tiempo que habla de “hechos alternativos”, hechos no sucedidos a los que ya mencionaba el propio Orwell. No hay más que mentir constantemente para que quien escucha lo identifique como la verdad. Aquel que controle el pasado controlará el futuro, y quien controla el presente lo hace con el pasado.

La idea de la neolengua no es nueva. Orwell tomó como modelo los discursos propagandísticos de los nazis y del comunismo soviético. Recordemos esa frase de Joseph Goebbels: “Si repites la misma mentira suficientes veces la gente se la creerá. Y cuanto más grande la mentira mejor “. En nuestro país hemos visto el intento de muchos partidos de controlar los acontecimientos otorgandoles palabras neutras, empleando un vocabulario especial para definir las cosas (en Euskadi seguimos llamando conflicto a algo que no lo fue). Lo políticamente correcto no deja de ser una forma más de neolengua, como lo son esos eufemismos que nombran sin nombrar. Que Trump haya despertado el interés por 1984 puede ser sólo una coincidencia, o el síntoma de que la política mundial ha comenzado un nuevo ciclo que ya predijeron otros.

El triunfo del bufón

Si ayer la imagen de Trump abría las portadas de todos los periódicos, la de hoy es la del presidente electo con Barack Obama en el despacho oval. Cara de resignación en el demócrata, rostro de a ver qué hago yo para puntualizar mis palabras, para retractarme o llevarlas a cabo en el republicano. Como si toda la campaña electoral hubiera sido una broma, la payasada de alguien con dinero que le gusta ganar pero que no pensaba siquiera que fuera a hacerlo; la chanza de un multimillonario que se ve ahora con la realidad sujeta al cuello. Con una realidad tan roja como su corbata. El bufón, el Joker de Gotham ha de ponerse serio, aunque la seriedad no vaya con su carácter, y parezca estar pendiente de sus asesores, como Robert Redford en El candidato, y observe de reojo, las manos entre las piernas sin entender aún qué ha sucedido. Cuando para él todo era un juego y en el fondo quería que ganase Clinton.