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Adiós a Carlos Bacigalupe

Conocí a Carlos Bacigalupe antes de que me lo llegasen a presentar. Su padre, Alberto, era compañero de mi abuelo en el Club de Leones y me hablaba con orgullo de sus dos hijos, Alberto y Carlos, que habían estudiado periodismo como él —yo quería estudiarlo— y a los que escuchaba en la radio. Mi abuelo no tenía muy claro que yo debiese dedicarme al periodismo en vez de al derecho, que le parecía una carrera más acertada para un nieto con buenas notas, pero no fue capaz de quitármelo de la cabeza. De ahí que hablase con Alberto padre para que me diera algunas recomendaciones. No recuerdo si llegó a dármelas, pero sí que me presentó a sus hijos.

Lo curioso no fue lo que saqué de aquel encuentro, sino que apenas tendría contacto con sus hijos, en concreto con Carlos hasta años después. Coincidí en el periódico Bilbao, gracias a Elena Puccini, que volvió a presentarnos. Para entonces yo ya seguía su trayectoria, no sólo en la radio, sino en los artículos que escribía para El Mundo, en la edición del País Vasco —en la que curiosamente acabaría haciendo yo mis primeros pinitos como plumillas tras salir de la facultad de Leioa— y para el propio Bilbao. Supe así de su pasión por el teatro —fue uno de los artífices de los Premios Ercilla—, y de esa bilbainía clásica, muy presente en un libro que considero fundamental: Cafés parlantes de Bilbao. Además, fue el ideólogo de la colección «Bilbainos recuperados» (del que publicó su primer título, Viejo caballo de hierro, sobre el tren de La Robla), que editó durante años Muelle de Uribitarte con la ayuda de la Fundación Bilbao 700, y que se ha convertido en una referencia para quienes quieran conocer a los prohombres de la Villa, incluso a aquellos que no son tan reconocidos.

La rumorología de una pequeña ciudad como Bilbao hizo que me enterase hace poco que estaba enfermo. Ayer la propia Elena Puccini fue la encargada de anunciarme la noticia de su fallecimiento. Tenía 71 años de edad. Y ha sido cuando además de todo lo que yo sabía me he enterado de que era miembro supernumerario de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País y de que recibió múltiples premios y reconocimientos —de los que nunca hizo alarde—: el Farolillo de Papel a la mejor tarea de divulgación del libro en 1998, la Pluma de Oro al mejor libro sobre valores turísticos (por su libro Cafés parlantes de Bilbao), y el Premio Alfiler de la bufanda de Vale Inclán, en reconocimiento a su labor teatral en 2001.

En la foto aparece junto al escritor José Ramón Blanco, uno de los artífices de la editorial Muelle de Uribitarte.