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Jornada de reflexión

He encontrado esta tarde a mi amigo Montero disfrazado de soldado de asalto de La guerra de las galaxias. En realidad me ha visto él a mí, porque yo no podía imaginármelo formando parte de los Stormtroopers y menos identificarlo enmascarado en la Gran Vía entre la docena de soldados iguales.

«Oviedo», me ha gritado, «joder, soy yo, Montero». Se ha desprendido del casco y ha dejado la hilera de soldados que como él desfilaban delante de miles de padres con sus hijos. «Anda, te invito a una caña. No sabes el calor que se pasa aquí dentro». Me ha cogido del brazo y me ha sacado veloz de la plaza Moyúa.

«No pensaba que fueses un friki de Star Wars».

«Es el traje de un colega, que no podía venir al encuentro», me ha dicho. Le parecía una buena forma de celebrar la jornada de reflexión: disfrazado de soldado del Imperio. Un traje de película para la ficción de una realidad.

Si verle de semejante guisa me ha sorprendido, más aún pensar en que le pudieran interesar la política, los candidatos o las elecciones vascas.

«No, si me dan igual, aunque vote siempre, más por obligación que por convicción. Pero tengo un método», ha confesado.

Su sistema es sencillo. Como todos los partidos le parecen iguales, y está un poco harto de discursos y candidatos, la primera vez que se acercó a la mesa electoral, escogió la papeleta de los partidos que se presentaban, las metió en su correspondiente sobre y las tiró al aire.

«Cogí al vuelo una de ellas y fue ésa la que metí en la urna. Hubo un interventor de no sé qué partido que se enfadó. Que si falta de respeto, que si tomadura de pelo. En fin, ya sabes: hay gente que se toma muy en serio las elecciones, quizás porque le va el sueldo en ellas. Así que ahora hago eso mismo, pero en casa: espero a que llegue toda la propaganda de los partidos con sus papeletas y un día como hoy, en la jornada de reflexión, poco antes de que den las doce, las lanzo al aire y dejo que sea el azar el que me guíe. No sé a quién voto ni me importa. Y si lo piensas, qué más dará el que toque, si van a hacer lo que quieran».

«¿Y cuándo toca votar al Senado?»

«Me lo juego a los dados. O a la carta más alta».

«¿Y no miras a quién has votado?»

«Ni hablar, no vaya a ser que me arrepienta y me tome las elecciones y a los candidatos en serio», ha dicho colocándose de nuevo su casco de soldado. «Si por mí fuera, sólo votaría al Imperio».

Todas las ideologías caben en la papelera

Ha sido un problema de vista cansada, o astigmatismo, o como le llamen a eso de ir cumpliendo años y ver menos que un topo. Enciendo el ordenador, me conecto a los periódicos digitales y leo un titular que me pone en alerta: «Todas las ideologías caben en una papelera». Y me digo: por fin alguien ha dado en el clavo de lo que nos pasa a los ciudadanos —la ciudadanía que dicen ahora, por eso de la corrección—. Es como cuando te pones a emborronar un folio en blanco e intuyes que lo escrito hasta entonces no sirve para nada. Lo miras, sientes la inutilidad de horas de trabajo y con desgana, casi con lágrimas en los ojos, haces una bola con el papel e intentas emular sin éxito a Larry Bird.

Pero sigo leyendo y no, en el titular he hecho bailar una letra, que no es papelera, sino papeleta, y que se va a hablar de partidos políticos. Así que me entra la tentación de apagar el equipo —porque lo de tirarlo al cubo me parece pelín exagerado—; pero como soy de los que creen en las casualidades, lo ojeo por encima y veo que no hablan de los partidos de siempre en Euskadi (PNV, EH Bildu, PSE, PP) o de los nuevos (Podemos, Ciudadanos), sino de esa decena de grupos al margen de los seis grandes: el Partido Animalista contra el Maltrato Animal (Pacma), Recortes Cero-Grupo Verde y Ganemos Euskadi: Sí Se Puede, y que se presentan en toda la CAV. También los que sólo lo hacen en Bizkaia y Álava: Ongi Etorri y Escaños en Blanco; en Bizkaia y Gipuzkoa: Familia y Vida; o ésas que se presentan en un territorio: el Partido Humanista y Euskal Komunistak-Partido Comunista de los Pueblos de España en Bizkaia, Libertate Nafarra en Gipuzkoa, y Vox, en Álava. Quizás en ellos esté la verdadera solución, pienso, ya que da mucha pereza ver cómo lo que llaman nueva política no se diferencia demasiado de la vieja, si no fuera por los rostros, que ya no están abotargados tras años de sobremesa y sesteo. La juventud pide paso, reclama su espacio en una política que mantiene a momias adormecidas en los parlamentos. El resto es más de lo mismo: candidatas que proceden de los medios de comunicación, para que podamos hablar de la objetividad del ente público; silencios comprometidos, casi previos a un duelo en O.K. Corral, que demuestran que a nuestra sociedad aún le falta mucho para la cacareada reconciliación y que palabras como terrorismo dependen del bando en que uno se encuentre; y temas tan relevantes para el ciudadano medio como el  derecho a decidir —aún no sé qué esconden esas tres palabras—, la autodeterminación, la corrupción de los otros, el bien de nuestro país, el desarrollo de la economía, el bienestar… Cuando a estas alturas lo más importante es el inicio del Festival de Cine de San Sebastián. Al menos el glamour de las estrellas manchará de colorido esta campaña gris.

Preguntad al pueblo

El domingo los suizos votaban una propuesta para introducir una renta mensual de 2.500 francos suizos (alrededor de 2.250 euros) para cada adulto y 625 francos para los menores de 18 años. Una iniciativa impulsada por Daniel Haeni y Enno Schmidt, que pretendía reducir la diferencias entre ricos y pobres, promover la dignidad humana y potenciar los servicios públicos en un momento de creciente automatización. Un debate que en Euskadi algunas voces compararon con la Renta de Garantía de Ingresos —esa ayuda que pueden cobrar las personas que no disponen de recursos o son insuficientes para cubrir sus necesidades básicas— tan proclive a la picaresca. Ningún partido político apoyó abiertamente la iniciativa, y menos aún el Gobierno suizo: de haberse aprobado habría requerido 22.000 millones de euros adicionales al año. El 77% de los votantes rechazó la propuesta, un resultado positivo en opinión de sus promotores, ya que suponía dar a conocer el concepto de ingreso mínimo universal —en Finlandia ya se estudian planes similares— y había obtenido un inesperado 22% de apoyo.

Al mismo tiempo, en una treintena de ayuntamientos de Euskadi —casi en su totalidad guipuzcoanos— la plataforma Gure Esku Dago promovía una consulta no vinculante en favor de un Estado vasco soberano. Una consulta que dejaba clara dos cosas: que estaba dirigida a un entorno muy particular proclive al llamado derecho a decidir—que el 95% de los votos fuesen afirmativos así lo demuestra— y que el resto de la población no está por el momento interesado en dichas inquietudes —votó alrededor de un 30% del censo, y en Mondragón, la localidad con mayor población entre las participantes, ni siquiera un 24%—. Se trataba de dar visibilidad a un tema que necesita estar en el centro del debate para que no se diluya en el maremágnum de otras elecciones.

También en este caso ha habido interpretaciones más allá de las estadísticas. El diario Gara, por ejemplo, apuntaba en su portada de hoy que el apoyo al Estado vasco había contado en esas mismas localidades con 10.000 votos más que el dado a la Constitución española en el referéndum del 6 de diciembre de 1978. Un curioso punto de vista, sin duda, que me recuerda que en 2013, el Gobierno vasco en boca de Iñigo Urkullu presentó dentro de su programa de legislatura —doscientas páginas con seiscientas medidas para salir de la crisis y asentar la paz— la necesidad de un nuevo estatus político para Euskadi que se expresaría a través de un referéndum en 2015. No sé si se adoptaron todas las medidas propuestas, pero una de ellas parece haber sido relegada al olvido. Quizás porque aún no estamos preparados para un referéndum por la independencia. Para ganarlo, quiero decir: el último Euskobarómetro ya apuntaba que el independentismo sólo arraigaba en el 24% de los vascos.

Nunca está de más preguntar a la población, incluso aunque sepamos que podemos perder en la pregunta. Supone un punto de reflexión necesario para escapar del ruido mediático de quienes siguen anclados en el pasado. De quienes se escudan en la ley, en la tradición o en la política. Tres pilares en constante cambio. Ya lo apuntaba Groucho Marx: «Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros».