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Adiós a Florencio Martínez Aguinagalde

Florencio Martínez Aguinagalde fue mi profesor en la UPV y lo recuerdo por su vehemencia a la hora de impartir clase y por su afición al tabaco. Hojeaba esta mañana El Correo cuando me he enterado de su fallecimiento, este sábado 23 de septiembre, a los 67 años de edad. Recuerdo poco de él durante la carrera —sólo me vienen a estas alturas retazos fugaces de todo aquello—, aunque sé que sentía pasión por el periodismo, por la música clásica, especialmente Bach, el cine y la cultura. Y por la crítica, a la que se sumaba con la coherencia del que sabe rebatir cualquier tema, lo que le granjeaba amigos y enemigos al mismo tiempo.

Nacido en Palencia (en el diario decían que en Vitoria), creció en Barcelona, ciudad de la que conservaba no sólo el catalán sino también su afición al Barça. Esto no le impedía considerarse un bilbaíno de pro y estar orgulloso de ello. Trabajó durante tres décadas en diferentes medios de comunicación, aunque era fiel a El Correo, el periódico que llevaba bajo el brazo. Había escrito además la novela Trozos de barro (Hórdago, 1980), Palabra de Chillida (UPV-Gobierno Vasco, 1999) y varios libros sobre periodismo.

En una ocasión se puso en contacto conmigo. Acabábamos de levantar la editorial Elea y tenía un proyecto que consideraba interesante para nosotros. Me ofreció Confieso mi cobardía (Alegato íntimo a favor de Ramón Sampedro), un relato de no ficción en el que rescataba su relación epistolar y telefónica con Ramón Sampedro Cameán, el tetrapléjico que durante treinta años reclamó ayuda para bien morir. En el libro se apreciaban dos actitudes, en palabras del propio Florencio Martínez: “la inquebrantable decisión de Sampedro para dejar de ser un cadáver pensante y la pusilanimidad del autor ante la amenaza de enjuiciamiento, que pesa lo suficiente como para negarle la ayuda a su amigo”. Fue el año de Mar adentro, la película de Alejandro Amenábar, que nos ponía de actualidad la figura de Sampedro y la eutanasia.

Con estos elementos, decidimos publicar el libro dentro de la Colección KRONIKA, en la que planteábamos temas de interés social como una forma de discusión plural y abierta, y que ya había visto aparecer  Palestina Hotela, de Joseba Iriondo, uno de los pocos libros que se habían publicado en euskera sobre la guerra de Irak, y Asia, burdel del mundo, del periodista Zigor Aldama. El libro de Martínez tuvo muy buena acogida por parte de las librerías, que lo colocaron en sus escaparates desde el primer momento, pero no del público, que no apreció su intención. Cuando lo que buscábamos era un foro de debate, entender la eutanasia como un acto de libertad de conciencia y de dignidad personal. Quizás Florencio Martínez pedía demasiado, quién sabe. Su muerte me ha hecho recordar todo aquello y he experimentado una sensación de extraña tristeza.

Memorias de un editor

Todos los proyectos tienen un comienzo y unas memorias. Libros de pizarra se fraguó en febrero de 2011 en Balmaseda, en la casa de Joël López Astorkiza, en una comida a la que fuimos invitados Elena Sierra, Javier Maura, Beatriz Celaya, Carmen Pardo y yo. Andaba ya con el runrún de volver a lanzarme a la edición después de que la editorial Elea —el primer proyecto de estas características que levanté junto a Iñaki Mendiazabal— acabase en nada; pero claro, dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Jöel tenía en casa un gramófono antiguo en el que nos ponía discos de pizarra, por lo que el nombre vino rodado; incluso el logotipo surgió de ese encuentro: una ele y una pe de la que sobresalía un círculo en forma de disco. Y desde el primer momento conté con el apoyo de todos, que me ayudaron, entre otras cosas, en tareas de corrección o de selección de posibles autores.

Lo siguiente fue hablar con Luisa Etxenike, que estaba dando los últimos retoques a su última novela, El detective de sonidos. Consideré que Etxenike era la autora adecuada para servir de apertura editorial. El acuerdo verbal se fraguó en San Sebastián, lo que supuso tener ya claro que el proyecto se ponía en marcha. Posteriormente hablé con Willy Uribe para la reedición de los relatos que había autopublicado años antes con el título de Ciudad Bilboa; como tercer libro publicaría mi colección de relatos y micros El sueño de los hipopótamos, en los que estaba trabajando junto a la ilustradora Olga Zulueta. En ese proceso, Uribe prefirió abandonar el proyecto, y apostar por Los libros del lince y por su editor Enrique Murillo.

Abriríamos entonces con dos títulos y una premisa: la editorial debía apostar no sólo por la calidad de los contenidos, sino también por un formato que la identificase. Y en papel, en un momento en que se hablaba mucho del libro digital y esas cosas. Contamos para ello con la inestimable ayuda de Leyre Delgado, que sugería un libro con aspecto de Moleskine, envuelto en un chaleco en color y papel de alto gramaje, que hacía que los libros pesasen un poco más pero que le daban una imagen muy reconocible.

Para su novela Luisa Etxenike me propuso hablar con un grafitero francés, Nemo, porque había visto uno de sus trabajos en París que se identificaba perfectamente con el argumento de su novela. Incluso nos planteamos la posibilidad de traerlo a Bilbao en el entorno del Instituto Francés. Así fue. Nemo acabaría dibujando uno de sus grafitis en la entrada del Instituto y otro en el naciente Pabellón 6 —mural que ha sido maltratado tras la colocación sobre él de un cartel indicador del centro de artes escénicas de Zorrozaurre, pero que aún se puede intuir—.

La presentación del libro de Etxenike discurrió por los cauces previstos: Myriam Miranda, que trabajaba como jefa de prensa para Alberdania, nos ayudó en cuestiones informativas, especialmente en Donosti, y a organizar un macroevento con cóctel incluido que contó con el apoyo de María Eugenia Salaverri. Una noche en la que conocimos a Diego Vasallo, que por allí andaba. Lo dicho: la memoria trae esta clase de recuerdos.

En el caso de El sueño de los hipopótamos, volví a contar  para la portada con Alain Urrutia —que me había ilustrado la cubierta de Las hermanas Alba para Bassarai—, y aunque se imprimió en noviembre, retrasé la presentación a febrero del año siguiente, en la sede de BilbaoCentro, que amablemente me ofrecieron Olga Zulueta y Jorge Aio. Un encuentro multitudinario pero de infausto recuerdo, porque acabamos llamando a una ambulancia y creo que también a la Ertzaintza tras un incidente del que nunca tuve todos los datos con un borracho que acabo herido.

A partir de ese segundo título, el correo de Libros de pizarra —contábamos con una web magnífica diseñada por Mikel Apodaka— comenzó a llenarse de propuestas editoriales y manuscritos, a los que no siempre supimos contestar como es debido. Una cosa tenía clara: no podía dejarme atontar por el ritmo de las novedades; teníamos que ser conscientes de que se trataba de un proyecto pequeño, una mota dentro de la vorágine editorial, dos libros al año a lo sumo, al que le costaría tener repercusión mediática —estamos hablando de cultura y libros—, aparecer en los suplementos culturales y menos aún en los escaparates de las librerías. Había que recurrir, por tanto, a otros medios de promoción: redes sociales, encuentro de autores, etc.

Un inciso: en Bilbao contamos siempre con el apoyo de dos librerías, Tintas y Cámara, que nos dedicaron bonitos escaparates en cada una de las presentaciones que preparamos con ellos. Queríamos que nuestros libros fuesen eso que llaman longseller —qué inocencia—, que tuvieran una vida más allá del primer mes. Para eso contábamos con la mejor distribuidora de libros independientes del país, nada menos que UDL, que trabajó con profesionalidad e hizo lo que suele hacer en estos casos: llevar a Canarias o Huelva libros que sólo estaban pensados para Bilbao y alrededores —como con El espíritu de la alhóndiga, una recopilación de relatos de los alumnos de los talleres literarios que organizaba Alhóndiga Bilbao y que desapareció pronto de las librerías bilbaínas porque estaba viajando a las Baleares o a Galicia, lugares donde, como es obvio, no tuvo repercusión alguna— o posicionar sólo un porcentaje mínimo de los títulos que se les enviaba. El resto permanecía embalado en cajas que no se abrirían nunca. Cosas de los distribuidores que algún día se deberá analizar con ojo clínico —y crítico—.

La distribución nos permitió descubrir una esas paradojas que tiene la relación entre la distribuidora y las librerías: presentar un libro que no ha llegado a destino, encontrarlo aún guardado en cajas pese a tener la presentación esa misma tarde, pagar un 55% del valor del libro, devoluciones a mansalva a la semana de haberlo presentado, facturas por exceso de almacenaje que nos hacía pensar que resultaba mejor tenerlo en stock que moverlo por las librerías, asistir a la Feria del Libro de Madrid y que no hubiera ni un solo ejemplar de tu sello en el stand de la distribuidora, o que te preguntaran qué podían hacer con el medio centenar de libros devueltos porque estaban estropeados, gastados, usados, viejos, cuando la imprenta los había entregado inmaculados, perfectos, vírgenes de lectores. Libros que se descontaban de la factura final y que, por supuesto, corrían a cargo del editor.

En fin, menudencias…

Tras los dos primeros títulos llegué a un acuerdo con AlhóndigaBilbao para publicar el libro de relatos del que ya he hablado —un libro diseñado por Elena Perea con esa mirada de quien prima el diseño sobre el contenido, que no gustó a muchos de los alumnos porque parecía que estaba sin acabar, que era un poco el concepto que se perseguía con él— a partir de cuentos que seleccionamos entre Pedro Ugarte y yo, profesores ambos del Taller de Literatura Viva que se organizaba en el actual Azkuna Zentroa. Mi idea era apostar por el relato, como hacían otras editoriales a las que mirábamos con envidia —Páginas de espuma, Salto de Página, Menoscuarto—, de ahí que el siguiente título fuese una selección de cuentos de Óscar Alonso Álvarez, Los futuros imperfectos. Siempre he sentido predilección por la ironía narrativa de Alonso, como lo demuestra el hecho de que ha sido al único autor al que he publicado dos libros en las dos editoriales en las que me he involucrado —el primero de ellos, El coleccionista de cabezas reducidas—. Los futuros imperfectos contaba con una magnífica portada del actor Juan Viadas y con una novedad: editamos dos portadas diferentes aunque parecidas, que lo convertían en un título doblemente especial.

Y teníamos en marcha ya otros libros. Beatriz Celaya me había propuesto la posibilidad de editar el primer libro de Manuel Sánchez de Nogués, Mucho por recorrer, un viaje novelado alrededor del mundo en el que se trataban temas como la homosexualidad o las diferencias interculturales; Luisa Etxenike me había hablado de una novela de la escritora francesa Brigitte Paulino-Neto, En cuanto te mueras, llámame, que podíamos traducir si contábamos con la ayuda del Instituto Francés; y de igual manera, Antonio Maura me había comentado que el escritor Rodrigo Lacerda no había sido aún traducido en España y que su novela Otra vida acaparaba reconocimientos de crítica y público. Nos lanzamos a la piscina para traducir ambas novelas, y digo lanzamos porque para entonces Esti Bartolomé se había unido a Libros de pizarra, encargándose, entre otras muchas cosas, de las correcciones de texto o de que las portadas de muchos de los libros fuesen atractivas y sugerentes. Se convirtió en el alma de la editorial y en la presencia necesaria para que el proyecto avanzase.

Teníamos otros dos libros en cartera, que acabaron publicándose antes —Los libros prestados, de Xabier López López, un volumen de relatos editado en gallego y traducido al castellano, después de que el propio autor se pusiera en contacto conmigo; y Spam, de Francisco Castro, también originariamente en gallego, cuyo autor me había recomendado el propio López—. La editorial crecía y parecía madurar.

Presentaciones a lo largo y ancho del país, viajes entrañables con autores, largas conversaciones sobre literatura y vida, discusiones sobre la necesidad de apostar o no por un título, de contar con un traductor u otro, cuestiones tipográficas, de estilo… Pero sobre todo contacto humano. Como aquel encuentro en La Coruña en que acabamos hablando en castellano, gallego y portugués. La alegría que transmitía Rodrigo Lacerda, a pesar de que en el periplo que nos llevó por cinco ciudades españolas apenas contamos con público lector o periodístico. O el viaje a Burdeos para presentar la novela de Luisa Etxenike en plena Escale du Livre, que nos mostró que hay ferias que saben hacer bien las cosas. Y otras curiosidades editoriales que he ido olvidando.

¿Ventas? Pocas. En algunos casos ridículas, teniendo en cuenta el esfuerzo. Quedan los libros para quien quiera volver a ellos, o el reconocimiento de que la novela de Luisa Etxenike fuese traducida al francés por la editorial Naïve. Era como ver que desde fuera creían en lo que hacíamos. Pero como decía al principio, todo proyecto tiene un comienzo. También un final. Y el de Libros de pizarra ha tenido lugar esta semana. Un adiós que no sé si será un hasta luego, porque el gusanillo de editor sigue dentro. Y si caí una segunda vez, quién sabe si no habrá una tercera…

 

 

El viaje (alucinante) de Lautréamont y Sergio Arrieta

Sergio Arrieta no es sólo un buen escritor, sino que además es un buen amigo, y gracias a la literatura el personaje de una de mis novelas. Con estos antecedentes podría no decir nada más, ya que seguramente mi opinión tenderá hacia la alabanza. Pero hay mucho más, lo que podríamos considerar un puñado de azares.

Supe de él en una de esas comidas de escritores que organizábamos hace casi un siglo. Arrieta acababa de ganar un premio literario, hecho que le había permitido conocer a Pedro Ugarte. Fue éste quien nos puso en contacto. «Podrías invitarle a la comida», me sugirió. Corría el año 2001, el 9 de junio para ser exactos, y nos reunimos en un restaurante junto a Santimamiñe el tristemente fallecido Pablo González de Langarika, Javier Alcíbar, Javier Maura, José Fernández de la Sota, Mikel Jauregui, Seve Calleja, Enrique Gutiérrez Ordorika, Iñaki Mendizabal, Arrieta, Ugarte y yo, entre otros. A aquella comida sólo acudió una mujer —María Maizkurrena—, por lo que más que una reunión de escritores parecía una sociedad gastronómica. Tras las pertinentes conversaciones sobre el nefasto estado editorial del país, propias de cualquier cenáculo literario, el encuentro sirvió para apuntalar dos cosas: por un lado, levantó los pilares de lo que sería un proyecto editorial en euskera y castellano que llamamos ELEA y del que formábamos parte Iñaki Mendizabal y yo; por otro, posibilitó que Arrieta me pasara lo que sería —dos años más tarde— el primer libro de nuestra “Colección quince”: No te llamaré soledad, dieciséis relatos sobre el amor, las relaciones, la magia…

Todo el proceso de creación de la editorial y la relación que mantuve durante aquellos años con Arrieta, Txema García Nieto y Óscar Alonso me impulsaron a pensar en ellos como personajes para Las hermanas Alba, una falsa novela negra en la que leo ahora un diálogo (página 26): (…) llevo varios meses con una novela sobre el conde de Lautréamont, y no creo que tenga tiempo para nada más. Era así, Arrieta llevaba tiempo embarcado en una historia sobre el autor de Los cantos de Maldoror que le tenía fascinado, nos hablaba de ella según la construía, de las dificultades de concepción, y ya cuando la dio por finalizada de los problemas para publicarla.

Hubo editoriales interesadas en ella, también agentes literarios que buscaron la complicidad de la novela para ofrecerla a sus editores, pero todos los síes acababan en noes. Finalmente, poco antes del verano supe por el propio Arrieta que Playa de Akaba se lanzaba a publicarla con el título de La muerte alucinante de Lautréamont. Se presentó en Madrid el pasado 8 de octubre —el mismo día que la presentación de No te llamaré soledad en Bilbao, las casualidades, el azar, en palabras de Arrieta, con lo que parece cerrarse el círculo—. Porque hablamos de inspiración, de misteriosos juegos del destino, de poetas malditos, de libros que brotan de uno como la sangre. De momento, un apunte breve de la sinopsis: “Desde hace unos años, el comisario Paul Vaillant y la inspectora amnésica Béatrice de Lorelle investigan el caso Lautréamont, ayudados por una vidente”. Queda ahora en manos de los lectores.

Tras la muerte de Ángel Martínez Salazar

El 28 de agosto fallecía a los 60 años en su casa de Sorlada (Navarra) el periodista y escritor Ángel Martínez Salazar. Colaborador enmultitud de medios de comunicación, entre los que destacan El PaísDeiaLiberaciónRadio Euskadi y Radio Vitoria, y autor de una treintena de libros. Dos de ellos, los publicamos Iñaki Mendizabal y yo en la desaparecida editorial Elea —aquel proyecto nacido en 2003 para impulsar la escritura que se hacía en el País Vasco—, en concreto: Euskal bidaiaren memoria: esplorazioa eta abentura, en 2004, y un año más tarde Geografía de la memoria: aventureros, exploradores y viajeros vascos, en cuya sinopsis escribimos: “El periodista y escritor Ángel Martínez Salazar pretende recordarnos un aspecto tan sugestivo como es la presencia de vascos que realizaron interesantes viajes o vivieron peripecias emocionantes en épocas difíciles, donde aventurarse en tierra o mar tenía un plus de peligrosidad y aliciente que hoy en día se ha amortiguado mucho. Un libro imprescindible para el que ansíe viajar a otros mundos sin salir de casa; una guía maliciosa para toda persona de espíritu inquieto del siglo XXI que quiera emular a aquellos viejos aventureros”.

Apenas supe nada de la vida de Martínez Salazar —siempre me referí a él por sus dos apellidos—, pese a haber sido su editor y el diseñador de dos de sus libros. Las veces que nos vimos en Vitoria fueron escasas. Me imponía respecto: hablaba demasiado sobre un tema del que yo desconocía todo. Aunque siempre tuve clara su pasión por la recopilación histórica —Aquellas guerras que nos contaron, la historia de los reporteros clásicos y contemporáneos, por ejemplo , por personajes como el escritor Pío Baroja —El señor de Itzea, apuntes para una geografía barojiana— o el explorador Iradier —Manuel de Iradier: las azarosas empresas de un explorador de quimeras—, y por la gastronomía, de la que hablaba con frecuencia —De comerse el mundo, la cocina de los viajeros españoles— y sobre la que había preparado un último libro-recetario que aparecerá póstumamente: De la panza sale la danza. Quizás es que estemos demasiado centrados en nosotros mismos y no en lo que hacen los demás, pero descubro sorprendido que en los ochenta fue un gran animador cultural en Vitoria participando en publicaciones y fanzines como MaskaraLux DaemoniorumParéntesis y, seguramente, la más conocida: Papeles de Zabalanda. Fue director, ademas, del diario Norte Express; incluso sirvió de inspiración a Mauro Entrialgo para el personaje de cómic Ángel Sefija.

Del obituario escrito en Deia por su amigo, el periodista José Ramón (Txerra) Díez Unzueta, recojo un texto que me parece reflejo de su personalidad: “Pensar, escribir, leer, discutir, conocer, vivir con pasión, entregado en cada una de sus variadas facetas en un tiempo complicado, desde la revolución del 68 en París, hasta la revolución de los claves en la cercana Portugal, a la muerte del dictador Franco, la transición y la consolidación de un régimen democrático a la europea. En ese escenario escribió artículos, libros, entrevistas, crítica literaria, piezas periodísticas que producía con intensa concentración y entrega”.