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El valor económico de la independencia

En un artículo de Jordi Soler publicado en El País hace unos años, el autor de La fiesta del oso se preguntaba sobre el significado de ser catalán, vasco o español, y concluía que no veía probable la independencia de Cataluña. Además, añadía: “El independentismo es una industria; hay quien puja por la industria, hay quien coquetea con ella y hay quien está en contra; es una industria de la que, y contra la que, vive mucha gente; genera empleos y subvenciones, y llena de significados muchas vidas. Es una industria sólida cuya existencia depende, paradójicamente, de no alcanzar su objetivo porque ¿qué pasaría con toda esta industria si se lograra la independencia?”. Son demasiados años oyendo hablar de ella en un pulso que ni siquiera ahora parece tener la fuerza suficiente como para llevarse a cabo. Porque ninguno de los políticos que siguen apelando a los sentimientos responde a dos sencillas preguntas: la primera, quién va a pagar todo esto; y la segunda, cómo se va a gestionar un país cuando más de la mitad del mismo es contrario a los acuerdos tomados. Pero aún hay una tercera: ¿alguien sabe qué será de Cataluña o Euskadi fuera de Europa?

La Banca gana

Uno piensa en ruletas, en juegos de cartas, en casinos y la mente le lleva por viajes a películas que vio en su momento, de las que disfrutó o se dejó engañar. Trucos de magia, giros de guión, sorpresas de última hora que hacen que los timadores —normalmente los buenos— acaben desplumando al villano, a la entidad financiera, al poderoso dueño de un gran casino en Las Vegas, al rico magnate. Y entonces trae a la memoria filmes americanos: La cuadrilla de los once (en el que coincidieron algunos de los artistas que componían el Rat Pack de Las Vegas: Fran Sinatra, Dean Martin, Peter Lawford y Sammy Davis Jr.), que daría luego lugar a la moderna Ocean´s Eleven (y sus secuelas); y por supuesto, El golpe, ese engaño contado con la maestría de un buen guionista y los rostros de Robert Redford y Paul Newman, entre otros. Todo consistía en saber que la lucha era siempre contra la Banca, contra el poderoso, y que éstos tenían todas las probabilidades de ganar. La Banca gana, decía el croupier mientras pulsaba un botón bajo la mesa para que la bola saltase del negro al rojo, de un número a otro, que impidiese al protagonista llevárselo todo. O hacía un juego de manos y cambiaba la carta como un vulgar fulero ante la mirada de sus jefes que lo observaban como un Gran Hermano en circuito cerrado.

Es curioso que una vez se ha sabido lo dictaminado por el abogado general de la Unión Europea, Paolo Mengozzi, sobre las cláusulas suelo, en España todos los periódicos han recurrido a la misma frase: La Banca gana. Así lo hace. Siempre. Porque el jurista italiano —cuyas recomendaciones no son vinculantes pero suelen determinar lo que opine el Tribunal de Justicia de la UE—dice que los bancos no deben devolver a los consumidores el dinero de las cláusulas suelo anteriores al 9 de mayo de 2013 —fecha establecida por el Tribunal Supremo español— ya que supondría poner en peligro la estabilidad del sistema financiero. Aplicar con retroactividad la sentencia del Supremo añadiría otros 4.500 millones de euros a los 5.000 millones que los bancos tuvieron que devolver a sus clientes por engañarles con cláusulas abusivas.

La pregunta queda en el aire: si la cláusula era abusiva después de esa fecha, por qué no antes. Sencillamente, porque serían mayores las repercusiones macroeconómicas sobre un sistema bancario ya de por sí debilitado. Dicho de otro modo: el abogado general de la Unión Europea permite con el botón bajo la mesa que la Banca gane y que el consumidor no pueda contar con la total protección de los poderes públicos cuando es víctima de un abuso. Puede que sea un romántico, o un inocente peligroso, pero ante la fullería de los bancos y la connivencia política uno se siente con ganas de convertirse en Danny Ocean. Y hacer saltar la Banca. Aunque sólo sea en la ficción.

El país de los billetes morados

La primera vez que me pagaron en euros mi jefe me soltó dos billetes de quinientos. Los palpé con cuidado, casi con miedo. Recuerdo que se me quedó cara de decepción: mi sueldo se reducía a dos míseros billetes, lejos de aquella honorable cantidad que me entregaban en pesetas. Años después se acuñó el concepto de mileurista y me revolvería inquieto acordándome de aquella impresión de escasez. Con los billetes en la mano, y sin tener claro el valor de los mismos, me pareció que pagar con 500 euros en cualquier establecimiento era absurdo, y que se trataba de una moneda inútil, muy poco manejable, sólo apta para grandes transacciones que, desde luego, yo no tenía pensado hacer. Así que me fui a un banco y le pedí al malcarado de turno que me fraccionara los billetes en otros más asequibles. Aquella fue la primera y última vez que toqué un Bin Laden, apelativo muy propio del humor español: todo el mundo había oído hablar de ellos pero nadie lo había visto. Los de quinientos parecían estar escondidos, y cuando los mencionabas en alguna conversación nadie conocía su paradero, como si verdaderamente se hubiesen ocultado en alguna estepa desértica de Afganistán. Aunque no se ocultaban tan lejos, y los medios de comunicación empezaron a verlos en la costa de Levante, o en Marbella, también en algunos ayuntamientos madrileños. Aparecían en maletines que pasaban de mano en mano entre empresarios y políticos de medio pelo, ocultos bajo los azulejos del baño junto a un Miró o en pueblos desérticos en los que crecían setas de ladrillo y monumentos al ego. Engominados y chulapones los empleaban como moneda de cambio en transacciones de barrio, alardeaban de ellos contándolos en el asiento trasero de un coche, como una puta barata con ínfulas de princesa. España se convirtió de pronto en el país de los billetes morados, hasta el punto de que uno de cada cuatro circulaba por la piel de toro. Y así, tras años de corruptelas, de espejismo inmobiliario, de crisis, recesión, paro y la evidencia de que el dinero estaba pero en las manos equivocadas, Europa ha decidido eliminar paulatinamente a Bin Laden. Darle muerte, acabar con él, hacerlo desaparecer de nuestras vidas, convertirlo en un objeto de museo, de coleccionista o de película de mafiosos. Como si matando al perro se acabase la rabia.

Mordazas

A los poderes económicos y políticos les molesta el periodismo, aunque digan que lo impulsan a través de voceros adictos a los premios o tertulianos sordos que gritan para no oír sus propias mentiras. Los políticos han decretado leyes mordaza en países llamados democráticos mientras acusan a otros de atentar contra la libertad de prensa o de expresión. Quizás no maten a periodistas pero sí les llevan a la cárcel acusándoles de conspirar contra la seguridad nacional o les multan por hacer bien su trabajo si fotografían a las fuerzas de seguridad dando estopa en una manifestación. «Los periodistas son terroristas de la palabra», gritaba un dirigente nazi mientras obligaba a que el pueblo escuchase su propaganda. Quizás sea verídica esa cita atribuida a George Orwell para quien el periodismo consistía en «publicar algo que molesta a alguien. Todo lo demás es relaciones públicas». Quedan ya pocos buenos periodistas —los hay, sin duda—, a cambio se han multiplicado las agencias de prensa. Los becarios escuchan al presidente desde una pantalla de plasma en vez de dejar que hable a un vacío de desdén; los plumillas no se levantan de una rueda de prensa sin derecho a preguntas para que el orador de turno comprenda su soledad; los periodistas en occidente garabatean las mentiras de otros sin contrastarlas y titulan en los diarios frases como Fulano critica a tal, Mengano acusa a cual, o Zutano anuncia que ya hará lo que ya dijo que iba a hacer. Pero no seamos fatalistas: el periodismo existe, ese periodismo de investigación ajeno a las ideologías que encumbrara a Woodward y Berstein. Ese periodismo que se ha topado a lo largo de la historia con el pulso del poder y que lo ha llevado a ser temido, odiado, vilipendiado y, lo que es peor, asesinado. Pero el buen periodismo se sigue demostrando diario en noticias como las extraídas, por ejemplo, por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) a partir de los documentos del despacho panameño Mossack Fonseca. Pero cuidado. Tal como está el percal puede que en breve cualesquiera de los periodistas que han participado en estas investigaciones se vean envueltos en denuncias que les lleven a la cárcel. Sólo hay que echar la vista atrás.

En 2010 se hicieron públicos miles de documentos de la diplomacia norteamericana durante la época de la guerra de Afganistán e Irak: el llamado caso WikiLeaks. La persona que reveló estos documentos, Chelsea Manning, fue condenada a 35 años de cárcel, mientras que el fundador y director de Wikileaks, Julian Assange, lleva años escondido en la embajada de Ecuador en Londres (por un más que sospechoso caso de violación y acoso sexual). En 2013 se descubrió que la Agencia de Seguridad Norteamericana (NSA) había estado espiando sin ningún pudor a políticos, empresarios, en fin, a todo aquel que tuviese algo de poder. Los documentos, calificados como de alto secreto y revelados a The Guardian y The Washington Post por Edward Snowden, provocaron que éste tuviera que huir a Rusia para no ser acusado de traidor a su país. Un año después, salió a la luz que Luxemburgo había firmado ciertos de acuerdos secretos con empresas (Pepsi, Ikea, AIG, Fiat, Amazon, JP Morgan, Heinz, Burberry, PIMCO o Deutsche Bank), para rebajar sus impuestos. El escándalo, conocido como LuxLeaks, y revelado por el citado ICIJ afectaba directamente al presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ministro de Finanzas en la época en que se firmaron los acuerdos. Qué ha pasado: pues que los antiguos empleados de la auditora PwC, Antoine Deltour y Raphaël Halet, y el periodista francés Edouard Perrin están siendo juzgados por revelar los acuerdos comerciales secretos. Más casos: en 2015 se reveló el enorme fraude fiscal cometido por parte del segundo mayor banco mundial, el HSBC, que favorecía a algunos de sus clientes más ricos, entre los que se encontraban  narcotraficantes y grupos ligados al terrorismo yihadista. La conocida como lista Falciani hizo que éste fuera condenado a cinco años de cárcel. Parece incluso que el Parlamento Europeo va a ampliar el concepto de «secretos de negocios» para hacer aún más difícil el acceso a la información cuando se trate de acuerdos fiscales secretos con las multinacionales. Como es sabido, la información es poder, y es fundamental limitar su acceso. Por el bien común, claro está.