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Valencia y los lectores

Siete años después de que Bassarai publicase Las hermanas Alba, presentamos la novela en Valencia y la relacionamos con Cuerpos de mujer bajo la lluvia, dos obras diferentes pero muy unidas entre sí. Y digo presentamos porque en cualquier acto editorial el escritor nunca camina solo, recurriendo al himno de un conocido equipo inglés de fútbol. La soledad del escritor tiene que ver con la creación. El resto es apoyo: del editor, de las librerías, de los lectores, de la prensa, de los críticos, de los amigos, de los compañeros en redes sociales…; y en el caso de la presentación el 21 de octubre en la capital del Turia —como dicen los entendidos— de José Luis Rodríguez-Núñez, que organiza con pulso firme las presentaciones de libros y talleres de escritura en Bibliocafé; de Ana Añón, que analizó las dos novelas, buscó similitudes, supo ver los recovecos de ambas y convocó a gente para el acto; y por supuesto, de Nati, que me acompaña con cariño en este sendero literario y que me empuja siempre a mejorar.

Siempre le he agradecido a Kepa Murua su confianza en una novela cuyo protagonista me gustaba lo suficiente como para llevarlo a formar parte de otras dos. Aún me sorprende que la que definí como falsa novela negra —en la que quería hablar sobre el mundo editorial centrado en el País Vasco pero con tintes de investigación periodística— tenga aún validez y siga atrapando a los lectores. La escritura da en ocasiones estas alegrías. Y para muestra un correo que me ha llegado esta mañana de Elena Taberner, una lectora: Estuve el pasado viernes en la presentación de sus dos libros: “Cuerpos de mujer bajo la lluvia” y ” Las hermanas Alba”, en Valencia, en Bibliocafe. Me fue muy grata la presentación de los libros, así como todo lo que contó en primera persona de como llegó a ser escritor, de los padecimientos de quien pretende escribir; y lo concerniente a los personajes y tramas de ambos libros, mientras contestaba a las preguntas de Ana Añon, de la que fui alumna en un curso. Me ha sorprendido mucho el libro “Las hermanas Alba”, (leído de una tirada esta tarde), porque pensaba encontrar una novela al uso, pero casi me ha hecho sentir que leía un manual de “como aprender a escribir y contar cosas”, de “como enfrentarse a una idea” y “de como trabaja un escritor”, y ” que sobre todo el escritor debe dejar que se refleje parte de sí mismo”. Como dijo en la presentación: “ser diferente”. Su libro ES DIFERENTE y aunque he leído libros de quienes intentan ayudar a los “novatos” como yo, en el suyo ademas de la “novela escondida”, porque yo la encuentro escondida tras la vida del periodista, he aprendido mucho mas que en talleres, no es coba, es sinceridad. No creo que se pueda reflejar de mejor modo como es la vida del autor invisible, (dejando aparte aquellos que como cuenta ya tienen nombre y publican cualquier cosa porque el nombre vende). Me alegra haberle conocido, seguro seguiré leyendo sus libros, ademas de curiosear los artículos en los periódicos donde publica. Encantada de conocerle y sobre todo leerle.

Un libro cada semana

César Coca me anuncia que Cuerpos de mujer bajo la lluvia saldrá en ‘Un libro cada semana’ —la sección que tiene en El Correo y en su blog Divergencias— el fin de semana del 16 de julio. Una buena noticia para el libro y para mí. Para el libro, porque puede suponer un pequeño espaldarazo de cara a nuevos lectores más perezosos. Para mí, porque siempre viene bien la opinión y valoración de un crítico como Coca. Es esto lo que escribe de ella:

Novela dentro de la novela. Álex Oviedo ha construido el personaje de un profesor que es también novelista y que está preparando una novela tras el notable éxito de una anterior. A la ansiedad que a tantos genera el reto de superar la obra previa para no parecer acomodado en el triunfo ni estancado en su carrera literaria, se suma la prevención que le causa el hecho de que su nueva amante sea una alumna que, por razones de edad, podría ser su hija.

Así las cosas, hay un narrador que recuerda historias vividas, adolescentes que marcaron su experiencia amorosa, mujeres maduras con las que la convivencia no fue fácil y otras vistas casi al pasar, en cafés y calles, con las que cruza miradas de distinta intención. Hay otros capítulos (se ordenan unos con números y otros con letras) que cuentan la historia de la relación entre el profesor y la alumna, el carácter directo y un punto provocador de la chica, que termina por mostrarse más madura que el hombre experimentado, temeroso, dubitativo e incapaz de comprender lo que le rodea que él es.

Oviedo juega a un cierto erotismo literario (la portada no engaña), con descripciones medianamente detalladas de los encuentros sexuales del protagonista con su alumna y con otras mujeres que pasaron antes por su vida. Y hay también un intento de reconstruir la psicología de un hombre maduro que no ha tenido una «señora de…», como le pregunta la chica, sino «muchas señoras de…» Una circunstancia que ahora quiere cambiar, seguramente con la menos adecuada de sus amantes. Pero nadie dijo que la lógica tenga un papel relevante en el amor.

El azafrán de la literatura

Según el diccionario de la RAE, el azafrán es una planta de la familia de las iridáceas, con rizoma en forma de tubérculo, hojas lineales… cuyo estigma, de color anaranjado, es usado como medicina, y como condimento en las picadas o para dar aroma y sabor tanto a preparaciones saladas como en dulces; para platos a base de arroz —como el arroz a banda—, de pasta —como los fideos a la cazuela o la fideuà—, de patata, en escabeches o en guisos; para las maceraciones —pinchos morunos—, y por supuesto para colorear la comida. Un solo pistilo es capaz de embellecer de color todo un plato. En 2010 el precio del azafrán en España rondaba los 3.000 euros el kilo, de ahí que durante mucho tiempo se le haya denominado como oro rojo.

Contaba hace unas semanas mi predilección por las novelas cortas, las novelitas, lo que los ingleses llaman novella o short novel, o últimamente nouvelle, empleando un galicismo. Mi último libro, Cuerpos de mujer bajo la lluvia, ronda las 11o páginas, y como dijo el editor, Roberto Lastre, tiene el tamaño adecuado. Ampliarlo hubiera significado alargarlo en exceso pero, sobre todo, innecesariamente. El escritor Óscar Alonso suele decir que el mercado —ese ente abstracto del que todos hablamos y nadie conoce— marca la pauta de lo que se publica: novelas de gran formato, de más de trescientas páginas, con muchos personajes y repetición de ideas. Si vas a pagar veinticuatro euros, mejor por un libro que pese kilo y medio que por otro que apenas llegue a los doscientos gramos. Y hacíamos esta mañana un listado de algunas de las novelas que apenas rozan las cien páginas y han marcado la historia de la literatura: La metamorfosis (Franz Kafka), El principito (Antoine de Saint-Exupery), El hombre que pudo reinar (Rudyard Kipling), Novela de ajedrez (Stefan Zweig), La Perla (John Steinbeck), El viejo y el mar (Ernest Hemingway), Pedro Páramo (Juan Rulfo), Muerte en Venecia (Thomas Mann), El extranjero (Albert Camus), El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (Robert Louis Stevenson), Crónica de una muerte anunciada, (Gabriel García Márquez), Rebelión en la granja (George Orwell)… Obras que vendrían a ser como el azafrán de la literatura.

 

Sin la mujer, la vida es pura prosa

“Sin la mujer, la vida es pura prosa”, decía Rubén Darío, una existencia sin rima, sin la fuerza de lo poético. Ojeo una vez más Cuerpos de mujer bajo la lluvia, convencido de que lo femenino está muy presente en la novela, de que las mujeres que pueblan sus páginas son el verdadero motor de la historia, la razón que motiva que los protagonistas lo sean. Meses después de que Arte Activo publicase la historia, veo la novela con un orgullo que no tuve al principio. Y fue una opinión ajena la que me hizo creer en ella. Siempre tuve dudas de que no fuera más que un ejercicio de estilo, una excusa para narrar sentimientos, con muy escasa línea argumental. Quizás sea eso la poesía. Con la reflexión sobre su escritura, la de la novela, veo además que insistí en jugar con el lector, a partir de frases de películas y saltos en los capítulos. Vuelvo a la frase de Darío. ¿Será esta mi novela más poética? ¿Lo será en el futuro? Quién sabe. Mi vida sí quiero que se llene de poesía.

La superstición del escritor

El asiento que me asignaron era el número 71, aunque el autobús sólo tenía 67 plazas. «Búscate un sitio libre», dijo el conductor; «hay hueco para todos». Lo había, aunque no dejó de parecerme una mala señal. El asiento acabó siendo el 13, y el trayecto largo, solitario, gris como el amanecer. No sé si los escritores tenemos las mismas supersticiones que un bateador de béisbol —dar un paso hacia atrás, mascar tabaco negro, escupir en la arena, ladear la gorra hacia la izquierda, golpear las botas con el bate—, pero los augurios no parecían tener el color de la portada de la novela que iba a presentar.

Pensé en las manías de algunos autores a la hora de ponerse a escribir: Kafka lo hacía a oscuras o en penumbra, con tinta azul o morada; Marcel Proust, con plumillas de marca Sergent major, y no podía hacerlo sin tener cerca 15 plumas, dos tinteros escolares y un reloj de péndulo; Marguerite Duras necesitaba una botella de whisky, un silencio absoluto, la misma mesa, la misma silla y delante de la misma ventana; el estudio de Thomas Mann estaba lleno de palanganas con agua de violetas, en las que se lavaba las manos; Roberto Bolaño escuchaba canciones de heavy metal en los auriculares mientras escribía; John Cheever creaba en calzoncillos en la cocina de su casa; Gabriel García Márquez tenía una flor amarilla junto a él, Mario Vargas Llosa figuritas de hipopótamos y dicen que Ernest Hemingway un amuleto, una pata de conejo o una castaña en el bolsillo. Supersticiones, excentricidades literarias, quizás sólo mitología. Pero a qué rituales nos acogemos cuando vamos a presentar un libro. En mi caso, agarro con fuerza la Moleskine —creo que es ella la que me sujeta a mí— y me dejo llevar por el miedo de pensar que el público se habrá quedado en la playa, en el bar de la esquina o en su casa. Aunque esto ni siquiera es un ritual; y por lo que parece para convertirse en buen escritor uno ha de ser supersticioso…

La ciudad esperaba con su nueva entrada, sus edificios de colores, su año dedicado a la cultura. Y su café con pintxo de tortilla. El porvenir se mira con otros ojos cuando se tiene el estómago lleno. Con la cabeza nublada era hora ya de dejarse llevar por las preguntas de una escritora amiga, la complicidad del responsable de la librería y la cercanía del público. Último acto para Cuerpos de mujer bajo la lluvia. Todo lo demás tendrán que decidirlo los lectores. Y el tiempo.

De Ferias y otras formas de difundir el libro

Leo en la prensa y en las redes sociales que la Feria del Libro de Bilbao ha sido un éxito. Diez días marcados por las buenas ventas, la presencia abundante de autores firmando sus últimos libros, el apoyo de un público ávido de lectura y las actividades varias realizadas tanto en la carpa como en Bidebarrieta Kulturgunea. Soy testigo a través de Facebook y Twitter de la voracidad arrolladora de uno de los autores locales, cuya última novela, vendida casi al por mayor, parece haberse convertido en un best seller sólo comparable con El código Da Vinci o las obras de Blue Jeans. Las cifras cantan, y si un libro se vende ha de ser bueno, ¿no? El resto de escritores han sido más cautos, los libreros callan en público —en privado es otro cantar—, la organización habla de un diez por ciento de incremento de ventas. Incluso la prensa, reacia a apostar por la cultura, ha dedicado espacio y fotografías al evento. En definitiva, todo parabienes. Da gusto ver que las cosas funcionan y que los libros (en papel) vuelven a ser noticia.

Pero como no todo puede ser bueno, algunas dudas que me surgen tras la Feria de Bilbao. La fundamental: la promoción. Creo que habría que hacer un mayor esfuerzo publicitario en favor de la Feria, como se hace por ejemplo en Gutun Zuria o en La Risa de Bilbao. Porque si a estos dos festivales la gente acude en masa, ¿por qué la Feria parece a veces un erial? También podríamos hablar de los carteles o el programa, que parecen diseñados por un estudiante recién salido de la universidad. Propondría a la organización carteles como los que se hacen en la Feria del Libro de Madrid —en la parte inferior el de este año—, o concursos como el organizado en Huesca, cuyo cartel con un corazón nacido de las páginas de un libro es mucho más sugerente que el dibujo naif de Bilbao. Si cada año montamos un concurso para seleccionar el cartel de los Carnavales o de la Aste Nagusia, qué nos impide hacer lo mismo en la Feria del Libro. Y ya que existe inetrnet, tampoco estaría mal mejorar esa página web sobre la Feria en la que uno busca información y encuentra la nada.

carteles

Desde hace años se discute sobre la validez o no del formato feria. Sé que es complicado, que cuesta regenerarse, modernizarse o simplemente cambiar de esquemas. En Madrid me dijo un librero que los organizadores se habían volcado erróneamente en la escritura salida de youtubers o personajes de la televisión. Nosotros estuvimos un fin de semana, bajo el sol del mediodía y un calor que sólo invitaba a pedir agua. Pero había movimiento. En el Retiro se agolpan más de 370 casetas, en las que se mezclan con claridad librerías, editoriales, distribuidores, instituciones públicas, fundaciones… La web está operativa, aparecen los nombres de las editoriales o de los autores que van a firmar; se pueden incluso ver los diseños anunciadores de los carteles de últimos años. Aunque era un golpe a la vanidad escuchar por los altavoces el número de escritores que firmaban libros: tardaba alrededor de diez minutos en anunciarlos a todos. Si cuando dicen que hay más escritores que lectores…

En Bilbao sorprende que las librerías más importantes de la villa ni se planteen pasarse por la Feria, por no hablar de las editoriales. Eso hace que casi todas las casetas parezcan idénticas, tengan los mismos títulos, incluso los mismos autores firmando. Salvo honrosas excepciones, las editoriales más pequeñas ni se plantean recalar en Bilbao, como hacían antes. Desconozco si es necesario cambiar el formato, si habría que impulsar una feria como la del libro independiente de Santander, cambiar el emplazamiento o reducir el número de días. Si los organizadores y autores presentes en ella han salido contentos, pues nada: el año que viene más.

De “La metamorfosis” a “La transformación”

Leí La metamorfosis cuando era joven porque un amigo me comentó que para ser escritor tenía que leer una de las obras más importantes de la literatura. Le hice caso. Recuerdo que fue una historia que me impresionó, la llevaba conmigo, la ojeaba cuando me paraba a tomar un café, releía lo que me parecía un inicio inmejorable: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto”. Tengo apuntada la fecha de la adquisición del libro: 19 de abril de 1988. Una edición de bolsillo de Alianza Editorial en la que guardo como marcapáginas una de las pegatinas que vendimos para sufragar el viaje de estudios a Italia. A veces los libros conservan ese tipo de memoria. El hecho es que comencé a leer a Kafka con voracidad, prácticamente todo lo que encontraba en las librerías: América, El castillo, Carta al padre… Y me las daba de entendido cuando les decía a mis amistades que La paloma, de Patrick Süskind, sólo era una versión de El proceso.

Con el tiempo fui dejando a un lado la obra de Kafka, hasta que hace unos años el Instituto Cervantes de Praga nos invitó a Luisa Etxenike, Kepa Murua, Seve Calleja y a mí a un encuentro sobre literatura vasca. Fue sorprendente encontrar en todos los rincones de la ciudad referencias al escritor checo y a su obra más internacional. Y no sé por qué razón me pareció una buena idea hacerme a partir de ese momento con ediciones de La metamorfosis en la lengua de los países que visitase. En castellano se han editado al menos tres en los últimos años. Y en euskera, Erein acaba de publicar una nueva edición. Así que me pareció una extraña coincidencia que me pidieran presentar en la Biblioteca Foral de Bizkaia al catedrático Jordi Llovet —uno de los traductores que más saben sobre Kafka—. Llovet participaba en las jornadas que ha organizado el euskaltegi Bilbao Zaharra sobre La metamorfosis, y que culminaban hoy con una lectura en el Arriaga de la novela. En la charla ahondamos más si cabe en la figura del escritor: en el carácter autobiográfico de la obra, la normalidad con la que la familia acepta que Samsa se convierta en un escarabajo, la importancia de la traducción del título —La transformación frente a La metamorfosis—, los motivos que le llevaron a escribir en alemán en vez de en checo, su valor dentro de la literatura universal… Llovet llevaba el número 18 de Revista de Occidente, de 1924, la primera vez que se traducía la novela de Kafka al español. Como para morir de envidia.

Al releer hace unos meses las galeradas de Cuerpos de mujer bajo la lluvia me di cuenta de que La metamorfosis es la excusa usada por la protagonista para abordar al profesor. Como si su presencia siguiera viva en lo que yo también escribo. Más allá de aquella frase que Kafka le escribió a su amigo Oskar Pollak en 1904, a la edad de 20 años, y de la que participo: «(…) un libro tiene que ser el hacha que resquebraje el mar helado que hay dentro de nosotros».

Libros con nueva vida

Hace ya seis meses se abrió en la calle Carnicería Vieja, en pleno Casco Viejo bilbaíno, la librería LIBU, un proyecto piloto impulsado por la asociación Zubietxe en el que se brinda una segunda vida a los libros. Pero no sólo eso: el espacio nace con la idea de que las personas que tienen muy difícil encontrar trabajo encuentren también una segunda oportunidad. De ahí que Libu nazca, como dicen sus promotoras con un valor añadido: será gestionado por personas en riesgo de exclusión social. Además, sus beneficios se reinvierten íntegramente en proyectos sociales realizados en Bizkaia. Libu nace de la mano de tres mujeres: una librera, una licenciada en Bellas Artes y una psicóloga especializada en psicología comunitaria. Y fue precisamente la librera la que me brindó la posibilidad de presentar Cuerpos de mujer bajo la lluvia (Arte Activo) en este nuevo espacio cultural, rodeado de textos clásicos sobre espadachines y damas en apuros, con autores a los que veneramos y quisimos imitar, de libros que nos invitan al pasado de una revolución en Francia o a un futuro de robots y Fundaciones; ediciones en tapa dura, en rústica, con sobrecubierta o con imágenes en color, álbumes de fotos, colecciones de relatos, poemarios que marcaron una época o novelas bendecidas por los premios; títulos que eran parte de una colección que un día empezamos, a los que íbamos a buscar una tarde de jueves al kiosco de periódicos, que releíamos sentados bajo un árbol o como excusa para observar el paso de una mujer por la que nos sentíamos atraídos. Miles de historias reunidas que nos invitan a pasar y a conocer más de ellas. Cada presentación tiene su ritual, su preparación, una sensación distinta de nervisosismo que te atenaza o te provoca sudores fríos, la duda de si los lectores acudirán o no a verte hablar. De si se sentirán obligados a leer lo que has escrito. El sábado, a la hora del vermú o el paseo con los críos, de las rabas o de las compras de fin de semana, nos juntamos para saber un poco más de estos Cuerpos de mujer bajo la lluvia; pero también para conocer a personas que con su labor nos hacen creer.

Lo difícil que es llenar Bidebarrieta

Cuando llegué faltaba casi una hora para que empezara el acto. Una cinta prohibía subir a la sala de conferencias. “La quitaremos poco antes de que empiece la charla”, comentó el encargado con ese tono medido de quienes están cansados de dar explicaciones. “Arriba tienes al técnico de sonido”, tuteó. Minutos antes me había llamado Roberto Lastre, el editor: “El autobús nos ha dejado tirados en la autopista. Estamos esperando a que lo arreglen o a que llegue otro”. “Pero… ¿vais a llegar”, pregunté con un punto de nerviosismo. “Si vemos que se nos echa la hora llamaremos a un taxi, no te preocupes”. Yo lo estaba, y más al ver las dimensiones del salón de actos. Quién puede llenar un espacio como ése, quizás Pérez-Reverte o Carmen Posadas. La presencia de una figura con los rasgos de Unamuno asomándose por el balcón intimidaba aún más. “¿Eres el organizador?, me preguntó el técnico al verme llevar la cabeza a un lado y otro. “Me han dicho que necesitas dos micrófonos de mesa, uno de sala y te he traído otro de petaca por si quieres moverte por el escenario”. Como un predicador; me acordé entonces de Clint Eastwood en El jinete pálido. Al menos ambos íbamos de oscuro y con el micrófono de petaca a modo de cartuchera también yo podía enfrentarme a todo. Hicimos las pruebas pertinentes: al menos nadie podrá decir que no se oía. Desde la mesa observé la sala y saqué una foto con las trescientas butacas vacías. Y esperé: a Itziar Mínguez, maestra de ceremonias, que volvería a mostrar su habilidad para desmenuzar Cuerpos de mujer bajo la lluvia, la novela que excusaba nuestra presencia en Bidebarrieta; a Roberto Lastre y a su mujer, que finalmente llegaron a tiempo para colocar ejemplares del libro a la venta; y al respetable —qué gran término—: pareja, amigos, familia, escritores, paseantes despistados, seres de otra galaxia, fantasmas del pasado… Todos juntos envolviéndome con su calor y sus sonrisas cómplices. Con semejante público uno puede ya sentirse tranquilo y levantarse, pasear por el escenario emulando a Steve Jobs -o a un Burt Lancaster de vendedor ambulante, o a un político en campaña con el rostro de Robert Redford-, y hablar de sus miedos, de sus alegrías, de lo hermoso que es que una novela salga a la calle y un lector se interese por ella.

Frío en la calle, calor entre libros

Es otro de esos días de un invierno que parecía haber remitido. Está anocheciendo. El editor, Roberto Lastre, me ha dicho que le llame en cuanto llegue a Vitoria, pero necesito unos breves minutos para interiorizar lo que voy a contar sobre la novela. No es lo mismo hablar a un público anónimo que a personas que ya conocen tus tics, que incluso los toleran o le hacen gracia. En la librería Mara Mara se respira el aroma a ilusión,a proyecto en el que hay puestas muchas esperanzas, quizás incluso sueños. Llama la atención la cordialidad de la dueña, el contacto cercano con lectores a los que ya conoce y a los que recomienda lecturas. Se acerca a una estantería —de ésas que parecen sacadas del salón de un lector voraz— y recomienda dos o tres títulos de editoriales independientes, poco habituales en otros lares. «Te van a gustar», le dice a una clienta.

Los asistentes a la presentación de Cuerpos de mujer bajo la lluvia son conocidos del editor, amigos de un proyecto que lleva ya quince años intentando introducirse en la vorágine del mundo editorial. Hay algún escritor, pero ya se sabe que los autores no son muy dados a asistir a presentaciones de libros. Escribir necesita tiempo, soledad, introspección. Aun así, Lastre quiere conmemorar la efeméride juntando a todos aquéllos que han formado parte de su catálogo: charlas, mesas redondas, encuentros en los que corra el vino y se hable de libros. Pero eso será en próximas fechas. Ahora toca hablar de mi libro: qué daño hizo Umbral. Y luego las preguntas del respetable. Una de las asistentes a la presentación se queja de que los más jóvenes no se acercan ya a los libros, pegados como están a los teléfonos móviles. Y uno, ajeno a las divagaciones sobre la escasez o no de lectura, se levanta y dice: «Hagamos como ellos».  Si no puedes vencerles, únete a ellos. Publicidad a golpe de selfie e Instagram.