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En defensa del cine español (y vasco)

El cine español se ha hecho mayor, lo demuestran los números de taquilla y la calidad de los filmes que se presentan. También una nueva hornada de actores, que no es tan nueva porque llevaba lustros ejerciendo de secundarios de lujo, buscándose un hueco en el proceloso mundo de la actuación —o de cualquier arte— y de directores cargados con maletas de ideas frescas.

Tan sólo reflejaré la lista de los ganadores de los premios Goya de esta década como ejemplo de lo que digo: Pa negre, de Agustí Villalonga (2011), No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu (2012), Blancanieves, de Pablo Berger (2013), Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba (2014), La isla mínima, de Alberto Rodríguez (2015), Truman, de Cesc Gay (2016) y Tarde para la ira, de Raúl Arévalo (2017). A este primer film de Arévalo como director —un actor de registros variados que mostraba su buen hacer también detrás de la cámara— se sumaban algunas películas superlativas, de ésas que un crítico de la cinematografía hispana hubiera valorado sin sonrojarse o poner en tela sus prejuicios: Un monstruo viene a verme (de J.A. Bayona), Cien años de perdón (lo mejor de un irregular Calpasoro) y Que Dios nos perdone (de Rodrigo Sorogoyen, o cómo hacer buen cine negro español sin echar de menos True Detective).

En la próxima edición de los Goya hay tres claras favoritas: Handia, de Aitor Arregi y Jon Garaño, El autor, de Manuel Martín Cuenca y La librería, de Isabel Coixet, con 13, 12 y 9 nominaciones respectivamente. En el primer caso, el hecho de que se trate de una película en euskera y basada en un personaje real, el llamado Gigante de Altzo, le otorga una mayor relevancia si cabe. No sólo es una gran película de época, con dos actores sobresalientes (Eneko Sagardoy en el papel del gigante Joaquín y Joseba Usabiaga en el de su hermano Martín) sino que permite hacerse una idea de la discriminación lingüística y social en la España del siglo XIX (recomendable acercarse al filme en versión original, porque comprenderíamos mejor las dificultades de estos dos hermanos en la corte de la malcriada reina Isabel II).

Por otro lado están dos filmes que se adentran de una manera u otra al mundo literario. En La librería, una joven decide montar una tienda de libros en un pequeño pueblo de la costa inglesa con la oposición de las fuerzas vivas de la localidad (con un guion basado en una gran novela del mismo título escrita por Penelope Fitzgerald, a la que cualquier amante de la literatura debería acercarse); en El autor, un pasante de notaría se empeña en escribir la novela de su vida, asiste a un taller literario impartido por un profesor caradura y comprueba con desgana el éxito editorial de su mujer gracias a una obra que considera menor. Dos ejemplos antagónicos, que muestran sin embargo la relación que siempre ha existido entre la literatura y el cine, narrados de forma más costumbrista por Coixet —aficionada a relacionarse con actores internacionales y a rodar en inglés, pero que no logra perfilar, en este caso, el comportamiento de los personajes, que aparecen planos, sin vida, sin motivaciones claras de sus actos—, y más realista por Martín Cuenca —que cuenta aquí con la inestimable presencia de un Javier Gutiérrez que vuelve a bordar el papel como ya lo hiciera en La isla mínima—.

Tengo amigos que no ven cine español. Creo que se equivocan. En esta pequeña relación de grandes largometrajes me he dejado algunos títulos. También otros que fueron recibidos con alharacas pero que acabaron siendo humo. Quizás no se trate de un cine tan espectacular como los blockbusters americanos, pero cuentan cada vez más con guiones, directores y un reparto excepcionales.

Artículo aparecido en el nº 182: enero-febrero 2018 de la revista Espacio Luke.

Abandonando las salas de cine

Cada vez veo más cine en casa, en un televisor de tamaño mediano que me compré hace unos años y que, si apago la luz, me brinda la sensación de estar en unos multicines. Sigo prefiriendo la sala oscura y la pantalla grande, pero soporto peor a mis compañeros de butaca: ese empeño por mirar el móvil en mitad de la proyección, o que lo abran para responder un WhatsApp, o que alguien conteste una llamada apatentemente vital para el receptor —sí, prefiero carne en vez de pescado—, o que se rían de chistes que no lo son o no dejen de hablar en toda la película —conversaciones privadas que poco tienen que ver con lo que están viendo pero que deben de ser igual de trascendentales como para no tratarlas en la calle o en casa—.

En su último libro, Los refugios de la memoria (Editorial papelesmínimos) el escritor vallisoletano José Luis Cancho dice valorar las artes silenciosas, la literatura, la pintura, un aspecto que quizás tenga que ver con la edad, que le molesta el volumen atronador de las salas de cine. Un sonido que te envuelve como si el director quisiese meterte también en la película. Hace unos años mi tía me dijo algo similar: había dejado de ir al cine por el permanente estado de tensión que le había provocado el largometraje: los sonidos surgían de un altavoz a la izquierda, se desplazaban luego a la derecha, y hacia atrás, aspectos que la despistaban, que la hacían desconectar del argumento. Y a eso se añadía el movimiento veloz, acelerado, urgente, de un cámara con Párkinson. Salió de la sala mareada y decidió no volver a sufrir tamaña experiencia. En el salón de su casa las películas le resultaban más pausadas, menos estrepitosas.

Desde unos meses a esta parte siento que el volumen de los filmes de accción se ha multiplicado. Me pasó este verano con Atómica, de Charlize Theron, y especialmente con Baby Driver, cuya banda sonora era como meterse un chute de adrenalina. Y a la orquesta de ruidos se le añadía el empeño de nuestros compañeros de proyección en que supiésemos que también ellos estaban allí. Se sentó delante de mí un tipo cuya ropa no había pasado por una lavadora en meses. Me temo que tampoco él era asiduo a la ducha, a juzgar por el pringue de su cabello. De pronto la sala se llenó de un olor acre, a sudor, a tabaco rancio, a establo. Y pensé que a las nuevas tecnologías cinematográficas les faltaba algo de eso. Ya no bastaba con el 3D, el Dolby Surround 7.1 o el THX. Lo verdaderamente novedoso sería que los espectadores descubriéramos los olores de los espacios en los que se movían los protagonistas. Que experimentáramos la sensación de entrar en un laboratorio forense, y nos llegara esa vaharada que anticipa el descubrimiento de un cadáver y que parecía haber inundado aquella tarde nuestra proyección.

Aparecido en el número 180 de septiembre-octubre de la revista Luke.

¿Alguien sabía dónde estaba Dunkerque?

De repente el cine nos ha devuelto a un tiempo y a una batalla. Se trata de Dunkerque, la operación de rescate que en plena Segunda Guerra Mundial permitió que miles de soldados británicos fueran evacuados de las costas de Francia. Un hecho que encumbró a Churchill como gran estadista y que permitió que los ingleses vendieran la derrota como una victoria. Dos películas magnifican dicha batalla: Durkerque, de Christopher Nolan, y Su mejor historia, de la directora danesa Lone Scherfig.

Tras la trilogía del Caballero Oscuro e Interstellar, Nolan se adentra en la descripción de un hecho histórico que curiosamente, y pese a tratarse de un film bélico, tiene menos de espectacularidad que de retrato humano. Porque aunque transcurra en plena guerra, Dunkerque es una película íntima, cuya narrativa se acerca más a Memento —aquel film sobre un detective incapaz de recordar algo si dejaba de prestarle atención, que buscaba al asesino de su esposa a partir de fotos que sacaba de los momentos trascendentes y tantuándose el cuerpo, y que estaba contada del final al principio, a base de analepsis y prolepsis— que a una con un orden cronológico tradicional.

En Dunkerque los acontecimientos transcurren a lo largo de una hora, un día y una semana, y se cuentan desde diferentes perspectivas que convergen y permiten al espectador construir el puzle de este rescate en el que participaron cientos de pequeñas embarcaciones —o como ordenó Churchill, «todo lo que flotase»—, que recorrieron las cuarenta millas que separan las dos costas del Canal de la Mancha. Apenas hay sangre, los diálogos son escasos —la banda sonora de Hans Zimmer se encarga de subrayar las emociones—, pero la tensión permanece desde el comienzo. Una cinta que es además la más corta de la filmografía de Nolan, acostumbrado a sobrepasar de largo las dos horas. Dunkerque transmite veracidad, miedo, indefensión, y quizás sólo podríamos reprochar que su director haya soslayado el contexto, explicar por qué hubo que evacuar a los casi cuatrocientos mil soldados aliados, o qué pasó con los franceses, encargados de contener a los nazis.

Pero como apuntaba, otro largometraje refleja los acontecimientos de la llamada Operación Dinamo, que convendría ver justo después de la anterior. Su mejor historia muestra la importancia de la imagen y en concreto del cine como elemento de propaganda. Ante la situación de guerra con Alemania, y después de la derrota de Dunkerque, el Ministerio británico de Información ordena producir una película que glorifique la evacuación y la supuesta hazaña de dos hermanas que se lanzaron en un barco a salvar a sus compratiotas. La producción servirá para exaltar el heroísmo de la gente corriente, para levantar la moral de una población y unas tropas que se sienten derrotados. La labor de la guionista —la actriz Gemma Arterton—, una mujer en un mundo de hombres no sólo consistirá en lograr que el argumento cale en el público sino que se lleve a cabo reflejando el lado femenino. Su mejor historia narra las dificultades de la construcción del guión, de un rodaje en plena guerra, y lo hace centrándose en los personajes e intercalando lo dramático con lo cómico —genial Bill Nighy en el uso de ambos registros—, en lo que puede parecer un film ligero pero que conserva el pulso de las historias contadas para permanecer en el recuerdo.

Artículo aparecido en el número 179 de julio-agosto de la revista Luke.

El ataúd de cristal

Huyo de las películas de terror. No soy adicto a los sobresaltos gratuitos, a la tensión opresiva o a los personajes desencajados. Tampoco a la casquería gore ni a la sangre a chorro de Tarantino. Siempre he concebido el cine como un arte en el que ha de primar el guión, pero en el que he buscado una amplia dosis de entretenimiento. De ahí que los filmes que me describen la cruda realidad social, el mundo de las drogas o el maltrato físico y psicológico provoquen en mí cierta tendencia a la huida. Los veo, valoro su calidad —o su carencia— y tiendo a olvidarlos.

Algo parecido me sucede con cintas como Saw, La noche de Halloween, Pesadilla en Elm Street o The eye, por citar algunos ejemplos, a las que procuro no acercarme. Las pasé canutas cuando vi El exorcista, a pesar de que me quedo embobado cada vez que escucho Tubular Bells; y admito que Psicosis es una gran película, aunque el rostro de Norman Bates (Anthony Perkins) en la última escena sigue produciéndome una agobiante desazón.

Con motivo del FANT de Bilbao tuve la oportunidad de asistir a la proyeccion del primer largometraje del cineasta bilbaino Aritz Zubillaga, El ataúd de cristal, consciente de que no es el género en el que mejor me muevo. Me atraía la idea de que toda la película se desarrollase en una limusina tanto como el hecho de que conociese al director. Zubillaga, además, había recibido el reconocimiento de la crítica y el público con sus siete cortometrajes anteriores, en especial Las horas muertas —nominado al Mejor Cortometraje Fantástico Europeo para los Méliès de oro 2008—, Autoestigma y El método. El hecho de que estos dos últimos se desarrollasen también dentro de vehículos y que todos los cortos fuesen thrillers planteaba para empezar un interesante universo creativo.

El ataúd de cristal es la historia de una actriz —interpretada por la tinerfeña Paola Bontempi—, a la que recoge una limusina para ir a recibir un premio cinematográfico a su carrera y que verá cómo el lujoso vehículo se convierte en la peor de sus pesadillas. Del lujo pasamos a la claustrofobia, de la belleza al horror, empujados por la violencia física y psicológica. La actriz se transforma en un pelele en manos de su secuestrador, y el espectador en un voyeur de los peores instintos del ser humano.

La película es un ejemplo de desasosiego gracias al guión —a veces un tanto excesivo— escrito a cuatro manos entre el propio Zubillaga y Aitor Eneriz, a la fotografía de Jon D. Domínguez, a la inquietante música de Aranzazu Calleja y a una muy buena actriz que sabe transmitir el dolor y la degradación de su personaje. Setenta y cinco minutos de proyección y el regusto final de que el éxito produce monstruos que a veces no somos capaces de identificar.

Artículo aparecido en Espacio Luke, número 178 mayo-junio 2017

Bye bye Bond, James Bond

Para quienes ya cargamos con una edad, hablar de James Bond es hacerlo de Sean Connery y Roger Moore. Connery, elegante, viril, mujeriego y duro como sólo lo podría ser un personaje en los años sesenta y setenta; Moore, irónico, con su aspecto de caballero inglés que está de vuelta de todo y que no acaba de creerse ni el guión ni el papel. Él sería el actor que más veces se ha metido en la piel de 007, el de las películas más desenfadadas y seguramente más excesivas, repletas de gadgets, malvados cercanos al exceso y mujeres que, como decía el propio Moore, en las últimas películas —cuando él ya contaba con casi 60 años— podían haber sido sus nietas. Había algo cercano en el Bond de Moore, quizás la sensación de que cualquier podía haberse convertido en un agente con licencia para matar, o que muchas de las escenas parecían construidas en cartón piedra: desde el descenso por el funicular o aquella góndola fueraborda en Moonraker, los autos locos y personajes de sainete de Vive y deja morir, o las persecuciones en un coche partido por la mitad en Panorama para matar, su último acercamiento al personaje, en el que cualquiera veía ya que el actor no estaba para demasiados trotes. Cuando recupero aquellas cintas tengo la sensación de estar ante películas descacharrantes, antiguas, que han envejecido mal. Pero de las que disfruto con una sonrisa, igual que la que iluminaba el rostro del actor. Quizás asesorado por su primer agente cuando le dijo aquello de “No eres tan bueno, así que sonríe mucho cada vez que salgas”. De su papel de Bond dijo Moore que le gustaba pero que las situaciones que vivía eran “ridículas. En teoría es un espía pero todos saben que lo es. ¿Qué tipo de agente secreto es reconocido allá donde vaya? Es escándaloso, así que había que tratarlo con un humor igual de escandaloso”. Nos quedan sus filmes: Vive y deja morir, El hombre de la pistola de oro, La espía que me amó, Moonraker, Solo para sus ojos, Octopussy y Panorama para matar, su última aparición como el agente secreto más famoso del mundo, una película que le horrorizo. Con ese humor quizás inglés dijo una vez: “Me encantaría ser recordado como uno de los mejores Rey Lear o Hamlet de la historia. Pero, ya que no va a ocurrir, estoy bastante contento de haber sido Bond”. Y los cinéfilos también.

“La última librería del mundo” surge del frío

En marzo Rax Rinnekangas estuvo de visita en Bilbao para buscar espacios en los que proyectar La última librería del mundo, un ambicioso proyecto vasco-finés en colaboración con la productora alavesa Sonora Estudios. Director, fotógrafo, escritor —sus obras Fabricando ladrillos de luz para la casa de Ícaro y La partida han sido traducidas al castellano por la editorial El Desvelo—, desde 1999 dirige con su mujer, Arja Rinnekangas, Lurra Editions, un nombre vasco que nace de los cinco años que vivieron en Euskadi y de su amor por esta tierra. La editorial pretende difundir la literatura europea de calidad, con escritores en su mayor parte alemanes —Thomas Bernhard, Pete Handke, Martin Walser—, aunque en su catálogo destaca la presencia del guipuzcoano Joxemari Iturralde. Rinnekangas cree que nos encaminamos inexorablemente hacia la extinción del libro en papel. Su último largometraje alerta de este peligro. “Desde hace veinte años la literatura de calidad mundial en formato papel tiende a la baja”, apunta el director. “Las grandes editoriales publicaban a autores como Peter Handke, pero al ser escritores que venden poco, se han visto recluidos en sellos como el nuestro. Hoy en día el mayor contenido literario está en editoriales pequeñas. En Finlandia viven alrededor de cinco millones de personas. Antaño podían venderse unos 800 ejemplares de Handke; hoy apenas 200. Y es algo mundial. Las librerías a pie de calle están muriendo, Internet se ha convertido en una tienda invisible que está produciendo un efecto en la literatura. El lector actual es como un niño que no madura, al que le falta educación lectora. Y la política tiende a que los libros el papel desaparezcan: en Alemania ya hay planes para una nueva quema de libros, pero no con intención ideológica, sino porque han perdido importancia en favor de Internet. No hay sótanos, ni almacenes donde guardar toda la producción literaria en papel. Con un ordenador basta. Ese es el futuro. La última librería del mundo narra la historia de cuatro personas que viajan por el desierto buscando un lugar remoto donde levantar una librería en la que almacenar los últimos libros de calidad y esperar a sus lectores”.

En opinión de Rinnekangas, su película es un manifiesto. “La lectura en papel necesita una actitud, una capacidad de reflexión y pensamiento. Si los perdemos también perderemos la civilización, el entendimiento de otras culturas a través de la traducción, no surgirán preguntas cómo quiénes somos o hacia dónde vamos. Durante ese viaje, los protagonistas del film hablan sobre la importancia de la lectura, sobre la historia de la literatura o de los libros que han cambiado su vida, uno de ellos, Obabakoak.”

El largometraje se ha rodado en Los Monegros, Las Bardenas Reales y en la librería Astarloa de Bilbao. “Estamos organizando una red de cien espacios de proyección, a la que ya se han apuntado Canadá, Portugal, Suiza, Alemania o Turquía. En abril difundiremos un teaser de siete minutos para encontrar otros países. Y queremos que se proyecte en Bilbao. Las proyecciones serán entre octubre de este año y mayo de 2018, y nos gustaría contar con escritores locales, que se organicen charlas, coloquios con el público. La película va a tener subtítulos en castellano, francés, inglés, alemán, finés y sueco. Y si hubiera financiación, en euskera. Nuestra intención es que el mayor número de personas hable de la película como un proyecto solidario en defensa del libro.”

Publicado en el periódico Bilbao en mayo de 2017.

(Fotografía de Miguel San Cristóbal)

Los mejores gazapos de cine

Después del error cometido en la 89ª edición de los Oscar anunciando La La Land como mejor película en vez de Moonlight, y el sonrojo de dos estrellas como Faye Dunaway y Warren Beatty, viene bien acercarse a un libro que explique alguno de los grandes errores que ha dado el séptimo arte. Me refiero a Goof. Los mejores gazapos del cine, de Víctor Arribas, recientemente publicado por Espasa. Las nuevas tecnologías, las redes sociales o la constante información con la que nos bombardean permitieron que la equivocación de los actores de Bonnie & Clyde se hiciese viral y llegase a cada uno de nuestros hogares, analizando cada gesto, cada sonrisa ladeada, los rostros de póker de quienes se dieron cuenta de que la equivocación se debía a su interés por subir a Instagram una foto de Emma Stone con el Oscar a la Mejor Actriz, en vez de hacer su trabajo.

Son precisamente las nuevas tecnologías las que nos permiten descubrir a día de hoy muchos de los gazapos en los que incurrieron algunas de las mejores películas de todos los tiempos. Dos ejemplos: en la famosa carrera de Ben-Hur, de William Wyler, los delfines que se voltean al paso de las cuádrigas no se han movido en la tercera vuelta o desaparece misteriosamente una corona de laurel; y en Con la muerte en los talones, de Alfred Hitchcock, uno de los niños se lleva las manos a los oídos segundos antes de que Eve Mary Saint dispare a Cary Grant.

Es habitual ver a figurantes con relojes de pulsera en películas de romanos, un avión que cruza el firmamento en Troya, pantalones vaqueros en Piratas del Caribe o Gladiator, por citar algunas películas. —Como curiosidad, existe una página web llamada MovieMistake.com, en la que se ha llegado a hacer una lista de las diez películas con más gazapos, en la que abre la lista Apocalypse Now con 562 y la cierra La guerra de las galaxias con 278 errores—.

Más allá de estos gazapos analizados con profusión por Arribas, el libro permite seguir las apariciones de muchos directores en sus propios filmes siguiendo la estela de Hitchcock (Scorsese, Spielberg, Coppola…), los papeles que iban dirigidos a una actriz o actor y que acabaron en manos de otros (el caso más conocido, el de Indiana Jones, que era para Tom Selleck, pero también Cary Grant al que tentaron para hacer de James Bond o Michelle Pfeiffer, la primera opción para convertirse en la Clarice de El silencio de los corderos), o el análisis sobre remakes que podrían haberse evitado o grandes actores/directores a los que nunca concedieron un Oscar. Un libro repleto de pequeñas historias, un disfrute para los cinéfilos.

Artículo aparecido en el número 177 (marzo-abril) de la revista Luke.

El humor alemán de “Toni Erdmann”

Galardonada con cinco Premios del Cine Europeo —Mejor película, director, guión, actor y actriz—, el Premio FIPRESCI del Festival de Cannes o el de Mejor película extranjera del Círculo de Críticos de Nueva York, una de las sorpresas del pasado año ha sido Toni Erdmann, filme alemán escrito y dirigido por Maren Ade. Con tono agridulce, a veces surrealista, otras tan real como humano, la película describe la relación entre una hija (Sandra Hüller) y un padre muy poco convencional (Peter Simonischek). La joven ha triunfado profesionalmente, o al menos es lo que quiere transmitir a su familia, trabaja en una empresa alemana con sede en Bucarest, vive sola y su mundo se rige por la idea de que su profesión es lo más importante; al padre le gustan las bromas, tiene tendencia a disfrazarse —en su bolsillo guarda siempre una dentadura postiza—, y un punto humanitario que le lleva a intentar agradar al prójimo sin adentrarse demasiado en sentimentalismos ni grandes debates. Él también vive solo, aunque mantiene una buena relación con su ex y su nuevo marido, con una madre anciana y un perro moribundo. Padre e hija apenas tienen contacto más que el que brinda el teléfono. Sin embargo, consciente de que ella no es feliz, decide viajar a Bucarest a visitarla, provocando momentos de tensión con los jefes de ella que se vuelven disparatados cuando decide adentrarse en su mundo disfrazado de Toni Erdmann.

A partir de este momento, el espectador asiste al absurdo de quienes viven con el envoltorio del dinero, en una sociedad de contrastes entre el derroche y la necesidad, y atiende a las dificultades no sólo de la relación paterno-filial, sino también a los sinsentidos de la amistad o el compañerismo laboral. La directora juega con el esperpento —la primera aparición de un Toni Erdmann entristecido porque se le ha muerto su tortuga, o la salida de la casa de ella con unas esposas de las que han perdido la llave—, con los vacíos en los que nos sumergimos a diario, los silencios largos en esos diálogos en los que no se sabe qué decir, las meteduras de pata frente al jefe cuando se ha de edulcorar la verdad…

Toni Erdmann es una comedia extraña por lo surrealista de sus situaciones, arriesgada en los planos estáticos o en un ritmo que la llevan a tener una duración de casi tres horas. Es quizás éste uno de los defectos subsanables: los 162 minutos hacen que escenas de la parte central de la trama acaben desgastando al espectador, a veces por repetitivas, otras por la morosidad de sus diálogos. Aunque cuando parece que la historia va a seguir por estos derroteros, la directora nos sorprende con una curiosa fiesta de cumpleaños y vuelve a recuperar el pulso hasta el final. Sin que nos abandone ya la sonrisa de los labios.

Artículo publicado en la revista virtual Espacio Luke de Enero-Febrero 2017.

Películas sobre escritores: “El editor de libros” y “El ciudadano ilustre”

Se han estrenado estos días dos películas que cuentan con un breve nexo común: ambas tienen como protagonista a un escritor y muestran de alguna manera la fuente creativa de sus obras. Por un lado está El editor de libros, filme americano que relata la relación entre Thomas Wolf y su editor Maxwell E. Perkins, descubridor de algunos de los grandes autores americanos de la primera mitad del siglo XX —Hemingway o Scott Fitzgerarld— y responsable de pulir y publicar dos de las grandes novelas de Wolf: El ángel que nos mira y Del tiempo y el río. Por otro lado, El ciudadano ilustre, película argentina seleccionada para representar a su país en la próxima edición de los Oscar y ganadora de varios premios, entre ellos la Copa Volpi al mejor actor y el Premio del Jurado Joven del Pasado Festival de Cine de Venecia.

Dos películas resueltas con desiguales trazos, pero basadas en la gran interpretación de sus actores. En la primera, Jude Law, Colin Firth, Nicole Kidman y Laura Linney son los cuatro pilares que sustentan este largometraje nacido de una historia real; en la segunda, son los personajes que pululan el pueblo argentino de Salas, seres surrealistas, a veces esperpénticos, que podrían recordar a aquéllos que inmortalizara David Lynch en Twin Peaks, pero fundamentalmente es su protagonista, el actor bonaerense Oscar Martínez, al que odiamos, perdonamos, comprendemos y con el que llegamos a empatizar.

Centrémonos en esta última. Dirigida a cuatro manos por Gastón Duprat y Mariano Cohn, El ciudadano ilustre narra las peripecias de Daniel Mantovani, un escritor argentino que ha sido bendecido con Nobel de Literatura y cuya obra ha retratado a los habitantes de Salas, el pueblo que le vio nacer y al que no ha vuelto desde que comenzó a escribir. Ahogado por las responsabilidades del premio, sin capacidad ni tiempo para pensar en una nueva novela, recibe una carta del ayuntamiento de Salas que le invita a recibir la mayor distinción municipal: la medalla de Ciudadano Ilustre. Contra todo pronóstico, el escritor decide acudir a su pueblo, donde se rencontrará con su antigua novia, con compañeros de colegio, pero sobre todo con una vida provinciana alejada de la mirada más cosmopolita del escritor. Salas no ha evolucionado, sus habitantes deambulan por unas calles ancladas en el pasado y se sienten orgullosos de ello, de sus costumbres, de su día a día amable y plano. En este sentido, Mantovani representa el progreso, la fascinación de quien ha logrado el éxito, pero también la negación de lo oriundo, de lo propio, de la crítica ante lo que consideramos nuestro. La película trata con humor estas diferencias, para ir tornando hacia lo dramático, sin que el espectador pueda intuir cuál será el siguiente paso de este protagonista vanidoso e inteligente que quizás haya escogido la invitación equivocada.

Crítica aparecida en la revista digital Espacio Luke del mes de diciembre de 2016.

Las lágrimas de Debbie Reynolds

Hay actores a las que recordaremos por el personaje de una película, escritores que parece que sólo escribieron un libro, cantantes o grupos musicales que bebieron del éxito de una canción afortunada y que luego desaparecieron. La actriz Debbie Reynolds es uno de esos casos. También el de su hija Carrie Fisher. La segunda siempre será la princesa Leía. A la primera todos la recordamos por su papel en Cantando bajo la lluvia, seguramente uno de los mejores musicales que ha dado la historia del cine. Ella era Katty Selden, una actriz de teatro desconocida que se enamora de Don Lockwood, la estrella del cine mudo que interpretaba Gene Kelly. Reynolds dijo en una ocasión que hacer Cantando bajo la lluvia y parir fueron las dos experiencias más difíciles de su vida. Las dos que marcaron su vida. Que muriera ayer, mientras preparaba el funeral de su hija, me remite a esa imagen de una joven actriz de diecinueve años de cuyos ojos nacen dos hermosas lágrimas. Qué más da lo que viviera después: mejor recordarla así.