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¡Es la economía, estúpido!

“Es la economía, estúpido”, fue una frase utilizada durante la campaña electoral de Bill Clinton en 1992 contra George Bush (padre). Y es la economía es lo que me digo cada día cuando intento explicar gastos que no entiendo. Por ejemplo: quién paga a Puigdemont su estancia en Bruselas, o los viajes de miles de partidarios de la independencia que coparon la capital europea con su esteladas hace unas semana; quién paga los coches oficiales, las campañas electorales, los sueldos multimillonarios de los consejeros de cualquier banco o empresa eléctrica, los rescates bancarios, las duplicidades de instituciones públicas y parlamentos autonómicos, el sueldo del rey y su familia y sus colaboradores, los miles de asesores que hay en el país, el cementerio de elefantes del Senado, lo que antes denominábamos la Corte y que son los mismos perros con otros collares. Y más que iré añadiendo. Esto sólo ha sido una vomitona inicial. Pero en cualquier caso, sí, nosotros, y los impuestos que comenzarán a subir en cuanto llegue el uno de enero. Y si no, al tiempo…

Raca raca la matraca (o el canto de la guacharaca)

Hoy la noticia, amigo mío, me ha dicho Montero, no es que Puigdemont haya huido con el rabo entre las piernas con cinco de sus exconsellers a Bélgica, dicen que a pedir axilo político sino que en la cárcel de Soto del Real el compañero de Jordi Sànchez, ya sabes, el presidente de la ANC, ha pedido que le cambien de celda harto de la matraca independentista del tío. Que dice que es un chapas, que se pasa todo el día hablando de la independencia y que ya está bien. Que él está en la cárcel pero no tiene por qué aguantar la doble condena del cansino y aburrevacas. Imagínate al tipo todo el día que si Cataluña por aquí, y por allá, y ahora estelada, y después independencia. Como el sonajero de un niño o la matraca de las ferias de los pueblos. En Venezuela y Colombia hay un pájaro al que llaman guacharaca, una especie de cotorra, que se pasa todo el rato gritando guach guach guach guach guach guach. Muy desagradable, se mire como se mire. Lo curioso es que también llaman así en Panamá a una especie de sonajero construido con una calabaza, en cuyo interior meten piedrecitas. Pues Jordi Sánchez es como una guacharaca. Y mira que el otro era uno de esos presos que llevaba sin quejarse desde que lo encerraron. Cómo será el Jordi ese, que según llegó ya se quejó de que le trasladaran de módulo porque un preso le había gritado Viva España. Piel muy sensible se llama a eso, para lo que quieren, claro. Todo este tema del independentismo es ya una cuestión de agotamiento. Que estamos tan hartos, amigo, que me parecería bien que se independizaran, a ver si así dejamos de oír hablar del Process, del 155 y de tipos que están en política porque no sirven ni para liar canutos. Estoy por proponer a la Academia una nueva acepción de guacharaca: runrún independentista, cacerolada, murga de los políticos, sindicatos y otras especies afines. Quizás como sigamos así acaben haciéndome caso.

Que sí, pero no, o todo lo contrario

Al igual que muchos de nosotros, Montero no acaba de creerse lo que está sucediendo en las últimas semanas en el país. O lo que dice la prensa que está sucediendo. En Cataluña y en España (en el Estado español, por eso de las suspicacias). Hoy le he visto aparecer en el bar con una bolsa y dentro un teléfono de baquelita negra, que guardaba su abuelo en casa, y me ha preguntado mi opinión sobre el sí es no de Puigdemont, la independencia o las caras que se les quedaron a los independentistas en Barcelona. “Un poema”, me ha dicho, “los que estaban en la calle saltaban de alegría al pensarse independientes, que debe de ser muy doloroso tener semejante sentimiento tan interiorizado, ha de doler o algo así para llorar al ver que no, que ya no, o que quizás más tarde, y me pregunto si no tendrán otros problemas en su vida, trabajo precario o simple dolor de estómago”.

He sonreído al oírle hablar. Quizás no tengan otras preocupaciones, le he dicho. Y me ha mirado con un mueca de sarcasmo dibujada en su cara. “Quizás se hayan pensado que al ser sólo catalanes van a ser más altos, más guapos o más listos. Bueno, listos no. Porque se seguirán dejando engañar, como todos nosotros, y los Pujol se saldrán de rositas, y nadie responderá por ese 3% que se llevaban bajo la manga y del que todo el mundo estaba enterado. No se trataba del España nos roba sino de CIU nos palea. Pero a la CUP todo eso se la resbala”, ha apuntado mi amigo, “la CUP es como la Batasuna catalana, sólo tienes que ver las pintas, el corte de pelo giputzi de su líder y el aspecto de recién bajados del monte que se les ha quedado a todos (y todas)”.

Se ha reído de su propio chiste y ha sacado el teléfono dejándolo sobre la barra.

“Y luego está el presidente, a Rajoy me refiero, preguntando por carta a Puigdemont si se ha declarado independiente o no. ¿Una declaración de independencia en diferido? Si está claro que CIU y el PP cada vez se parecen más. Hablan de hacer cosas en diferido, como los pagos aquellos al tesorero Bárcenas. Todo esto es como un vodevil o un chiste sin gracia”.

Ha cogido el auricular, se lo ha llevado a la oreja y ha simulado marcar un número.

“¿Es la Generalitat? Soy Rajoy, ponme con el President…” Ha tabaleado un rato sobre el mostrador. “Puigde, oye, que soy Mariano, que al final lo de ayer no me quedó claro, ¿os vais o no? Es para saber qué hacer. El 155 y eso, ya sabes, ¿me lo podrías aclarar? Que tengo al país revolucionado, y al pequeñín de Ciudadanos de mosca cojonera, y a la Cospe con los tanques; y como mañana es el Día de la Hispanidad he mandado a mi cuñado imprimir un millón de banderas. A ver si les damos salida… Bueno… pero me dices el lunes, ¿eh?”

Montero ha vuelto a colgar el teléfono y me ha mirado con un gesto de decepción.

“En fin… Gila hubiese hecho un gran chiste con todo esto”.

El ejemplo de la sinrazón política

Lo ocurrido en Cataluña ayer es un ejemplo más de la sinrazón en la que vivimos desde hace unos años. Un auténtico esperpento que si no fuese por la seriedad de los hechos formaría parte de la mejor de las películas de Berlanga. Por un lado, los Mossos acercándose a un colegio electoral tomado por decenas de personas para impedir el voto y preguntando: ¿se puede entrar? ¿No? Pues nos vamos. O a jóvenes levantando muros con paquetes de arena o cemento para impedir la entrada de la Policía. La de fuera, la ajena, la opresora, se entiende. O las urnas retiradas por la Guardia Civil. O gente cargando con bolsas de basura repletas de papeletas que ni la Pantoja, o votando en la calles. Y por otro, las lamentables escenas de miembros de la Benemérita y de la Policía Nacional dando estopa a quienes les impedían el paso: ochocientos y pico heridos, nada menos. También, las imágenes de esos ciudadanos que se revolvían tirando sillas al paso de los agentes, o persiguiendo en masa los furgones policiales o… Como si la violencia fuese una solución, como si desde las instituciones públicas no hubieran podido evitar semejante grado de tensión. Parecen abocados a la máxima: cuando peor, mejor.

A estas alturas creo que ni el Gobierno español ni el catalán tienen razón, pero paralizar una movilización electoral —sea considerada ilegal o no— a golpes demuestra que hay un problema de difícil solución. Un problema que se ha enquistado por la falta de cintura de los políticos, esos seres cuya incapacidad de llegar a acuerdos ha logrado que estemos en un callejón sin salida. Las imágenes de hoy de estudiantes en las calles de Barcelona o las previsibles de mañana con la convocatoria de una huelga general de carácter político sólo provocan incertidumbre. Y a eso añadiremos las muestras de sentimiento patriótico que se están dando en localidades de la península, o la de ayer en el Bernabeu a ritmo de Manolo Escobar.

Llevo tiempo manifestando la ineptitud política de Rajoy y su partido, acostumbrado a la inacción o a las mayorías. Prefiero no escuchar al ministro de Justicia, o a la vicepresidenta, y no digamos ya al portavoz del Gobierno o al del Partido Popular (ese personaje malcarado y lenguaraz). Tampoco me seduce la cantinela de Ciudadanos y de su líder Rivera, un jovencito de ideas rancias situado más a la derecha que el propio PP. De la izquierda, mejor no hablar: el PSOE dejó de ser de izquierdas hace muchísimo tiempo, y Podemos, que venía a relanzar la política, a darle una vuelta, a cambiar, lleva media legislatura sin saber por qué sigue perdiendo votos, e Izquierda Unida dejó de estarlo antes de que el propio partido se enterrase. Los nacionalistas, a lo suyo, los republicanos con su cantinela, los independentistas con la suya, y las minorías qué van a hacer si no tienen dónde caerse muertos. Con este panorama, el futuro se plantea negro, muy negro. En breve, con seguridad en menos de un año, se convocarán elecciones generales y, en este estado de ánimos volverá a ganar Rajoy, y esta vez de calle, ayudado por el peso del mundo rural y de ese sistema electoral que nos hemos dado. Y de nuevo viviremos el rodillo de la mayoría absoluta. Y si ahora lo del diálogo es impensable, entonces será una quimera.

A veces le oigo hablar a José Manuel Maza, fiscal general del estado, cierro los ojos y me parece volver a aquellas imágenes en blanco y negro. Es como si volviera al pasado. A una España centralista y retrógrada. Creo que el despropósito catalán tiene mucho que ver con el empeño en judicializarlo todo, en convertir la justicia en una herramienta más del ejecutivo. ¿Que el referéndum era ilegal? Sin duda. En Cataluña se pasaron las leyes por el forro, las normas de su propio parlamento, las mayorías, todo aquello que hace posible una cierta convivencia. Pero qué hubiera ocurrido si hubieran votado ayer tranquilamente los dos millones de personas que querían hacerlo. Pues nada más que eso: se habría organizado una votación, habría ganado el sí —porque el referéndum iba dirigido a los independentistas, no lo olvidemos— y habríamos vuelto al punto de partida. Y esto es lo verdaderamente importante: desde hace años parece claro que es necesario un acuerdo dialogado a lo que pasa no sólo en Cataluña sino también en Euskadi. Es evidente que existe una desafección a lo que significa ser español —ya sea por educación, por una televisión controlada por los partidos en el poder, por el constante falseamiento de la verdad, no sólo histórica sino de la propia realidad social—. Y que la postura hierática del Gobierno no parece desde luego la más adecuada para calmar los ánimos. La actitud de Rajoy —y de las fuerzas de seguridad del Estado— sólo han provocado tristeza y han reafirmado la postura de quienes quieren dejar España. Y dialogar significa escuchar al otro, escuchar sus opiniones, ceder para llegar a consensos, y en este país las cesiones sólo tienen que ver con el dinero que me puedo llevar para mi terruño. Nos hemos acostumbrado a los diálogos de sordos en los que apenas dejo intervenir al contrario. Porque se trata de eso, de un contrario, de un enemigo, de alguien a quien he de vencer porque sus ideas son distintas a las mías. Como decía hace poco, son actos de fe cusirreligiosos que poco tienen que ver con la razón.

Se votó, mal que bien, y decenas de miles de catalanes mostraron que se quieren ir. Las cargas policiales ayudaron a que se aclarasen las dudas de muchos catalanes que abogan por una Cataluña republicana. Pero quien ganó ayer fue la abstención. Según las cifras de la propia Generalitat votaron dos millones doscientos mil catalanes —un 42% del censo electoral, un 38% a favor del SÍ—, lo que supone que una gran mayoría prefirió quedarse en casa o salir de bares o a andar en bici. Dejemos a un lado la falta de garantías del referéndum (o como lo quieran llamar), el hecho de que hayan salido imágenes de personas que votaron cuatro veces, o que nadie controlara la edad de los votantes o que no hubiera ni interventores, ni junta electoral, ni nada que se le pareciera. O que tras hacer el recuento ha salido un 100,82% de participantes. Un número extraño, cuando menos. Como digo, la abstención ganó ayer por goleada. Una victoria que nadie va a tener en cuenta porque encierra muchas incógnitas que ningún político reconocería. Puigdemont demostró desde el primer día que cualquier resultado iba a provocar un tirar hacia adelante. Una declaración unilateral de la independencia. Qué más daba entonces que se convocase o no una consulta. Nos hubiéramos evitado meses de monopolizar los informativos, los periódicos, las tertulias. Pero si al 58% de los catalanes les da igual, cómo no me lo va a dar a mí.

Y a todo esto, dónde está el Rey. De momento, muy calladito. Rajoy, por su parte, con esa letanía de “hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

Qué pereza da España (y Cataluña y Euskadi)

Hace ya casi diez años el ex presidente del Gobierno Felipe González decía que era muy difícil ser vasco o español, porque uno parecía obligado a preguntarse y contestar a todas horas si lo era. Y uno, aún joven, miraba al exterior y se preguntaba cómo sería en el resto de países. Y de pronto recordaba que en Estados Unidos, cualquiera de sus ciudadanos se definían como americanos, en mayor o menor medida, coloreaban sus casas con la bandera y se se sentían orgullosos de ello. En nuestro país, en cambio, todo eran posiciones enfrentadas, o eras de derechas o de izquierdas, demócrata o populista, soberanista o constitucionalista, vasco/catalán o español, de los míos o de los otros.

Hace unos años, no tantos como podríamos pensar, en Euskadi daba pereza escuchar las noticias: a todas horas se oía el racarraca sobre la independencia, la autodeterminación, el derecho a decidir y definiciones parecidas que enmascaraban lo mismo; si a eso le añadíamos la violencia física o verbal y un terrorismo que estaba ya de capa caída, asegurar en público que uno era vasco, español o ambas cosas era cuando menos aburrido. Tenía que andar dando explicaciones, no sólo en casa sino también al escapar de su espacio de confort. Y salir a la calle o ir de fiestas populares —en especial en algunos pueblos cercanos o en barrios de mi ciudad—, era toparse con paredes y pancartas recubiertas de proclamas que no sólo ofendían por su mal gusto. De socializar el sufrimiento se pasó a socializar las ideas políticas y a mantenerse en un permanente estado de enfrentamiento ideológico. En seguida se sabía de qué pie cojeaba el otro dependiendo de si hablaba de Euskadi, País Vasco o Euskal Herria. O si recurría a molestos circunloquios para no expresar que un crimen era sencillamente eso.

Desde hace unos meses, del problema vasco se ha pasado al catalán, del nacionalismo al secesionismo, de la ikurriña a la estelada. Y de nuevo las posturas están tan enfrentadas y son tan maniqueas que sorprende que no acaben en una batalla campal. Desconozco en qué situación se encontrarán los catalanes, si el sentimiento es tan fuerte que impide cualquier reacción, si no habrá otro problema que atenace sus vidas —pobreza, paro, desahucios, turismofobia, enamoramientos repentinos, muertes de amigos y familiares, sueldos ridículos— si la mayoría es esa que sale a la calle o la que se queda en casa porque se la suda todo. O porque, como decía el otro día un político independentista, ha preferido irse a la playa o quedarse en la cama que defender sus ideas. Desconozco si será esto o sólo la reacción de medios de comunicación y políticos para enmascarar otro tipo de realidad. Pero sí sé que me dio vergüenza el teatrillo que se montaron en el Parlament —para que luego digan que no son españoles, si fue un caso claro de esperpento hispano—, o escuchar a la presidente Forcadell, que parecía un juez del antiguo Oeste, los míos aquí, el resto a la horca, o los gritos, los desplantes —genial ese momento en el que la portavoz de Ciudadanos, Inés Arrimadas, se dirigía a Forcadell con gestos de ruego y ésta abandonaba el hemiciclo dejándola con la palabra en la boca, lo que demuestra el talante— y la votación final con la mitad de los escaños vacíos mientras los ganadores entonaban Els Segadors.

Da pereza es vivir en un país como España, en el que lo temas políticos son recurrentes, donde los medios de comunicación insisten en repetir día tras días los mismos temas en boca de idénticos tertulianos. Pereza es darse cuenta de que en Madrid no entienden nada de lo que pasa fuera de la capital, y de que el Gobierno se escuda en la democracia y en una Constitución —que al parecer es inmodificable salvo que Europa lo requiera— como otros lo hacen en patria, libertad y, por supuesto, democracia. Hay palabras tan intangibles que tienen distintos significados dependiendo de quién las suelte por la boca.

España es un coñazo. Lo es por el fútbol, y por ese empeño televisivo de que todos seamos o del Madrid o del Barça. Por Mariano Rajoy y su constante inacción, por los catalanes de la CUP o de Puigdemont y como se llame su partido, o de ese tipo que hace honor a su apellido (Rufián) o ese otro que ha salido ahora, un tal Jordi Turull, que exhorta a los catalanes a que impriman en sus casas su propias papeletas y que divide a los catalanes en los unos o los otros. Al paso que vamos se votará por mail o a través de alguna aplicación de móvil. La modernidad permite estos avances: otra cosa es que haya seguridad jurídica. Lo es por no ser capaces nunca de mantener un diálogo en el que las posturas se acerquen en vez de insistir en posturas contrarias e irreconciliables. Es gracioso que llevemos años mencionando la palabra diálogo en un país en el que nadie escucha al de enfrente.

Estamos en una democracia de cartón piedra, en la que preferimos gritar sentimientos políticos y olvidar cuestiones tan importantes —alojadas en las columnas pares de los periódicos— como el rescate bancario del que no va devolverse el dinero por mucho que el Gobierno dijera que no nos costaría un duro. Sólo esta noticia debería empujarnos a salir a la calle con banderas para protestar por las mentiras que nos siguen contando. Y en Cataluña igual: no he visto a nadie manifestarse en masa contra el famoso 3% que hizo ricos al honorable, a sus hijos y a la madre que los parió. Quizás es que lo identitario puede más que lo económico. O que en el fondo cualquiera de nosotros sabe que muchos políticos están cuatro u ocho años en el poder para enriquecerse y forzar la apariencia de que se les necesita. Tampoco he visto que se tomen las calles ante la evidencia de que un año más miles de alumnos de Aragón, Andalucía, Cataluña o la Comunidad Valenciana han comenzado el curso en barracones; o que tenemos uno de los peores sistemas educativos de Europa, o que hay 19 libros de matemáticas distintos dependiendo de cada comunidad del país; por no hablar de esa Sanidad hecha unos zorros, o una justicia politizada a la que prefieren no modernizar, o…

Qué pereza de país, qué pereza de políticos visitadores de estudios de radio, platós de televisión o encuentros con ciudadanos en mítines pagados con nuestro dinero. Qué pereza sentir, como dicen las encuestas, que son ellos precisamente —y su incapacidad manifiesta— uno de los problemas que más nos preocupan en nuestro país. Y que cada uno lo llame como quiera.

Reyes, magos y republicanos

Queridos Reyes Magos:

Como hemos sido buenos, y este 2017 va a ser decisivo para nuestra constitución como República catalana, os pedimos que en la cabalgata del 5 de enero en Vic nos permitáis asistir con esteladas. Llevamos cuatro años haciéndolo, pero queremos que en esta ocasión tenga mayor visibilidad, que lo retransmita TV3, y que el Estado español —que nos niega el derecho a decidir nuestro futuro— se vea obligado a hablar de ello y sea noticia en todos los canales e informativos. Que sepan así que somos diferentes y no les queremos con nosotros. El clamor popular ante el próximo referéndum de septiembre así lo demuestra.

En Vic os recibimos cada año con luces, fanalets y banderas esteladas que ondean a vuestro paso. También lo haremos mañana, aunque con un nuevo lema: “Pequeños y mayores, recibamos a sus majestades Melchor, Gaspar y Baltasar con la luz del farolillo de la estelada“.

Firmado: Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural.

 

Queridos ANC y Òmnium: 

No deja de parecernos una paradoja que pidáis a unos Reyes manifestaros en favor de la República. Pero como os plazca. Nosotros sólo seguimos una estrella: la de Belén. Y no parece ser ésta la que os guía.

Melchor, Gaspar y Baltasar.

Postdata: Artabán llega tarde, como siempre.

 

El valor económico de la independencia

En un artículo de Jordi Soler publicado en El País hace unos años, el autor de La fiesta del oso se preguntaba sobre el significado de ser catalán, vasco o español, y concluía que no veía probable la independencia de Cataluña. Además, añadía: “El independentismo es una industria; hay quien puja por la industria, hay quien coquetea con ella y hay quien está en contra; es una industria de la que, y contra la que, vive mucha gente; genera empleos y subvenciones, y llena de significados muchas vidas. Es una industria sólida cuya existencia depende, paradójicamente, de no alcanzar su objetivo porque ¿qué pasaría con toda esta industria si se lograra la independencia?”. Son demasiados años oyendo hablar de ella en un pulso que ni siquiera ahora parece tener la fuerza suficiente como para llevarse a cabo. Porque ninguno de los políticos que siguen apelando a los sentimientos responde a dos sencillas preguntas: la primera, quién va a pagar todo esto; y la segunda, cómo se va a gestionar un país cuando más de la mitad del mismo es contrario a los acuerdos tomados. Pero aún hay una tercera: ¿alguien sabe qué será de Cataluña o Euskadi fuera de Europa?