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Respeto por el rugby y el deporte de verdad

Al día siguiente de que el Cardiff Blues ganara la Challenge Cup por un emocionante 31-30, en la sección de Deportes en Antena 3 abrían con un twitt de un jugador de fútbol que anunciaba que estaba orgulloso de lucir la camiseta de un equipo parisino para la temporada que viene. Lo más de lo más de lo noticiable. La banalidad informativa llevada al extremo. Hace tiempo que el Deporte en televisión ha dejado de interesar. Al menos que no seas una fanático del fútbol, o mejor dicho, del Madrid, del Barcelona o del Atleti. Hay que ocupar minutos, y los entrenamientos, los desenfadados rondós de jugadores multimillonarios, los vídeos en redes sociales e incluso las fotos luciendo la nueva marca de calzoncillos de alguna estrella del balompié se convierten en la esencia de los informativos. La estupidez abriendo el telediario. Sin olvidarnos de informaciones deportivas tan relevantes como las de que un estadio pite el himno nacional o que un grupo de padres se hayan pegado en un campo de juveniles en un pueblo de Almería. De fútbol, claro está. Cualquier otro deporte se convierte en convidado de piedra del mayor espectáculo circense del mundo. Y eso me recuerda al jugador del Paris Saint Germain, orgulloso hoy de los colores de su equipo, que en Barcelona era un ejemplo de vistosidad pero también de marrullería, infantilismo, soberbia, antideportividad… Todo lo contrario a lo que pudimos ver en San Mamés en las finales de rugby, en cuyas gradas se mezclaban los colores de los equipos que disputaban las finales sin que hubiese conato alguno de violencia, donde cuando el pateador iba a lanzar una falta de castigo se pedía silencio en las pantallas («Please respect the kicker») y en las gradas (con un largo ssssssshhhhhhhh acogido con normalidad por el público, al que sí se le podía llamar entonces respetable).

Adiós a Florencio Martínez Aguinagalde

Florencio Martínez Aguinagalde fue mi profesor en la UPV y lo recuerdo por su vehemencia a la hora de impartir clase y por su afición al tabaco. Hojeaba esta mañana El Correo cuando me he enterado de su fallecimiento, este sábado 23 de septiembre, a los 67 años de edad. Recuerdo poco de él durante la carrera —sólo me vienen a estas alturas retazos fugaces de todo aquello—, aunque sé que sentía pasión por el periodismo, por la música clásica, especialmente Bach, el cine y la cultura. Y por la crítica, a la que se sumaba con la coherencia del que sabe rebatir cualquier tema, lo que le granjeaba amigos y enemigos al mismo tiempo.

Nacido en Palencia (en el diario decían que en Vitoria), creció en Barcelona, ciudad de la que conservaba no sólo el catalán sino también su afición al Barça. Esto no le impedía considerarse un bilbaíno de pro y estar orgulloso de ello. Trabajó durante tres décadas en diferentes medios de comunicación, aunque era fiel a El Correo, el periódico que llevaba bajo el brazo. Había escrito además la novela Trozos de barro (Hórdago, 1980), Palabra de Chillida (UPV-Gobierno Vasco, 1999) y varios libros sobre periodismo.

En una ocasión se puso en contacto conmigo. Acabábamos de levantar la editorial Elea y tenía un proyecto que consideraba interesante para nosotros. Me ofreció Confieso mi cobardía (Alegato íntimo a favor de Ramón Sampedro), un relato de no ficción en el que rescataba su relación epistolar y telefónica con Ramón Sampedro Cameán, el tetrapléjico que durante treinta años reclamó ayuda para bien morir. En el libro se apreciaban dos actitudes, en palabras del propio Florencio Martínez: «la inquebrantable decisión de Sampedro para dejar de ser un cadáver pensante y la pusilanimidad del autor ante la amenaza de enjuiciamiento, que pesa lo suficiente como para negarle la ayuda a su amigo». Fue el año de Mar adentro, la película de Alejandro Amenábar, que nos ponía de actualidad la figura de Sampedro y la eutanasia.

Con estos elementos, decidimos publicar el libro dentro de la Colección KRONIKA, en la que planteábamos temas de interés social como una forma de discusión plural y abierta, y que ya había visto aparecer  Palestina Hotela, de Joseba Iriondo, uno de los pocos libros que se habían publicado en euskera sobre la guerra de Irak, y Asia, burdel del mundo, del periodista Zigor Aldama. El libro de Martínez tuvo muy buena acogida por parte de las librerías, que lo colocaron en sus escaparates desde el primer momento, pero no del público, que no apreció su intención. Cuando lo que buscábamos era un foro de debate, entender la eutanasia como un acto de libertad de conciencia y de dignidad personal. Quizás Florencio Martínez pedía demasiado, quién sabe. Su muerte me ha hecho recordar todo aquello y he experimentado una sensación de extraña tristeza.

Adiós a Carlos Bacigalupe

Conocí a Carlos Bacigalupe antes de que me lo llegasen a presentar. Su padre, Alberto, era compañero de mi abuelo en el Club de Leones y me hablaba con orgullo de sus dos hijos, Alberto y Carlos, que habían estudiado periodismo como él —yo quería estudiarlo— y a los que escuchaba en la radio. Mi abuelo no tenía muy claro que yo debiese dedicarme al periodismo en vez de al derecho, que le parecía una carrera más acertada para un nieto con buenas notas, pero no fue capaz de quitármelo de la cabeza. De ahí que hablase con Alberto padre para que me diera algunas recomendaciones. No recuerdo si llegó a dármelas, pero sí que me presentó a sus hijos.

Lo curioso no fue lo que saqué de aquel encuentro, sino que apenas tendría contacto con sus hijos, en concreto con Carlos hasta años después. Coincidí en el periódico Bilbao, gracias a Elena Puccini, que volvió a presentarnos. Para entonces yo ya seguía su trayectoria, no sólo en la radio, sino en los artículos que escribía para El Mundo, en la edición del País Vasco —en la que curiosamente acabaría haciendo yo mis primeros pinitos como plumillas tras salir de la facultad de Leioa— y para el propio Bilbao. Supe así de su pasión por el teatro —fue uno de los artífices de los Premios Ercilla—, y de esa bilbainía clásica, muy presente en un libro que considero fundamental: Cafés parlantes de Bilbao. Además, fue el ideólogo de la colección «Bilbainos recuperados» (del que publicó su primer título, Viejo caballo de hierro, sobre el tren de La Robla), que editó durante años Muelle de Uribitarte con la ayuda de la Fundación Bilbao 700, y que se ha convertido en una referencia para quienes quieran conocer a los prohombres de la Villa, incluso a aquellos que no son tan reconocidos.

La rumorología de una pequeña ciudad como Bilbao hizo que me enterase hace poco que estaba enfermo. Ayer la propia Elena Puccini fue la encargada de anunciarme la noticia de su fallecimiento. Tenía 71 años de edad. Y ha sido cuando además de todo lo que yo sabía me he enterado de que era miembro supernumerario de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País y de que recibió múltiples premios y reconocimientos —de los que nunca hizo alarde—: el Farolillo de Papel a la mejor tarea de divulgación del libro en 1998, la Pluma de Oro al mejor libro sobre valores turísticos (por su libro Cafés parlantes de Bilbao), y el Premio Alfiler de la bufanda de Vale Inclán, en reconocimiento a su labor teatral en 2001.

En la foto aparece junto al escritor José Ramón Blanco, uno de los artífices de la editorial Muelle de Uribitarte.

La hACERÍA: otro descubrimiento

Hace ya un año tuve la oportunidad de entrevistar a Richard Sahagún, un joven actor al que no conocía pero que nos había enviado varias convocatorias al periódico Bilbao. Su vehemencia al hablar de su trabajo nos animó a sacarle en la Página Tres de «Pérgola», lo que nos permitió descubrir no sólo su faceta como actor sino también como responsable de actividades de La hACERÍA, o como dramaturgo en La tristeza del caracol y El abrazo de Heróntidas (que se representará el próximo 15 de enero en el Museo Guggenheim). Desde entonces mantenemos una relación de amistad que nos lleva a seguirle la pista y a interesarnos por todo lo que hace —desde su participación en Gernika, en el documental Baskavígin: la matanza de los balleneros vascos a la reciente El guardián invisible—. 

El pasado domingo se representaba en La hACERÍA Lola y Dolo, el musical, un pequeño cabaret formado por dos actrices, en el que a través de sus canciones (Lola —Amaia Miranda— a la guitarra y los coros, y Dolo —Maitane Aspe— como solista) nos cuentan la historia de La Mari, una mujer recién separada que busca un nuevo amor en la España rural de los años treinta. La recomendación de Sahagún fue inmediata: no os la podéis perder. Venidas directamente de Barcelona, la obra había sido ajustada al espacio escénico y convertida en una pieza teatral repleta de humor, con dos actrices que hacían reconocibles cada uno de los personajes —desde una Lola más puritana a esa Dolo algo más adelantada a su época—, que hablaban como si el espectador fuese uno más del patio de vecinos. Teatro cercano, que quizás en este caso necesitase aún cierto rodaje pero que mantiene su frescura y nos hace comprender —una vez más— el porqué de la existencia de locales como La hACERÍA. Y el motivo de que el público acuda a su llamada.

(La fotografía es de iunoumi)

Noches poéticas (de mañana)

El poeta Ritxi Póo lleva años invitándome a participar en Noches Poéticas, encuentros que organizan entre otros Julián Borao, Mónika Nude, Javier Arnaiz, Julio González Alonso y el propio Ritxi. Asistí hace unos meses a una de esas noches con motivo de la presentación de su último poemario, Trampas al solitario (editorial Amargord), y no pude borrar de mi cara el gesto de asombro. Un auténtico espectáculo de luz y color, muy alejado de lo que yo esperaba. Oradores, rapsodas, músicos, recitadores primerizos y mucha empatía parecía ser la máxima de toda aquella gente reunida bajo una consigna: «Nos vemos en los bares». Ritxi me dijo en una ocasión que se habían juntado hasta un centenar de personas. Y sólo por el gusto de leer poesía y escuchar lo que escriben otros.

El pasado sábado me invitó al III Encuentro Noches Poéticas Bilbao, que se celebraba en el bar Dock, con la intención de juntar a «poetas, editores y dinamizadores de actividades culturales vinculadas a la poesía, llegados de Almería, Madrid, Navarra, La Rioja, Córdoba, Murcia, Badajoz, Valladolid, Vitoria y Bulgaria». Me proponía que hablase del mundo de la edición y de la gestión cultural de los que algo sé. Siempre he bordeado la poesía, más por pudor que por otro motivo. Ritxi —al que conocí hace muchos años cuando él no usaba apodo y comenzábamos ambos en esto de la escritura—, me recordó un poemario que yo había publicado y que ahora me da cierta vergüenza leer. Han pasado veinticinco años de su publicación, y si lo hiciera creo que me resultaría infantil e inmaduro.

La charla a la que acudí comenzaba a las diez y media de la mañana. Un horario de fin de semana sólo apto para los madrugadores. Las calles de un Bilbao desnudo presagiaban un encuentro sin público. Me equivoqué, como no podía ser otra manera cuando se trata de Noches Poéticas, y comenté —en una distendida alocución— que sólo la poesía es capaz de aunar así. Participé en una pequeña mesa redonda en la que se presentaron proyectos venidos desde Valladolid (Carmen G. C. traía Susurros a pleno pulmón, un espacio para gente que quiere leer), Vitoria (Elisa Rueda y su festival Poetas en mayo) y Badajoz (Tino Lobato habló de su poemario Las siete vidas del gato, mientras que José Manuel Vivas lo hizo sobre la tertulia Página 72). Por su parte, Javier Lostalé disertó sobre la poesía. Me quedo con una frase que dijo: «Sólo la creación es válida si es fruto de la necesidad». No sé si, parafraseando a Pessoa, los poetas son fingidores. Lo que sí sé es que los asistentes a Noches Poéticas están tocados por la semilla de la emoción.

De Ferias y otras formas de difundir el libro

Leo en la prensa y en las redes sociales que la Feria del Libro de Bilbao ha sido un éxito. Diez días marcados por las buenas ventas, la presencia abundante de autores firmando sus últimos libros, el apoyo de un público ávido de lectura y las actividades varias realizadas tanto en la carpa como en Bidebarrieta Kulturgunea. Soy testigo a través de Facebook y Twitter de la voracidad arrolladora de uno de los autores locales, cuya última novela, vendida casi al por mayor, parece haberse convertido en un best seller sólo comparable con El código Da Vinci o las obras de Blue Jeans. Las cifras cantan, y si un libro se vende ha de ser bueno, ¿no? El resto de escritores han sido más cautos, los libreros callan en público —en privado es otro cantar—, la organización habla de un diez por ciento de incremento de ventas. Incluso la prensa, reacia a apostar por la cultura, ha dedicado espacio y fotografías al evento. En definitiva, todo parabienes. Da gusto ver que las cosas funcionan y que los libros (en papel) vuelven a ser noticia.

Pero como no todo puede ser bueno, algunas dudas que me surgen tras la Feria de Bilbao. La fundamental: la promoción. Creo que habría que hacer un mayor esfuerzo publicitario en favor de la Feria, como se hace por ejemplo en Gutun Zuria o en La Risa de Bilbao. Porque si a estos dos festivales la gente acude en masa, ¿por qué la Feria parece a veces un erial? También podríamos hablar de los carteles o el programa, que parecen diseñados por un estudiante recién salido de la universidad. Propondría a la organización carteles como los que se hacen en la Feria del Libro de Madrid —en la parte inferior el de este año—, o concursos como el organizado en Huesca, cuyo cartel con un corazón nacido de las páginas de un libro es mucho más sugerente que el dibujo naif de Bilbao. Si cada año montamos un concurso para seleccionar el cartel de los Carnavales o de la Aste Nagusia, qué nos impide hacer lo mismo en la Feria del Libro. Y ya que existe inetrnet, tampoco estaría mal mejorar esa página web sobre la Feria en la que uno busca información y encuentra la nada.

carteles

Desde hace años se discute sobre la validez o no del formato feria. Sé que es complicado, que cuesta regenerarse, modernizarse o simplemente cambiar de esquemas. En Madrid me dijo un librero que los organizadores se habían volcado erróneamente en la escritura salida de youtubers o personajes de la televisión. Nosotros estuvimos un fin de semana, bajo el sol del mediodía y un calor que sólo invitaba a pedir agua. Pero había movimiento. En el Retiro se agolpan más de 370 casetas, en las que se mezclan con claridad librerías, editoriales, distribuidores, instituciones públicas, fundaciones… La web está operativa, aparecen los nombres de las editoriales o de los autores que van a firmar; se pueden incluso ver los diseños anunciadores de los carteles de últimos años. Aunque era un golpe a la vanidad escuchar por los altavoces el número de escritores que firmaban libros: tardaba alrededor de diez minutos en anunciarlos a todos. Si cuando dicen que hay más escritores que lectores…

En Bilbao sorprende que las librerías más importantes de la villa ni se planteen pasarse por la Feria, por no hablar de las editoriales. Eso hace que casi todas las casetas parezcan idénticas, tengan los mismos títulos, incluso los mismos autores firmando. Salvo honrosas excepciones, las editoriales más pequeñas ni se plantean recalar en Bilbao, como hacían antes. Desconozco si es necesario cambiar el formato, si habría que impulsar una feria como la del libro independiente de Santander, cambiar el emplazamiento o reducir el número de días. Si los organizadores y autores presentes en ella han salido contentos, pues nada: el año que viene más.

Lectura de la obra de Cervantes

La última lectura pública de poemas de Pablo González de Langarika tuvo lugar en el Hogar Leonés de Bilbao, en uno de esos encuentros que se organizan periódicamente en su sede. Era el mes de marzo y presentaba un nuevo número de Zurgai, la revista por la que apostó durante toda su vida. Me lo imagino sentado junto a Octavio Fernández Zotes y Marina Pérez, y escoltado por José Ramón Blanco y Ángel Muñiz, los dos pilares en los que —creo— se sustentan las actividades culturales del centro. En varias ocasiones hemos sido convocados para leer algunos pequeños relatos y degustar posteriormente el premio de productos leoneses. Por sus salones han pasado muchos de los alumnos de los talleres de escritura de la Alhóndiga —Azkuna Zentroa, ya se sabe— que llevábamos Pedro Ugarte y yo, y los de la posterior Asociación Espíritu de la alhóndiga, ese momento en que uno ha de enfrentarse al público con su criatura. Quizás sea una experiencia menor, pero a quién no le gusta sentirse escuchado.

El pasado 25 de abril plantearon una lectura colectiva de la obra de Cervantes, aprovechando la celebración del cuarto centenario de la muerte del escritor español más internacional. ¿Cuándo nació la idea de una lectura en voz alta del Quijote, a quién se le ocurrió recuperar de ese modo la novela de Cervantes? Dicen que en el Círculo de Bellas Artes de Madrid llevan veinte años cumpliendo con esta tradición. En el Hogar Leonés, además, se añadieron otras obras del autor madrileño. Y creo que esto es también una buena noticia.

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