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Las alegrías literarias me las regalan ellos

Lo he comentado en alguna ocasión: muchas de las alegrías literarias de los últimos años no me corresponden. No son mías. Me las han regalado otras personas. Muchas de ellas tienen que ver con Alea Bilbao, la asociación de la que formo parte desde hace unos años y en cuya sede imparto talleres de escritura creativa. Al princio fueron cursos de iniciación, que se fueron especializando hasta convertirse en uno de los primeros talleres sobre construcción de novela que se impartían en Bilbao. De él nacieron ocho novelas, una de las cuales, Cerezas amargas, fue editada por Elena Fernández, con éxito de ventas y público, hasta el punto de publicarse también en euskera (Gerezi mingotsak) y presentarse en la pasada edición de la Durangoko Azoka. Anteriormente, Javier Ibarrola había finalizado su primera novela y presentado a varias editoriales. Pound se publicará en 2018 en la editorial Menoscuarto. Además, la novela de Lola López de Lacalle, Melocotones de viña, también verá la luz el próximo año, en esta ocasión bajo el sello Txertoa. Un subidón, que espero se mantenga con la publicación del resto de trabajos.

Pero las alegrías, como decía, vienen de antes. Varios de los alumnos se fueron presentando a concursos literarios, en parte por mi insistencia de apisonadora, porque son una prueba de fuego y porque su escritura tenía la calidad suficiente como para lanzarse al ruedo. Algunos de ellos habían obtenido ya el reconocimiento en certámenes literarios puntuales, como es el caso de Begoña Elorrieta, Andoni Abenójar, Ana Arenaza, Idoia Barrondo, Iñaki Ateca, Sol Aguirre, Taicha Peñín…

La primera gran alegría la recibí por partida doble: en 2014, en la sexta edición del premio BizkaIdatz, que organiza la Diputación Foral de BIzkaia, Elena Fernández resultó ganadora con la continuación de un relato en castellano propuesto por Esther Zorrozua. Y otro relato de Pilar Pallarés obtenía el tercer premio ex aequo. Recuerdo a todos los alumnos en la Sala Noble de la Biblioteca Foral celebrándolo como si el premio nos lo hubieran dado a nosotros. Las emociones no acabaron ahí. Al año siguiente, dos de los alumnos del taller, Andoni Abenójar e Idoia Barrondo lograban el primer premio en la séptima edición del BizkaIdatz, el primero continuando un relato de Iván Repila; la segunda (en euskera) por otro de Ana Urkiza.

Podrá parecer una simpleza contar esto, porque premios literarios hay muchos, pero considero que el BizkaIdatz es uno de los más complicados que se organizan no sólo en Euskadi sino también en España porque consiste en continuar un texto ajeno, y adaptar el tono, la forma de escribir, los personajes… Y supone escribir más de una quincena de páginas que en caso de no resultar ganadoras no tendrán otra salida. De ahí su importancia.

Hace quince días, Lola López de Lacalle me telefoneó para contarme la noticia: había quedado finalista de la novena edición del BizkaIdatz con un texto divertido e ingenioso que continuaba el comenzado por Alejandro Fernández Aldasoro. Y de nuevo nos juntamos a celebrarlo como si el premio nos lo hubieran dado a todos. Y volví a entender que la literatura se hace de celebraciones como éstas…

 

En la fotografía, algunos de los miembros de los talleres organizados por AleaBilbao, junto a la Diputada de Cultura, Lorea Bilbao.

Primer título de la colección “Literatura Topaketak/Encuentros Literarios”

La Diputación Foral de Bizkaia ha publicado el primer título de su colección Literatura Topaketak / Encuentros Literarios; en concreto, el que corresponde a las conferencias que se celebraron a lo largo de 2017 en la Biblioteca Foral. Desde hace casi diez años, una vez al mes se organizan charlas liteararias en las que escritores vascos desgranan los detalles de su obra. Hasta este año, el autor hablaba sobre su trayectoria o sobre lo último que había publicado. Este año se decidió cambiar el esquema y plantear a cada escritor que disertara sobre un tema que sugiriera el debate con los lectores. Las conferencias se publicarían posterioremente en un libro de cara a la Feria del Libro de Durango.

En este primer volumen hemos participado nueve escritores, cinco en euskera y cuatro en castellano, con reflexiones literarias muy distintas. En euskera, Goizalde Landabaso se planteó un interrogante: “Literatura eta kazetaritza gauza esberdinak ote dira?”. Iban Zaldua habló sobre “Euskal literaturaren mitoak”; Leire Bilbao sobre “Poesia versus bertsoa”; Kirmen Uribe sobre “Errealitatea fikzio bihurtu: fikzioarekin egia osatu” y Jabier Kaltzakorta, con motivo del Euskararen eguna, trajo a colación la figura del Olentzero en una charla titulada “Olentzero-eguneko kantak eta mitoa”. Por su parte, las charlas en castellano corrieron a cargo de Iván Repila (“Hacia una literatura sin coordenadas”), Izaskun Gracia Quintana (“La literatura en la distancia”) y Esther Zorrozua (“El elemento onírico en la narrativa actual”). Mi conferencia trató de un tema del que disfruto: “El yo como objeto literario”.

La escritura del autoconocimiento

Cuando miro hacia atrás siempre me veo escribiendo, en mi cuarto, en la biblioteca, en un bar que convertí en mi sede y al que acudía prácticamente a diario. Me colocaba los auriculares y dejaba que la música me apartase del entorno, me aislase en un mundo literario tan personal como todo lo que escribía. Con el tiempo supe que a mucho de lo que yo hacía se le llamaba autoficción, yo ficcionado o etiquetas parecidas. Para mí era sólo una manera de enfrentarme al mundo, de plasmar en la página en blanco todas mis dudas o de convertirme en un personaje alejado de aquel ser aburrido y tímido en el que me había convertido. También en un método de reflexión y autoconocimiento. El 25 de mayo, jueves, con motivo de los Encuentros Literarios / Literatura Topaketak que organiza la Diputación Foral de Bizkaia quise hablar de todo esto, de escritores que aparecían en sus novelas para hablar de sí mismos o de los otros, de autores que han hecho de las egografías su razón de ser. Y de un escritor noruego de nombre impronunciable —Karl Ove Knausgård— que de repente se ha convertido en el gurú de los escritores del yo. Una charla en la que lo importante no fuese uno mismo sino todos los demás. Todavía a día de hoy tenemos que justificar lo que escribimos.

Poner el punto y final a un relato

Más de una quincena de autores —Miren Agur Meabe, Nerea Riesco, Unai Elorriaga, María Eugenia Salaverri, Irati Jimenez, Óscar Alonso, Katixa Agirre, Álex Oviedo, Goizalde Landabaso, Juan Carlos Márquez, Yurre Ugarte, Esther Zorrozua, Ana Urkiza, Iván Repila, Jasono Osoro, Aixa de la Cruz—, hemos participado en la ocho ediciones que se han celebrado del premio BizkaIdatz, esa iniciativa ideada por la Diputación Foral de Bizkaia, a través de la Biblioteca Foral, en el que dos autores, uno en euskera y otro en castellano, comienzan una historia que los concursantes pueden continuar. En la novena edición, que se presentó una vez más con motivo del Día del Libro el relato en euskera lo firma Karmele Jaio y se titula “Zaunkak”; el de castellano corre a cargo de Alejandro Fernández Aldasoro y tiene por título “Un merluzo de anzuelo”.

Desde que se creó el concurso he tenido la suerte de participar en él, la mayoría de las veces como organizador, algunas como jurado y una como autor. Además he visto ganar o quedar finalista a algunos de los alumnos de los talleres de literatura creativa que imparto en la Asociación Espíritu de la Alhóndiga: en la sexta edición, Elena Fernández (que acaba de autopublicarse con éxito su primera novela Cerezas amargas) obtuvo el primer premio al continuar la historia propuesta por Esther Zorrozua, “Dos anémonas azules”, mientras que Pilar Pallarés quedó finalista ex aequo. Al año siguiente, Andoni Abenójar ganó con su continuación del relato de Iván Repila, “Delito al azar”, mientras que Idoia Barrondo hacía lo propio al ganar en euskera con el relato que continuaba el de Ana Urkiza, “Argazki Kamera”. En todas esas ocasiones fue como si me premiaran a mí, al menos así lo sentí cuando me enteré del premio. No se trata de un concurso fácil: no sólo hay que continuar la historia prestada, sino que la extensión supera las dieciséis páginas, y con tal cantidad de páginas no siempre es fácil mantener un buen ritmo. Poner el punto y final al relato convierten BizkaIdatz en uno de los concursos más originales que se organizan en nuestro país.

De “La metamorfosis” a “La transformación”

Leí La metamorfosis cuando era joven porque un amigo me comentó que para ser escritor tenía que leer una de las obras más importantes de la literatura. Le hice caso. Recuerdo que fue una historia que me impresionó, la llevaba conmigo, la ojeaba cuando me paraba a tomar un café, releía lo que me parecía un inicio inmejorable: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto”. Tengo apuntada la fecha de la adquisición del libro: 19 de abril de 1988. Una edición de bolsillo de Alianza Editorial en la que guardo como marcapáginas una de las pegatinas que vendimos para sufragar el viaje de estudios a Italia. A veces los libros conservan ese tipo de memoria. El hecho es que comencé a leer a Kafka con voracidad, prácticamente todo lo que encontraba en las librerías: América, El castillo, Carta al padre… Y me las daba de entendido cuando les decía a mis amistades que La paloma, de Patrick Süskind, sólo era una versión de El proceso.

Con el tiempo fui dejando a un lado la obra de Kafka, hasta que hace unos años el Instituto Cervantes de Praga nos invitó a Luisa Etxenike, Kepa Murua, Seve Calleja y a mí a un encuentro sobre literatura vasca. Fue sorprendente encontrar en todos los rincones de la ciudad referencias al escritor checo y a su obra más internacional. Y no sé por qué razón me pareció una buena idea hacerme a partir de ese momento con ediciones de La metamorfosis en la lengua de los países que visitase. En castellano se han editado al menos tres en los últimos años. Y en euskera, Erein acaba de publicar una nueva edición. Así que me pareció una extraña coincidencia que me pidieran presentar en la Biblioteca Foral de Bizkaia al catedrático Jordi Llovet —uno de los traductores que más saben sobre Kafka—. Llovet participaba en las jornadas que ha organizado el euskaltegi Bilbao Zaharra sobre La metamorfosis, y que culminaban hoy con una lectura en el Arriaga de la novela. En la charla ahondamos más si cabe en la figura del escritor: en el carácter autobiográfico de la obra, la normalidad con la que la familia acepta que Samsa se convierta en un escarabajo, la importancia de la traducción del título —La transformación frente a La metamorfosis—, los motivos que le llevaron a escribir en alemán en vez de en checo, su valor dentro de la literatura universal… Llovet llevaba el número 18 de Revista de Occidente, de 1924, la primera vez que se traducía la novela de Kafka al español. Como para morir de envidia.

Al releer hace unos meses las galeradas de Cuerpos de mujer bajo la lluvia me di cuenta de que La metamorfosis es la excusa usada por la protagonista para abordar al profesor. Como si su presencia siguiera viva en lo que yo también escribo. Más allá de aquella frase que Kafka le escribió a su amigo Oskar Pollak en 1904, a la edad de 20 años, y de la que participo: «(…) un libro tiene que ser el hacha que resquebraje el mar helado que hay dentro de nosotros».

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