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Males necesarios

Es una de las frases de la temporada cuando uno quiere evidenciar lo inevitable: qué le vamos a hacer, nos dicen, es un mal necesario. Todo lo que nos rodea se ha convertido en eso, en algo que hemos de torear porque no existe otra alternativa. Como si se tratase de una respuesta resignada. Los partidos políticos, por ejemplo, ya no son la base de la democracia o del sistema electoral sino un mal necesario. Mucho más aún si nos referimos a nuestros responsables institucionales. ¿Que sólo buscan su enriquecimiento…? Pues claro, ha sido así siempre. ¿No harías tú lo mismo?, te interpelan. ¿Que son unos corruptos? Bueno, la avaricia es intrínseca en el hombre, la corrupción está unida al dinero, y además, no todos los políticos lo son. E insisten en si no haríamos nosotros igual, conscientes de que sólo se trata de una conversación de tasca, o de ascensor, que ninguno va a emprender una carrera política, y menos a estas alturas. ¿Y el Gobierno? Bastantante ha hecho. Si no puede hacer nada ante el poder de Europa, los lobbies o las multinacionales…, se defienden. El capitalismo, la democracia, todo se ha convertido en eso, en un mal necesario, en el mejor sistema (o el menos malo). ¿Qué quieres, que vuelva el comunismo?, se asombran. ¿Y los bancos?,  otro mal que no podemos evitar, están ahí, dependemos de ellos, todos nuestro dinero está a su recaudo, incluso aquel que no tenemos y con el que sanean sus cuentas. Con lo cómodo que es pagar con tarjeta, y que protejan tu dinero, y que te den un crédito, y confíen en ti. O la inseguridad que da guardarlo en una caja bajo el suelo o en el colchón. ¿Que existe un compadreo entre Gobierno y Banca? Si no te gusta, ya sabes, propón un sistema mejor. Es otro mal necesario. No importa que el Estado sólo haya recuperado el 5% del dinero que se inyectó para sanear el sistema financiero, o que hayan dejado claro que no vamos a recuperar 26.300 de esos millones. Se han perdido para siempre, como si los tuviesen escondidos en la cueva de Ali Babá —realmente en la de los cuarenta ladrones— o en un agujero sin un mapa que nos marque el lugar. ¿Que todos mienten? Bueno, es lo que hay, la mentira también es consustancial ser humano, somos la única especie capaz de crear, de inventar, de contar milongas, de mentir. Luis de Guindos, ministro de Economía: “No le quepa la menor duda de que se recuperará la mayor parte de lo destinado a los bancos nacionalizados. El préstamo no tendrá coste para la sociedad, sino todo lo contrario” (13 de junio de 2012). Una mentira. Soraya Sáenz de Santamaría, videpresidenta: “Hemos hecho este rescate a la banca para que no cueste ni un euro al contribuyente” (31 de agosto de 2012).  Otra mentira. Mariano Rajoy, presidente: “Es un crédito a la banca y lo va a pagar la propia banca” (13 de junio de 2012). La falsedad que subraya las demás. Tres nombres de políticos que forman parte de ese cacareado mal necesario, algo de lo que no podemos escapar, como la gripe con los primeros fríos o el envejecimiento que nos lleva a refunfuñar como simples cascarrabias.

La Banca gana

Uno piensa en ruletas, en juegos de cartas, en casinos y la mente le lleva por viajes a películas que vio en su momento, de las que disfrutó o se dejó engañar. Trucos de magia, giros de guión, sorpresas de última hora que hacen que los timadores —normalmente los buenos— acaben desplumando al villano, a la entidad financiera, al poderoso dueño de un gran casino en Las Vegas, al rico magnate. Y entonces trae a la memoria filmes americanos: La cuadrilla de los once (en el que coincidieron algunos de los artistas que componían el Rat Pack de Las Vegas: Fran Sinatra, Dean Martin, Peter Lawford y Sammy Davis Jr.), que daría luego lugar a la moderna Ocean´s Eleven (y sus secuelas); y por supuesto, El golpe, ese engaño contado con la maestría de un buen guionista y los rostros de Robert Redford y Paul Newman, entre otros. Todo consistía en saber que la lucha era siempre contra la Banca, contra el poderoso, y que éstos tenían todas las probabilidades de ganar. La Banca gana, decía el croupier mientras pulsaba un botón bajo la mesa para que la bola saltase del negro al rojo, de un número a otro, que impidiese al protagonista llevárselo todo. O hacía un juego de manos y cambiaba la carta como un vulgar fulero ante la mirada de sus jefes que lo observaban como un Gran Hermano en circuito cerrado.

Es curioso que una vez se ha sabido lo dictaminado por el abogado general de la Unión Europea, Paolo Mengozzi, sobre las cláusulas suelo, en España todos los periódicos han recurrido a la misma frase: La Banca gana. Así lo hace. Siempre. Porque el jurista italiano —cuyas recomendaciones no son vinculantes pero suelen determinar lo que opine el Tribunal de Justicia de la UE—dice que los bancos no deben devolver a los consumidores el dinero de las cláusulas suelo anteriores al 9 de mayo de 2013 —fecha establecida por el Tribunal Supremo español— ya que supondría poner en peligro la estabilidad del sistema financiero. Aplicar con retroactividad la sentencia del Supremo añadiría otros 4.500 millones de euros a los 5.000 millones que los bancos tuvieron que devolver a sus clientes por engañarles con cláusulas abusivas.

La pregunta queda en el aire: si la cláusula era abusiva después de esa fecha, por qué no antes. Sencillamente, porque serían mayores las repercusiones macroeconómicas sobre un sistema bancario ya de por sí debilitado. Dicho de otro modo: el abogado general de la Unión Europea permite con el botón bajo la mesa que la Banca gane y que el consumidor no pueda contar con la total protección de los poderes públicos cuando es víctima de un abuso. Puede que sea un romántico, o un inocente peligroso, pero ante la fullería de los bancos y la connivencia política uno se siente con ganas de convertirse en Danny Ocean. Y hacer saltar la Banca. Aunque sólo sea en la ficción.