Pedro San Sebastián y Sara Montes

Responsables de la Librería Universitaria de Bilbao

Perpendicular a Licenciado Poza, cerca de la plaza Indautxu, se abre una calle dedicada a un maestro salmantino, quien durante años fue profesor y director de las escuelas de Atxuri, que llevan su nombre. Se trata de la calle García Rivero, apenas cien metros en los que se agolpan más de una docena de bares, centro de reunión de mediodías, tardes y fines de semana. Escoltada entre dos bares, se abre desde los noventa la Librería Universitaria, un negocio dirigido por Pedro San Sebastián y su mujer Sara Montes, y ahora por dos de sus hijos: Aitor e Itziar.

Cuarenta años hace desde que Pedro San Sebastián Múgica montara en Barakaldo la Librería Técnica Lasesarre. “Mi aita era catedrático en la Escuela de Ingenieros de Bilbao; yo acababa de finalizar los estudios sin tener muy claro a lo que dedicarme. Después de una charla con él decidió montar una librería, de la que me hice cargo tras la mili”. Se acababa de fundar la Escuela Técnica de Barakaldo, el Instituto, y había una Escuela de Formación Profesional que permitía el funcionamiento de una librería especializada. Así, a mediados de los ochenta “abrimos una segunda, en la Avenida de la Libertad, que llamamos Universitaria”. Pedro y Sara se conocían ya de la Librería Lasesarre, “porque él era el librero”, subraya su mujer, aunque “la conocí en un viaje a San Sebastián, en un partido de fútbol contra la Real Sociedad”, apunta el marido.

En la década de los noventa abrirían la actual Librería Universitaria de Bilbao —“más general”, apunta Sara—. Sin embargo, la grave crisis industrial que afectó a muchas de las poblaciones de la Margen Izquierda, les obligó a centralizar las tres librerías en una sola.

La Universitaria es a día de hoy una de las pocas librerías independientes que quedan en la Villa, y una de las dos que mantienen el concepto familiar de negocio. “Es una satisfacción que nuestros hijos sigan la tradición del abuelo. Sienten ese amor por los libros, porque si un negocio como éste no te gusta aguantas dos o tres años, pero al final acabas tirando la toalla. Sara y mi hija Itziar son las grandes lectoras de la familia. Pero es que al tener a nuestro alcance tantos libros podemos dejar de leer uno cuando ya no nos gusta y empezar otro. Itziar lee mucha narrativa y ya se atreve a recomendar”. Porque como libreros creen cada vez más en el concepto de recomendador. “A veces el cliente te pone en un aprieto”, cuenta Sara, “porque tienes que dar con el libro que le guste. Te dice: leo poco, recomiéndame uno para el verano que me enganche. Y le preguntas: ¿policíaco, romántico, de aventuras, corto, largo…? Así acabas dando con sus gustos. Si vuelven es que has acertado”, sonríe. “Pero cambia mucho si es lector de verano y o de Navidad”, apostilla Pedro, “o del estado de ánimo”.

Lectura en crisis

Los libreros son un termómetro de los cambios en el tipo de lectura y en los impulsos de compra. “Antes se compraba un libro muy a lo loco; ahora se mide más. Y se sigue vendiendo mucho la novela policíaca y la histórica”, dice Sara. “Llevábamos unos años en los que de pronto cinco títulos eran un bombazo. Ya no hay un libro que arrasa como el verano de Cincuenta sombras de Grey, que parecía que no existieran los demás. Se ha abierto el abanico. Y eso es bueno porque el cliente ya no se dirige a un superventas. Aunque es cierto que se pierden cientos de libros buenísimos en las estanterías”.

Creen que se sigue editando mucho, pero las editoriales van cada vez más sobre seguro. “Quieren autores de renombre, no arriesgan con los nuevos, han reducido el número de tirada y apuestan a caballo ganador. Hasta un premio ya no se lo dan a cualquiera, sino a un escritor que saben que va a vender. Que luego se equivoquen es ya otra cosa”, dice Sara. Pedro añade: “Se habla mucho de la crisis en el mundo editorial, pero es que la hay en todos los gremios. En mi opinión, se lee más, pero de manera diferente a como se leía antes. Esa idea de coger un libro y no parar hasta acabarlo, eso ya no pasa. Si no te gusta, lo dejas y coges otro. Es como con la prensa. Antes leías un solo periódico, ahora ojeas lo que te interesa de cuatro o cinco”.

Tampoco creen que el libro electrónico haya supuesto una revolución en el mercado. “Sí hay clientes que han pasado al libro electrónico, pero no se nota demasiado en las ventas en papel, quizás más en el libro de bolsillo”. Ni siquiera las grandes superficies han supuesto una gran competencia a la librería tradicional. “Se notó su fuerza durante un tiempo, pero se dieron cuenta de que el libro no les iba a dar el arroz con leche”, comenta Pedro. “Y se han replegado a otro tipo de negocio. El cliente de una gran superficie no es cliente de librería; es como el de aeropuerto, que coge un libro para el trayecto del avión. El buen lector, la gente que disfruta de las librerías, elige bien a la que ir. La competencia está entre librerías como la nuestra. La única lucha que hay entre nosotros es querer tener más clientes. Somos negocios que funcionan en el día a día. Se ha acabado eso de hacer proyectos a largo plazo. El trabajo diario es el que te lleva a no equivocarte, y si lo haces intentas rectificar mañana”.

Pedro se refiere entonces de la técnica del boxeador: “Para una librería o un editor pequeños lo mejor es dar primero y fuerte, porque si no tienes toda las probabilidades de perder. En la venta de un libro, los primeros quince días son vitales. Si en esos días se mueve bien el márketing o la prensa, el libro podrá subsistir tres meses más. De lo contrario, no hay nada que hacer, incluso libros muy buenos. Al escritor nacional o local ya le aconsejan que se mueva para agotar la primera tirada. Luego ya hablarán de la liquidación. Y las presentaciones se hacen para eso. Algo que no ocurría hace años. También la librería tiene que evolucionar. Nosotros tenemos un tercer hijo que es ingeniero, y es el más duro en el aspecto de organización y nos está obligando a cambiar, a reciclarnos. A seguir trabajando en el día a día”.