Sabina de la Cruz

Presidenta de la Fundación Blas de Otero

El 15 de marzo se cumplen cien años del nacimiento de Blas de Otero, una efeméride que merece un encuentro con la que fuera su viuda, Sabina de la Cruz, presidenta de la Fundación que protege la obra del escritor. Considerado como uno de los principales representantes de la poesía social de los años cincuenta en España, la obra del poeta bilbaino evolucionó desde la religiosidad de Cántico espiritual (1942) al existencialismo de Ángel fieramente humano (1950) o Pido la paz y la palabra (1955). “La situación en España entonces era muy mala, y más en el País Vasco; el carácter de Blas, tan preocupado por los demás, por su pueblo, le llevaba a entender que no había más remedio que luchar por ello; y luchaba con la poesía. De ahí poemarios como Pido la paz y la palabra”, apunta Sabina de la Cruz. “Blas tenía una gracia especial para dominar la lengua, su ritmo, algo que no se aprende, que parece caído del cielo. Y sigue siendo uno de los poetas más importantes de este país. Incluso fue propuesto para el Nobel el año que ganó Aleixandre”.

Ya desde joven, el poeta comenzaría a moverse en ambientes artísticos bilbainos: inicialmente a través de la revista Los Luises. Más tarde a través de Alea, tertulia artística y punto de encuentro de intelectuales en cuyos Cuadernos de Alea publicaría Cántico espiritual. Para finales de los cincuenta Blas era considerado ya como uno de los grandes poetas de la postguerra, con obras como Ángel fieramente humano, Redoble de conciencia y Ancia —la unión de estos dos primeros poemarios a la que añadió poemas nuevos, y con el que obtendría el Premio de la Crítica en 1958 y el Premio Fastenrath en 1961—.

Fue ese año cuando conoció a Sabina de la Cruz. “Blas acababa de llegar de París y acompañaba a un grupo de amigos, con Agustín Ibarrola al frente, que venían a visitarme a Sestao”. Sabina no le conocía personalmente, sí en cambio su obra, que habían recitado en más de una ocasión en la Asociación Artística Vizcaína. “Fue como si me hubieran presentado a Cervantes, me dio un apuro tremendo, porque además era un hombre de muy buena planta. Tiempo después el propio Blas me confesó que había sido muy antipática con él”.

No volverían a coincidir hasta pasados unos meses. “Estando yo en Covarrubias con mi hermana, me dijeron que Blas venía a visitarnos. Que a mí me gustaba lo tenía claro, pero es que él era Blas de Otero. A base de pasear junto a la Torre de Doña Urraca nos fuimos conociendo. Ese verano fuimos a visitar sin éxito a Ibarrola, que estaba preso en Burgos. Y ya comenzamos a establecer una relación que podríamos llamar sentimental, pero como era en Bilbao: pasear y poco más”, apunta con una sonrisa. “Hablaba poquísimo y tenía bastantes depresiones que le hacían enclaustrarse en su cuarto y no salir de la cama durante días”, añade.

Ese mutismo contrastaba con su gusto por las tertulias. “Fue el artífice de muchas de ellas”. A la vuelta de la Sociedad Bilbaina, por ejemplo, se reunían en La Concordia con artistas e intelectuales de izquierdas como Ibarrola, Vidal de Nicolás, Ángel Ortiz Alfau… Y no faltaban dos ilustres euskaldunes: Alfonso Irigoien y Gabriel Aresti. “A Aresti lo trataba como a un hijo, lo quería muchísimo, incluso estuvo viviendo en su casa, durante un tiempo, cuando Blas se trajo a España a la mujer cubana”, cuenta Sabina. “Poco antes nos habíamos enfadado, no recuerdo muy bien por qué. Con Blas no había que enfadarse porque costaba mucho hacer las paces”.

Se marchó a Francia y luego a Cuba, convocado por el Premio Casa de las Américas. A su regreso volvió casado con Yolanda Pina, una cubana divorciada y madre de un hijo de seis años. Un matrimonio que apenas duró tres años, y que hubo que refrendarse con una boda en Bilbao ante el malestar de la madre del poeta. “Fue Aresti quien los acogió en su casa. Y al nacer la hija pequeña de Aresti, Andere, Blas ejerció de padrino”.

Madrid y el cáncer

En ese tiempo Sabina de la Cruz apenas vio al escritor. “Yo ya estaba trabajando en la Complutense de Madrid y no coincidí con él hasta una conferencia que dio en la universidad”. Un encuentro fugaz ya que Sabina marchaba a Italia. “Me enteré entonces que se había divorciado de la cubana —no porque me lo contase él—, que le acababan de operar de un tumor canceroso, y que le habían dado nueve meses de vida”. Fue en Sestao, preprando el viaje, cuando recibió una llamada del poeta pidiéndole que visitase a Verti si pasaba por Roma y le entregara en su nombre una botella de anís que le había prometido. “Dos meses después, y de vuelta a Madrid comenzamos a acompañarle a que le dieran radiaciones de cobalto. Vivía en casa de un amigo, le llevábamos comida… Era una relación de simple amistad. Pero se conoce que había quedado algún rescoldo de nuestro amor. Y de la clínica salimos directamente a alquilarnos un apartamento”. Once años de convivencia hasta el fallecimiento del poeta el 29 de junio de 1979.

Recuerda su relación como una etapa hermosa, tranquila, “nos entendíamos muy bien. Cuando estaba en un período de mucha creación a veces ni siquiera se acostaba. Me iba a la facultad muy pronto y Blas me dejaba papelitos por la casa, en los que me ponía, por ejemplo: Son las cinco de la mañana, enseguida me voy a la cama

Con su muerte, Sabina heredó los derechos del poeta, que donó a la Fundación que lleva su nombre. “Llegamos a un acuerdo con el Ayuntamiento porque Iñaki Azkuna era un blasoteriano violento. Hemos publicado ya todos sus poemas, lo último en una edición preciosa titulada Hojas de Madrid con La galerna. La galerna es el País Vasco, por supuesto. Mi idea es que toda la obra original de Blas quede en Bilbao.”