Martín Olmos

Ilustrador y escritor

La casa de Martín Olmos es como un museo repleto de ilustraciones hechas por el propio autor, retratos de Ernest Hemingway, un dibujo de Corto Maltés, un cuadro dedicado a Sherlock Holmes, esa gorra que el detective asesor nunca se puso pero ha quedado asociada a su imagen, un perchero en el que reposan casi una veintena de sombreros que harían las delicias de Philip Marlowe o de Indiana Jones —hay incluso un muñeco del héroe con el rostro de Harrison Ford junto a un Madelman pirata—. El salón está repleto de alacenas con toda clase de navajas, un par de catanas que nos remiten a los tiempos heroicos de los samuráis, una máquina de escribir Remington cerca de un ordenador portátil —pasado y presente unidos por las letras—, pero sobre todo libros, muchos libros, que muestran que el escritor e ilustrador (Bilbao, 1966) es un gran lector.

En su primer libro, Escrito en negro. (Una tarde con la canalla), publicado por la editorial logroñesa Pepitas de calabaza, recopila algunas de las crónicas que semanalmente publicaba en El Correo. Historias de asesinos, timadores, camorristas o personajes del mal vivir que le han valido el premio literario Bodegas Olarra & Café Bretón de Logroño 2014, el Rodolfo Walsh a la mejor obra no ficción de la Semana Negra de Gijón 2015 y recientemente el Euskadi de Literatura 2015.

Sin embargo, Martín Olmos no empezó escribiendo, “aunque existía esa pulsión de escritor”, sino ilustrando artículos para otros, generalmente José María Romera. Se había adentrado ya en el cómic y ganado algunos premios. “El dibujo era más un divertimento, aunque acabara entrando en los periódicos gracias a la ilustración, con dibujos en tinta y acuarela. Pero estudié Periodismo, no Bellas Artes. La literatura siempre ha estado antes que la ilustración.” Tenía ya varias cosas escritas sobre Hemingway, un autor que le fascina, y al que se había acercado de joven a través de la edición de Planeta de El viejo y el mar. “Había leído su biografía escrita por Carlos Puyol “y me parecía un escritor fascinante que lo mismo iba a la guerra que a los toros, cazaba leones, se casaba mil veces, se daba de puñetazos por cualquier pejiguera. Y además escribía”.

Fue Nieves Fontova, del suplemento cultural “Territorios”, la que le dio una oportunidad de publicar un texto precisamente sobre Hemingway cuando ya llevaba cuatro o cinco años como ilustrador. A éste le siguieron algunos textos conmemorativos. “Publiqué un artículo sobre la matanza del día de San Valentín. Y tuve la intuición de escribir no sólo una crónica periodística sino algo más parecido a la Historia universal de la infamia, de Borges o a Las vidas imaginarias, de Schwob. Me fascina el lado más oscuro del ser humano; el más trivial carece de interés. Y es cierto que todos tenemos nuestras tragedias, glorias pocas, pero no son narrativamente interesantes”.

Crónicas negras

La decisión de reunir todos estos artículos para “preservarlos” fue una idea del “excelente poeta José Antonio Blanco, que me propuso para que los reuniera en un blog. Aunque el libro fue en realidad una propuesta de Manuel Jabois, que leyó alguna de las crónicas en el blog y me puso en contacto con el editor Julián Lacalle.. Tuve mucha suerte, porque publicar hoy en día es algo heroico y arriesgado”. En el libro se seleccionan cuarenta personajes de los alrededor de 270 que aparecieron en El Correo por lo que hay materialpara nuevas entregas.

Dice Martín Olmos que le llaman la atención los personajes de los que escribe “porque sobrepasan una línea, generalmente para mal. Destrozan sus vidas, y eso les convierte en muy literarios”. Y cuenta la historia de aquel vietnamita conocido por la foto en la que le dispara a un civil en la cabeza. “Investigando sobre su historia encontré que incluso a Oriana Fallacci le llegó a fascinar, que fue a visitarlo al hospital y que llegó a verlo llorar mientras ella decía: ‘El diablo no puede llorar’. Se trataba de un militar muy bravo, que protegió a su propia patrulla él solo, mujeriego, alcohólico. Bastó una fotografía para hacerle famoso. Si pones a un sujeto como él en una guerra no pretendas que actúe con gallardía, como Robert Taylor en Ivanhoe. Hemingway decía que el coraje era mantener la gracia en un estado de presión. Pero quién puede mantener la gracia así. Si cualquiera de nosotros tuviéramos que salvar nuestro pellejo nos convertiríamos en tipos bastante miserables”, subraya. Y pone en evidencia que la mayor parte de los personajes que ha retratado son hombres. “Está demostrado que las mujeres a la hora de matar suelen envenenar. El veneno es algo que no tiene mérito para mí. Como cuando Borges hablaba de la intimidad del puñal frente a las armas de fuego: por eso le fescinaban tanto los gauchos”.

Olmos ha venido publicando una historia por entregas al estilo de aquellas novelas de a duro de Estefanía o Silver Kane en una revista digital llamada Chop suey “que me gustaría ver en papel. Y estoy con un breviario sobre seres extraordinarios, desde un gitano portugués con tres escrotos y dos penes útiles hasta aquel deficiente mental al que fusilaron durante la Semana Trágica de Barcelona porque se puso a bailar con una monja muerta”. Historias emparentadas de nuevo con la literatura criminal “que siempre tendrán el marchamo de subgénero. Entre Hammet y Hemingway uno acaba quedándose con el segundo porque el primero te lleva a un tipo de novela considerada menor. Creo que no sabría encarar una novela sobre alguien corriente. O un diario… A quién le pueden interesar las bajadas de ánimo de un escritor”.