José Ibarrola

Artista

Exposiciones individuales y colectivas, ilustraciones de libros, portadas, trofeos, cartelería, logotipos, diseño gráfico y de escenografía, trabajos de dirección artística. Si uno visita la web de Jose Ibarrola se hallará ante un artista completo que ha hecho de todo en sus casi cuarenta años como creador. “En el Quattrocento hablaban de artífices politécnicos, una expresión perfecta para definir a los de nuestro oficio: personas que trabajaban indistintamente con la pintura, la escultura, la orfebrería, la arquitectura… Siempre he sentido la necesidad de expresarme a través de la imagen, de ahí que no vea la menor diferencia entre las distintas técnicas artísticas”, confiesa Ibarrola. “Como artista quiero saber dibujar, pintar, esculpir, generar espacios… No quiero tener cortapisas a la hora de generar cualquier proyecto”.

Sus primeros pasos artísticos los dio junto a su padre en una exposición en la galería Aritza de Bilbao. “Nos presentaban juntos como el médico que lleva a su hijo a la consulta para que vaya aprendiendo”. Y es que con semejantes referencias era extraño que no acabase ligado al arte. “Ser artista era algo natural, lo veía en casa, no me veía siendo economista o notario; el arte es algo vocacional, pero para lo que se necesita talento. Además, en aquella época resultaba muy atractivo, te remitía a París, a las libertades frente a la censura del régimen”. Precisamente, el régimen franquista acabaría prohibiendo la exposición en Bilbao, y poco después, “en uno de esos estados de excepción tan habituales” quemarían un caserío alquilado por la familia en Gametxo “destruyendo toda mi obra y parte de la de mi padre”. Ibarrola cultivaba entonces el expresionismo y el arte povera, a través de esculturas con materiales reciclados que traía la marea. Con la destrucción de toda su obra se vio en la necesidad de reinventarse, optando por la pintura pero sin olvidar la escultura.

Sabía ya que no iba a seguir la estela de su padre “aunque he tenido la sensación de que los demás han querido establecer comparaciones imposibles. Formalmente mis obras no se parecían a las suyas, procedían de mundos distintos. Además, en la creación es fundamental la sinceridad para llegar a ser personal, original. Aunque considero que son términos sobrevalorados. Vivimos en una época en la que se nos exige cambiar cada año como si estuviésemos sujetos a la moda. El arte se basa mucho en la memoria, en la experiencia, en ofrecer tu propia mirada para prestarla a la sociedad. Si todos siguiéramos las modas difícilmente podríamos encontrar voces distintas; aunque tampoco me gustan esos egos proyectados que no logran transmitir nada. Para entender hoy el arte contemporáneo parece imprescindible un manual de instrucciones”.

Elementos propios

En el estudio de Ibarrola reposan cuadros con mujeres en la playa, esculturas procedentes de una instalación, paraguas con pintura de bronce, barcos de papel, “elementos que me acaban definiendo, y a los que recurro porque forman parte de mi experiencia. En un mundo de tantas vanidades a veces descubres que lo que creías único forma parte de una experiencia común. Creo en la cultura como un elemento de grandes minorías, que sirven a una construcción social. Experimentar con esa idea de lo común a partir de lo propio es como trabajar sobre lo universal a partir de lo local. Y reivindico la necesidad de narrar, emocionar y transmitir a través del arte. Generar una inquietud, placentera, reflexiva… Muchos de mis trabajos en prensa tienen ese objetivo: llevar al lector a reflexionar más allá de lo que diga el artículo que ilustran”.

Tras muchos años Ibarrola ha visto que existe una coherencia en su obra. “Lo cual no quiere decir que haya sido igual”, subraya. “El trabajo de la ilustración me mantiene la mano y la mente ágiles, y me viene muy bien para el resto de mis facetas; pinto dibujando mucho, me gusta que haya un soporte de dibujo; y la escenografía me permite generar una atmósfera, ubicar espacialmente las cosas para que crear la profundidad de campo necesaria. De ahí lo de politécnico”.

Otra cosa es cómo cree que le ven. “Vivimos en un país en el que apenas se reconoce al artista. Gastamos muy poco en lograr que el arte prospere. Incluso en términos de negocio social, es necesario cultivarlo. No basta con decir que tenemos un gran museo si no lo alimentas con nuevos artistas o generas un colchón artístico. A los artistas se les debería conceder el derecho a trabajar en lo suyo; pero se nos obliga a ser amateurs, a buscarnos la vida con otros trabajos. Sólo se miran las grandes firmas, esa marca que funciona, que genera dinero, que da poder al que la posee. El arte se ha reducido a lo económico, a la especulación. Y ha dejado de tener la función social de otras épocas”. Considera, además, que la figura de Agustín Ibarrola ha estado muy presente, incluso el hecho de ser multifacético le ha alejado de la categorización a la que se acostumbra al público. “Y luego está vivir en un país de fobias y filias políticas. Es muy triste que no valoren tu obra y sí tu religión, tu género o ideología. Sobre todo en lo público. Habría que volver al mecenazgo, a lo privado, y así no caer en el clientelismo o en la cultura de la discriminación”.

Está inmerso ahora en un gran proyecto cerrado en torno al Quattrocento. “En tiempos de zozobra y de crisis hay que pararse y mirar hacia atrás. El Quattrocento es una época fascinante, en la que surge el concepto de humanismo. O como dice Todorov, en la que mueren las alegorías y nace el individuo. Y he querido que sea un punto de encuentro entre la escultura y la pintura, reinterpretando a los artistas que van desde 1400 al 1500; un proyecto que expondré a partir de septiembre de 2016 en la Sala Rekalde, una especie de revisión de lo que he hecho hasta ahora de la que estoy muy ilusionado”, confiesa.