Javier Viar

Director del Museo de Bellas Artes de Bilbao

Javier Viar lleva ya catorce años al frente del Museo de Bellas Artes, una institución que conocía muy bien porque había estado otros tantos en su Consejo de Administración. Quienes le conocen sabrán que, sin embargo, comenzó su andadura estudiando Farmacia. “Pero fue sólo una cuestión biográfica al morir mi padre”, apunta. “Desde siempre me interesé por la literatura y por aquellas artes relacionadas con nuestra generación: el cine, la música…, y la pintura”. Este interés cultural previo fue lo que le impulsó a escribir. “Dio la casualidad de que la mujer de Vicente Larrea era farmacéutica, lo que me permitió adentrarme en el arte vasco, conocer a pintores guipuzcoanos, alaveses… Hasta entonces había oído hablar de Oteiza, de Ibarrola, que eran los dos artistas del momento, muy implicados además en cuestiones políticas”. Un día Larrea le propuso escribir un texto para uno de sus catálogos. “Fue cuando empecé a escribir sobre arte, y conocí a Santiago Amón, que me ofreció escribir en La Gaceta del Arte y en El País. Así, desde la crítica de arte fui haciendo el trayecto de los movimientos artísticos. Me he dedicado fundamentalmente a estudiar el arte vasco, aunque me han interesado otros como Antonio López, de quien también he escrito, Tàpies, John Davis…”

Tras ser nombrado asesor del Gobierno Vasco, entró en el Consejo de Administración del Bellas Artes. “Fue cuando se estableció mi relación estrecha con el Museo. Para cuando me propusieron como director estaba ya muy vinculado con la institución y con personas relacionadas con él: Mari Puri Herrero, Vicente Larrea, Javier Durana… Al dejar la dirección Miguel Zugaza, y tras la breve entrada como directora en funciones de Marta García Maruri, me prepusieron a mí”, resume Viar.

Zugaza —y el diputado Josu Bergara— habían transformado el museo “en base a una estructura interna de departamentos y personas, lo habían modernizado a partir de una forma jurídica nueva, la Fundación, un poco inducida por el Guggenheim”. Pero fue a Viar a quien le tocó poner en marcha esa estructura. “Si hay que darle una característica a los años en los que he estado como director es la de haber estabilizado las funciones del museo, con una estructura que permite que el museo esté sólidamente financiado y se desarrolle un programa estable, porque cada patrono privado sabe en qué ha de ayudar al museo, y los patronos públicos están muy encima. Con este sistema se pudo anunciar en septiembre lo que íbamos a exponer el año siguiente”. Porque aunque había habido grandes exposiciones, pero más aisladas —Carvaggio, Sorolla-Zuloaga, El bodegón español—, “eran muestras que se financiaban en el momento, es decir, no había un programa tan claro ni estable como hubo después con el patrocinio constante de la BBK”, puntualiza.

Poussin, Botero, López…

Considera que en estos años como director ha presentado grandes exposiciones. “La que supuso un bombazo fue la de Poussin: nadie creía en ella, y menos que consiguiéramos el comisariado de Pierre Rosemberg, que había sido el director del Louvre, máxima autoridad de Poussin en Europa. Rosemberg aceptó hacer Poussin y la Naturaleza, que era la parte que le quedaba por estudiar en profundidad. Y en mitad del proceso, el Metropolitan de Nueva York nos solicitó la exposición. Fue un momento de gloria para el Bellas Artes. Es cierto que hemos tenido exposiciones que han cumplido su función de atraer al público, como la de Antonio López. O Botero, la segunda muestra que más público atrajo al museo en toda su historia. Aunque hemos inaugurado otras muy importantes: la del Pop Art inglés, que trascendió de nuestras fronteras, y que vinieron a visitarla personalidades de la Tate Galery, por ejemplo. Y en clásicos, El joven Murillo, o De Herrera a Velázquez. Con el Prado estamos haciendo ahora El divino Morales, y hemos hecho El retrato español. Tenemos una relación muy fluida”.

Admite que el Guggenheim ha ayudado a atraer un público nuevo, extranjero en su mayoría, “pero no en la proporción que puede pensarse. El 80% de nuestros visitantes son autóctonos, mientras que el Guggenheim tiene un público más volcado en el turismo. Lo que necesitamos es que la gente que acude al Guggenheim también venga al nuestro, aunque sean públicos distintos”. Lo cierto es que en 2008 el Museo de Bellas Artes logró atraer unas 296.000 personas. “Celebrábamos el centenario, y gracias a que las instituciones aportaron cantidades complementarias para marketing y publicidad, logramos que subiera la media, que estaba en unos 160.000. Un museo como el nuestro podría admitir unos 350.000 visitantes al año, pero no más”.

La compra de obra ha sido “otra de los puntales que se han estabilizado en estos años. Antes las compras se hacían de manera más aleatoria, pero contar con el BBVA como patrono nos ha permitido adquirir piezas de arte antiguo muy significativas como el Lucas Cranach, una de las joyas del museo, o de arte contemporáneo como un cuadro de Barceló o una escultura de Chillida. Hemos enriquecido la colección del siglo XIX, pero sobre todo la de arte vasco, convirtiéndonos en el museo que mejor colección de arte vasco posee, tanto en número como en calidad. Pero es que además la exponemos”.

Viar muestra un punto de humildad al decir que el Museo no depende sólo de su director, aunque sí cree que en estos años el Bellas Artes “se ha convertido en una referencia inevitable de la trama cultural y social de Bilbao. Y ha de seguir creciendo al ritmo que lo haga la ciudad. Las insituciones han aprobado que el museo pueda ampliarse, pero ya se andará. Ahora le ha llegado el turno al Museo Vasco, un museo extraordinario, con grandes profesionales, que merece un impulso para entender nuestra propia historia”.

Los próximos meses traen sorpresas: una muestra de escultura hiperrealista con obras de Segal, John de Andrea, Duane Hanson, Juan Muñoz… Y luego una antológica de Vicente Ameztoy, “uno de los grandes pintores vacos”. Y para el año que viene anuncia una primicia: “una exposición sobre Renoir, en alianza con el museo Thyssen”.