Antonio Altarriba

Escritor y guionista

El salón de la casa de Antonio Altarriba (Zaragoza, 1952) es un espacio luminoso rodeado de plantas que lo envuelven como si uno estuviera en plena naturaleza. A juego con el entorno, los sofás son también verdes, la mesa y el suelo de madera. Colgado de una columna descansa una enorme marioneta, y junto a una ventana un muñeco vestido de época parece dar la bienvenida al visitante. Las habitaciones están llenas de estanterías con libros, de carpetas en las que se guardan cómics y revistas: reclamo para un lector exigente.

Altarriba acaba de publicar El ala rota —con dibujos de Kim—, una novela gráfica en la que cuenta la historia de Petra, la madre del escritor, y que supone la otra cara de El arte de volar, “un antes y un después en mi trayectoria. El suicidio de mi padre fue un golpe tan fuerte que decidí contar su vida, pero no en formato novela sino en cómic. Necesitaba purgar la tristeza y reivindicar su figura dentro de uno de los bandos más baqueteados e ignorados en este país. Los anarquistas fueron decisivos en temas de conquista social durante la primera mitad del siglo XX o la Guerra Civil; en las tareas de recuperación de la memoria, sin embargo, han sido olvidados o manipulados. Sobre ellos pesa un estigma de violencia que no era así, al menos en los círculos que he conocido. Se trataba de gente éticamente muy estricta y exigente consigo misma, interesada en la cultura, en la enseñanza o en la formación como únicos instrumentos válidos para la igualdad de clases”.

Dice que el guion nació “de las tripas”. Y añade: “Tengo que agradecerle a Kim que se embarcara en el proyecto, porque invirtió cuatro años en él. Y no teníamos editor. Nos lanzamos sin red”. Altarriba había conocido a Kim en un festival de cómic de Vitoria. “Me pareció que su registro gráfico era adecuado para la historia, y además era sensible al tema”. Kim hacía los dibujos en su tiempo libre, a partir de un guion de casi cuatrocientas páginas. “Así que optó por una fórmula no muy profesional, como él mismo reconoce: dibujar según iba leyendo”.

El arte de volar obtendría el Premio Nacional del Cómic en 2010, “una iniciativa surgida desde el Gobierno Zapatero”, apunta Altarriba. “Ahora no nos extraña que se critique una novela gráfica en un suplemento cultural; antes era insólito. El Nacional ha recompensado a gente muy válida —Paco Roca, Alfonso Zapico, Miguelanxo Prado…— ha dado visibilidad y público al género. Internacionalmente el cómic que se hace en España está bien considerado, más por el talento de los autores que por la industria, aunque han surgido buenas editoriales como Astiberri”.

Entre novelas y guiones

Contar historias siempre ha sido importante para el autor aragonés. “Rebuscando entre papeles viejos, hallé un diploma de un premio literario del instituto”, rememora. También desde muy joven ha compaginado la escritura literaria y de guiones, “a veces con más fortuna en un terreno que en otro. Entre los setenta y ochenta vivimos un período de mucha efervescencia del cómic. A partir de los noventa, pasó por una crisis, desaparecieron muchas revistas, y yo me centré en lo más literario: publiqué textos eróticos —Cuerpos entretejidos, finalista del premio Sonrisa vertical—, creamos en Vitoria la editorial Papeles de Zabalanda, editamos alguna revista, y obtuve el Premio Euskadi en 2003 con La memoria de la nieve. Con el nuevo auge del cómic, he vuelto a él. No he conocido una época en la que hubiera tan buena predisposición del mercado, o tantos autores. Su lenguaje permite plantear intrigas muy complejas, dar entrada a pasiones y a personajes de psicología enrevesada. Tengo ganas de volver a la novela, pero se han encadenado proyectos que la han alejado”. Además de publicar Yo, asesino, o El ala rota, está en conversaciones con el Museo del Prado para recrear alguna de sus colecciones —como ha hecho Max con El Bosco en El tríptico de los encantados—, y con Gallimard en Francia para una trilogía del yo: el asesino, el mentiroso y el loco.

Una de características de su obra es la repetición de dibujantes: Royo, Laura, Kim, Keko… “Me atrae que la historia aparezca bajo un estilo, identificas qué autor le sacaría mayor impacto visual al guion. Pero has que plantearle una historia que le atraiga. Como escritor, a no ser que seas muy versátil, tu estilo permanece, estás sometido a tu evolución anímica, y puedes tener momentos de éxito con la historia pero también otros de dudas o desánimo. Con un dibujante funcionas en equipo, es estimulante si hay una buena conexión: recibes los originales, ves cómo plasma gráficamente las descripciones, incluso se crea un diálogo, te puede sugerir tramas o subtramas que no imaginabas”.

La biografía de Altarriba está presente en sus tres últimos cómics. “Hace diez años la literatura biográfica no me interesaba, prefería inventar unos hechos que ser reportero de los ya vividos. Pero ocurrió lo de mi padre…”. En Yo, asesino, un alter ego de Altarriba se convierte en un asesino con fines estéticos. “Al jubilarme tras 38 años de vida académica —era catedrático de literatura francesa en la UPV—, me apeteció escribir una historia policíaca, muy negra. Vitoria era un campus muy borroka, muy politizado, sometido al sindicato abertzale. Y quise poner en perspectiva todo eso. Tenía muy fácil reflexionar sobre el mal en el contexto que había vivido. Había en la universidad lo que llamábamos irónicamente cuadro de honor: fotos de estudiantes presos, que en algunos casos eran mis alumnos. Y pensaba: qué lleva a una persona a la que estás hablando de Albert Camus a que le resulte heorico matar a una persona. Quiénes les meten ideas así en la cabeza. Pensé en la motivación del deber patriótico, en la justificación del crimen. De ahí una historia sobre el arte de matar. En el guion sólo había hecho descripciones sobre el protagonista, pero Keko pensó que debía parecerse a mí. Que en el libro hubiera un juego entre la realidad y su representación hacía que tuviera sentido”.