Un peine de nácar verde

Los viejos huelen mal, pensó una vez al sentir el olor acre de su abuela que le abrazaba para robarle un beso. Un hedor a humedad, a vino rancio, a restos de lejía, a ausencia de higiene dental. Y no sabe muy bien por qué le llega aquella frase a su memoria de camino al baño. Se siente torpe, repta con pasos cortos y rápidos —portantillo, pasotrotre, se dice con una mueca en sus labios recordando palabras caducas—; apenas puede doblar las piernas, le duelen los huesos —otra frase recogida de antaño que por fin entiende—, su piel cuarteada, casi un incunable, sus dedos de tenaza que han perdido el vigor. Y otro día más se mira al espejo, se atusa los pocos cabellos que le quedan con aquel peine de nácar verde que le regaló su mujer, y piensa si su olor provocará también el rechazo de sus nietos.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting