Tela negra

Hay mañanas en las que, al abrir los ojos, veo su imagen. Se inclina ante mí con su piel de noche y su cabello negro, y se hace un hueco en mi cama. Es entonces cuando me acuerdo de ti, de los domingos en que te levantabas temprano para bajar a correr, casi una hora, los auriculares en los oídos, el maillot muy ajustado… Al volver me encontrabas medio dormido, te desnudabas para entrar al baño y te oía tararear bajo la ducha. Minutos después volvías a la cama donde te recibía, el cuerpo aún húmedo, el pelo mojado: olías a jabón pero también a gotas de perfume, Aire de Loewe, que deslizabas por tu cuello y por algunas partes estratégicas de tu piel. Me abrazabas, susurrabas que querías tenerme y nos amábamos durante horas hasta que el cansancio volvía a envolvernos en su manto.

La imagen en blanco y negro de esta mujer que me visita algunos domingos me recuerda a ti; por eso la recibo igual de expectante, mi cuerpo abierto a sus caricias, mis dedos recorriendo su vestido hasta que nos desprendemos de él para vestirnos de besos. Y aunque sé que no eres tú, no puedes serlo, me dejo guiar por sus mentiras, por la imitación de tus gestos, por el ritual de repetir lo que hacíamos. También aquella mañana te esperaba cuando me sobresaltó el sonido del móvil. Supe que algo había pasado, incluso antes de cogerlo. Qué más da lo que hubiera ocurrido, que no vieras el coche, que la música de los auriculares te impidiera oír los frenos. O que me aseguraran que todo había sido rápido.

Te quiero, me susurra la mujer llevando sus labios por mi pecho.

Te querré éste y todos los días, le respondo yo.

Se ha puesto tu perfume, se ha cortado el pelo como le dije. Se sienta sobre mí y me sonríe poco antes de permitir que la ame. Se parece a ti. Y hubieras sido tú si no fuera porque he olvidado dónde dejé su dinero.