Sonrisa rota

Te contaré que fue tu reflejo en el cristal lo primero que vi al entrar en los grandes almacenes; tu mirada azul como perdida en el infinito y tus dientes separados que te brindaban cierto aire juvenil. No me preguntes por qué pensé en Madonna y en su diastema. O en Vanessa Paradis, en una historia de vampiros y en las sonrisas cuando son verdaderas. Recuerdo a mi abuela decir que la sonrisa se transmitía a través de la mirada; que unos labios pueden engañar, unos ojos no. Nunca entendí aquella frase porque yo, por mucho que mirase, no podía ver más allá. Me hubiese perdido por una sonrisa —lo hice en alguna ocasión— y me dejé engañar por ella confiando en que sería tan amable como el primer día. Pero en tu caso recuerdo que la mezcla de ambas —mirada triste y lejana, sonrisa rota— me hizo dudar. O quizás fuera ver tus dedos pegados a la baranda, como si quisieran sentir la textura y el frío que transmitía el cristal. Aunque no pude sospechar nada hasta que te vi cerrar los ojos, subirte a la barandilla y dejarte caer sobre una multitud que hacía las compras.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting